Titulares

miércoles, 23 de septiembre de 2020

De un “potazo»

De un "potazo" con un pote lleno de dulce de coco cayó un hombre que había sembrado el terror en el pueblo. El inesperado final de Juan Polito alias “El diablo a caballo”.


El día transcurría apaciblemente y un sol abrasador fruto de un incipiente verano comenzó a calentar los suelos y el pavimento de las calles del poblado. Los estudiantes acudieron temprano a las escuelas, los agricultores marcharon a sus “conucos” con sus macutos cargados de tabaco y café. Otros pobladores acudieron al mercado y a las tiendas de “los turcos” que abrían sus puertas a compradores del lugar, de los bateyes y comunidades cercanas.

La jornada transcurría apacible, cargada de cotidianidad, en una comunidad en la que casi todos se conocen y se consideran familiares cercanos, vecinos y amigos. Pero la tranquilidad se perdió de manera súbita cuando Lorenzo atravesó el pueblo corriendo y vociferando:

-¡Corran! ¡Corran! recojan a sus hijos, Juan Polito anda suelto… Tiene al diablo en la cabeza, lanza machetazos a todo el que encuentra por delante… ¡corran!

La “voz corrió” rápidamente por calles, avenidas y callejones de todo el pueblo. La gente comenzó a sentir miedo y optó por protegerse. No era para menos, Juan Polito alias “El diablo a caballo” recorría las calles sembrando el terror entre los moradores. -Ese hombre tá loco, tá loco, loco; casi corta la cabeza a Ramón El músico, en el parque…, expresó Lorenzo con voz entrecortada y jadeante resuellos.

Los ciudadanos se ocultaron en sus casas. Los padres y madres fueron desesperados a las escuelas a recoger a sus hijos pequeños ante el temor que había creado la inesperada presencia de este ser endemoniado.

Las tiendas de los turcos de la avenida Libertad y los otros negocios cerraron sus puertas. Se redujo al mínimo la circulación y un espeso silencio comenzó a cundir en la localidad.

Solo algunos “locos” se aventuraban a caminar por las atormentadas calles del municipio de Tamayo, indiferentes, ajenas a lo que pasaba. La propalada creencia de que a este hombre “se le montaba el demonio” dio lugar para que les temieran hasta los más guapos del pueblo.

Cuando Juan Polito no estaba “poseído” se comportaba como “un brujo amigable” o como un afanoso agricultor dedicado día a día a cultivar su conuco en las vecindades de la comunidad. Pero según narran, de un momento a otro, en un inesperado arranque, parecía “perder la chaveta”, se le montaba “Lucifer” y salía a las calles a imponer el terror.

-Ese hombre parece “poseído por un demonio” –decían los parroquianos cuando Juan Polito se desplazaba en su caballo rusillo, agarrado a un pote de “ginebra con sal” en una mano y un machete en la otra. Un paño rojo le envolvía la cabeza, mientras atesoraba “un tabaco” encendido en la boca. Un día cualquiera éste cabalgaba por las calles que rodean el parque y desde allí alguien vocea: -Juan Polito, poropoo póoo, poropopooo…

Pareciera que le “mencionaron la madre”. El hombre detuvo el caballo, dio la vuelta y fue directo al parque a donde estaba “Ramón Sánchez El músico”. Todo el mundo corrió y se puso a buen resguardo, lejos del alcance de éste. Ramón, que entendía que él no era el que voceó, se quedó tranquilo, recostado de una longeva mata de laurel que está en el parque, en la calle Duarte, próximo a la iglesia católica y frente a la academia de música del maestro Arturo Méndez (Arturito).

Aquel vetusto laurel que resistió los embates del huracán David y de otros tempestuosos fenómenos atmosféricos que asolaron a Tamayo, fue testigo de aquella impronta violenta de El diablo a caballo, quien se detuvo, se tiró violentamente del caballo y machete en mano se dirigió hasta donde se refugiaba con toda placidez Ramón, en su descanso vespertino.

Juan Polito lo agarró por el cuello y lanzó un certero machetazo que se clavó en el laurel, justo encima de la cabeza de éste, rozando por milímetros sus cabellos.

Un solo grito se escuchó por toda el área del parque municipal. Nadie osaba acercarse debido al miedo reinante. Las mujeres y los niños lloraban desconsoladamente. Los hombres solo se lamentaban.

-¡Ay Dios mío, mató a Ramón ese maldito loco…!

Todos creyeron que Juan Polito había decapitado y dejado allí inerte, recostado del frondoso árbol, el cuerpo de Ramón. Cuando el desaforado “brujo” se marchó raudo blandiendo su filosa arma y lanzando copazos de humo que exhalaba de su inmenso «túbano», la gente corrió al parque a socorrer a Ramón, quien se había “quedado tieso” del susto, inmóvil, recostado a la mata –a la vista de todos-, reposando el miedo que fue tan fuerte –según señalaron testigos-que lo dejó frisado, con la mirada perdida y voz queda, balbuceando palabras casi ininteligibles, atinentes a la muerte:

-“No me mató ¿verdad?, no me mató… ¿verdad que estoy vivo?”.

A Ramón los tomaron de brazos y los llevaron hasta la casa de su madre, una fervorosa mujer abrazada a la fe evangélica, la cual residía en las proximidades del parque. Él no salía aún del espanto e insistía:

–“Verdad que no me mató, verdad que no me mató…”.

Los días pasaron y la gente ni se recordaba de Juan Polito cuando reapareció en un Cruce de camino, detrás de la gallera del lugar, ubicada en la avenida Libertad, cerca del cuartel policial y a la salida del poblado, de camino a la comunidad de Uvilla.

Se desmontó del caballo y realizó un extraño y perturbador ceremonial, hizo una gran cruz de “residuos de cal blanca” y desparramó en el suelo varias botellas de ron. Colocó en el centro de esta cruz decenas de velas rojas y un cuadro de Belié Belcan, “un Misterio bien viejo” y “muy respetado” que cuando “sube en cabeza, el cuerpo del Caballo se encoje un poco, ya que…es un loa “chiquito”. Mientras invocaba a Belié Belcan, Juan Polito prendió velones verdes en cada extremo de la cruz. Las mujeres, niños y jóvenes que pasaban por el lugar para ir a un canal cercano a buscar agua, corrieron asustadas y dieron parte a la policía.

Cuando Antonio El Policía y otro agente policial se presentaron al lugar, se encontraron con un cuadro tenebroso: Juan Polito estaba allí con ojos enrojecidos, ataviado de pantalón kaki, descalzo, torso desnudo, un paño rojo rodeado a su cabeza y un túbano encendido en la boca, envuelto de velas rojas y velones verdes. Copazos de humos malolientes inundaban el ambiente.

Al percatarse de la presencia policial, el misterioso señor se puso de pies, agarró su machete, masticó fuerte el túbano, dio varios escupitajos y desafió a los policías que fueron a arrestarlo. Hizo cruces en el suelo con la punta del filoso machete que tenía en una mano, mientras blandía el puñal en la otra.

-Vengan a arrestarme, si ustedes son guapos, cójanme preso, vengan…, expresó con voz ronca y tono desafiante, como si estuviera poseído por un demonio. A la vez que realizaba esta extraña ceremonia, marcaba cruces en la tierra y apuntaba con el machete a los agentes que quedaron visiblemente atemorizado,

Antonio El policía sacó el revólver, apuntó y realizó dos disparos sin dar en el blanco. En el tercer tiro el arma se encasquilló. Igual ocurrió con el otro agente, a quien también se le trancó el arma. Los dos agentes se paralizaron, “muertos de miedo” y emprendieron un rápido regreso al cuartel.

El Diablo a caballo, empero, se mantuvo allí imperturbable hasta exactamente las 12:00 del mediodía, puntual.

Narran personas que vivieron aquella rara situación, que cuando Antonio El Policía llegó a la estación policial explicó al comandante de la plaza que inexplicablemente su arma se encasquilló, pero el sagaz oficial tomó la misma y realizó un disparo al aire, comprobando así que todo había sido fruto del miedo.

-Y no dizque esta arma no disparaba, expresó.

Pasaron los días y una tarde en la que se asomaba la noche, los parroquianos corrían otra vez a ocultarse de Juan Polito. Este hombre aparentemente endemoniado fue hasta el frente de la casa de Gustavo Bonet, reputado chofer que transportaba pasajeros a la capital y que residía en la avenida Libertad, camino al barrio Hato Nuevo.

-“El detonante de todo fue una basura que colocaron frente a la casa de Juan Polito”, expresaron vecinos. La situación se había presentado otras veces, pero esa noche él llegó, encontró la basura y comenzó a insultar y amenazar a la familia de Crescencio.

Juan Polito irrumpió bruscamente en la casa de esta familia y comenzó a dar machetazos a muebles y ajuares, a tirar los trastos al piso y a atacar a los presentes -según narraron testigos. Allí se encontraban, atemorizados, La India, la mujer de Gustavo; el padre de ésta, Crescencio, que era un señor de avanzada edad, y sus hijos: “Tay, El tamborero”, que tocaba en la Banda Municipal de Música bajo la batuta del maestro Arturo Méndez (Arturito); El Bizco, que vendía “frio frio”; Lelé, la esposa de Bolívar Beltré, El cooperativista, Ángel y Mamelo, este último considerado un “loco manso”.

Crescencio y su familia, que eran personas tranquilas, afables y muy estimadas en la comunidad, se llenaron de pavor. Se trataba de una familia noble y mesurada, tanto que en el pueblo había una socorrida frase que decía: “Todo el que quiera dar una galleta que se la dé a un hijo de Crescencio, que no va a pasar nada…”.

Pero esta vez la situación los obligó a defenderse. –“Al ver la trifulca entre su padre y Juan Polito, un hijo de Crescencio, Ángel, que vivía en Azua y estaba allí de visita en aquella trágica noche, tomó de la nevera un pote lleno de dulce de coco y le arrojó un potazo, el cual golpeó fuertemente al agresor en la cabeza, derribandolo al piso”, se relató .

-Crescencio, con todas sus limitaciones de edad, aprovechó que Juan Polito estaba en el suelo y tomó el machete de éste y le propinó varios machetazos, con su propia arma”, apuntó Apito, un lugareño que de niño llegó a conocer de cerca a la víctima, a la cual tenía “mucho miedo por su historial de violencia y misterio”.

Contó Apito que herido, Juan Polito trató de pararse y escapar, pero fue imposible. Relató que por coincidencia él se dirigía precisamente a donde La India la mujer de Gustavo y se encontró con la reyerta y El brujo ya estaba herido de gravedad. – “Me rogó que le ayudara, pero era tarde, no fue posible y murió”.

-“El miedo que teníamos –expresó Crescencio algo compungido- era que ese demonio se levante y nos ataque de nuevo…”.

Era poco más de la 7:00 de la noche cuando se propala por toda la población que Crescencio y su familia habían matado de “un potazo de dulce de coco” al aterrador Juan Polito, “El diablo a caballo”. La gente no lo creía. La familia que se tenía como la más cobarde del lugar mató a Juan Polito, un verdadero terror para la población.

Ángel, el hijo de Crescencio, se entregó a la policía asumiendo la responsabilidad total de los hechos. Cumplía su pena en la cárcel de Neyba cuando un día, después de un año, la propia familia de Juan Polito se presentó al recinto carcelario y de manera inaudita agradeció a éste que lo haya matado. Solicitó a las autoridades su puesta en libertad, con la excusa de que “El diablo a caballo” era una amenaza para todos.

-Fue una suerte que lo mataran, si eso no ocurría, él iba a asesinar a toda nuestra familia, nos tenía en zozobra como a todo el pueblo”, sentenciaron parientes del irascible personaje.

*El autor es periodista.
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