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jueves, 26 de marzo de 2026

«El hambre es la compañera de la guerra». Herbert Hoover

Por Agustín Perozo Barinas
Diario Azua / 26 marzo 2026.-

Un viejo dicho reza: «Hambre que espera hartura, no es hambre». Solo padeciéndola, sin esperanza de alimento alguno, se podría conocer esta desgracia como realmente es; como la sed, su gemela.


Otra guerra que dispara los precios de los hidrocarburos y los fertilizantes. Las consecuencias inflacionarias son conocidas. Geopolítica, control hegemónico, dominio financiero, negocio de armamentos, expansión territorial, regiones de influencia imperial, estrangulamiento energético, rutas críticas... hay muchos motivos conjugados entre sí.

Es el preámbulo de algo mayor. Por ahora es un conflicto bélico para imponerse: contención o sometimiento alrededor del petróleo y el gas.

Se comenta que, en términos prácticos, es poco probable que el mundo se quede sin petróleo por completo. El fin de la "era del petróleo", luego de un pico de demanda, vendrá impulsado por factores económicos y ambientales antes que por el agotamiento físico del recurso.

La Agencia Internacional de la Energía estima que la demanda mundial podría alcanzar su punto máximo para 2030, comenzando a declinar a medida que crecen las energías renovables y el uso de vehículos eléctricos. ¿Y la industria? ¿Y la generación de electricidad? ¿Y el transporte aéreo y el marítimo? ¿Con más energía nuclear?

Mientras avanzamos dentro de algunas décadas hacia esos escenarios futuros, al presente la realidad golpea trágicamente: guerra y hambre, sangre y dolor, odio y muerte, miedo y horror. Pero el dolor ajeno no quita el sueño... seguimos insensibilizándonos con una pasmosa desconexión hacia los demás.

Como ya fue escrito:

La guerra es la mejor
amiga del hambre.
El hambre de guerra
del hombre.
La guerra en nombre
del hambre.
Devorándose
unos a otros.
El hambre al hombre.
La guerra al hambre.
El hombre al hombre.
Hasta que un día
no quede nada...
Ni guerras
ni hambre
ni hombres.

Dwight Eisenhower en su discurso “The Chance for Peace”, pronunciado en 1953, en pleno inicio de la Guerra Fría dijo: "Cada arma que se fabrica, cada buque de guerra que se bota, cada cohete que se dispara significa, en última instancia, un robo a quienes tienen hambre y no son alimentados, a quienes tienen frío y no son abrigados".

El gasto militar no solo construye armas: también define lo que se deja de construir. Sin embargo, la industria armamentista en todas las potencias mundiales, entiéndase USA, China, Rusia, Unión Europea, Reino Unido, entre otras, es tan poderosa como el sector financiero global y las corporaciones de desarrollo de altas tecnologías. Esos intereses, esas élites, son intocables.

Las guerras siempre están justificadas por quienes las generan, es una realidad histórica. Los motivos que las impulsan tienen "razones" llevadas al límite. Va desde intereses territoriales, económicos, ideológicos, teológicos, étnicos... "El Estado es la razón organizada", y es atinado preguntarse qué tipo de razón. Es como intentar comprender cómo un ojo puede mirarse a sí mismo sin un espejo frente a él.

En discursos de geopolítica se advierte que: "Olviden las banderas y la retórica emocional que inunda las redes; lo que ocurre en Medio Oriente es una reconfiguración de activos a escala global. En el tablero de las élites, las naciones son solo piezas de infraestructura y las guerras son el "costo de mantenimiento" para limpiar el terreno de actores obsoletos. Mientras el público se desgasta en debates ideológicos el mundo no se está acabando, se está reorganizando".

Los promotores de las guerras y el hambre, deshumanizados, tendrían como lema lo que nos legó Louis Céline: «La tierra está muerta. Nosotros somos solo gusanos encima de ella, gusanos en su gordo y asqueroso cuerpo, comiendo sus entrañas y todos sus venenos. Nada puede ayudarnos, nacimos podridos».

En esa condición de "no temor a la muerte" se entendería que para ellos esta es alguna proyección natural, explicado por la neurología, como sigue:

Es una perspectiva profunda que resuena con la nada absoluta o el estado de entropía total. Sin un cerebro biológico para procesar impulsos, las estructuras que construyen nuestra realidad desaparecen:
Tiempo: Sin memoria ni anticipación, el "ahora" se disuelve.
Lenguaje: Sin un "yo" que necesite comunicarse con un "otro", las palabras pierden su función.
Pensamiento: Sin flujo de conciencia, queda el silencio absoluto.
Es, esencialmente, el retorno al estado previo al nacimiento.

Si no hay "existencia" alguna, sin premio ni castigo luego de morir, según esa lógica, ¿qué importa aplicar el poder en sus formas más brutales en este plano? No creer en un "algo después" nos da la falsa sensación de seguridad ante la muerte misma. Y en su opuesto, creer en ese "algo después" nos humaniza y nos refrena.

El ser humano es una criatura admirable desde la perspectiva de su biología y degradamos ese privilegio entre guerras "justificadas" como si fuéramos entes desechables. Freeman Dyson, el físico visionario, nos invita a mirar la naturaleza con nuevos ojos. En lugar de ver plantas y animales como simples organismos, él nos propone entenderlos como la ingeniería más avanzada y sofisticada que ha existido en el universo. Nuestras máquinas palidecen ante la complejidad de una sola célula. «La biología es la tecnología más poderosa jamás creada», dijo.

Un anciano, de esos que argumentan que por ser genio no necesariamente se es infalible y quien gustaba citar frases célebres comentó: "Quien no ve el mal es porque ha sido engañado por él". Agregó que hay que recordar que todos nacimos marcados por la fatalidad y por lo tanto la parca siempre nos nivelará como fuerza ineludible y liberadora. Sentenció que: "La muerte, ecuánime, tiene dos rostros sonrientes: uno sarcástico para los malvados y los corruptos y otro, piadoso, para los justos y los sufridos". Escoja en vida de qué lado quiera estar antes de cruzar ese portal sin retorno...

Autor de los libros sociopolíticos «La Tríada» y «Érase una vez un edén en el Caribe».


Por Néstor Estévez
Diario Azua / 26 marzo 2026.-

Acaba de celebrarse el Día Mundial de la Poesía. Para la ocasión, un dilecto amigo que se ha ganado el mote de El Poeta Mayor me invitó a un recital que ya lleva su octava versión. Pero el clima parecía oponerse a que yo correspondiera.

Desde el día anterior, la lluvia solo recesó por escasos minutos. Los caminos se volvieron lodo y todo apuntaba a la suspensión de la actividad. Sin embargo, ocurrió lo anhelado: la gente llegó, el encuentro se realizó y la poesía habló. La experiencia me generó una pregunta clave: ¿para qué sirve la poesía?

La respuesta rápida —y equivocada— sería que para poco. En una época dominada por la productividad, los indicadores y la urgencia, la poesía parece algo prescindible. No produce bienes materiales, no acelera procesos, no resuelve problemas inmediatos. Pero esa mirada ignora algo esencial: sin poesía —sin lo simbólico— no hay sociedad posible.

Yuval Noah Harari lo explica con claridad en Sapiens: lo que distingue al ser humano no es solo su capacidad de transmitir información sobre el mundo real, sino su habilidad para hablar de lo que no existe. Mitos, dioses, naciones, derechos. Ficcionamos. Y, más importante aún, creemos colectivamente en esas ficciones.

La poesía sirve, en primer lugar, para sostener esa capacidad de imaginar juntos. No es un adorno del lenguaje, es su expresión más libre y profunda. Es el territorio donde las palabras dejan de describir únicamente lo tangible para crear sentido. Y sin sentido compartido, no hay comunidad.

Lo que ocurrió en La Guama, comunidad rural de Santiago Rodríguez, lo confirma. A pesar de la lluvia, la gente decidió reunirse alrededor de la palabra. Escuchar, nombrar, reconocerse. Ese acto, que podría parecer simple, es en realidad profundamente político. No en el sentido partidario, sino en el más esencial: construir un espacio donde circulan significados comunes.

Harari advierte que gracias a esa capacidad de crear ficciones compartidas, los sapiens pudieron cooperar en grandes grupos. No solo por la fuerza o el parentesco, sino por la creencia en relatos comunes. La poesía forma parte de ese tejido invisible que permite que una comunidad exista más allá de la supervivencia. Sirve, entonces, para algo decisivo: cohesionar.

En el recital Voces en Vuelo sobre Melopea del Riachuelo, la poesía dejó de ser un ejercicio individual. No era solo quien escribía o declamaba, sino quienes escuchaban, asentían, reían o guardaban silencio. La palabra se volvía experiencia compartida. Y en ese proceso, la comunidad se reconocía a sí misma. Eso resulta determinante en un mundo fragmentado.

Zygmunt Bauman hablaba de la fragilidad de los vínculos en la modernidad líquida. Todo cambia, todo fluye, todo se disuelve. La poesía, en cambio, actúa como ancla. Fija momentos, condensa emociones, crea memoria. Permite que algo permanezca cuando todo lo demás parece efímero.

Pero su función no termina ahí. La poesía también sirve para ampliar la experiencia humana. Edgar Morin recuerda que no vivimos solo en un mundo material, sino en un universo de significados. La poesía expande ese universo. Nos permite ver más allá de lo evidente, nombrar lo que aún no tiene nombre, explorar lo que no es inmediatamente útil pero sí profundamente necesario.

En términos de desarrollo humano, esto tiene implicaciones concretas. Amartya Sen insistía en que el desarrollo consiste en ampliar las capacidades humanas. Entre ellas, la de imaginar, crear, participar en la vida cultural. Una comunidad que cultiva la poesía no solo produce versos: fortalece su libertad.

Lo que viví en la celebración del Día Mundial de la Poesía fue exactamente eso. No solo un recital, sino una comunidad ejerciendo su capacidad de imaginarse a sí misma. De narrarse. De afirmarse en medio de la incertidumbre, incluso bajo la lluvia.

Eso me hizo pensar que la poesía sirve para resistir. Cuando todo empuja hacia lo inmediato, lo utilitario, lo rentable, detenerse a escuchar un poema es un acto de resistencia cultural. Ella ayuda para evitar que la sociedad deje de cultivar lo simbólico y pierda, poco a poco, su capacidad de cooperar, proyectarse y construir futuro.

Esa noche en Santiago Rodríguez, la poesía no detuvo la lluvia, pero permitió compartirla en comunidad. Y eso, en tiempos como estos, no solo sirve. Es imprescindible.

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 26 marzo 2026.-

«La tarea de la filosofía no es otra que mostrar los límites y las posibilidades de la razón humana; y hacerlo exige, justamente, no confundir la crítica con la mera destrucción de la confianza en la razón». Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa, 1981.

Jürgen Habermas ha muerto. Con su fallecimiento se cierra la trayectoria de un pensador que, lejos de sucumbir a las modas del escepticismo radical, se mantuvo como el último gran guardián del proyecto ilustrado. En un siglo marcado por la fragmentación del sentido, Habermas investigó con rigor cómo la comunicación no es un mero intercambio de subjetividades, sino el ancla misma de la legitimidad democrática. Su desaparición biográfica no debe interpretarse como el acta de defunción de su pensamiento; por el contrario, nos obliga a evaluar si Occidente aún posee la voluntad de sostener una esfera pública basada en la exigencia de verdad.

Habermas articuló su proyecto sobre una premisa innegociable: la razón no es un instrumento de poder, como pretendieron sus críticos más feroces, sino una trama de justificación intersubjetiva. Como señala en su obra cumbre: «La comunicación (Verständigung) constituye la base normativa de la acción social coordinada» (Habermas, 1981, p. 24). Para el filósofo de Fráncfort, la democracia no es un juego de identidades en pugna, sino un proceso deliberativo donde la fuerza del mejor argumento debe prevalecer sobre la coacción. En La transformación estructural de la esfera pública, recordaba que la irrupción de una opinión pública crítica fue el acontecimiento que permitió la fiscalización racional del poder político (Habermas, 1990, p. 50).

La inquietud que despierta su partida no es meramente académica. En un panorama intelectual donde el pensamiento profundo parece ceder ante la banalidad de la inmediatez, la figura de Habermas funcionaba como un recordatorio de que la sensatez es un ejercicio de disciplina intelectual. Se ha planteado que su muerte representa el fin del pensamiento racional en Occidente; sin embargo, esta tesis peca de un pesimismo romántico. La razón comunicativa no es el patrimonio de un hombre, sino un procedimiento que sobrevive en la medida en que las instituciones y los ciudadanos decidan someter sus pretensiones de validez al escrutinio del otro.

No obstante, el diagnóstico de Habermas sobre la "colonización del mundo de la vida" adquiere hoy una vigencia estremecedora. Advertía que la invasión de las lógicas sistémicas —el mercado y la burocracia— pone en peligro «la reproducción de las capacidades comunicativas necesarias para la acción coordinada» (Habermas, 1981, p. 357). Lo que hoy observamos no es solo una crisis política, sino una deformación técnica de la palabra. La aceleración digital y la gestión de algoritmos han sustituido la deliberación por la gestión de flujos de datos, convirtiendo al ciudadano en un consumidor de eslóganes.

Esta deriva se manifiesta con especial virulencia en el ascenso de la tecnocracia contemporánea. Habermas ya había advertido en Ciencia y técnica como «ideología» que el peligro de la Modernidad radica en la transposición de la racionalidad instrumental al campo de la praxis social. Cuando la gestión pública se reduce a la "solución de cuestiones técnicas" bajo la égida de expertos, se produce una despolitización de la voluntad ciudadana. En palabras del autor, la autocomprensión tecnocrática «elimina la distinción entre acción técnica y acción práctica», lo que permite que la administración de las cosas reemplace la justicia entre los hombres (Habermas, 1984, p. 86). La gobernanza actual, regida por métricas de eficiencia y la dictadura del dato, es la consumación de ese riesgo: una sociedad que sabe cómo optimizar procesos, pero que ha olvidado cómo discutir sus fines.

A este escenario se suma el estado patético de una cultura posmoderna que ha renunciado al pensamiento estructural. La fragmentación del discurso mediático ha devuelto a la sociedad a un estado de "sordera comunicativa" donde el diálogo es imposible, no por falta de medios, sino por la aniquilación de las facultades cognitivas necesarias para sostener una argumentación de largo aliento. En Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, Habermas señalaba que el sistema requiere de una "lealtad de masas" que se obtiene mediante la manipulación de significados (Habermas, 1975, p. 94). Hoy, esa manipulación se ha sofisticado: los sistemas educativos occidentales, en una capitulación intencional frente a las demandas del mercado, han sustituido la formación humanística y el rigor lógico por una instrucción superficial en "competencias" líquidas.

Como bien ha analizado la crítica contemporánea en sintonía con las advertencias habermasianas, el abandono de la formación estructural condena al sujeto a una inmediatez pulsional. La educación ya no busca la mayoría de edad kantiana —el Sapere aude—, sino la adaptación acrítica a entornos digitales donde la verdad es irrelevante frente a la viralidad. Esta "despoblación del intelecto" es el caldo de cultivo para un irracionalismo que Habermas combatió con vehemencia: si el lenguaje pierde su capacidad de referir a la realidad compartida y se convierte solo en un arma afectiva o de autoafirmación, la esfera pública colapsa irremediablemente.

Frente a esta decadencia, la tarea del filósofo actual exige reivindicar aspectos puntuales de la ética discursiva habermasiana que funcionan como antídotos contra la disolución posmoderna. En primer lugar, es imperativo recuperar la noción de pretensiones de validez. Habermas sostenía que todo acto de habla genuino lleva implícitas las exigencias de verdad, rectitud y veracidad; renunciar a ellas bajo el pretexto de que "la verdad es una construcción de poder" no es un acto de liberación, sino de desarmamiento intelectual. Reivindicar que existe un horizonte de verdad compartida es lo que permite que el diálogo no sea un simulacro, sino una confrontación real de razones.

En segundo lugar, debemos defender el carácter procedimental de la justicia frente al esencialismo identitario. Mientras la posmodernidad se refugia en el particularismo irreductible, Habermas nos recuerda que «el principio de universalización actúa como un cuchillo que corta las fibras de los intereses meramente particulares» (Habermas, 1990, p. 83). Para resistir la fragmentación, el filósofo debe ser capaz de elevarse por encima de su biografía o su tribu para apelar a normas que cualquier ser racional pueda aceptar. La filosofía no debe ser una terapia de grupo para la afirmación del yo, sino el tribunal donde se examinan las pretensiones que aspiran a regular nuestra convivencia.

Es necesario, por tanto, rescatar el núcleo duro de su propuesta frente a la decadencia de la deconstrucción posmoderna. Mientras que el relativismo absoluto reduce todo discurso a un juego de poder o a una construcción arbitraria, Habermas sostuvo que «sólo puede pretenderse validez a una norma si todos los afectados por sus consecuencias pueden aceptar racionalmente las normas reguladoras» (Habermas, 1990, p. 102). Esta pretensión de universalidad es el último dique contra el tribalismo. La verdadera crítica no consiste en destruir la confianza en la razón para dejar el campo libre a la voluntad de poder, sino en perfeccionar las condiciones materiales y procedimentales para que el diálogo sea posible.

El mayor riesgo contemporáneo es la sustitución de la argumentación por la performatividad emocional. Cuando la política se reduce a la afirmación de identidades cerradas que no aceptan la mediación de la razón, la esfera pública desaparece. A esto se suma la tecnocracia algorítmica, que naturaliza decisiones opacas bajo el manto de la eficiencia métrica. El predominio del experto sobre el ciudadano debilita el fundamento mismo de la soberanía popular, transformando la deliberación en un trámite administrativo. Frente a estos peligros, la lección de Habermas es clara: la emancipación no vendrá de la ruptura con la modernidad, sino del cumplimiento de sus promesas de racionalidad y autonomía.

La tarea no es la nostalgia, sino la reconstrucción de las instituciones que permiten la argumentación pública. Esto implica fortalecer una educación cívica que no tema a la jerarquía del conocimiento y diseñar marcos que protejan la pluralidad frente a la uniformidad del big data. El mandato de Habermas es una exigencia normativa que sobrevive a su autor: la razón debe ser pública y debe ser defendible.

¿Es posible sostener la pretensión de universalidad en un mundo que ha renunciado a la noción misma de verdad objetiva? ¿Podrá la arquitectura de la deliberación habermasiana resistir el embate de una tecnología que prioriza la reacción instintiva sobre la reflexión pausada? ¿Estamos dispuestos a aceptar la carga de responsabilidad que implica justificar racionalmente nuestras posiciones, o preferiremos el refugio cómodo pero estéril del narcisismo identitario? ¿Qué queda de la "fuerza del mejor argumento" cuando la autoridad del experto técnico se utiliza para blindar decisiones políticas ante el escrutinio público? ¿Cómo recuperar la dimensión práctica del lenguaje en una civilización que ha reducido la comunicación a un flujo de información optimizable para el mercado? ¿Hasta qué punto la degradación de los sistemas educativos es un error de gestión o una estrategia deliberada para erosionar la capacidad de resistencia racional del ciudadano? ¿Es la filosofía actual capaz de proponer un horizonte universalista sin caer en el dogmatismo, o ha sido domesticada por el imperativo de la corrección política posmoderna?

Referencias bibliográficas

· Habermas, J. (1975). Problemas de legitimación en el capitalismo tardío. Buenos Aires: Amorrortu.

· Habermas, J. (1981). Teoría de la acción comunicativa. Volumen I. Madrid: Taurus.

· Habermas, J. (1984). Ciencia y técnica como «ideología». Madrid: Tecnos.

· Habermas, J. (1990). La transformación estructural de la esfera pública. Madrid: Alianza.

· El País. (14 de marzo de 2026). Muere el filósofo alemán Jürgen Habermas a los 96 años.

· BBC Mundo. (14 de marzo de 2026). Jürgen Habermas: la vida y legado del filósofo alemán.
El autor es docente, escritor y filósofo
San Juan - Argentina (2026)

miércoles, 25 de marzo de 2026



Diario Azua / 25 de marzo 2026

Por Nelson Reyes Estrella

El sistema internacional moderno encuentra su génesis en la Paz de Westfalia (1648), tratado que institucionalizó la soberanía estatal como el eje gravitacional del orden global. Bajo este paradigma, los Estados se constituyeron como entidades autónomas, jurídicamente iguales y blindadas contra injerencias externas, configurando un equilibrio de poder basado en el reconocimiento mutuo de la autoridad territorial.

No obstante, la arquitectura westfaliana comenzó a mostrar signos de erosión tras las conflagraciones mundiales del siglo XX. Estos conflictos evidenciaron la fragilidad de un equilibrio puramente interestatal, impulsando el fortalecimiento del Derecho Internacional y la creación de organismos multilaterales como la ONU, cuyo fin primordial era garantizar la paz mediante la seguridad colectiva.

La irrupción de las armas nucleares alteró radicalmente esta lógica. La disuasión nuclear introdujo un equilibrio de terror que no descansa en la legitimidad jurídica de la soberanía, sino en la capacidad de aniquilación mutua. Bajo esta premisa, el principio clásico de igualdad soberana se vuelve nominal: las potencias nucleares ejercen una hegemonía que trasciende las normas, redefiniendo la jerarquía del sistema internacional.

La oficina de asunto de desarme de la ONU admite que el sistema se divide entre quienes tienen el derecho legal a las armas y quienes no, rompiendo la igualdad soberana. "El Tratado de No Proliferación (TNP) constituye la única base para el compromiso vinculante de los Estados poseedores de armas nucleares. Sin embargo, el régimen de no proliferación crea una división estructural entre Estados poseedores y no poseedores."

Robert Jervis en un texto titulado “La Revolución Nuclear” explica como: “La tecnología nuclear cambió la naturaleza de la política estatal. "La revolución nuclear ha hecho que el costo de la guerra sea tan alto que las formas tradicionales de soberanía y competencia estatal han sido reemplazadas por la política de la disuasión."

La igualdad de los Estados, ha sido siempre una cortesía jurídica de los Estados grandes, en la era nuclear, se convierte en una imposibilidad física; la soberanía de los pequeños depende enteramente de la autolimitación de los grandes.

Hans J.  Morgenthau en su libro “Politica entre las naciones: La lucha por el poder y la paz”: “La disponibilidad de armas nucleares hace necesario distinguir entre poder aprovechable y poder no aprovechable. Una de las paradojas de la era nuclear, que contrasta con la experiencia de toda la historia pre-nuclear, consiste en que un incremento del poder militar no necesariamente conduce a un incremento del poder político. La amenaza de una violencia nuclear masiva implica la amenaza de destrucción total. Como tal, continúa siendo un instrumento adecuado de política exterior cuando está dirigida a una nación que no puede responder del mismo modo. La nación poseedora de armas nucleares puede ejercer poder sobre la otra simplemente diciendo: “O hacemos como digo o te destruyo”.

De este modo, los Estados no nucleares enfrentan una vulnerabilidad estratégica estructural. Su seguridad ya no emana de su estatus soberano, sino que queda supeditada a regímenes de no proliferación, sistemas de defensa colectiva o al paraguas nuclear de las grandes potencias. El equilibrio contemporáneo, por tanto, no es jurídico, sino una estructura asimétrica de poder.

Dice Morgenthau: “La situación es diferente si la nación así amenazada puede responder: “Si me destruyes con armas nucleares, yo también te destruyo del mismo modo”. En ese caso, las amenazas se anulan recíprocamente. Desde que la destrucción nuclear de una nación puede traer aparejada la destrucción de otra, ambas comprueban que semejante elemento de presión carece de eficacia, en el supuesto de que las dos actúen racionalmente”.

Esto plantea un dilema fundamental para el siglo XXI, ¿es posible sostener la ficción de la igualdad soberana en un orden definido por la desigualdad militar absoluta o nos encaminamos a un orden Supranacional?

Lo que sí es una realidad en el sistema internacional contemporáneo es que los Estados pequeños, aunque jurídicamente soberanos, en la práctica muchas veces se ven obligados a adherirse a los intereses de los Estados grandes. La soberanía formal proclamada desde la Paz de Westfalia se mantiene en el derecho, pero en la realidad política y militar el mundo funciona sobre la base del poder, la tecnología, la economía y la capacidad de disuasión.

En un escenario internacional marcado por armas nucleares, alianzas militares, bloques económicos y zonas de influencia, los Estados con menor poder relativo dependen de acuerdos de protección, cooperación o alineamiento político para garantizar su seguridad y estabilidad. El equilibrio internacional ya no descansa únicamente en la igualdad soberana de los Estados, sino en una estructura de poder en la que las grandes potencias definen, directa o indirectamente, las reglas del sistema internacional.

En conclusión, el gran desafío del siglo XXI no es solo mantener la soberanía jurídica de los Estados, sino construir un orden internacional más equilibrado, en el que la seguridad y el desarrollo de los Estados pequeños no dependan exclusivamente de los intereses estratégicos de las grandes potencias, o bien avanzar hacia la configuración de Estados supranacionales que se equilibren entre sí, teniendo como instrumento de disuasión su complejo militar y nuclear.

Nelson Reyes Estrella

Docente de la Escuela de Ciencias Políticas de la UASD

Doctor en Economía. Politólogo, periodista, abogado y ecologista; con maestría en Derecho y Relaciones Internacionales, Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia y Máster Internacional en Gestión de la Comunicación Política y Electoral.

domingo, 22 de marzo de 2026

 

Por Oscar López Reyes
Diario Azua / 22 marzo 2026.-

El presidente Luis Rodolfo Abinader ha asumido con inamovible perseverancia una línea defensiva de la soberanía nacional, y en el 2025 su Gobierno repatrió a 379 mil 553 oriundos de Haití, para un alza de casi 40% sobre los 276 mil 215 de 2024. No son funcionarios ni amigos sinceros, porque hacen una jugada de trensillo, los que se atrevan a susurrarle a los oídos que nuestro país sea colocado bajo la truculenta tutela de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que sería romper el dique que liberaría torrentes destructivos, con sobrecargas que conducirían a la ruina.

No pasma esa aceptación por empresarios -y sus “doctos” abogados subalternos- que más le importa el señorío de la mano de obra barata que la autonomía dominicana, representantes de la llamada sociedad civil y monaguillos de entidades supranacionales enquistados en el Tribunal Constitucional. En algún momento, estos tendrán que ser juzgados por las fuerzas vivas de la Nación y el Congreso Nacional, por esa felonía que quiere alborotar las avispas, en un complicado escenario internacional.

Ahora que se ha despejado la pujante y peligrosa percepción de que los gobiernos eran endebles ante la campaña de descrédito internacional contra la República Dominicana, el Instituto Duartiano ha reiterado que se preparan papeles para que el órgano judicial de la Convención Americana vuelva por sus fueros, en sus embestidas por las medidas para que sea frenada la masiva inmigración de haitianos.

Por nuestros predios acontecen los fenómenos más insólitos: la República Dominicana nunca ha sido miembro de la citada Corte Interamericana, que otorga credibilidad a cualquier documento o persona, sin verificación ni comprobación. Ejemplo: el nacional haitiano William Medina Ferreras compareció, alegando ser dominicano, a una audiencia de ese cuerpo jurisdiccional celebrada en Ciudad México el 8 y 9 de octubre de 2013, y la acusó de expulsarlo del país y de discriminación racial.

Paradoja: este sujeto fue sometido a la justicia por la Junta Central Electoral, por suplantar documentos de identidad. Sin embargo, el 28 de agosto de 2014 la corte condenó a nuestro país por violar el derecho de nacionalidad, la cual fue acogida gustosamente por gobiernos pasados.

Igualmente, el 8 de septiembre de 2005 sentenció a la República Dominicana por la detención, expulsión ilegal, discriminación y supuesta apatridia contra las niñas de padres haitianos Dilcia Yean y Violeta Bosico.

La tercera culpación fue por la llamada Masacre de Guayubín, en el año 2000, por la muerte de 6 haitianos y un dominicano que penetraron irregularmente al país en un camión, cuyo chofer presionó sin control el pedal de su acelerador y su velocidad, cuando una patrulla le ordenó que se detuviera.

El predispuesto brazo contencioso del sistema interamericano, con sede en Costa Rica, alegó que los inmigrantes fueron asesinados a tiros, y el gobierno explicó que murieron al volcarse el furgón en un puesto de control custodiado por miembros del Ejército, que sospecharon que transportaban drogas.

La corte ordenó que castigaran a los autores del hecho y que los restos fueran entregados al gobierno haitiano, en tanto que las autoridades dominicanas indicaron que estos se mantuvieron en una morgue hospitalaria durante más de un mes, y no aparecieron dolientes.

Además de juicios parciales y tendenciosos, la República Dominicana no acepta fallos de un tribunal regional al que no pertenece. En el 2005, cerca de 50 dominicanos de prestancia y sentimientos patrióticos interpusieron ante la Suprema Corte de Justicia un recurso de inconstitucionalidad contra la competencia de la Corte Interamericana, aceptada en 1999 por el Poder Ejecutivo, pero que no fue ratificada por el Congreso Nacional., que así lo ha certificado.

El 14 de noviembre de 2014, el digno Tribunal Constitucional declaró la inconstitucionalidad del instrumento de aceptación de la competencia de esa instancia que actúa como un supra-poder usurpador, y por lo cual Estados Unidos, Cuba y otras naciones no han admitido sus facultades e intromisiones. Terminantemente, dejó esclarecido que la República Dominicana no es signataria de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Irrita escuchar a figuras públicas pedir que las instituciones dominicanas se adhieran y obedezcan a un foro jurisdiccional que nos ha mandado a cambiar la Carta Magna y las leyes, para introducir el Jus Solis (derecho de suelo), a fin de que los nacidos en el territorio nacional obtengan la nacionalidad, sin importar su ilegalidad e irregularidad residencial.

Agravia y alarma que existen llamados dominicanos que trabajen, en la penumbra, para echar por tierra la sentencia 168-13, que protege la nacionalidad dominicana, y el dictamen 256-14, que establece con claridad meridiana los alcances del Jus Solis o derecho de suelo, y dispuso la depuración del Registro Civil. Así también, otros continúan forzando para que no se aplique la Ley 285-95, y su reglamento, que regulan a los inmigrantes extranjeros, y que les otorguen la nacionalidad dominicana, mediante una amnistía, a varios millones de haitianos que residen ilegalmente en nuestro país.

Si la República Dominicana se incorpora como integrante del “arbitro” autónomo de la Organización de Estados Americanos (OEA), jamás ejercerá su soberanía y se fomentarán nuevas invasiones pacíficas, sin posibilidad de repatriaciones, con la consiguiente disolución de la identidad nacional, porque dentro de poco no podremos diferenciar entre un dominicano y un haitiano.

El autor: Miembro de número del Instituto Duartiano, ex presidente del Colegio Dominicano de Periodistas (CDP) y Asoc. Escuelas de Comunicación Social (AdecomRD), y presidente actual Asociación Dominicana de Profesionales de Relaciones Públicas (Asodoprep).

jueves, 19 de marzo de 2026

 

Por Néstor Estévez
Diario Azua / 19 marzo 2026.-

Un árbitro, “de cuyo nombre no quiero acordarme”, se ganó un lugar incómodo en la memoria reciente de los dominicanos. Su zona de strike, cuestionada por muchos, terminó siendo decisiva para cortar el invicto de República Dominicana en el Clásico Mundial de Béisbol 2026.

La derrota ante Estados Unidos no solo relegó al equipo al tercer lugar; también desató una ola de frustración colectiva. La reacción de Geraldo Perdomo, bateador de turno, encontró eco inmediato en una fanaticada que seguía el juego con ilusión. Más tarde, Nelson Cruz habló de lágrimas en el camerino, mientras Albert Pujols destacó el carácter del grupo y su firmeza incluso después del golpe.

Sin embargo, lo más revelador no fue la derrota, sino la actitud posterior. Los jugadores optaron por “pasar la página” cuando el país aún procesaba la rabia. Esa madurez obliga a detenernos. Ahí hay una lección que suele pasar desapercibida.

Ya sabemos que el deporte está atravesado por la emoción. Y en República Dominicana, el béisbol se vive con una intensidad que bordea lo visceral. Pero conviene preguntarse: ¿estamos reduciendo nuestra “pelota” a un simple desahogo colectivo? ¿O somos capaces de aprovecharla como herramienta de desarrollo personal y social?

En un país donde “la política y la pelótica” marcan la conversación cotidiana, el béisbol es mucho más que un juego. Es identidad, aspiración y relato compartido. Sin embargo, cuando toda esa energía se canaliza únicamente desde la lógica de ganar o perder, se desperdicia gran parte de su potencial transformador.

Diversos estudios en psicología del deporte advierten sobre los efectos de la “orientación al ego”. En estos entornos, el éxito se define por superar al otro, no por mejorar. El resultado es predecible: aumentan los conflictos, tanto en lo operativo como en lo interpersonal.

La lógica es clara. Cuando el foco está en la comparación constante, el equipo se fragmenta. Surgen rivalidades internas, tensiones innecesarias y una erosión del sentido colectivo. Además, este enfoque suele asociarse con ansiedad, conductas antideportivas y agotamiento emocional. Lo que comienza como competencia termina debilitando al grupo.

Aquí el deporte se convierte en espejo social. Como advertía Jürgen Habermas, la calidad de una sociedad depende de cómo gestiona sus interacciones. Si nuestro principal espacio simbólico —“la pelota”— se vive desde la confrontación, esas mismas lógicas se reproducen en otros ámbitos de la vida pública.

Pero hay otra forma de jugar. Y, sobre todo, de entender el juego. La “orientación a la tarea” propone un cambio de enfoque. Aquí, el éxito no se mide por vencer al otro, sino por aprender, mejorar y aportar al colectivo. La competencia no desaparece; se redefine.

Bajo esta lógica, los equipos tienden a reducir los conflictos sociales, fortalecer la cohesión y generar entornos más saludables. Muchas experiencias comunitarias lo confirman: cuando priorizamos objetivos comunes, los conflictos personales se quedan fuera del terreno.

En términos territoriales, se logra un espacio seguro, donde predominan el respeto y la colaboración. Vecinos que antes no se hablaban comienzan a construir confianza. Comunidades fragmentadas identifican puntos de encuentro. El deporte, bien orientado, se convierte en un lenguaje común.

El béisbol dominicano puede abordarse con una clara disyuntiva: sirve para fortalecer la cohesión social o para profundizar las divisiones. Todo depende de cómo se gestione nuestra pasión por “la pelota”.

A partir de ahí, la pregunta clave es: ¿qué hacemos con esa energía colectiva?

Primero, reconocer su capacidad de movilización. Pocas cosas convocan tanto como el béisbol en República Dominicana. Si redefinimos el éxito —menos obsesión por ganar, más énfasis en aprender— esa energía puede convertirse en motor formativo.

Segundo, aprovechar su valor educativo. Entrenadores, escuelas y comunidades pueden promover una cultura basada en el esfuerzo, la autoevaluación y el trabajo en equipo. No se trata solo de formar atletas, sino ciudadanos.

Tercero, potenciar su impacto comunitario. Cuando el deporte se organiza en torno a objetivos colectivos, se convierte en plataforma de articulación social. Se fortalecen vínculos, surgen redes y se abren espacios de participación. En términos de Amartya Sen, se amplían capacidades y oportunidades.

Dicho de manera muy simple: a los dominicanos, “la pelota” nos mueve. Solo falta decidir hacia dónde.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 18 marzo 2026.-

“En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. — Mateo 25, 40 (Biblia de Jerusalén).

El asesinato del padre Pierre Al-Rah, párroco maronita de la aldea de Klayaa, es un acontecimiento que desborda la crónica bélica o periodística para situarse en el centro de una interrogación ontológica sobre el valor de la vida y la persistencia del mal en la historia de la humanidad. Lo mataron el día 9 de marzo de 2026 bajo el fuego de la artillería israelí mientras socorría a un feligrés herido, siendo éste un acto que no representa el simple daño colateral en el tablero de las tensiones geopolíticas entre Estados e insurgencias. Por el contrario, este crimen violento y quirúrgico sobre quien portaba como únicas armas la oración y el cuidado pone de manifiesto una crisis de la alteridad que la teología y la filosofía cristiana han advertido siempre con rigor: la destrucción del cuerpo que auxilia al caído es el intento de aniquilar la última barrera ética que queda en el campo de batalla, que no es otra que la responsabilidad por el hermano.

En su obra más influyente, “Totalidad e infinito”, Emmanuel Levinas sostiene que el encuentro con el rostro del otro es el origen de toda ética, una interpelación que nos obliga a responder por su vulnerabilidad. Pues bien, el padre Al-Rah encarnó esta respuesta de manera radical al negarse a abandonar su tierra y su comunidad, desoyendo las órdenes de evacuación que pretendían reducir su existencia a una variable logística. Al decidir permanecer en Klayaa, el sacerdote no ejercía una rebeldía política superficial, sino una resistencia espiritual fundamentada en el amor a la propia raíz y en el deber de no desamparar a quienes no tienen voz. Su sacrificio nos recuerda que, frente a la lógica de la fuerza que busca homogeneizar el territorio mediante el desplazamiento forzado, la presencia física del justo se convierte en un obstáculo insoportable para el poder.

Ahora bien, resulta revelador el sentimiento de omnipotencia con el que el Estado de Israel se desenvuelve frente al credo católico en la región. No existe una disputa geopolítica real, territorial o ideológica entre el pueblo de Israel y la comunidad maronita o el Vaticano que justifique tales ataques. Sin embargo, la impunidad con la que se bombardean villas cristianas ancestrales refleja una soberbia que Michel Foucault identificaría como el ejercicio del biopoder en su estado más puro: el derecho de “hacer morir o dejar vivir”. Esta omnipotencia se manifiesta en la convicción de que cualquier vida que no se alinee con sus objetivos de seguridad inmediata es prescindible. En “Vigilar y castigar”, Foucault describe la naturaleza de este poder que no reconoce fronteras morales al indicar que “el poder se ejerce no tanto por el derecho de muerte, sino como la gestión de la vida, de los procesos biológicos, de los cuerpos. Pero en la guerra, este poder sobre la vida se invierte en la necesidad técnica de la muerte masiva” (Foucault, M., 2002, Vigilar y castigar, p. 138, Siglo XXI. Obra original publicada en 1975).

Este sentimiento de omnipotencia descarada permite al ejército agresor ignorar el carácter sagrado de los lugares de culto y la figura de los ministros religiosos. Al asesinar a Al-Rah, no se eliminó a un combatiente, sino que se golpeó deliberadamente el corazón de una comunidad pacífica que, por su propia naturaleza maronita-católica, se sitúa fuera del conflicto directo. Es la manifestación de una hybris —desmesura— que no reconoce al catolicismo como un interlocutor sagrado, sino como un elemento geográfico que puede ser removido a voluntad. La muerte del sacerdote evidencia que para la maquinaria de guerra israelí, el credo del “otro” es irrelevante ante la urgencia de su expansión y control, una postura que fractura cualquier posibilidad de diálogo interreligioso genuino.

Asimismo, este avasallamiento, que desprecia la especificidad del credo y la dignidad de la persona, fue analizada con agudeza por Joseph Ratzinger. Para Benedicto XVI, cuando la razón se divorcia de la ética y se entrega a la voluntad de dominio, la política se convierte en una estructura de pecado. En su encíclica “Caritas in Veritate”, el pontífice emérito advirtió sobre el peligro de una técnica que se cree autosuficiente: “La técnica es un hecho profundamente humano, vinculado a la libertad del hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia. Sin embargo, la técnica —cuando se convierte en el único criterio de verdad y de acción— tiende a eliminar la dimensión moral del hombre, reduciendo la justicia a una mera eficacia técnica o militar” (Benedicto XVI, 2009, Caritas in veritate, n. 68-70, Libreria Editrice Vaticana).

Así, el bombardeo de Klayaa es la ejecución práctica de esta ceguera. Al-Rah, al intentar salvar a un herido, realizaba un acto de “caritas” que trascendía la lógica de la guerra. Justamente por ello, Ratzinger sostenía en “Deus Caritas Est” que el Estado que intenta suprimir este amor se encamina hacia la tiranía. La muerte del sacerdote representa el triunfo de la “razón instrumental” sobre la “razón del corazón”, una soberbia que se siente autorizada a disparar contra la caridad misma porque ésta no ofrece una ventaja estratégica.

A esta arquitectura de la desolación se suma la denuncia frontal que el Papa Francisco oportunamente realizó sobre la “globalización de la indiferencia” y la caducidad del concepto de “guerra justa” en la modernidad. Para él, el atropello cometido contra cualquier ser humano no sería sólo un error balístico, sino el síntoma de una cultura que ha dejado de llorar por el otro. En su encíclica titulada “Fratelli Tutti”, el pontífice señaló con dureza que “cada guerra deja al mundo peor que como lo había encontrado. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal. No nos quedemos en discusiones teóricas, toquemos las llagas, toquemos la carne de los que sufren el daño” (Francisco, 2020, Fratelli Tutti, n. 261, Libreria Editrice Vaticana).

Bajo esta luz, el ataque israelí contra la comunidad católica libanesa es una bofetada a la fraternidad universal. La pedantería del agresor se alimenta del “anestésico” que supone la distancia técnica; se mata desde una pantalla o una coordenada, ignorando que se está destruyendo un tejido humano q1ue, como el maronita, ha custodiado la paz durante siglos. Recordemos que Francisco insistió en que “el nombre de Dios no puede ser usado para justificar la guerra”, por lo que el silencio o la tibieza ante el burdo asesinato de un hombre de fe que auxiliaba a su prójimo constituye una traición a la propia humanidad. El atropello de Israel en Klayaa es la materialización de esa “cultura del descarte” llevada al extremo balístico, donde la vida de un sacerdote es descartada como si fuera ruido en un radar de objetivos.

En este punto de la reflexión es crucial reivindicar que la tradición católica ha cimentado su ética en la capacidad de perdonar y en el mandato evangélico de poner la otra mejilla, pero sería un error exegético y moral confundir esta disposición espiritual con una aceptación pasiva del atropello. El perdón cristiano no es amnesia ni claudicación ante la injusticia: es, por el contrario, una fuerza que exige la verdad para ser auténtica. Al respecto, el filósofo católico Gabriel Marcel recordaba que la fidelidad creativa no es una inercia, sino una respuesta activa a la presencia del otro. Poner la otra mejilla no implica el silencio ante el avasallamiento de los límites de la tolerancia y el respeto que el gobierno de Israel destruye con cada incursión sobre población civil y religiosa. También, San Agustín, en sus reflexiones sobre la justicia, es tajante al respecto cuando declara que “la esperanza tiene dos hijos hermosos: sus nombres son indignación y valentía. Indignación por ver cómo son las cosas y valentía para ver que no sigan siendo como son” (Agustín de Hipona, Sermón 46, De Pastoribus).

Evidentemente, la fe católica no llama a un quietismo que valide la impunidad del poderoso. El silencio ante la muerte del padre Al-Rah no es una virtud, sino una omisión que traiciona el compromiso con la vida. La oración es el motor del justo, pero el testimonio público es su deber ante la historia. Cuando los límites de la convivencia humana son pulverizados por una soberbia militar que no encuentra contrapesos, el perdón se convierte en una parodia si no va acompañado de una denuncia firme a la desmesura. Los católicos hemos aprendido a perdonar a nuestros verdugos, pero ese mismo amor al prójimo nos obliga a levantar la voz contra la maquinaria que fabrica verdugos y aniquila inocentes, pues el respeto a lo sagrado- tanto en el templo como en la persona- es una frontera que ningún Estado, por poderoso que se pretenda, tiene el derecho de cruzar.

Aquí, resulta imperativo analizar la reacción de la Santa Sede ante este crimen. El Papa León XIV, si bien ha manifestado un “profundo dolor”, parece haber optado por una retórica de la neutralidad que bordea la tibieza moral. Al referirse a la sangre del sacerdote como una “semilla de paz”, el pontífice recurre a una metáfora teológica que diluye la responsabilidad política de los agresores. Esta postura nos remite a la advertencia de Hannah Arendt en su obra “Eichmann en Jerusalén”, donde analiza cómo el lenguaje administrativo puede oscurecer la realidad de la atrocidad: “La penosa verdad de la cuestión era que no se trataba de una monstruosidad, sino de algo que se encuentra en la frontera de la vida cotidiana, algo que puede ocurrirle a cualquiera” (Arendt, H., 2003, Eichmann en Jerusalén, p. 368, Lumen. Obra original publicada en 1963).

La omisión de una condena explícita al Estado agresor por parte de León XIV traslada el conflicto al plano de la fatalidad inevitable. Francisco, en sus intervenciones sobre conflictos similares, ha recordado que no se puede ser neutral ante la injusticia flagrante. La insistencia de Roma en una paz genérica valida indirectamente la omnipotencia del agresor, puesto que no establece un límite ético firme desde la autoridad de Pedro. Como recordaba Benedicto XVI, “la justicia es el objeto y la medida intrínseca de toda política”, y una política eclesial que calla ante la injusticia flagrante renuncia a su misión.

Por su parte, Karol Wojtyła, en “Persona y acción”, señala una verdad que resuena con fuerza ante el cuerpo inerte del párroco de Klayaa: “La persona humana posee un valor que no es reducible a nada, un valor que reside en su propio ser y que la constituye en un fin en sí misma, nunca en un medio para fines ajenos” (Wojtyła, K., 2011, Persona y acción, p. 142, Biblioteca de Autores Cristianos. Obra original publicada en 1969).

El crimen sobre el sacerdote en pleno ejercicio de su ministerio es la negación absoluta de esta premisa. Al-Rah fue convertido en un “medio” para transmitir un mensaje de terror. La deshumanización del adversario permite que se le despoje de su cualidad de persona para ser visto apenas como un obstáculo demográfico que debe ser desplazado por la fuerza. La sangre del padre Pierre clama no por venganza, sino por una verdad que se niega a ser sepultada bajo los escombros.

El desmantelamiento de la presencia cristiana en su propia cuna no es un evento fortuito, sino un fenómeno que entrelaza la soberbia militar con una ambición territorial que no reconoce límites humanos ni sagrados. Esta realidad nos obliga a cuestionar si el derecho a la tierra ha dejado de ser una dignidad inherente a todo pueblo que la habita y la ama para transformarse en una concesión arbitraria de quienes poseen la fuerza técnica de desplazamiento. La normalización de la muerte de quienes curan heridas en el frente de batalla debería plantearnos una duda lacerante sobre el estado de nuestra propia humanidad: ¿hasta qué punto el silencio ante el martirio del prójimo ha gangrenado la conciencia de una comunidad internacional que observa la destrucción de lo ancestral como un trámite necesario para la seguridad?

Así, resulta ineludible abordar la justificación metafísica de la violencia israelí sobre una comunidad con la que no sostiene conflicto geopolítico alguno. ¿Cómo puede sostenerse la legitimidad ética de un Estado que, embriagado por un sentimiento de súper-poderío, aniquila sistemáticamente a los fieles de un credo ajeno a su disputa, sino es a través de la pérdida absoluta del sentido de lo sagrado y de la alteridad? Esta desmesura nos sitúa ante la paradoja de una diplomacia vaticana que parece haber sustituido la voz profética por una gestión del dolor despojada de denuncia. En este contexto, cabe preguntarse en qué momento la retórica de las “semillas de la paz” se convierte en un velo piadoso que oculta la cobardía ante el poder mundano y permite que el sembrador sea asesinado impunemente bajo la mirada impasible de quienes deberían ser sus custodios.

En conclusión, queridos lectores, la muerte de Pierre Al-Rah es el espejo de nuestra propia fragilidad ética y el testimonio final de un sacrificio que interpela la validez de la palabra frente a la pólvora. Si el acto de caridad más puro —el auxilio al caído— ya no es capaz de detener la mano de quien se cree dueño de la vida y de la muerte, la justicia internacional ha dejado de ser un orden para convertirse en una ficción que protege al verdugo. Solo a través de una interrogación que nombre con rigor al agresor y rechace la tibieza administrativa será posible rescatar la dignidad de la persona frente a la frialdad de la estadística y la soberbia de la fuerza.

Referencias bibliográficas

Aci Prensa. (2026, 9 de marzo). Sacerdote muere en bombardeo en el sur del Líbano mientras ayudaba a feligrés herido. https://www.aciprensa.com/noticias/122897/sacerdote-muere-en-bombardeo-en-el-sur-del-libano-mientras-ayudaba-a-feligres-herido

AICA. (2026, 11 de marzo). León XIV reza para que la sangre del sacerdote asesinado sea semilla de paz para el Líbano. https://aica.org/noticia-leon-xiv-reza-para-que-la-sangre-del-sacerdote-asesinado-sea-semilla-de-paz-para-el-libano

Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963).

Arendt, H. (2006). Sobre la violencia (G. Solana, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1970).

Benedicto XVI. (2006). Carta encíclica Deus Caritas Est. Libreria Editrice Vaticana.

Benedicto XVI. (2009). Carta encíclica Caritas in Veritate. Libreria Editrice Vaticana.

Euronews. (2026, 11 de marzo). Divisiones en el Vaticano por la guerra en el Líbano tras la muerte del sacerdote Al-Rah. https://es.euronews.com/my-europe/2026/03/11/divisiones-vaticano-guerra-en-libano-muerte-sacerdote-al-rah

Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión (A. Garzón del Camino, Trad.). Siglo XXI. (Obra original publicada en 1975).

Francisco. (2020). Carta encíclica Fratelli Tutti: sobre la fraternidad y la amistad social. Libreria Editrice Vaticana.

Levinas, E. (1977). Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad (D. J. Guillot, Trad.; 4.ª ed.). Ediciones Sígueme. (Obra original publicada en 1961).

Muñoz Iturrieta, P. (2026, 10 de marzo). Israel bombardea Líbano: Muere sacerdote católico y crece la tensión [Archivo de Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=yx3trRwxKD4

Si Se Puede. (2026, 11 de marzo). El Papa León XIV lamenta la muerte del sacerdote asesinado en Líbano. https://sisepuede.es/international/el-papa-leon-xiv-lamenta-la-muerte-del-sacerdote-asesinado-en-el-libano/202752/

TeleSur. (2026, 11 de marzo). Papa León XIV pide el fin de la guerra en el Líbano tras muerte de sacerdote. https://www.telesurtv.net/papa-leon-xiv-fin-guerra-sacerdote-libano/

Wojtyła, K. (2011). Persona y acción (R. Ferrer, Trad.). Biblioteca de Autores Cristianos. (Obra original publicada en 1969).

El autor es docente, escritor y filósofo
San Juan - Argentina (2026)

martes, 17 de marzo de 2026

Por Emilia Santos Frias
Diario Azua / 17 marzo 2026.-

Algunos estudiosos de la conducta humana coinciden en que, para que las personas disfrutemos de paz en nuestras vidas, es necesario hacer introspección profunda. Examinar desatinos, que son experiencias, gestionar las emociones en lo individual y al relacionarnos o en nuestras relaciones interpersonales.

Estoy segura de que nadie tiene la fórmula perfecta, pero existen recomendaciones que nos apoyan para que vivamos con mayor nivel de bienestar. Practicar el perdón y la aceptación son algunas muy puntuales. Aprender cada día a ser tolerantes, tener paciencia, permitir que cada quien se exprese y se conduzca como desea, que cada ser humano abrace sus libertades.

En ese sentido, vivir cada día como lo que es: un renacer, y hacerlo desde la gratitud, con Dios, nuestros semejantes... Cada quien sabe por qué debe agradecer diariamente. Somos seres privilegiados, así nos creó el Padre celestial. En esa tesitura, tengamos presente que establecer límites a personas manipuladoras, controladoras, tóxicas, familiares heridos..., no nos hace ser malos mortales; por el contrario, nos propicia vivir de forma saludable, al no dejarnos invadir de emociones negativas.

Pese a que la paz es un don de Dios, al mismo tiempo es una tarea de todos. Como solía expresar el recordado papa viajero, Juan Pablo II, responsable de unir a nivel mundial a la juventud católica. Sin lugar a duda, vivir en paz debe ser el plan de todo ser humano; por eso, este debe operativizar cada día mediante acciones puntuales. Iniciar con pequeñas acciones sistemáticas nos guía al alcance de esta meta.

Cada pequeña victoria es valiosa, hace de la cotidianidad un tiempo extraordinario y lleva directamente al asombroso alcance de los objetivos y metas: vivir con paz. Pero ello implica dejar hábitos atrás, malsanos, y abrazar conductas que propicien bienestar físico, mental y social; calidad de vida.

Perdonarnos y perdonar es clave. Ejercitar tolerancia, escucha activa o ignorar informaciones sin fundamento... reír a carcajadas, ver belleza en los pequeños detalles, eso nos apoya en la búsqueda propuesta. Don Bosco aseguraba que quien tiene paz en su conciencia, lo tiene todo. Tenía sobradas razones; recordemos que dedicó su vida a la educación, formación de jóvenes pobres y huérfanos, por eso le conocemos como el padre y maestro de la juventud.

El camino no es fácil, aunque su entrada es sumamente simple: “La paz comienza con una sonrisa”, es lo que decía la también recordada defensora de los pobres e indefensos, Madre Teresa de Calcuta. ¿Qué esperamos para transitar este camino?. Lo cierto es que la paz no se fuerza, ni proviene de la violencia. Muchos científicos abordaron el tema y coincidieron en estas premisas. Su disfrute germina en nuestro interior, desde el entendimiento y el amor; desde allí se proyecta mediante acciones pertinentes a todo nuestro entorno.

Esforcémonos, merecemos vivir con paz, con armonía mental y fuerza emocional frente a desafíos, amenazas personales y colectivas. Germinemos ese valor y derecho con el auxilio de la confianza y la gratitud, como se indicó precedentemente. Asimismo, con el autoconocimiento y una profunda conexión con lo divino..., en fin, con toda actividad que no haga daño a la humanidad, pero sí fortalezca sus derechos fundamentales.

Hasta pronto.

La autora reside en Santo Domingo
Es educadora, periodista, abogada y locutora.






domingo, 15 de marzo de 2026

 




Diario Azua / 15 de marzo 2026

Por Mario Antonio Lara Valdez

Las trayectorias profesionales se construyen con disciplina, aprendizaje constante y la capacidad de adaptarse a los cambios que exige cada época. En el ámbito militar, estos elementos adquieren una dimensión particular, ya que la formación castrense combina valores como la obediencia, el honor, la responsabilidad y el servicio a la nación.

La carrera militar implica sacrificio, preparación permanente y compromiso con los principios institucionales. Sin embargo, también existen casos en los que esa vocación se complementa con otras áreas del conocimiento que fortalecen la proyección pública de las instituciones. La comunicación estratégica es una de ellas.

En los últimos años, la transformación digital ha obligado a las instituciones públicas, incluyendo las militares, a replantear sus formas de relacionarse con la ciudadanía. Las redes sociales y las plataformas digitales se han convertido en herramientas clave para informar, educar y fortalecer la imagen institucional.

Dentro de ese contexto, el militar y periodista Fahd Yamani Jacobo Salado ha desarrollado una trayectoria vinculada a la comunicación institucional y la estrategia digital aplicada al ámbito público. Su trabajo se ha orientado al desarrollo de estrategias de plataformas informativas y a la construcción de narrativas institucionales en el entorno digital.


Su trabajo también ha estado vinculado a la planificación de estrategias de comunicación digital que han permitido proyectar iniciativas dominicanas en escenarios internacionales. Parte de estos esfuerzos han sido reconocidos en certámenes regionales como los Premios Latam Digital, donde proyectos de comunicación institucional dominicanos han sido galardonados.

En ese contexto, uno de los aspectos que ha generado mayor reconocimiento a su labor ha sido el posicionamiento de iniciativas dominicanas en escenarios internacionales, logrando que proyectos de comunicación institucional del país obtengan premios y menciones en competencias regionales de alto nivel. 

Este tipo de logros no solo reconocen el trabajo individual, sino que también proyectan a la República Dominicana como referente en innovación y comunicación digital en América Latina, fortaleciendo la presencia del país en espacios donde convergen gobiernos, empresas y especialistas del ecosistema digital.

Entre sus aportes institucionales se destaca la creación y desarrollo de las redes sociales de la Fuerza Aérea de República Dominicana, así como su participación en proyectos de comunicación digital para diversas instituciones del ámbito militar y estatal.Estas iniciativas contribuyeron a modernizar la presencia institucional en internet y a acercar las Fuerzas Armadas a la ciudadanía mediante canales digitales.


A lo largo de su carrera, Fahd Yamani Jacobo Salado ha recibido diversas distinciones que reconocen su trayectoria profesional. Entre ellas figura la Orden del Vuelo Panamericano, una condecoración vinculada a la tradición histórica de la aviación dominicana y otorgada a quienes han realizado aportes significativos al desarrollo institucional y al servicio en la Fuerza Aérea. Esta distinción resalta el mérito, la dedicación y el compromiso con las misiones de la institución.

Asimismo, ha sido distinguido con una condecoración de la Conferencia de las Fuerzas Armadas Centroamericanas (#CFAC), organismo regional que reconoce a militares y profesionales que han contribuido al fortalecimiento de la cooperación, la integración y los vínculos de amistad entre las fuerzas armadas de la región.

Además de su carrera militar, Jacobo Salado ha mantenido una activa participación en el ámbito periodístico y de la comunicación digital. Se ha desempeñado como exdirector de Relaciones Públicas del Colegio Dominicano de Periodistas (#CDP) y como director de capacitación de la Sociedad Dominicana de Medios Digitales (#SODOMEDI), espacios desde los cuales ha impulsado la formación en comunicación estratégica y medios digitales.

La combinación de experiencia militar, periodismo y estrategia digital ha permitido que su perfil profesional se ubique en un punto de encuentro entre la comunicación institucional y la innovación tecnológica, áreas cada vez más relevantes para las instituciones contemporáneas.

El reconocimiento que hoy recibe no solo resalta una trayectoria personal, sino también la creciente importancia de la comunicación estratégica dentro de las instituciones públicas y militares en la República Dominicana.




Por Mario Antonio Lara Valdez
Diario Azua / 15 marzo 2026.-

Las trayectorias profesionales se construyen con disciplina, aprendizaje constante y la capacidad de adaptarse a los cambios que exige cada época. En el ámbito militar, estos elementos adquieren una dimensión particular, ya que la formación castrense combina valores como la obediencia, el honor, la responsabilidad y el servicio a la nación.

La carrera militar implica sacrificio, preparación permanente y compromiso con los principios institucionales. Sin embargo, también existen casos en los que esa vocación se complementa con otras áreas del conocimiento que fortalecen la proyección pública de las instituciones. La comunicación estratégica es una de ellas.
En los últimos años, la transformación digital ha obligado a las instituciones públicas, incluyendo las militares, a replantear sus formas de relacionarse con la ciudadanía. Las redes sociales y las plataformas digitales se han convertido en herramientas clave para informar, educar y fortalecer la imagen institucional.

Dentro de ese contexto, el militar y periodista Fard Yamani Jacobo Salado ha desarrollado una trayectoria vinculada a la comunicación institucional y la estrategia digital aplicada al ámbito público. Su trabajo se ha orientado al desarrollo de estrategias de plataformas informativas y a la construcción de narrativas institucionales en el entorno digital.

Su trabajo también ha estado vinculado a la planificación de estrategias de comunicación digital que han permitido proyectar iniciativas dominicanas en escenarios internacionales. Parte de estos esfuerzos han sido reconocidos en certámenes regionales como los Premios Latam Digital, donde proyectos de comunicación institucional dominicanos han sido galardonados.

En ese contexto, uno de los aspectos que ha generado mayor reconocimiento a su labor ha sido el posicionamiento de iniciativas dominicanas en escenarios internacionales, logrando que proyectos de comunicación institucional del país obtengan premios y menciones en competencias regionales de alto nivel.

Este tipo de logros no solo reconocen el trabajo individual, sino que también proyectan a la República Dominicana como referente en innovación y comunicación digital en América Latina, fortaleciendo la presencia del país en espacios donde convergen gobiernos, empresas y especialistas del ecosistema digital.

Entre sus aportes institucionales se destaca la creación y desarrollo de las redes sociales de la Fuerza Aérea de República Dominicana, así como su participación en proyectos de comunicación digital para diversas instituciones del ámbito militar y estatal.Estas iniciativas contribuyeron a modernizar la presencia institucional en internet y a acercar las Fuerzas Armadas a la ciudadanía mediante canales digitales.
A lo largo de su carrera, Fard Yamani Jacobo Salado ha recibido diversas distinciones que reconocen su trayectoria profesional. Entre ellas figura la Orden del Vuelo Panamericano, una condecoración vinculada a la tradición histórica de la aviación dominicana y otorgada a quienes han realizado aportes significativos al desarrollo institucional y al servicio en la Fuerza Aérea. Esta distinción resalta el mérito, la dedicación y el compromiso con las misiones de la institución.

Asimismo, ha sido distinguido con una condecoración de la Conferencia de las Fuerzas Armadas Centroamericanas (CFAC), organismo regional que reconoce a militares y profesionales que han contribuido al fortalecimiento de la cooperación, la integración y los vínculos de amistad entre las fuerzas armadas de la región.

Además de su carrera militar, Jacobo Salado ha mantenido una activa participación en el ámbito periodístico y de la comunicación digital. Se ha desempeñado como exdirector de Relaciones Públicas del Colegio Dominicano de Periodistas (CDP) y como director de capacitación de la Sociedad Dominicana de Medios Digitales (SODOMEDI), espacios desde los cuales ha impulsado la formación en comunicación estratégica y medios digitales.

La combinación de experiencia militar, periodismo y estrategia digital ha permitido que su perfil profesional se ubique en un punto de encuentro entre la comunicación institucional y la innovación tecnológica, áreas cada vez más relevantes para las instituciones contemporáneas.

El reconocimiento que hoy recibe no solo resalta una trayectoria personal, sino también la creciente importancia de la comunicación estratégica dentro de las instituciones públicas y militares en la República Dominicana.
El autor es secretario General del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Prensa SNTP Distrito Nacional
Directivo de la Sociedad Dominicana de Medios Digitales (Sodomedi)

viernes, 13 de marzo de 2026





Diario Azua / 13 de marzo 2026

Santo Domingo.– El periodista Héctor García expresó su preocupación por lo que calificó como un uso irresponsable de informaciones sensibles que, según afirmó, generan alarma innecesaria entre la población.

Durante su intervención en el programa Controlando las Mañanas, que se transmite por Su Mundo TV, García señaló que algunos sectores de la oposición están abordando temas delicados sin el debido cuidado ni el contexto necesario, lo que puede provocar miedo, confusión y desinformación en la ciudadanía.

El politólogo enfatizó que la responsabilidad de quienes manejan información pública especialmente en medios de comunicación y plataformas digitales debe ser informar con precisión, equilibrio y sentido social.

“Cuando se trata de asuntos sensibles que impactan directamente a la población, no se puede jugar con el miedo de la gente ni crear alarmas sin fundamentos claros”, manifestó.

García indicó que el debate público es necesario en una sociedad democrática, pero insistió en que este debe realizarse con datos verificables y evitando interpretaciones que puedan distorsionar la realidad.

Asimismo, llamó a la oposición que actúe con responsabilidad y que contribuya a orientar a la ciudadanía en lugar de generar pánico o incertidumbre.

jueves, 12 de marzo de 2026

Por Néstor Estévez
Diario Azua / 12 marzo 2026.-

Hay celebraciones que trascienden el calendario. La del 80 aniversario del ITESIL es una de ellas. Más allá de discursos protocolares y acciones conmemorativas, lo ocurrido en Dajabón propició oportunidades en las que historias personales, memoria colectiva y aspiraciones de futuro encontraron virtuoso caldo de cultivo.

Así se vivió durante las actividades organizadas por el Instituto Tecnológico San Ignacio de Loyola (ITESIL) al recordar la llegada de sus primeros estudiantes aquel 10 de marzo de 1946.

Más que un aniversario, hubo un ejercicio de memoria compartida. Esa memoria se expresó en intercambio entre generaciones, en el orgullo visible de quienes han pasado por sus aulas y en la convicción, ampliamente compartida, de que el ITESIL forma parte del tejido vital de la comunidad.

El valor del diálogo

El intercambio intergeneracional propició que historias de los primeros años del instituto se mezclaran con otras más recientes, pero principalmente con preguntas sobre los desafíos del presente y las oportunidades del futuro.

El filósofo alemán Jürgen Habermas ha planteado que las sociedades democráticas se sostienen en la calidad de sus conversaciones públicas. Es en el diálogo donde construimos sentido compartido, intercambiamos experiencias y proyectamos futuros posibles.

En la celebración del ITESIL se hizo evidente el valor de esas interacciones: dan continuidad a la experiencia. Como ha señalado Edgar Morin, las sociedades necesitan articular memoria y aprendizaje para enfrentar contextos cada vez más complejos.

ITESIL acaba de mostrar continuidad con claridad. Muchos de los profesionales, emprendedores y líderes comunitarios que hoy impulsan iniciativas en la región comenzaron su camino en sus aulas. Su presencia en la celebración no fue solo un gesto de nostalgia. Fue una manera de reconocer que el instituto forma parte de su historia personal y también de su identidad colectiva.

Conexión con su territorio

Durante ocho décadas, la institución ha ofrecido oportunidades educativas a jóvenes de la frontera que, de otro modo, habrían tenido que migrar para continuar sus estudios. Esa función ha contribuido a fortalecer el capital humano y a ampliar las posibilidades de desarrollo local.

Pero su impacto va más allá de la formación técnica. El instituto ha promovido una visión educativa que conecta conocimiento, valores y compromiso social. De esa forma, la educación deja de ser solo un mecanismo de movilidad individual para convertirse también en instrumento de transformación colectiva. Así se evidenció en la integración de autoridades, empresarios, docentes, egresados y gente de pueblo llano que reconoce en la institución un aliado del territorio.

En ello ocupa lugar cimero algo que ha marcado profundamente la identidad del centro: el sello ignaciano. En Loyola Dajabón, la formación no se limita a transmitir conocimientos. Aquí se forma a personas capaces de reflexionar, discernir y comprometerse con la realidad que las rodea.

Durante la celebración de los 80 años del ITESIL, esa inspiración se hizo visible en múltiples gestos: en el reconocimiento a quienes han dedicado su vida a la institución, en la gratitud expresada por generaciones de egresados y en la convicción compartida de que la educación tiene sentido cuando impacta positivamente en la vida de las comunidades.

Mirando hacia el futuro

Muchas conmemoraciones se limitan a mirar hacia el pasado. Pero en Dajabón, el primer fin de semana de marzo 2026, se propició que también incluyéramos preguntas sobre el futuro. En Dajabón quedó claro que la educación sigue siendo herramienta poderosa para impulsar desarrollo territorial.

El desafío ahora es mantener viva la conversación que hizo posible ese camino. Vale retomar al pensador latinoamericano Jesús Martín-Barbero. Él plantea que las instituciones que realmente transforman comunidades son aquellas que logran articular educación, cultura y territorio.

No perduran aquellas que se limitan a repetir tradiciones, sino las que saben renovar constantemente su misión. En el caso del ITESIL, está muy clara: seguir formando personas capaces de aprender, emprender y comprometerse con su comunidad.

Ochenta años después de su fundación, el mayor legado del instituto no está solo en su trayectoria académica. Está, sobre todo, en las redes de confianza, aprendizaje y colaboración que ha contribuido a tejer en Dajabón, en la región y en gran parte del país. Ahí reside su verdadera fortaleza. Y también es su promesa más valiosa para el futuro.