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domingo, 1 de noviembre de 2026

 

Diario Azua / 01 noviembre 2026.-

Por Rubén Moreta

Julián Rotter (1916-2014) fue un afamado psicólogo norteamericano, profesor de la Universidad de Connecticut, que hizo notables aportes a esa rama del conocimiento, entre ellas la Teoría del Aprendizaje Social (1954) y su Teoría sobre el Locus de Control, formulada en 1966.

Rotter define el locus de control como una expectativa generalizada de control sobre los reforzamientos. Los reforzamientos, conforme la psicología conductista, son cualquier estímulo que sigue a una conducta y que estimula o aumenta la posibilidad de que el comportamiento se repita en el futuro.

Conforme Rotter, el locus de control determina si un individuo atribuye causalidad de sus actuaciones a factores disposicionales internos (habilidad y esfuerzo) o a factores situacionales externos (azar, suerte o el poder de otros).

El autor divide el locus de control en interno y externo. Conforme este paradigma, el locus de control interno el individuo percibe que sus resultados son el producto de su propio enfoque, esfuerzo, dedicación, habilidad o responsabilidad.

Rotter define el locus de control externo como la creencia psicológica de que los acontecimientos de la vida diaria ocurren debido a factores ajenos a las propias acciones del individuo, como la suerte, el destino, el azar o la intervención de otras personas. En el locus externo, la razón de la dificultad personal no obedece a razones propias, sino a elementos exteriores, que están fuera de nosotros, el “otro” o “los otros” son los generadores o causantes de lo que nos pasa.

En resumen, conforme la psicología de Rotter, los premios, castigos o resultados que recibimos en todas las actividades de la vida diaria tendrán un control o influencia interna o externa.

El enfoque del locus externo del Profesor Rotter tiene aplicación al caso del sujeto dominicano, quien tiende siempre a buscar el origen de sus dificultades fuera de sí, en los demás, en la “mala suerte”, en que “mamá y papá no me dieron”, en que “nací en la pobreza en el campo o en el barrio marginado”, en que los dirigentes de mi partido “no me ayudan o no me toman en cuenta”, en la supuesta “envidia” que me tienen los demás, etc.

No es pesimismo, pero los dominicanos mayoritariamente, y no exagero con el determinismo, buscan siempre “un culpable o responsable” fuera de sí de sus dificultades, rezagos o falencias.

Es tiempo de cambiar. Como sociedad debemos y tenemos que superar el “locus externo”.

El autor es Profesor UASD.

 

Diario Azua / 01 noviembre 2026.-

Por Alfredo Cruz Polanco
afredocruzpolanco@ gmail.com

Nuevamente se han dado a conocer otras 28 auditorías realizadas por la Contraloría General de la República (CGR) a diferen­tes instituciones públicas de la presente gestión gubernamental en las que se advierten una serie de irregularidades, vicios y violaciones a los controles internos, a la ley 340-06, de Compras y Contrataciones Públicas; actos de corrupción administrativa, de colusión, distracción y malversación de fondos públicos, entre otras, ascendentes a miles de millones de pesos y no se observa la aplicación de medidas disciplinarias ni de un régimen de consecuencias a los implicados en dichos hechos delictivos.

El señor Presidente de la República Luis Abinader Corona ha instruido al Contralor General de la República, Geraldo Espinosa Pérez, para que realice y publique en el portal web de la CGR dichas auditorías, pero esta institución, según la Ley 10-07, solo es responsable de la fiscalización interna de los recursos públicos, no de la fiscalización externa de dichos recursos, función que le corresponde, única y exclusivamente, a la Cámara de Cuentas de la República (CCRD).

La publicación de dichas auditorias obedece a una estrategia del Presidente de la República, que procura crear una imagen de transparencia y de persecución a la corrup­ción administrativa en el manejo de los recursos públicos, pretendiendo envíar una supuesta señal de que él está preocupado por la transparencia, la persecución y el castigo a la corrupción administrativa.

El mandatario lo instruyó a publicar todas las auditorias que realiza esa entidad, pero con dicha publicación podemos observar que el propio Contralor General de la República entra en contradicción con las propias funciones de la institución que dirige, pues se auto incrimina ante el país, al dar a conocer sus debilidades, como órgano responsable del control interno de los recursos públicos; por las debilidades, las violaciones, los actos de corrupción y las faltas graves que aparecieron en dichas auditorías, ya que la CGR, tiene una Unidad de Auditoria Interna (UAI) en cada institución auditada, las cuales no están cumpliendo con su verdadero rol, al permitir todo tipo de violaciones a las Normas Internacionales de Contabilidad (NIC), a las Normas Internacionales de Auditoria (NIA) y a las Normas Internacionales de Información Financiera (NIIF).

Pese a que la ley no faculta a la Contraloría a realizar dichas publicaciones, el Contralor General de la República, Geraldo Espinosa Pérez, explicó que esta nueva entrega, ordenada por el señor Presidente de la República, da continuidad a la divulgación progresiva de las auditorías correspondientes a períodos comprendidos entre agosto de 2020 y diciembre de 2025.

Dicha publicación comprende 28 informes correspondientes a 25 auditorías con enfoque integral y a 3 informes de seguimiento a las recomendaciones de auditorías, cuyos resultados podrán ser consultados a través del portal institucional de la Contraloría.

Las auditorias que realiza la CGR no tienen fuerza jurídica para que los incumbentes de las instituciones auditadas, sean sometidos a la acción de la justicia, función que le corresponde a la Cámara de Cuentas de la República, como responsable del Control externo de los recursos públicos, pues el Contralor es designado por el Presidente de la República. Su rol es el de velar por el funcionamiento y cumplimiento de los controles internos establecidos en cada institución pública y el de recomendar, mediante resoluciones, las correcciones de lugar.

El numeral 8 del artículo 18 de la Ley número 10-07, establece, entre las funciones especiales del Contralor General de la República, la de remitir directamente al titular de la respectiva entidad u organismo público, al Poder Ejecutivo, a la Procuraduría General de la República o a la Cámara de Cuentas, según corresponda, los resultados o informes de las auditorías realizadas.

Por consiguiente, por los informes dados a conocer, queda demostrado que las UAI, o están actuando en confabulación con los incumbentes de las instituciones fiscalizadas, no están cumpliendo con sus funciones; que dichas auditorias no fueron realizadas eficientemente o solo fueron para tratar de provocar un efecto publicitario.

¿Qué sentido tiene colgar en la plataforma de la CGR dichos informes, si el señor Presidente de la República, en vez de destituir a dichos funcionarios, aplicar medidas disciplinarias, hacer que estos sean sometidos a la justicia, los promueve, o los cambia de institución, con lo que se provoca un flaco servicio a la lucha por la transparencia, a la persecución de la corrupción administrativa y al forta­lecimiento institucional Es decir, el remedio resulta peor que la enfermedad.

De ahí que dichas auditorias, han pasado sin penas ni gloria, pues muy pocas personas les han dado créditos a las mismas, a pesar de que el Presidente Abinader, en una de sus intervenciones en la ONU, expresó que en su gestión, se está aplicando una supuesta transparencia, persiguiendo y castigando a la corrupción.

El autor es Contador Público Autorizado
Ex miembro titular de la Cámara de Cuentas de la República 2010-2016 y Diputado al Congreso Nacional

Diario Azua / 01 noviembre 2026.-

Por Alfonso Benoit

Nuestras mujeres siguen sufriendo una violencia que, lejos de ceder, se repite en demasiados hogares. Algunas soportan amenazas y agresiones durante meses; otras, cuando sienten que su vida corre peligro, reúnen el valor de acudir a las autoridades en busca de protección. Y es entonces cuando lo que debería ser un trámite ágil se convierte, con demasiada frecuencia, en una segunda forma de violencia: la indiferencia, las demoras y la falta de atención agravan la angustia de quien llega pidiendo auxilio. Esa mujer no solicita un favor. Reclama protección porque teme por su vida.

Muchas, después de acudir a la justicia, terminan muriendo a manos de sus agresores. En algunos casos las advertencias no faltaron: habían denunciado amenazas, señalado a quienes las maltrataban y expresado el temor de que algo peor pudiera ocurrirles. Lo que faltó fue una respuesta capaz de impedirlo. La negligencia, la falta de seguimiento y la lentitud de las autoridades pueden dejar a una víctima sola frente a quien está decidido a hacerle daño. Cuando el agresor cumple sus amenazas después de que ella pidió ayuda, lamentar la tragedia no basta: hay que preguntarse por qué la justicia no actuó a tiempo para proteger esa vida.

Por eso, en lugar de seguir promulgando leyes, deberíamos concentrarnos en que se apliquen las que ya tenemos. El problema no es la falta de normas, sino su incumplimiento. Los casos que han generado preocupación en la Unidad de Violencia de Género de la calle Puerto Rico, en el sector Alma Rosa I de Santo Domingo Este, y los señalamientos de presunta negligencia en la unidad de la avenida Rómulo Betancourt, en el sector Bella Vista del Distrito Nacional, obligan a cuestionar la calidad de la atención que reciben las víctimas. Esta última debería ser un referente de eficiencia, responsabilidad y protección para las demás unidades del país, y no objeto de cuestionamientos sobre su funcionamiento.

El asesinato de Esmeralda Moronta de los Santos, ocurrido en mayo de 2026, es uno de esos casos que deberían sacudir la conciencia de quienes tienen la responsabilidad de protegernos. Esmeralda acudió a la Unidad de Violencia de Género de la calle Puerto Rico para denunciar las amenazas de su expareja y, poco después de salir, su agresor la mató a tiros. Más tarde, las autoridades afirmaron que le habían ofrecido trasladarla a una casa de acogida, pero esa explicación no responde a la pregunta esencial: ¿qué protección efectiva recibió Esmeralda antes de ser asesinada? Quien acude a la justicia porque teme por su vida necesita protección inmediata, no explicaciones después de su muerte.

Los fiscales de las unidades de violencia de género, llamados a encarnar la protección de las víctimas, actúan en muchos casos como si estuvieran por encima de la ley y terminan convirtiéndose en segundos verdugos de quienes acuden a ellos. Mientras no veamos fiscales destituidos y sometidos a la justicia cuando su actuación lo amerite, seguiremos arrastrando esta cadena de negligencias y presuntas irregularidades: sin consecuencias no hay cambio, y sin cambio el riesgo para las víctimas seguirá siendo el mismo. Cuando el agresor es adinerado, además, se complica obtener la orden de arresto; y aun cuando se logra, con frecuencia anda a sus anchas y apresarlo resulta casi imposible. Esa impunidad mina la confianza de la víctima y transmite un mensaje devastador: que la justicia no es igual para todos. Si eso no cambia, la violencia seguirá teniendo cómplices dentro del sistema.

Ahora llega al Congreso un nuevo proyecto de ley para reforzar la protección de las mujeres frente a la violencia. Cabe preguntarse, sin rodeos: si las leyes vigentes se aplicaran de verdad, ¿para qué crear otra? Ninguna norma nueva sustituye la voluntad de hacer cumplir las existentes. Y cuando el dinero o las influencias tuercen la decisión de un fiscal, no estamos ante una falla de las leyes, sino ante corrupción. Mientras no haya consecuencias reales para quienes venden o abandonan su deber, seguir promulgando leyes será un ejercicio inútil, incapaz de garantizar que una mujer regrese con vida a su hogar.

 

Diario Azua / 01 noviembre 2026.-
Testigo del tiempo

Por J.C. Malone

Francia danza al borde de la bancarrota y el caos político, tras perder siete de 14 colonias africanas. Mientras su primera colonia en América, Haití, vive en un caos político, parecería que el colonialismo está colapsando.

El presidente francés Emmanuel Macron acusa a Trump de manipular las protestas francesas, al igual que el presidente Joe Biden acusó al ruso Vladimir Putin de “crear” la inflación en Estados Unidos.

Cuando dos líderes de ese nivel dicen ese reverendo disparate, sabemos que los pobres tipos ya no tienen argumentos. Que la gente que fabrica mentiras para ellos dijo, “diga lo que Ud. quiera, igual, nadie le cree”.

Los disturbios e inestabilidad social en Francia contagiaron a Bélgica, Italia, Albania y España. El caos de Haití ya envuelve a militares de por lo menos a dos países vecinos.

Jefes militares de la República Dominicana le venden municiones a bandas haitianas, eso es grave, muy grave.

Bandas haitianas secuestraron a cuatro soldados salvadoreños. El caos haitiano llegó a Centroamérica; el Ministro de Defensa de El Salvador está en Puerto Príncipe con 3 mil soldados. Y no fueron a negociar ni a conciliar.

Los problemas de Francia, parecen no tener solución, la República Francesa puede colapsar cualquier día.

Su deuda impagable le cerró todas las puertas de todos los prestamistas internacionales, muchos están vendiendo bonos de Tesoro francés con altísimos descuentos, valen casi nada. Además, Francia perdió al menos la mitad de los recursos de sus colonias africanas, eso empeoró la situación.

En toda Europa hay demandas justas, pero los gobiernos empeñados en guerrear no pueden satisfacer a los manifestantes. Las fuentes de ingresos coloniales se agotan.

Es bueno aclarar que esto puede ser parte del libreto globalista del Foro Económico Mundial, en camino al “gran reseteo” de 2030; crean las condiciones para las protestas.

Ningún reclamo será satisfecho, la única salida del caos será el control total, necesario para imponer su agenda globalista.

Todo esto empeorará, porque el caos total es el mejor pretexto, para imponer el control total al que aspiran.
Diario Azua / 01 noviembre 2026.-
Por Néstor Estévez

WhatsApp es tecnología que ha llegado “para facilitarnos la vida”. Además de enviar y recibir mensajes o hacer llamadas, de audio y de video, desde guardar información hasta hacer reuniones son versatilidades que mucha gente encuentra en WhatsApp.

Sin embargo, acontecimientos muy recientes ayudan a seguir reafirmando un planteamiento que cada vez es más evidente: cuando te “dan” algo “gratis”, la mercancía eres tú.

¿Qué pasa con esta aplicación? A diferencia de TikTok o Instagram, donde abundan publicaciones de desconocidos, en WhatsApp interactuamos con familiares, amigos, compañeros y vecinos. Como confiamos en ellos, sus mensajes pueden influir especialmente en nuestras decisiones. Esto no significa que cada mensaje nos convenza, sino que el vínculo con quien lo envía cambia la manera en que lo recibimos.

Pero aquí también juega un papel muy importante la velocidad que nos han impuesto. Antes estábamos acostumbrados a esperar por una respuesta. Ahora, según estudios sobre conversaciones cotidianas, esperamos respuestas en menos de un segundo. Eso explica que cuando alguien nos “deja en visto”, en lugar de pensar “debe estar ocupado”, asumimos que algo anda mal; en cambio, si responde enseguida, lo asociamos con valoración.

Velocidad y presión de grupo

La rapidez influye en cómo interpretamos los mensajes. Un estudio encontró que las respuestas lentas pueden generar sospechas de mentira. Pero, además, en un grupo de WhatsApp, si muchos reaccionan rápidamente y coinciden, solemos sentir presión para responder y sumarnos a esa opinión, aunque todavía tengamos dudas.

WhatsApp facilita hablar con familiares lejanos, organizar actividades y sentirnos acompañados. Sin embargo, se recomienda comprobar la veracidad de lo que circula. Es que, como resulta tan fácil y ágil, mucha gente comparte sin asegurarse de lo que reenvía. Un mensaje enviado por alguien cercano puede parecernos más confiable que una noticia televisiva. Pero esa confianza merece tanta atención como el propio contenido.

También aparecen las llamadas “cámaras de eco”, que operan a modo de “cueva donde solo escuchas tu voz”. Así mismo opera un grupo donde todos piensan parecido: ciertas ideas se repiten tanto que terminan pareciendo verdades absolutas. Ya lo advirtió Daniel Kahneman: el cerebro humano suele confundir repetición con verdad.

El Ejército de Lula

En las recientes elecciones brasileñas, Lula quedó en desventaja en primera vuelta frente a Bolsonaro, pero después remontó. Durante una campaña que se libraba entre fallos informáticos y decisiones tecnopolíticas, el diputado André Janones impulsó un canal llamado "El Ejército de Lula", que reunió a casi 11 millones de personas en tres semanas.

Janones proponía misiones diarias, como "Hoy todos vamos a buscar en Google estas palabras" o "Vamos a comentar todos en esta publicación". También animaba a los seguidores a publicar fotografías con la camiseta amarilla de Brasil. Lula participó con videos breves, selfies y bromas, en lugar de discursos extensos. Inicialmente, no se llamó a pensar, se aplicó velocidad para la acción. Finalmente, Lula ganó.

Este caso muestra la importancia que puede adquirir la gestión de la atención pública en una campaña. Janones aprovechó la aplicación para coordinar personas como un ejército digital, que es mucho más que simple transmisión de mensajes. En definitiva, el uso de la aplicación depende de quienes la manejan: puede servir para movilizar, pero también para manipular.

Entonces, ¿cómo mantener autonomía?

No hace falta borrar WhatsApp. Conviene prestar atención a tres señales. Primero, observa el ritmo: si un grupo se llena de mensajes urgentes, mayúsculas y emojis de alarma, no respondas automáticamente. La velocidad suele dificultar la reflexión.

Segundo, pregunta de dónde viene la información. Mensajes como "reenvía esto a 10 personas" o "mira esto antes de que lo borren" pueden buscar que actúes automáticamente, sin comprobar nada. Antes de compartir, verifica la fuente.

Tercero, sal de tu “cámara de eco”. Si todos tus grupos repiten una misma idea, consulta medios confiables y escucha otras perspectivas. Buscar ayuda fuera de ahí, pero también importa evaluar la calidad de lo que encuentras.

WhatsApp no decide por ti, aunque puede favorecer reacciones rápidas y emocionales. Cuando un mensaje te provoque miedo o rabia, recuerda que esas emociones pueden utilizarse para influir en ti. Puedes responder en dos segundos o tomarte dos horas para pensar. Esa pausa puede ayudarte a decidir por cuenta propia.

miércoles, 28 de octubre de 2026

 


Diario Azua / 28 de octubre 2026

Por David San Andre

CEO de somoscumplimientodenormativa.com

República Dominicana tiene ante sí una oportunidad para reforzar la confianza en sus empresas e instituciones. Los cambios en materia de responsabilidad penal empresarial y contratación pública sitúan el cumplimiento normativo en un lugar cada vez más relevante. El reto consiste en transformar esas exigencias en decisiones, controles y hábitos que funcionen en la actividad diaria.

Desde nuestra experiencia en España, considero que este es un momento adecuado para compartir aprendizajes y trabajar junto a los profesionales dominicanos. Cada país tiene su propio ordenamiento y su realidad empresarial. La cooperación resulta útil cuando respeta esas diferencias y aporta soluciones adaptadas.

Un marco dominicano en evolución

Uno de los cambios más relevantes es el nuevo Código Penal, aprobado mediante la Ley 74-25 y modificado por la Ley 44-26. Su regulación de la responsabilidad penal de las personas jurídicas concede importancia a los programas de cumplimiento y a los deberes de dirección, supervisión y control. La reforma establece un calendario específico para estas disposiciones, cuya entrada en vigor está prevista para el 5 de noviembre de 2026.

Esto exige que las empresas revisen cómo toman decisiones, quién autoriza las operaciones sensibles y qué mecanismos permiten detectar irregularidades. La existencia de un programa de cumplimiento puede tener efectos jurídicos bajo determinadas condiciones; disponer de un manual, por sí solo, no garantiza una exención de responsabilidad.

También destaca la Ley 47-25 de Contrataciones Públicas y su Reglamento de aplicación, aprobado mediante el Decreto 52-26. Este marco refuerza la función del cumplimiento en las instituciones contratantes y contempla programas adaptados al contexto de cada organización. Para las empresas que participan en compras públicas, conocer estas reglas resulta esencial para preparar sus ofertas y gestionar sus relaciones con la Administración.

Estos avances se suman al trabajo desarrollado en prevención del lavado de activos. La DGII ha comunicado un incremento de las supervisiones sobre obligaciones como la designación del oficial de cumplimiento, el registro ante la UAF y las auditorías externas independientes de los sujetos obligados bajo su supervisión. La atención debe centrarse en la aplicación efectiva de los controles y en la evidencia de su funcionamiento.

Qué puede aportar la experiencia española

España introdujo la responsabilidad penal de las personas jurídicas en 2010 y profundizó en la regulación de los modelos de prevención mediante la reforma de 2015. El artículo 31 bis del Código Penal vincula sus posibles efectos exoneradores al cumplimiento de condiciones concretas, entre ellas la adopción y ejecución eficaz de medidas adecuadas de organización y control.

De esta evolución extraigo una enseñanza práctica: el cumplimiento necesita formar parte de la gestión. Un procedimiento pierde utilidad si los trabajadores lo desconocen, si nadie comprueba su aplicación o si la dirección permite excepciones sin justificación.

La implicación de los responsables de la empresa es decisiva. Deben asignar recursos, definir responsabilidades y actuar cuando se detectan incumplimientos. También es necesario revisar el programa cuando cambian la actividad, los mercados, los proveedores o los riesgos.

Otro aprendizaje está relacionado con la comunicación interna. La Ley española 2/2023 regula la protección de las personas que informan sobre determinadas infracciones. Su experiencia ofrece una referencia para reflexionar sobre cómo facilitar alertas, tratarlas con confidencialidad y proteger a quienes comunican irregularidades, siempre conforme al marco jurídico aplicable en cada país.

Una oportunidad para las pymes y los abogados

El cumplimiento debe ser proporcionado al tamaño y a los riesgos de cada organización. Una pyme puede comenzar identificando sus operaciones más sensibles, asignando responsables y estableciendo controles comprensibles. Lo fundamental es que esas medidas se apliquen y se revisen.

Los abogados dominicanos tienen un papel central en este proceso: interpretar las obligaciones, ayudar a priorizar riesgos y acompañar a sus clientes en la implantación. La colaboración entre especialistas jurídicos, responsables empresariales y profesionales del cumplimiento permite conectar la norma con el funcionamiento real de la empresa.

Desde somoscumplimientodenormativa.com queremos contribuir a ese trabajo compartiendo nuestra experiencia en España y desarrollando iniciativas de formación y colaboración con profesionales e instituciones de República Dominicana.

Nuestra propuesta parte de una convicción: una empresa que conoce sus riesgos y organiza su prevención está mejor preparada para tomar decisiones, responder ante incidencias y construir relaciones de confianza. Ese es el valor del compliance que queremos ayudar a impulsar.

Referencias normativas y documentales

República Dominicana: leyes 74-25 y 44-26; Ley 47-25 y Decreto 52-26; comunicado de la DGII de 28 de octubre de 2025 sobre supervisión antilavado. España: artículo 31 bis del Código Penal; Circular 1/2016 de la Fiscalía General del Estado; Ley 2/2023.

lunes, 26 de octubre de 2026

 

Diario Azua / 26 octubre 2026.-
Por Martín Hoz

Cada octubre, el Mes de la concientización en ciberseguridad nos devuelve a lo básico. Este año, lo básico tiene otra urgencia. La inteligencia artificial simplificó algo que antes exigía tiempo y oficio: encontrar, probar y aprovechar debilidades en código, configuración o procesos que ya existían. Muchas desde hace años e incluso con corrección disponible, pero no aplicada.

El Reporte del panorama global de amenazas 2026 de FortiGuard Labs de Fortinet lo plantea de forma directa: Las herramientas ofensivas con IA comprimen el tiempo necesario para validar y explotar la exposición que ya existe, haciendo posible en menos de 24 horas lo que antes tomaba semanas o meses. En una región donde los intentos de explotación crecieron casi 40 % en un año, esa idea debería ordenar las prioridades de cualquier equipo de seguridad.
Lo viejo no caduca

Solemos tratar las vulnerabilidades como noticias, aparecen, se publica el parche y el riesgo pasa. Pero la telemetría de FortiGuard Labs cuenta otra historia.

Según el reporte, la persistencia de la explotación -es decir, el tiempo que dura un atacante dentro de una red sin ser detectado- se relaciona más con el tiempo que tarda una organización en aplicar parches o ajustar configuración, que con la novedad de la falla. Una vez que una vulnerabilidad entra en los flujos automatizados de los atacantes, no envejece mientras la exposición siga ahí. Por eso fallas divulgadas hace años en componentes de software muy difundidos, en protocolos heredados para compartir archivos, y en la administración de routers o dispositivos IOT como cámaras e impresoras siguen dominando la actividad maliciosa.

Lo nuevo, por otro lado, se aprovecha cada vez más rápido. En periodos anteriores, la explotación solía aparecer alrededor de una semana después de que se divulgara una vulnerabilidad. En 2025, FortiGuard Labs observó de forma consistente que el tiempo de explotación pasó a un plazo de 24 a 48 horas, por delante de los ciclos tradicionales de parcheo. Las organizaciones quedan presionadas desde ambos extremos: la falla publicada esta semana y la que lleva cinco años sin corregirse en un dispositivo que nadie revisa. Todo, con los mismos recursos, presupuestos y personal.
Mitigado no es lo mismo que resuelto

Un parche cierra la puerta por la que entró el atacante. No necesariamente saca a quien ya entró ni invalida lo que se llevó. El reporte advierte que las credenciales, las rutas de acceso y la información sobre la infraestructura persisten mucho tiempo después del compromiso original. Se catalogan, se venden y se reutilizan para saltarse la etapa de descubrimiento e ir directo a la ejecución.

En la práctica, una exposición (vulnerabilidad o mala configuración) ya corregida puede seguir siendo útil para un atacante: las contraseñas robadas siguen funcionando si nadie las cambia; una solución temporal aplicada en plena emergencia puede desaparecer con un cambio de configuración. Una restauración desde respaldo o un equipo nuevo instalado con la plantilla de siempre mantiene exposición. Las cuentas que un intruso creó quedan activas hasta que alguien compara la configuración con una versión confiable. Un equipo sin soporte del fabricante no recibirá la próxima corrección. Los protocolos heredados que nadie desactivó y que el reporte identifica como deuda técnica son capaces de abrir rutas predecibles de movimiento lateral.

La IA cambia la economía de cada uno de estos escenarios. Probar miles de credenciales antiguas contra servicios expuestos, revisar configuraciones o encadenar fallas conocidas era trabajo que consumía horas de un operador entrenado. Hoy se puede delegar a una herramienta automática.
América Latina en la telemetría

Los datos regionales del reporte apuntan en la misma dirección. En 2025, los sensores de FortiGuard registraron cerca de 15 mil millones de intentos de explotación en América Latina, 39,85 % más que el año anterior. El reporte describe a la región como de menor volumen absoluto, pero con un crecimiento más rápido, consistente con una mayor conversión de exposición en explotación.

La cifra de botnets muestra el resultado. América Latina acumuló 2090 millones de detecciones de comunicaciones con infraestructura de comando y control, un alza de 12,05 % y la segunda cifra más alta del mundo, concentrada en México, Panamá, Venezuela, Brasil y Colombia. Cada una de esas detecciones corresponde a un equipo que ya fue comprometido y que hoy trabaja para alguien más.

El dato más revelador es otro. La región tuvo la mayor reducción anual de actividad de reconocimiento, pero el reporte no lo lee como un menor interés de los atacantes, sino como reutilización de datos históricos sobre activos expuestos una y otra vez. Los atacantes ya tienen el mapa. Si el servicio expuesto no cambió, si la contraseña no se rotó o si el firmware no se actualizó, ese mapa viejo sigue siendo exacto. El costo final aparece en el ransomware: 141 víctimas confirmadas en Brasil, 69 en México, 50 en Argentina y 41 en Colombia durante 2025, según la inteligencia de FortiRecon.
Higiene que sí cierra la puerta

Al igual que lavarse las manos para evitar contagios, la higiene puede ayudar a mantener sano un ambiente de cómputo. Ninguna de estas prácticas listadas abajo es nueva. Lo nuevo es que ahora ante la epidemia de vulnerabilidades la higiene se vuelve más importante que nunca. Entonces, ¿por dónde empezar?

1. Actualice siempre. Especialmente versiones recientes que quizá tengan incorporados arreglos a vulnerabilidades descubiertas por IA como parte del ciclo de calidad de los fabricantes. Quizá el más viejo de los consejos, pero también el más efectivo y a veces menos usado.

2. Parchear según la explotación, no solo según la severidad. Una falla calificada como media que ya se explota activamente merece más urgencia que una crítica que nadie ha logrado aprovechar. Los catálogos públicos de vulnerabilidades explotadas y las puntuaciones de probabilidad de explotación ayudan a ordenar la fila. El reporte propone, además, medir el tiempo de parcheo como un control de seguridad y tratarlo como un riesgo de negocio.

3. Cerrar el incidente completo, no solo la falla. Después de corregir una vulnerabilidad crítica en un equipo expuesto a internet, conviene cerrar las sesiones activas, rotar contraseñas y llaves, comparar la configuración con una versión confiable y buscar cuentas o accesos que nadie reconoce.

4. Autenticación multifactor en todo acceso remoto y administrativo. El reporte explica que la fuerza bruta tiene éxito por la reutilización de credenciales, la falta de límites de intentos y una aplicación inconsistente de MFA. Las tres se corrigen con configuración.

5. Sacar la administración del internet. Las interfaces de gestión deben ser accesibles solo desde redes y equipos de confianza.

6. Saber qué equipos ya no tienen soporte y qué mitigaciones dependen de una solución temporal. Lo primero define dónde no llegará el próximo parche. Lo segundo exige verificar después de cada cambio, restauración o equipo nuevo que la protección sigue activa. En la misma revisión, conviene desactivar los protocolos heredados que nadie usa.

Probar las propias defensas también rinde frutos. FortiGuard observó una relación inversa entre la frecuencia de las pruebas de penetración y el éxito del compromiso de identidades en la nube, por ejemplo.

Para los gobiernos y los operadores de servicios esenciales de la región, la higiene también es una decisión presupuestaria. Incluir el ciclo de vida del soporte en cada compra, y financiar la renovación antes de que un equipo quede sin actualizaciones, cuesta menos que responder a un incidente en un sistema que ya no tiene corrección posible.

La IA no vuelve obsoletas las prácticas básicas. Las vuelve más urgentes, porque reduce a casi nada el costo de encontrar a quien no las aplicó. Este mes, la pregunta útil para cualquier organización de la región va más allá de si instaló el último parche. También importa si las contraseñas, las configuraciones y los equipos que quedaron de incidentes anteriores siguen ahí, esperando a que alguien los pruebe.

El autor es vicepresidente sénior de Ingeniería de Preventa de Fortinet América Latina y Caribe
Diario Azua / 26 octubre 2026.-
Por Lisandro Prieto Femenía

“Entonces se pudo constatar que las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable” -Walter Benjamin, 1933/1989, p. 167

El silencio es polisémico, por lo que no siempre equivale a la quietud, sino que frecuentemente constituye el grito petrificado de lo inenarrable. Hace unos días leí una conmovedora crónica de BBC Mundo (2026, 28 de mayo) titulada “El sufrimiento silencioso de los niños en Gaza que han perdido la capacidad de hablar”, en la que la psicoterapeuta infantil Katrin Glatz Brubakk describe un panorama que quiebra la complacencia moral de nuestra época al dar testimonio de la mudez física y psicológica de miles de niños que, expuestos a una barbarie sistemática, han clausurado su propia capacidad de hablar. “No hay ningún niño en Gaza que no esté traumatizado”, relata Glatz Brubakk tras sus misiones de asistencia médica con la fundación “Médicos sin fronteras”. Esta afasia forzada por el estruendo de los bombardeos, el hambre deliberada y el desamparo estructural no constituye un síntoma clínico aislado, sino el colapso absoluto del lenguaje ante un entorno que ha dejado de ofrecer las mínimas garantías de significación y amparo vital.

Al profundizar en las dimensiones de esta crisis humanitaria y clínica, la mencionada crónica de la BBC (2026) aporta una clave analítica insoslayable al advertir cómo los equipos médicos se enfrentan a pacientes que, pese a conservar intactas sus funciones fonéticas en términos biológicos, han optado o sido empujados por el colapso psíquico a un repliegue absoluto donde las palabras ya no encuentran interlocutores ni refugio. Este fenómeno documentado en terreno nos obliga a reflexionar sobre cómo el asedio continuado desarticula no solo el tejido urbano, sino la arquitectura mental más íntima de las nuevas generaciones, transformando el mutismo en una trinchera defensiva extrema contra la insoportable crudeza de la destrucción masiva.

La precitada fractura en la capacidad de narrar nos devuelve de forma dolorosa a las reflexiones que Walter Benjamin consignó en su obra clásica de 1933, “Experiencia y pobreza”. En aquel ensayo surgido de la desolación posterior a la Primera Guerra Mundial, el filósofo berlinés observó con agudeza cómo los combatientes regresaban mudos de los campos de batallas, privados de una experiencia que pudiera ser transmitida de boca al oído debido al despliegue abrumador de la técnica de exterminio. Lo que el pensador (1933/1989) conceptualizó como una “nueva barbarie” (p. 168) se actualiza hoy en el territorio gazatí bajo una luz infinitamente más desgarradora. A diferencia de aquel combatiente adulto que regresaba empobrecido de su experiencia bélica, el niño en Gaza es despojado de su voz antes de haber podido siquiera estructurar su relación fundacional con el entorno. La agresión sistemática, la orfandad prematura y el asedio constante socavan la confianza ontológica más elemental, dejando al pequeño que ayuda a recoger fragmentos de cuerpos humanos en el asfalto en una intemperie absoluta donde el porvenir carece de horizonte regulativo, pues ningún infante puede acostarse hoy en su refugio con la certeza de que despertará con vida al amanecer.

Semejante devaluación radical de la palabra trasciende los linderos del trauma clínico para adentrarse en los abismos de la ontología y de la identidad personal, planteándonos una pregunta ineludible sobre cómo repercute la pérdida de la voz en la continuidad de la propia conciencia. En el plano de la interrupción existencial, cobra pleno sentido la distinción formulada por Paul Ricoeur en su tratado “Sí mismo como otro” (1996) entre la mismidad (idem) o continuidad puramente física, y la ipseidad (ipse) o identidad narrativa. Mientras el organismo del niño mantiene una persistencia biológica e idéntica a través del tiempo- un cuerpo que resiste físicamente bajo las bombas-, su capacidad para constituirse como un yo continuo en el plano biográfico queda trágicamente suspendida. La privación del habla arrebata a estas infancias el recurso hermenéutico necesario para dotar de sentido a los acontecimientos de su existencia y trazar una línea biográfica coherente, convirtiendo el silencio en una amputación de la ipseidad, de tal forma que la vida deja de ser una historia susceptible de ser narrada y queda reducida a la inercia de la carne que resiste al exterminio, puesto que, como sostiene Ricoeur (2006), “una vida no es más que un fenómeno biológico en tanto la vida no sea interpretada” (p. 17).

Bajo las ruinas de este colapso, cabe preguntarse si continúa existiendo el mismo sujeto cuando extingue su capacidad de comunicarse. El yo, concebido como agente de la comunicación, no es una entidad autónoma que preexista al lenguaje y que emplee la palabra como una herramienta accesoria, sino que, por el contrario, la subjetividad se forja en la alteridad, en la trama de relaciones lingüísticas que nos permiten designarnos como autores de nuestras propias acciones. Pues bien, cuando se clausura esta dimensión, el sujeto de la acción se desvanece de forma inevitable. El niño silenciado se ve despojado de su papel de agente en su propia vida, dejando de ser un narrador para convertirse en el objeto pasivo sobre el cual se inscribe el horror de la metralla, de manera que su yo ya no se reconoce en sus propias determinaciones temporales, dado que el mañana se ha borrado y el ayer carece de palabras para ser integrado, empujando al individuo al mutismo de lo inhumano.

Cuando el aparato perceptivo y cognitivo se enfrenta a un dolor que desborda todo límite, el sistema nervioso opera una desconexión radical como mecanismo de supervivencia. Al respecto, Giorgio Agamben, en su riguroso análisis de la “nuda vida” titulado “Lo que queda de Auschwitz” (2005), indaga precisamente en el estatuto existencial del “musulmán”, aquel prisionero del campo de exterminio que, habiendo sido despojado de toda dignidad y voluntad, caía en una apatía insondable y un mutismo absoluto. Para Agamben, el verdadero testigo de la atrocidad no es quien ha logrado sobrevivir para contarlo con elocuencia, sino aquel que ha sido conducido al umbral de lo inhumano, señalando que “no somos nosotros, los supervivientes, los verdaderos testigos [...] somos una población anómala [...] son ellos, los musulmanes, los hundidos, los testigos integrales, aquellos cuya declaración hubiera podido tener un significado general” (Agamben, 2005, p. 33). Al observar a los niños mudos de Gaza, nos encontramos ante esos mismos testigos integrales que describe el autor italiano, cuyo silencio no es una elección consciente ni una patología puramente individual, sino la materialización física del testigo absoluto de una masacre que goza de impunidad global, interpelando con potencia ensordecedora a los tribunales de derecho internacional y a la indiferencia de los espectadores del mundo entero.

Esta confrontación con el testigo absoluto nos sitúa ante un abismo ético y jurídico que raras veces es problematizado por la racionalidad moderna, a saber, la atribución de verdad y credibilidad a las expresiones que carecen de la envoltura de la palabra articulada. En el andamiaje del derecho internacional posmoderno y de las instituciones liberales, la capacidad para comparecer ante un tribunal, dar consentimiento o testificar se encuentra estrechamente ligada al dominio lingüístico formal, de modo que quien no puede traducir su dolor en un relato coherente y estructurado es despojado de su estatuto como sujeto de derecho activo. Al respecto, Miranda Fricker, en su revelador estudio titulado “Injusticia epistémica” (2017), examina cómo las asimetrías de poder y los prejuicios estructurales pueden menoscabar la credibilidad de un individuo, señalando que “la justicia testimonial se produce cuando los prejuicios llevan a un oyente a otorgar a las palabras de un hablante un grado de credibilidad disminuido” (p. 17). Si aplicamos este prisma a la mudez de la infancia en Gaza, el agravio adquiere una dimensión extrema, pues no se trata meramente de que se minimice su palabra por una desconfianza prejuiciosa, sino de que se anula toda su aptitud testimonial debido a la imposibilidad de hablar, confinando sus cuerpos dolientes a una zona de exclusión jurídica donde su capacidad de consentir o denunciar queda suspendida en el vacío.

Por consiguiente, reconocer la credibilidad de lo no verbal exige un desplazamiento ético radical hacia la alteridad. Como bien sostiene Emmanuel Levinas en “Totalidad e infinito” (1977) al afirmar que “el rostro habla” (p. 89), la revelación del otro en su desnudez y vulnerabilidad extrema constituye un discurso ético primordial que antecede y fundamenta a cualquier palabra articulada. El silencio del niño traumatizado no representa una página en blanco para ser escrita por intérpretes ajenos, sino una presencia expresiva que nos impone la responsabilidad moral infinita de su resguardo. Aquí radica, precisamente, el imperativo de proteger esta mudez contra la instrumentalización y la explotación del espectáculo mediático, puesto que en el consumo contemporáneo del dolor ajeno existe un peligro latente de expropiar el silencio de las víctimas infantiles para adecuarlo a las narrativas geopolíticas preconcebidas, olvidando que velar por la integridad de estos pequeños testigos silenciosos implica comprender que su silencio forzado es una demanda soberana de justicia que no requiere de ventriloquia ideológica, sino de una escucha atenta capaz de descifrar la verdad inscrita en el temblor de una mirada perdida o en la rigidez de un cuerpo.

Ante este panorama de despojo, surge una interrogante crucial de carácter ético y epistemológico sobre cómo reconstruir el hilo de una historia personal cuando los canales de la palabra verbal han quedado obturados por la violencia. En aquellas circunstancias en las que el habla colapsa, el ser humano se ve impelido a recurrir a lenguajes alternativos para restaurar la trama del sí mismo, y es en este ámbito donde los lenguajes expresivos no verbales- como la pintura, la arcilla o la melodía- dejan de funcionar como recursos accesorios de juego o diagnóstico clínico para convertirse en auténticos dispositivos hermenéuticos de gran valor cognoscitivo. No se trata de un simple canal de desahogo, sino de un acto ético de autoafirmación, de modo que al dotar de forma material la vivencia indecible, el infante inicia un proceso de metamorfosis de su dolor. En este sentido, en su estudio sobre las transiciones de la herida psicológica, Boris Cyrulnik (2015) sostiene que “el esfuerzo de construir un relato para compartirlo convierte al afectado de nuevo en sujeto de su historia y no ya en cosa maltratada por el trauma” (p. 12). De esta manera, cuando el trazo del dibujo delinea el hogar destruido o las manos moldean el contorno de la pérdida, el niño abandona el rol de objeto inerte sobre el cual se inscribió la violencia para transformarse en el autor de su propia representación, siendo este un desplazamiento vital para recomponer la “ipseidad” fracturada y rescatar la subjetividad de su parálisis existencial.

Esta reconstrucción de la propia historia responde a una búsqueda existencial de significado frente a la desolación del desamparo. ¿Cómo volver a habitar el mundo tras presenciar la aniquilación de toda certidumbre? En la realidad devastada de Gaza, la recuperación de un sentido tras el despojo se revela como la precondición de la supervivencia de la psique. Por ello, al reflexionar sobre el destino del ser humano en los límites del horror concentracionario, el psiquiatra Viktor Frankl (2015) formuló una de las máximas fundamentales de la ontología existencial al constatar que “el sufrimiento, en cierto modo, deja de ser sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como puede ser el sentido de un sacrificio” (p. 135). Para los niños de Gaza, este sentido no puede originarse en abstracciones ideológicas o consignas políticas de los adultos, sino que debe surgir del restablecimiento del afecto, del juego silencioso y del amparo relacional diario. Por consiguiente, el imperativo ético para la comunidad internacional consiste en proporcionar los soportes afectivos y culturales que sirvan como apoyos para que dicho sentido pueda florecer de nuevo, de lo contrario, el trauma corre el riesgo de petrificarse, aprisionando a la infancia en un porvenir que no será más que la repetición incesante del espanto.

La persistencia de esta barbarie que se despliega en tiempo real ante las pantallas de un planeta anestesiado desmorona los pilares morales sobre los que se pretendió reconstruir el proyecto ético de la modernidad. En su conferencia radiofónica de 1966, recopilada en el volumen de ensayos “Consignas”, Theodor W. Adorno sostuvo que “la exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en la educación” (Adorno, 1966/1973, p. 80). El filósofo argumentó que fundamentar semejante imperativo resultaría monstruoso ante la evidencia de lo sucedido en los campos. Sin embargo, décadas después de aquel reclamo urgente, la repetición del horror no se presenta como un peligro teórico latente, sino como una realidad diaria legitimada por el mutismo geopolítico, manifestándose hoy en la justificación burocrática del asesinato infantil a gran escala bajo la etiqueta de “efectos colaterales”. En definitiva, la mudez de la infancia gazatí es el espejo invertido de nuestra propia mudez colectiva, el costo real de un orden internacional que prefiere callar antes que incomodar a las estructuras hegemónicas de poder.

Desde la perspectiva analizada por el personal clínico en el terreno, el retraimiento constituye una respuesta neurológica para escapar de una realidad intolerable que continúa infligiendo dolor de manera ininterrumpida. Al rehusarse a interactuar a través del habla con un entorno hostil, el niño resguarda su último reducto de mismidad frente a la aniquilación externa, pues el lenguaje, que por definición requiere de la existencia de un interlocutor que escuche y reconozca la propia subjetividad, pierde su razón de ser cuando el otro se manifiesta exclusivamente bajo la forma de metralla, fuego y despojo. Se destruye, de este modo, el espacio común de la palabra compartida. Si la infancia es históricamente el territorio de la promesa, del juego y de la apertura hacia el porvenir, la Gaza contemporánea representa la clausura sistemática de toda posibilidad de advenimiento existencial. El mutismo de estos niños constituye una grieta insondable en la historia: no hablan porque el mundo exterior se ha convertido en un cementerio de significados donde ya no queda nada habitable que nombrar.

Resulta inadmisible cobijarse bajo el cómodo manto del escepticismo intelectual o el lamento humanitario de ocasión mientras se consiente la demolición psíquica y física de toda una generación. El silencio de las víctimas más pequeñas no es solo una herida clínica abierta que el futuro deba suturar con terapia, sino que constituye un veredicto definitivo sobre el fracaso ético de la humanidad. Tras contemplar el vacío de esas miradas infantiles que renunciaron a la palabra como último acto desesperado de defensa, la parálisis del espectador adquiere un tinte de complicidad inexcusable. ¿Acaso la clausura de la palabra en la infancia gazatí no prefigura la mudez moral de una especie que ha decidido intercambiar su dignidad a cambio de la sumisión geopolítica? ¿Qué derecho nos queda a invocar las palabras justicia, derechos o civilización si permitimos que la primera lengua de la infancia sea la del mutismo forzado por la impunidad? La verdadera secuela de este horror no radica únicamente en las ruinas materiales que cubren el territorio devastado, sino en la inquietante certeza de saber que, habiendo presenciado la asfixia del habla de sus niños, hemos decidido seguir hablando como si nada de esto nos concerniera.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Adorno, T. W. (1973). La educación después de Auschwitz. En Consignas (pp. 80-95). Amorrortu Editores. (Trabajo original publicado en 1966).

Agamben, G. (2005). Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo (Homo Sacer III) (2ª ed.). Editorial Pre-Textos. (Trabajo original publicado en 1998).

BBC Mundo. (2026, 28 de mayo). El sufrimiento silencioso de los niños en Gaza que han perdido la capacidad de hablar. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/ckjwedx54pqeo

Benjamin, W. (1989). Experiencia y pobreza. En Discursos interrumpidos I (pp. 167-173). Editorial Taurus. (Trabajo original publicado en 1933).

Cyrulnik, B. (2015). Autobiografía de un espantapájaros. Testimonios de resiliencia: el retorno a la vida. Editorial Gedisa.

Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido (3ª ed.). Editorial Herder. (Trabajo original publicado en 1946).

Fricker, M. (2017). Injusticia epistémica: el poder y la ética del conocimiento. Editorial Herder. (Trabajo original publicado en 2007).

Levinas, E. (1977). Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad. Editorial Sígueme. (Trabajo original publicado en 1961).

Ricoeur, P. (1996). Sí mismo como otro. Siglo XXI Editores. (Trabajo original publicado en 1990).

Ricoeur, P. (2006). La vida: un relato en busca de narrador. Ágora. Papeles de Filosofía, 25(2), 9-22.
El autor es docente, escritor y filósofo
San Juan - Argentina (2026)

La dirigente política Margarita Feliciano sostuvo que el incremento de las importaciones coloca en riesgo la soberanía alimentaria y la rentabilidad de los sectores arrocero, avícola y porcino.


Diario Azua / 26 de octubre 2026

Santo Domingo. — La dirigente política Margarita Feliciano expresó su profunda preocupación por las políticas de importación del Gobierno, que, a su juicio, están debilitando la producción nacional de arroz, pollo y cerdo, mientras el alto costo de la canasta familiar continúa golpeando el bolsillo de los dominicanos.

Feliciano señaló que resulta contradictorio que un país que produjo cerca de 14.8 millones de quintales de arroz en 2025, cubriendo aproximadamente el 96 % de su consumo, mantenga a sus productores preocupados por las importaciones, mientras los avicultores denuncian pérdidas de hasta RD$12 por libra y los porcicultores enfrentan serias dificultades para comercializar sus animales.

“Es inaceptable que, mientras el arroz y el pollo constituyen alimentos fundamentales en la mesa dominicana, nuestros productores enfrenten pérdidas, endeudamiento y denuncias de quiebras. El Gobierno, que debería ser su principal aliado, está permitiendo condiciones comerciales que amenazan su supervivencia”.

Advirtió que esta situación podría provocar nuevos cierres de granjas y factorías, pérdida de miles de empleos y abandono del campo, debilitando progresivamente nuestra capacidad de producir alimentos y aumentando la dependencia de las importaciones.

“El peligro no es solamente lo que estamos perdiendo hoy, sino lo que tendremos que pagar mañana. Si nuestros agricultores y criadores desaparecen por falta de rentabilidad, quedaremos más expuestos a los precios internacionales, al costo del transporte y a las decisiones de mercados extranjeros. Recuperar una producción nacional destruida no es tarea de un día”.

Feliciano consideró fundamental promover el consumo de productos dominicanos y garantizar condiciones que permitan a nuestros agricultores y ganaderos producir, vender y obtener una rentabilidad justa.

“La seguridad alimentaria no puede descansar exclusivamente en las importaciones. Necesitamos un campo productivo, agricultores que quieran seguir sembrando y criadores que puedan continuar trabajando sin temor a terminar endeudados. El daño que estamos arriesgando no es solo económico; es también social y compromete el futuro de nuestras próximas generaciones”.

Finalmente, expresó:

“No se trata de cerrar nuestras fronteras comerciales, sino de establecer un equilibrio justo entre las importaciones y la producción nacional. Proteger a nuestros productores es defender el empleo, la economía y la soberanía alimentaria dominicana”.

domingo, 25 de octubre de 2026

Diario Azua / 25 octubre 2026.-
Por Néstor Estévez

Francia es, para muchos, referente de la moda, del buen vino, de los perfumes. Para otros, de los derechos humanos o de ideas transformadoras. En fin, cada quien ejerce su libertad de asumirla como mejor le cuadre.

Ahora ocurre que esa misma Francia, la de De Gaulle, Descartes, Foucault, Morin, Napoleón, Victor Hugo, como parte de una larga lista de notables, vive otra forma de ser referente. En esa misma Francia, a estudiantes que reclamaban mejores condiciones educativas se han unido trabajadores y otros ciudadanos para protestar.

Para no hacer el cuento largo, el recién pasado sábado 17 de octubre, cientos de miles de personas salieron a las calles. Hubo marchas pacíficas, pero también enfrentamientos, incendios y graves daños. Diversos medios dan cuenta de más de dos mil detenidos y 600 agentes heridos.

Pero Francia no es un caso aislado. Desde el año pasado, en Nepal, Perú, Madagascar y Paraguay, jóvenes de la Generación Z han usado las redes para organizar protestas y expresar su rechazo a la corrupción, la falta de oportunidades y decisiones que consideran injustas.

Protestas en tiempos de virtualidad

De entrada, luce paradójico: en un mundo en donde la virtualidad parece ser la nueva realidad, las redes virtuales son usadas para difundir realidades. Bueno, realidades y también irrealidades disfrazadas de verdad.

Recordemos que ahora cualquiera dice, mucha gente le cree y hasta le ayuda a difundir desde palpitantes realidades hasta amañadas falsedades. Sobre el tema, imágenes incendiarias dan la vuelta al mundo en cuestión de segundos. Muchísima gente comparte, opina y discute. Pero ¿qué ocurre cuando una imagen pertenece a otro lugar o fue grabada hace años? ¿Cuánta gente repara en ello o se encarga de revisar al respecto? Realmente, penosamente, muy pocas personas lo hacen.

El tema ya se ha vuelto “enfermedad”. Antes de terminar de leer este texto, “productores de contenido” se habrán encargado de desviar a mucha gente de lo esencial. Por eso, mientras en Francia o en cualquier parte del mundo ocurren manifestaciones de protesta, otra batalla se libra en las pantallas: la de los relatos.

Sobran videos antiguos circulando como si mostraran protestas actuales. Nos atiborran de contenido generado con IA a disposición de gente que no sabe lo que tiene entre manos y mucho menos las consecuencias de sus acciones.

Lo penoso es que el común de la gente “no le para a eso”; sencillamente, recibe todo lo que le llega, cree y “le da pa’lla”. Así es como, con entretenimiento y manipulación perversa, terminamos “enredados en las patas de los caballos”. Y más penoso todavía: el daño no termina cuando alguien descubre el engaño. Para entonces, la confusión y la desconfianza, por no saber a quién creerle, ya pueden haberse extendido.

Un espejo para vernos

Ante semejante situación, uno termina no sabiendo a quién encomendarse. Pues, así como de esos países nos llega lo que realmente ocurre, mezclado con mucha mentira, ¿qué no ha de pasar en lugares en donde “política y pelótica” son solo dos expresiones de una amplia diversidad de entretenimientos?

Cierto es que las denominadas plataformas permiten denunciar abusos, reunir voluntades y dar voz a quienes antes tenían pocas oportunidades de ser escuchados. Sería un error verlas solamente como fábricas de mentiras porque también sirven como puertas para participar en los asuntos públicos.

El problema aparece cuando la rapidez vale más que la verdad. Una publicación que provoca miedo o rabia puede recibir miles de respuestas antes de que alguien pregunte si es cierta. Así nacen los bulos, los rumores disfrazados de noticias que pasan de una pantalla a otra y ponen a “galloloquiar” a gente que no se detiene ni un segundo para hacerse preguntas básicas.

Hay métodos sofisticados para manipular, pero también los hay muy sencillos. Basta con cambiar la fecha de un video, recortar una frase o publicar una foto sin explicar su origen. A eso se suma que ahora también existen herramientas de inteligencia artificial capaces de crear voces e imágenes que parecen auténticas.

Ahí viene un año preelectoral y otro para las elecciones. ¿Qué les parece si despertamos y nos vamos entrenando, antes de que asumamos a Francia como referente?
Diario Azua / 25 octubre 2026.-
Por Lisandro Prieto Femenía

«Cuando el hombre deja de creer en Dios, no es que no crea en nada: es que se lo cree todo» — G. K. Chesterton (Ortodoxia, 1908/2004, p. 78)

Por el cruce del bulevar Voltaire corre un río denso de plástico derretido, cristales pulverizados y humo de caucho calcinado. A pocos pasos de la plaza de la República, entre los vestigios aún tibios de un automóvil consumido por el fuego, la estatua de Marianne observa impasible la desolación de una ciudad que parece ensañarse contra sí misma. Mientras el humo ascendía hacia el cielo gris de París tras una jornada de ira, saqueos e incendios que dejaron más de 1800 detenidos y decenas de comercios devastados (Avignolo, 2026), una joven de apenas 15 años guardaba entre sus ropas el botín robado de una tienda destruida, justificando su pillaje con una frívola indiferencia moral: “Todo el mundo se ha llevado cosas, yo también tengo derecho” (Avignolo, 2026). Casi simultáneamente, a escasa distancia de las calles en llamas cercanas al Arco del Triunfo, una pareja contemplaba el colapso urbano mientras continuaba bebiendo su café en la terraza de un bar (Avignolo, 2026), resguardada tras esa coraza de apatía estética con la que la civilización occidental intenta anestesiar su agónica perdición. La imagen condensa una paradoja preocupante: la coexistencia del nihilismo feroz que devora las calles y la vacuidad hedonista que lo observa sin inmutarse.

Frente a la manipulación de estas postales caóticas en el corazón de la Europa posmoderna –donde la indignación social por el costo de la vida se convierte aceleradamente en violencia ciega, saqueos desenfrenados y el asalto a alcaldías históricas en Limoges, Marsella o Lille (Euronews, 2026; BBC News Mundo, 2026)-, la narrativa dominante insiste en encuadrar la crisis dentro de las estrictamente demarcadas coordenadas de la gestión macroeconómica o la efectividad policial. (elDiario.es, 2026).Sin embargo, reducir el grama europeo a simple desajuste de los índices de inflación o la falta de respuesta gubernamental ante la protesta ciudadana resulta ser un diagnóstico constitutivamente insuficiente. Lo que hemos presenciado en las precitadas ciudades europeas no es una mera ruptura circunstancial del contrato social, sino la fase terminal de una amputación ontológica deliberada: el vaciamiento de la matriz espiritual y trascendente que dio origen y consistencia histórica al viejo continente. Al decapitar su propia tradición cristiana en nombre de una emancipación secular radical, la cultura europea no alcanzó la utopía de la razón pura, sino que se precipitó en una anomia estructural donde la norma pierde su fundamento y la violencia se convierte en el único lenguaje articulable.

Para comprender la magnitud de este desastre, es preciso desentrañar cómo la modernidad ilustrada creyó erróneamente que podía conservar los frutos morales del cristianismo- la noción de dignidad humana, la inviolabilidad de la personal, la fraternidad universal y los límites éticos del poder- habiendo extirpado previamente la raíz metafísica que los sostenía y alimentaba. En su célebre análisis sobre la génesis del nihilismo europeo, Friedrich Nietzsche vislumbró con lucidez la devastación inevitable que sucedería al eclipse de la trascendencia divina. En “La gaya ciencia”, el filósofo alemán expuso la magnitud incalculable de este acontecimiento metafísico y existencial: “¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos movemos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caemos incesantemente? ¿Hacia adelante, hacia los lados, hacia atrás, hacia todos lados? ¿Existe aún un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita?” (Nietzsche, 1882/2001, p. 145).

Las preguntas nietzscheanas cobran una vigencia plena cuando contemplamos las ruinas de las avenidas parisinas o el saqueo sistemático de locales comerciales por jóvenes que ya no reconocen límite ético alguno ni horizonte metafísico de justicia. Al desvincular la noción de deber de toda esfera sagrada, la modernidad tardía pretendió levantar una moral puramente utilitaria que terminó naufragando en el impulso del consumo inmediato o en la rabia reactiva de las masas. La muchacha que roba en el bulevar destruido no actúa en favor de una reivindicación ideológica muy sofisticada, sino que ejecuta, en su forma más ramplona, la lógica de un individualismo radicalizado que ha sustituido el concepto trascendente de justicia por el capricho impertinente del deseo propio. Desencadenada la tierra de su sol, desprovista la polis de su eje sagrado, el espacio público se convierte en un desierto donde no hay arriba ni abajo, sino la imposición brutal de la fuerza o el pillaje organizado de una turba contratada.

Evidentemente, esta erosión moral no es un accidente fortuito, sino el resultado directo de una profunda metamorfosis filosófica donde la trascendencia fue sustituida por el culto a la inmanencia y la desacralización de lo humano. Al respecto, el filósofo canadiense Charles Taylor ha analizado minuciosamente esta mutación en su investigación sobre la secularización occidental, señalando cómo el abandono de la fe no representó una mera liberación del pensamiento, sino la emergencia de una estructura de la experiencia caracterizada por la pérdida de significados definitivos. Al examinar el advenimiento de la modernidad secular en “La era secular”, Taylor apuntó que “el cambio de una sociedad en la que era prácticamente imposible no creer en Dios a una en la que la fe, incluso para el creyente más firme, es solo una posibilidad humana entre otras [...]. La gran invención del secularismo moderno fue el humanismo autosuficiente, que acepta no tener más marco final de referencia que el florecimiento humano en el marco de esta vida” (Taylor, 2007/2014, p. 23),

El drama del “humanismo autosuficiente” estriba en su fragilidad constitutiva: al encerrar al ser humano en la inmanencia pura, convierte la coexistencia política en un vago acuerdo contractual vulnerable a los vaivenes de la prosperidad material. Cuando el bienestar económico tropieza –tal como ocurre en las presentes jornadas de agitación social e inflación en suelo francés-, la falta de una arquitectura ética superior provoca que el contrato social se desmorone instantáneamente. Sin la categoría de “lo sagrado” que unifica, sin el reconocimiento de una comunidad trascendente que va más allá de la utilidad económica, el prójimo deja de ser semejante para transformarse en un obstáculo o un blanco para la depredación total. Europa se descubre así habitando una estructura institucional imponente, pero hueca, sostenida por la inercia de un pasado moral cuyos presupuestos espirituales han sido sistemáticamente despreciados por décadas.

A esta flaqueza interna de la razón secularizada y progre, se añade una dimensión geopolítica e identitaria insoslayable que prefiguraba ya la tormenta del presente. Al abdicar de sus convicciones metafísicas, el espacio público europeo quedó incapaz de responder con solidez teórica y vital ante la irrupción de identidades comunitarias dotadas de un vigor trascendente intacto, como bien analicé recientemente (2026a) al examinar las fricciones contemporáneas entre secularismo e islamismo en mi ensayo titulado “Analizando las consecuencias de la sumisión europea”. La vulnerabilidad de Europa ante tales tensiones no proviene únicamente de torpes dinámicas migratorias o choques culturales externos, sino de su propio vaciamiento ontológico: una civilización que se avergüenza de sus raíces cristianas y que reduce la condición humana al bienestar material no posee las herramientas simbólicas para entablar un diálogo simétrico ni para ofrecer una integración duradera. Frente a las identidades cohesionadas por certezas sagradas, el laicismo tecnocrático sólo ofrece la neutralidad anestésica de la burocracia, provocando que la fricción cultural derive inexorablemente en fractura social y en la colisión de cosmovisiones que son, digámoslo, irreconciliables.

Sin embargo, el panorama de la Europa contemporánea no se agota en las llamas de las barricadas ni en la aparente victoria de la desacralización. En el mismo suelo francés que se debate entre el desgarro social y el cinismo, irrumpió recientemente un fenómeno impredecible que desbarató los esquemas sociológicos más asentados: la multitudinaria acogida brindada al Papa León XIV durante su visita pastoral. Frente a las narrativas que daban por difunta la fe católica en el Continente, más de un millón trescientas mil personas desbordaron espacios icónicos como la Plaza de la Concordia, Lourdes o el Estadio de Francia, poniendo de manifiesto que el anhelo de lo trascendente no se liquida por decreto ni se asfixia de forma definitiva bajo el peso de la patética moda moral de la posmodernidad (Prieto Femenía, 2026b). Tal eclosión revela una grieta luminosa en el relato hegemónico de los medios masivos de comunicación, al servicio de la agenda de secularización masiva, sugiriendo que la sed de absoluto permanece agazapada en el fondo del alma europea a la espera de un signo que la convoque.

Ahora bien, sostener que la desacralización representa el destino ineludible de la historia constituye un reduccionismo miope que ignora la dialéctica constitutiva del espíritu humano. Sobre este aspecto en particular, Joseph Ratzinger (2013), en su obra “Introducción al cristianismo”, supo caracterizar esta tensión existencial al advertir que “tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismos y a la verdad de su ser” (p. 18). La pretendida autosuficiencia laica y la increencia no logran impermeabilizar al individuo frente a la pregunta acuciante por el sentido; la inquietud metafísica reaparece inevitablemente cuando las promesas del consumo se revelan incapaces de mitigar el peso de la propia finitud. Las escenas insólitas de transeúntes y jóvenes arrodillados en pleno centro de París para solicitar el sacramento de la reconciliación a sacerdotes apostados en la vía pública (Prieto Femenía, 2026b) representan una verdadera insurrección ontológica contra el dogma de un laicismo progre que pretendía confinar lo sagrado a la penumbra de la esfera privada.

Así, resulta esclarecedor observar la respuesta de las élites tecnocráticas ante el caos que recorre sus calles. Con un lenguaje híper-racionalizado que apela de manera insistente a la indemnización económica, a la eficiencia policial y a la invocación abstracta de la república (BBC News Mundo, 2026), los gobiernos europeos pretenden contener un fuego que es, en su origen, estrictamente ideológico y existencial. Hay una profunda ceguera geopolítica y cultural en asumir que la paz social se recuperará mediante la sola presencia de fuerzas antidisturbios o promesas de subsidios estatales. En “La crisis de la conciencia europea”, el historiador y ensayista Paul Hazard nos alertó ya en el siglo pasado sobre las secuelas destructivas que sobrevendrían cuando la civilización occidental intentase fundarse exclusivamente sobre la crítica demoledora y el desprecio por sus fundamentos religiosos tradicionales: “Se quería una edificación que descansara sobre la razón pura, y no sobre la fe o la autoridad; se quería un edificio cuya estabilidad dependiera únicamente del análisis racional de la naturaleza humana [...]. Pero al destruir las bases sobre las cuales la humanidad occidental había descansado durante más de mil quinientos años, se corría el riesgo de derrumbar el techo sobre la propia cabeza” (Hazard, 1935/1988, p. 112).

Pues bien, amigos, el techo ya se está derrumbando, precisamente sobre las cabezas de quienes creyeron que las catedrales vacías eran el trofeo inevitable del progreso lineal. Las imágenes de la alcaldía centenaria de Limoges ardiendo bajo las llamas (Avignolo, 2026) funcionan como una metáfora casi poética de este colapso: el fuego no distingue entre los símbolos del Estado secular y las tiendas de consumo privado, porque la violencia nihilista que ha sido incubada por el vaciamiento de sentido no respeta ni la memoria ni la institución. Europa se encuentra ante la trágica constatación de que la razón amputada de la fe se vuelve amarga, cínica e incapaz de infundir en las nuevas generaciones las razones fundamentales para la convivencia pacífica, la abnegación comunitaria o el respeto venerable por el bien ajeno.

Frente a este callejón sin aparente salida, el descontento de la juventud no siempre desemboca en la destrucción o en la anomia, como demostró la multitudinaria vigilia que congregó a 80.000 jóvenes en las afueras de la capital gala para escuchar al pontífice rechazar las premisas del reduccionismo materialista. Blaise Pascal (1670/2014), en sus “Pensamientos”, explicó con nitidez esta desproporción interna del alma humana al señalar que “este abismo infinito sólo puede ser llenado por un objeto infinito e inmutable, es decir, por Dios mismo” (p. 148). Ante la desolación de una cultura que ha abolido la responsabilidad ética sin ofrecer cauces de redención, el despunte de una búsqueda de sentido entre las nuevas generaciones –quienes acuden a las fuentes sagradas tras haber experimentado la vacuidad de un mundo híper-conectado, pero desprovisto de esperanza (Prieto Femenía, 2026b)- se expone la insuficiencia del modelo posmo-progre-secular para colmar las exigencias del corazón.

Asimismo, cabe recordar con Romano Guardini (1950/2026) en “El ocaso de la Edad Moderna” que “la existencia ética descansa en última instancia en el conocimiento de haber sido creado y en la aceptación de este hecho primordial” (p. 806). En otras palabras: cuando una cultura amputa la categoría de criatura y borra de su horizonte la idea de Creación, la persona queda expuesta a ser devorada únicamente por su capacidad productiva o su estatus de consumidor, abriendo la puerta a la eutanasia, al descarte de los frágiles y a la tiranía de la eficiencia técnica. Y esto es más claro cuando vemos que los encapuchados salvajes no robaban libros, sino zapatillas, joyas y vestimenta deportiva. El despertar de la inquietud religiosa en el corazón de la Europa secularizada no constituye un repliegue nostálgico ni una reacción anacrónica, sino la insurrección de la conciencia contra las cadenas de una inmanencia ahogante que pretende sofocar el destino eterno de lo verdaderamente humano.

¿No es acaso esta paradoja el signo definitivo de nuestro tiempo, donde conviven la violencia desatada por la falta de sentido y la búsqueda ansiosa de un fundamento trascendente? ¿Seguirá Europa intentando sofocar el fuego de sus metrópolis con el agua bendita de la tecnocracia mientras insiste en mantener apagada la antorcha espiritual que le dio forma? Si el humanismo cerrado en sí mismo ha demostrado su incapacidad para sostener la dignidad del hombre en la hora de la prueba, ¿tendremos la valentía intelectual y espiritual de reconocer que la regeneración de la polis exige restaurar la mirada hacia lo infinito? Ojalá las cenizas que hoy cubren las calles de París y la búsqueda de vida que late en sus templos nos sirvan como el aviso supremo para decidir si aceptamos el letargo de la autodestrucción o si asumimos, de una vez por todas, el riesgo liberador de la trascendencia.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadasAvignolo, M. L. (18 de octubre de 2026). Saqueos, violencia y desolación: París despierta devastada tras una noche de terror. Clarín. https://www.clarin.com/mundo/saqueos-violencia-desolacion-paris-despierta-devastada-noche-terror_0_MxuGkg5ip2.html

BBC News Mundo. (18 de octubre de 2026). «No hay lugar para la violencia»: edificios en llamas, saqueos y más de 270 detenidos en protestas en Francia. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/cvwy7rzx34r1o

Chesterton, G. K. (2004). Ortodoxia (M. de Moresco, Trad.). Alta Fulla. (Obra original publicada en 1908).

elDiario.es. (18 de octubre de 2026). Jornada caótica y disturbios en París: qué pasa cuando el Gobierno no escucha y reprime. elDiarioAR. https://www.eldiarioar.com/mundo/jornada-caotica-disturbios-reivindicaciones-paris-pasa-gobierno-no-escucha-reprime_1_13596547.html

Euronews. (17 de octubre de 2026). Jornada de ira en Francia: escenas de caos en París y varias ciudades. Euronews. https://es.euronews.com/2026/10/17/jornada-de-ira-en-francia-escenas-de-caos-en-paris-y-varias-ciudades

Guardini, R. (2026). El ocaso de la Edad Moderna: Un intento de orientación (3.ª ed.). Ediciones Cristiandad. (Obra original publicada en 1950).

Hazard, P. (1988). La crisis de la conciencia europea (1680-1715) (J. Marías, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1935).

Nietzsche, F. (2001). La gaya ciencia (P. Linares, Trad.). Editorial Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1882).

Pascal, B. (2014). Pensamientos (X. Zubiri, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1670).

Prieto Femenía, L. (2026a). Islam, islamismo, cultura y religión: fricciones y desafíos en el mundo contemporáneo. El Litoral. https://www.ellitoral.com/opinion/islam-islamismo-cultura-religion-

Prieto Femenía, L. (2026b). León XIV y el inesperado renacer espiritual francés. El Cargol. https://elcargol.com/index.php/opinio/leon-xiv-y-el-inesperado-renacer-espiritual-frances

Ratzinger, J. (2013). Introducción al cristianismo (D. Ruiz Bueno, Trad.). Ediciones Sígueme.

Taylor, C. (2014). La era secular (R. Vilà Vernis, Trad.). Ediciones Paidós. (Obra original publicada en 2007).

El autor es docente, escritor y filósofo
San Juan - Argentina (2026)