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viernes, 18 de septiembre de 2026

 

Por Pilly Rodríguez Salcedo
Diario Azua / 18 septiembre 2026.-

Coach de Relaciones Humanas ACC-ICF, autora de AMARYLLA: El Arte de Volver a Amarte y vocera de la campaña Life’s Good de LG Electronics Panamá

Antes de continuar leyendo, quiero proponerte una pausa. Respira y pregúntate: ¿qué estaba pensando justo antes de llegar a esta columna?

Tal vez recordabas un mensaje que no has respondido, una tarea pendiente o una conversación que todavía repasas en tu cabeza. Quizás estabas intentando descansar mientras organizabas mentalmente todo lo que debes hacer mañana. Ahora hazte otra pregunta: de todo esto, ¿qué necesita realmente tu atención en este momento?

Muchas veces no estamos cansados únicamente por lo que hicimos durante el día, sino por todo lo que continuamos sosteniendo en la mente. Pendientes, decisiones, preocupaciones y expectativas permanecen activos incluso cuando nuestro cuerpo intenta detenerse.

La mente se convierte en una habitación en la que varias voces hablan al mismo tiempo. Todas parecen importantes y nosotros tratamos de escucharlas, como si olvidar una sola pudiera hacer que todo se desordenara. Sin embargo, no todo pensamiento merece convertirse en una tarea, no toda preocupación necesita una respuesta inmediata y no todo lo que podemos resolver nos corresponde resolverlo.

En un proceso no siempre comenzamos preguntando qué más necesita hacer una persona. En ocasiones, la pregunta más importante es otra: ¿qué podrías dejar de cargar? Y, de todo lo que cargas, ¿qué te corresponde realmente a ti y qué pertenece al sistema del que formas parte?

Te propongo un ejercicio sencillo. Escribe todo lo que está ocupando tu mente. No intentes organizarlo mientras escribes; simplemente sácalo de tu cabeza y colócalo frente a ti. Después, revisa cada punto y pregúntate si necesita atención hoy, si puedes decidir cuándo retomarlo, si es posible compartirlo con alguien, a quién le corresponde realmente o si continúas cargándolo únicamente porque te cuesta soltarlo.

Estas preguntas no eliminan nuestras responsabilidades, pero transforman la manera en que nos relacionamos con ellas. Cuando un pendiente tiene un lugar y un momento definidos, la mente ya no necesita recordarlo constantemente. Lo que agota no siempre es la tarea; muchas veces es no haber decidido qué hacer con ella. También puede ayudarnos observar cómo se distribuyen las responsabilidades en los sistemas de los que formamos parte y qué patrones hemos sostenido casi sin darnos cuenta.

Crear una rutina para las mañanas, establecer un horario para responder mensajes o permitir que los productos del hogar cumplan su función sin supervisarlos constantemente parecen cambios pequeños, pero cada ajuste que evitamos representa una interrupción menos.

Hoy contamos con herramientas capaces de adaptarse mejor a nuestras rutinas, desde equipos que simplifican determinadas labores de la casa hasta una televisión que nos ayuda a encontrar lo que queremos disfrutar. Esa forma más humana de acompañarnos tiene valor cuando permanece en segundo plano y nos permite regresar al presente.

Sin embargo, ninguna herramienta puede decidir por nosotros qué debemos soltar. Tampoco puede establecer nuestros límites, pedir ayuda o concedernos permiso para descansar. Esa parte continúa siendo nuestra.

Por eso, Free Up Your Mind no significa dejar la mente en blanco. Significa dejar de tratar cada pensamiento como una instrucción que debemos obedecer. También es reconocer que no tenemos que ocuparnos personalmente de todo y que podemos apoyarnos en la tecnología para resolver algunas tareas cotidianas. Así liberamos espacio mental para recordar algo sin sentir que debemos hacerlo de inmediato, preocuparnos sin construir una sucesión interminable de escenarios y reconocer que algo nos importa sin permitir que ocupe toda nuestra atención.

Como autora de AMARYLLA, El Arte de Volver a Amarte, he reflexionado sobre lo que significa regresar a nosotros mismos. Volver no siempre requiere alejarnos de la vida que tenemos. A veces comienza cuando retiramos parte del ruido que nos impide escucharnos.

Antes de terminar, pregúntate nuevamente qué está ocupando tu mente. Elige una sola cosa y decide si debes atenderla, agendarla, compartirla o soltarla. No intentes reorganizar tu vida completa. Crea apenas un poco de espacio.

Para mí, allí vive el verdadero sentido de Life’s Good: no en una vida sin responsabilidades, sino en una vida en la que todavía podemos reconocer lo bueno mientras está sucediendo.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Narciso Isa Conde
Diario Azua / 16 septiembre 2026.-

El final de Abinader en la historia yo no se lo deseo a nadie, ni siquiera a la basura Marco Rubio-Donald Trump. Pero yo no mando en esos ámbitos.

Si la historia tiene un vertedero –y lo tiene-, ahí segurito depositarán a los tres.

Luis Abinader Corona no tiene escapatoria, porque no hay de otra en la historia reciente de esta sociedad y de este mundo, en lo que se refiere a esta fase de decadencia de su modelo cultural tutor y de su manera de ser, pensar y actuar.

Comenzó mal con la bendición de Pompeo y terminará peor después de sus largos amores con lo más detestable de la escoria continental y mundial.

Apoyó a Guaidó y todo el contenido ultra reaccionario del Acuerdo de Lima.

Defendió a la María Corina, instrumento de la CIA; y apoyó al “mata curas” de El Salvador, González Urrutia.

Abrazó a Zelensky.

Se juntó con Piñera en los paraísos fiscales

Hizo causa común con el trumpista Escudo de Las Américas en Mar-Lago, siguiendo las pautas de sus jefes.

Pactó con el Comando Sur y le entregó la custodia del Puerto de Manzanillo, y la concesión del mismo en pago servil a EEUU, los Vicini y la oligarquía capitalista del Cibao.

Incorporó las fuerzas armadas dominicanas a la nueva Coalición Militar continental (otra FIP) que, junto a 18 países subordinados a EEUU, encabezada por el mismo Comando Sur del Pentágono.

En competencia con una oposición tradicional pusilánime, le abrió nuevos horizontes al racismo anti haitiano y esparció generosamente crueles represiones y sufrimientos entre la inmigración haitiana y sus descendientes.

Corteja todo lo que destila perfume fascistoide, todo lo que alimenta neofascismo o lumpeniza la política y el capitalismo: “influencers” del club, pastores sin vergüenza (amigotes de la CIA y el Mossad, por demás), banqueros de apuestas, fundamentalismos religiosos, neofascismos cristianos, batallas de la fe y viejas órdenes.

Soltó y estimuló en grande la jauría racista que los alimenta.

Igual hizo con las bestias machistas, dotándola de un nuevo Código Penal que excluye las tres causales, penaliza derechos de la mujer, promueve la homofobia, consagra el abuso infantil y refuerza la impunidad de la corrupción, los feminicidios y otros crímenes.

Terminó de aplastar la enseñanza laica y el Estado laico, inundando las instituciones estatales, incluido el Palacio Nacional, de una religiosidad profundamente conservadora.

Impuso una ley de ordenamiento territorial que, junto a otras, privatiza fuentes de agua.

Asumió el endurecimiento del neoliberalismo hacia la apropiación privada de la naturaleza no humana.

Profundizó la crisis del agua y radicalizó la crisis ambiental.

Consagró la impunidad del gran capital transnacional y local gansterizado.

Igual destino les garantizó al generalato policial ladrón y asesino, y a los delitos ambientales cometidos por las élites sociales.

Facilitó la conversión de SENASA en botín de altos funcionarios y de negociantes privados de la salud y los atracos a la salud pública.

Nunca explicó las alianzas del PRM, en su campaña presidencial, con Miki López y Miguel Gutiérrez y otros personeros del bajo mundo, susceptibles de ser acusados de narco- terroristas en la jerga gringa.

Siendo de origen árabe abrazó la causa sionista y la campaña contra el antisemitismo que procura encubrir el holocausto actualmente ejecutado por los Estados Terroristas de Israel y EEUU contra el pueblo palestino, el pueblo persa y la humanidad toda.

Con Víctor –Ito- Bisonó y la Embajadora Lea Francis Campo instaló recientemente en la Cancillería una fábrica de iniciativas neofascistas y decisiones lacayas, bajo el mando de Marco Rubio; tales como el ingreso al consenso patriarcal de Ginebra, el compromiso contra el antisemitismo para defender el genocidio de Netanyahu y Donald Trump, y la apropiación por EEUU de los yacimientos nacionales de tierras raras.

El prontuario de Luis Abinader, como administrador del Protectorado yanqui, da fascismo por todos los vericuetos de su ser y de su actuar. Y lo que falta luce será peor: está atrapado y sin salida, y muy complacido de su nefasta gestión.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Por Rosauris Herrera
Diario Azua / 14 septiembre 2026.-

“La Ley núm. 479-08 reconoce los pactos entre accionistas como una herramienta para ordenar sus relaciones; el riesgo aparece cuando esas reglas permanecen en el ámbito informal y el conflicto obliga a demostrar qué fue realmente lo acordado”.

Uno de los instrumentos más subestimados del derecho corporativo dominicano es el pacto parasocial o acuerdo entre accionistas. Con frecuencia, determinadas reglas quedan sujetas únicamente a entendimientos verbales, bajo la idea, muy común entre accionistas, de que “entre nosotros nos entendemos”. Mientras los intereses permanecen alineados, puede parecer suficiente. El problema aparece cuando dejan de estarlo.

Pensemos en un ejemplo común en la práctica corporativa. Dos accionistas constituyen una sociedad anónima de suscripción privada: uno posee el setenta por ciento (70 %) de las acciones y el otro el treinta por ciento (30 %) restante. Desde el inicio acuerdan verbalmente que el minoritario conservará esa participación y que, si como consecuencia de un aumento de capital su porcentaje llegara a reducirse, el mayoritario adoptaría las medidas necesarias para restablecer la posición accionaria convenida.

La confianza entre ambos hace que nunca formalicen ese entendimiento mediante un pacto parasocial. Tampoco establecen, en los estatutos ni mediante otro acuerdo escrito, protecciones adicionales a las previstas por la ley, como mayorías reforzadas, requisitos de consentimiento previo o cláusulas destinadas a proteger al minoritario frente a una eventual reducción de su participación.

Tres años después, la relación se deteriora. El accionista mayoritario promueve un aumento de capital que es aprobado conforme a las mayorías aplicables. El minoritario conserva el derecho de suscripción preferente reconocido por la ley, pero no suscribe íntegramente las nuevas acciones que le corresponden. Conforme al procedimiento aplicable, las acciones no suscritas son finalmente adquiridas por el mayoritario y, como consecuencia, la participación del minoritario se reduce sustancialmente.

Es entonces cuando aquel entendimiento verbal adquiere verdadera relevancia: el minoritario sostiene que ambos habían acordado preservar su posición accionaria y que el mayoritario debía restablecerla; este último, sin embargo, niega haber asumido una obligación en esos términos.

A partir de ese momento, el conflicto ya no gira únicamente alrededor del aumento de capital. Surgen dos preguntas más básicas: ¿qué acordaron realmente los accionistas? ¿Y qué consecuencias debía producir ese acuerdo si alguno decidía apartarse de él?

En este contexto, la Ley General de las Sociedades Comerciales y Empresas Individuales de Responsabilidad Limitada, núm. 479-08, modificada por la Ley núm. 31-11, reconoce expresamente en su artículo 194 los pactos mediante los cuales los accionistas pueden reglamentar entre ellos materias como el control de la sociedad, la compraventa de acciones, los derechos de preferencia, la conducción de los negocios sociales, el voto colectivo y la composición del capital social, entre otros intereses legítimos.

La propia disposición condiciona su validez a que estos acuerdos se celebren por un período determinado y no sean contrarios al orden público, a una disposición imperativa de los estatutos ni al interés social; además, prohíbe que sean estipulados a perpetuidad.

La ley ofrece, por tanto, un espacio para ordenar contractualmente aspectos esenciales de la relación entre accionistas. Pero reconocer la posibilidad de pactar no elimina un problema fundamental: cuando esos entendimientos no se formalizan adecuadamente, demostrar después su existencia, contenido y alcance puede resultar considerablemente más difícil que haberlos definido desde el inicio.

En ese sentido, el artículo 1134 del Código Civil consagra la fuerza obligatoria de las convenciones legalmente formadas. Pero una cosa es reconocer que lo convenido obliga a las partes y otra poder demostrar, años después, cuál fue exactamente el contenido de ese acuerdo. De ahí que el valor de un pacto parasocial no consista simplemente en poner por escrito una conversación, sino en transformar expectativas generales en obligaciones concretas.

En nuestro ejemplo, no bastaba con una expectativa genérica de preservar la participación del minoritario. Una protección antidilución podía definir cuándo operaría, qué participación se pretendía conservar y qué consecuencias produciría su incumplimiento, incluyendo, según lo convenido, obligaciones de cesión o adquisición de acciones.

La misma lógica se aplica a compromisos de voto, transferencias de acciones, derechos de salida o situaciones de bloqueo societario: el pacto permite convertir acuerdos generales en obligaciones adaptadas a la relación económica entre sus firmantes.

Volvamos al accionista diluido. Su principal dificultad no era la ausencia de los derechos que la ley ya reconoce, sino haber confiado en una protección adicional que nunca fue definida con suficiente precisión ni formalizada de manera que pudiera determinarse claramente su alcance.


Los pactos parasociales no eliminan los conflictos entre accionistas. Su utilidad está en evitar que, cuando el conflicto aparezca, la primera discusión sea determinar qué habían acordado las partes.

Porque el mejor momento para firmar un pacto entre accionistas no es cuando surge el conflicto, sino cuando todos están convencidos de que nunca lo necesitarán.

La autora es abogado especialista en este tema.



 

Por Alfredo Cruz Polanco
Diario Azua / 14 septiembre 2026.-

La Ley 370-81 es la que establece el régimen de pensiones y jubilaciones a cargo del Estado dominicano para los empleados y funcionarios públicos siempre y cuando cumplan con ciertos parámetros de edad y años de servicios. El sistema de pensiones en la República Dominicana también está regulado principalmente por la Ley No. 87-01, que crea el Sistema Dominicano de Seguridad Social (SDSS).

El objetivo de dicha ley es proteger a la población contra los riesgos de la vejez, la discapacidad y el fallecimiento, a través de las administradoras de fondos de pensiones (AFP). Es decir, que todas las personas que hayan prestado un servicio al Estado dominicano por el tiempo reglamentado y exigido por dicha ley, por motivo de edad y de salud, es merecedor de una pensión digna, para por lo menos paliar y mitigar los últimos años de sus vidas. La ley no contempla a personas que nunca han ofrecido una labor al país.

El gobierno del presidente Luis Abinader, desde sus inicios, ha estado concediendo miles de pensiones onerosas por valores que oscilan entre cincuenta, cien y ciento cincuenta mil pesos mensuales, a personas que nunca han ofrecido sus servicios al Estado dominicano, a miembros de su partido, el Revolucionario Moderno-PRM, lo que constituye una flagrante violación a la ley de pensiones y jubilaciones.

Mientras cientos de miles de ex empleados públicos y privados, que prestaron y entregaron los mejores años de sus vidas al Estado o a empresas privadas, que califican y anhelan obtener una mísera pensión para su vejez, por razones puramente políticas el gobierno se las niega y se las entrega a personas ajenas, que no las merecen, por el simple de haber hecho campaña política a favor del presidente Abinader y de su partido, lo que constituye una gran injusticia.

Si se aplicara la ley como Dios manda, las pensiones deben ser otorgadas automáticamente, de acuerdo al orden de entrada al sistema de pensiones y jubilaciones, para que el trabajador no tenga que rogar ni torear para que se le reconozca un derecho adquirido, para el cual le fue descontado durante mucho tiempo, una parte de su salario, que es lo mismo decir, parte de su existencia. Se comenta que para que un trabajador o empleado pueda obtener su pensión, debe pagar una suma de dinero para que su expediente sea colocado en un lugar privilegiado para ser autorizada.

Lamentablemente este festival de reparticiones de pensiones se viene haciendo con fondos provenientes de los préstamos internacionales, que todos los dominicanos tendremos que pagar, incluyendo hasta los que todavía se encuentran en el vientre de sus madres.




Este es un craso error del equipo económico del gobierno del presidente Abinader, el destinar dichos recursos para gastos corrientes (nóminas, publicidad, subsidios, pensiones, viajes y viáticos, etc.), los cuales no generan riquezas ni crecimiento económico, ni reduce la pobreza, por el contrario, la aumenta. Es la inversión en obras de capital lo que genera crecimiento y desarrollo económico.

En días pasados, en el parque Duarte de La Vega, se realizó una feria para supuestamente otorgar pensiones abiertamente, a todas las personas que alcancen los 60 años de edad, a los cuales se les exigía única y exclusivamente una copia de sus cédulas y el llenado de un formulario de la Dirección de Pensiones y Jubilaciones, lo que constituyen una promesa más dentro del plan de campaña del PRM, para las elecciones del año 2028, dado el desplome y la baja simpatía que hoy afecta a ese partido y por igual, al presidente Abinader.

Esta acción no se hace con fines sociales ni legítimos, sino con fines puramente políticos. Como una muestra de lo que decimos, en fecha 30 de julio de este año, el periódico El Nacional, publicó en primera plana, la noticia de que el gobierno del Presidente Abinader pensionó a 2,500 personas con el Decreto No. 499-26.

Todas estas pensiones deben ser analizadas minuciosamente mediante una auditoría pública, y las que no procedan, deben ser eliminadas y otorgadas a las personas que verdaderamente las merecen y las necesitan.

El autor es Contador Público Autorizado
Máster en Relaciones Internacionales
Ex diputado al Congreso Nacional
Ex miembro de la Cámara de Cámara de
Cuentas de la República, 2010-2016


domingo, 13 de septiembre de 2026

Por Néstor Estévez
Diario Azua / 13 septiembre 2026.-

El cinco de septiembre puede ser una fecha como cualquier otra. Pero desde el más reciente, la sociedad dominicana puede tomarla como referente de tres claves que impulsan carreras.

En fecha cinco de septiembre de 2026, los corazones dominicanos encontraron especiales motivos para latir al compás. Aunque en continentes distintos, dos compatriotas coincidieron en fecha para encarnar el orgullo que nos ayuda a unificarnos y a crecer como país. Una atleta cruzó la meta y levantó los brazos. Una joven escuchó el nombre de su patria y sonrió ante el mundo.

Las cámaras atraparon ambos instantes. Visto así, todo puede parecer rápido. Sin embargo, detrás de esos segundos existen años de preparación, sacrificios y decisiones. Las historias recientes de Marileidy Paulino y Joheirry Mola muestran precisamente eso: el éxito puede tener diferentes escenarios, pero suele exigir disciplina, esfuerzo y constancia.

Marileidy corre. Joheirry comunica, enseña, modela y desarrolla proyectos sociales. Una compite contra el reloj en los 400 metros. La otra llegó hasta Vietnam para representar a la República Dominicana en Miss Mundo 2026. Sus campos son distintos, pero sus caminos tienen puntos en común. Ninguna llegó a la cima solamente por talento. Ambas han tenido que prepararse, aprender, competir y mantenerse firmes cuando el resultado deseado no estaba garantizado.

La atleta y la beldad

Marileidy Paulino acaba de conquistar por cuarta vez el título de la Liga Diamante. Había ganado en 2022, 2023 y 2024, pero en 2025 terminó en segundo lugar. Ese dato resulta importante porque permite entender mejor su grandeza.

Perder un título después de haberlo ganado varias veces pudo haberla frustrado. Pero ella hizo otra cosa: siguió entrenando, volvió a competir y recuperó el primer lugar. Eso es constancia. No significa ganar siempre; significa continuar cuando algo no sale como esperábamos.

Dicen que en una carrera de 400 metros no basta con correr rápido. Según especialistas en el tema, hay que saber distribuir las fuerzas, mantener el ritmo y guardar energía para el final. Marileidy ha convertido esa combinación de velocidad, resistencia y estrategia en una marca de su carrera. Su ejemplo recuerda que las grandes metas requieren planificación. Quien gasta toda su energía al comienzo puede quedarse sin fuerzas antes de llegar.

La trayectoria de Joheirry Mola transmite una enseñanza parecida: antes de convertirse en Miss Mundo 2026, ya había construido una vida de estudio y trabajo. Es docente de Literatura y Estudios Sociales, comunicadora, modelo profesional y gestora de proyectos sociales. Voices of Tomorrow es una iniciativa suya para educar niños y jóvenes de comunidades vulnerables. Su corona, por tanto, no apareció sobre una historia vacía. Llegó sobre una trayectoria que ya tenía propósito.

Pero hay otra similitud entre ambas dominicanas: las dos han aprendido a preparar cada paso. Marileidy repite entrenamientos, corrige movimientos y administra su energía. Joheirry ha combinado varias áreas con su preparación para competencias. Son actividades distintas, pero tienen una misma exigencia: hacer bien las pequeñas tareas que nadie celebra para algún día alcanzar el gran resultado que todos aplauden.

Una diferencia fundamental

Esa diferencia entre aplauso y proceso merece atención. Mucha gente suele mirar la medalla, el trofeo o la corona, pero pocas veces imagina las horas de práctica, los errores, el cansancio, las dudas y las renuncias. Por eso las historias de Marileidy y Joheirry pueden ser especialmente útiles para los jóvenes. Enseñan que soñar es importante, pero que un sueño sin trabajo corre el riesgo de quedarse como deseo.

También enseñan que representar al país no consiste únicamente en llevar una bandera. Significa mostrar, mediante la conducta, lo que una persona puede lograr cuando encuentra un propósito y trabaja para alcanzarlo. Desde una pista o bajo luminarias, estas dos dominicanas proyectan una imagen de preparación, seguridad y compromiso.

Marileidy y Joheirry llegaron a lugares diferentes, pero siguieron rutas parecidas. Cada una descubrió sus capacidades y decidió desarrollarlas. Persistieron, se prepararon y aprovecharon oportunidades. Ahí está quizá la enseñanza más valiosa de sus triunfos: el talento abre puertas, pero no camina solo. El avance requiere disciplina para cumplir, esfuerzo para superar dificultades y constancia para continuar.

Las coronas y los trofeos brillan. Pero necesitamos valorar todo el trabajo que ocurre antes de conquistarlos. Ahí está la verdadera grandeza de estas dos compatriotas.

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 13 septiembre 2026.-

«El sujeto de rendimiento, que se cree libre, es en realidad un esclavo: es un esclavo absoluto en la medida en que, sin amo alguno, se explota a sí mismo voluntariamente».Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio, 2012, p. 80)

Lamentablemente, suele rondar en el ambiente la sospecha de que la filosofía es una disciplina de mausoleo, un catálogo de preguntas ya respondidas o de pensadores ilustres que descansan bajo el mármol de la historia. Nos consuela imaginar que los grandes debates existenciales pertenecen a épocas pretéritas, tal vez porque mirar de frente nuestras propias grietas resulta demasiado doloroso. También, debo decirlo, divulgadores mediocres, intelectuales rentados y sofistas posmo-progres, es decir, los Darío’s Z de la vida, no ayudan a contrarrestar este prejuicio. Sin embargo, los síntomas de nuestro tiempo delatan que habitamos un territorio profundamente filosófico, un presente donde las heridas no se ven nítidamente, pero se sienten con una crudeza física imposible de soslayar. Aquí y ahora, aparece Byung-Chul Han, que se ha consolidado como uno de los analistas más lúcidos de la posmodernidad precisamente porque ha logrado poner en palabras una fatiga sorda que arrastramos en nuestros cuerpos: esa extraña e ininterrumpida sensación de vivir expuestos en un anaquel digital, cansados y perpetuamente exigidos.

El precitado filósofo no irrumpe, de ningún modo, desde la nada, mucho menos de la simple ocurrencia sociológica. De origen surcoreano, su propio periplo vital encierra una transmutación existencial radical: tras iniciar sus estudios de metalurgia en Seúl, se trasladó a Alemania, sin hablar apenas el idioma, impulsado por una vocación tardía que lo llevó a sumergirse en la literatura germana, la teología católica y la filosofía, doctorándose finalmente con una exhaustiva investigación sobre el pensamiento de Martin Heidegger.

Es precisamente de la tradición fenomenológica y hermenéutica de Heidegger de donde Han hereda su profunda sospecha ante la técnica moderna y su defensa de la contemplación silenciosa. Dialogando con la dialéctica de Hegel y Marx, y nutriéndose de la agudeza crítica de Nietzsche y la Escuela de Fráncfort, el filósofo edificó un andamiaje teórico que se sitúa en abierta disputa con las corrientes optimistas de la globalización digital y la psicología positiva del autoengaño. Si bien asimila la noción de sociedad disciplinaria de Michel Foucault, Han marca una distancia crítica insalvable al demostrar que las categorías del pensador francés, basadas en la vigilancia corporal y la coerción externa, resultan insuficientes para descifrar un capitalismo tardío que ya no opera mediante la dominación del cuerpo, sino a través de la domesticación algorítmica de la psique, una mutación que él bautiza como “psicopolítica”.

Bajo este régimen del neoliberalismo avanzado, las dinámicas de poder han sufrido una transformación sutilmente imperceptible pero devastadora: ya no nos enfrentamos a amos externos que vigilan nuestros movimientos con un látigo visible, sino que la dominación actual es mucho más sofisticada porque se disfraza de libertad personal y realización individual. Esta perversa transición es diseccionada con precisión por el autor en su emblemática obra “La sociedad del cansancio”, donde sostiene con firmeza que “el sujeto de rendimiento se explota a sí mismo hasta la extenuación. Se desarrolla una autoexplotación que es mucho más eficiente que la explotación por otros, porque se acompaña de un sentimiento de libertad” (Han, 2012, p. 23). De esta manera, el individuo contemporáneo corre con alegría hacia su propio desgaste, convencido de que cada hora extra en el trabajo, cada proyecto asumido o cada publicación en redes sociales constituye un peldaño hacia el éxito personal, ignorando que la autoexplotación voluntaria es infinitamente más eficaz que la coacción ajena, pues anula de raíz cualquier conato de resistencia o protesta colectiva.

Esta tesis de la servidumbre voluntaria y autoinducida late con fuerza en el corazón de una de sus intervenciones públicas recientes. Al recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en el Teatro Campoamor de Oviedo, Han (2025) recurrió a la dolorosa metáfora del esclavo que se azota a sí mismo para ilustrar el trágico destino del hombre hiperconectado. Nos encontramos ante una domesticación invisible donde el látigo ha sido internalizado y la productividad se ha convertido en una religión sin Dios y sin domingos. El sujeto posmoderno ya no necesita que lo vigilen porque se ha convertido en el capataz de su propia existencia, transformando su tiempo de ocio en una incansable gestión del rendimiento y reduciendo su vida a una simple función de utilidad económica.

Para comprender la raíz profunda de este autosabotaje civilizatorio, conviene volver la mirada hacia los cimientos de la teoría psicoanalítica y confrontar cómo el dolor ha cambiado de piel. En su clásica obra, “El malestar en la cultura”, Sigmund Freud (1930/1992) advertía un conflicto estructural en el desarrollo de la vida comunitaria: “No puede soslayarse la medida en que la cultura se edifica sobre la renuncia de lo pulsional, el alto grado en que se basa, precisamente, en la no satisfacción (mediante sofocación, represión, ¿o qué otra cosa?) de poderosas pulsiones. (p. 96).

Durante el siglo XX, este malestar se traducía en la neurosis provocada por la prohibición, es decir, ese límite moral o estatal que imponía un tajante “no debes”. En nuestra época, no obstante, la renuncia ya no se origina en la censura, sino en un mandato mucho más perverso que nos empuja a la acción ilimitada. Se nos ordena producir, mostrarnos, disfrutar y rendir sin tregua. El antiguo sujeto obediente ha sido reemplazado por el sujeto del rendimiento, un individuo que ya no sufre por sentirse oprimido o reprimido por una fuerza ajena, sino por una insoportable sensación de insuficiencia. Nunca es suficiente lo que producimos, nunca es suficiente lo que mostramos, nunca somos suficientes para nosotros mismos ni para los demás.

Este escenario de autoexigencia y exposición constante encuentra su catalizador perfecto en los dispositivos digitales que cargamos en nuestros bolsillos. Lejos de ser simples herramientas de comunicación neutras, los teléfonos inteligentes han colonizado nuestra intimidad, transformado los lazos afectivos en transacciones rápidas, asépticas y cuantificables. Esta transmutación del espacio relacional es explorada minuciosamente por el filósofo en su obra “En el enjambre”, donde avizora que la sobreexposición digital anula la distancia necesaria para el encuentro ético. En sus propias palabras, “la comunicación digital destruye la distancia. Ello no conduce, sin embargo, a una cercanía vecinal, sino a la falta de distancia, en la que lo extraño es eliminado a favor de lo igual” (Han, 2014, p. 32). Al homogeneizar el espacio social, las pantallas nos proveen de una conexión constante, pero nos despojan del encuentro real, en tanto que el algoritmo no busca la empatía ni el entendimiento, sino que premia la indignación instantánea, la polarización y el conflicto estéril porque el odio circula con mayor velocidad y genera más dividendos económicos en el mercado de la atención.

La eliminación sutil, pero sistemática de esta alteridad no es un daño colateral del sistema, sino un requisito operativo para la aceleración del consumo. Cuando “el otro” es despojado de su misterio y de su diferencia irreductible, deja de ser un interlocutor para convertirse en una cosa que se consume y se desecha de manera autocomplaciente. Al indagar en esta herida, Han (2014) señala con amargura en “La agonía del Eros” que el narcisismo exacerbado de la cultura digital clausura la posibilidad misma del amor, puesto que “el mundo se le presenta sólo como proyecciones de sí mismo. No es capaz de conocer al otro en su alteridad y de reconocerlo en esa alteridad… Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo. La depresión es una enfermedad narcisista” (p. 11). En otras palabras, sin la herida fundacional que produce la presencia de lo verdaderamente distinto, el sujeto queda atrapado en una inmanencia estéril, en un “infierno de lo igual” donde el diálogo se asfixia y la alteridad es desterrada.

Esta expulsión del otro acarrea consecuencias catastróficas para la salud del tejido social y el sostenimiento de la democracia, una advertencia que se hizo explícita con especial gravedad en Oviedo. En su discurso de aceptación, el pensador expuso que la pérdida de empatía y la digitalización sin control erosionan los lazos sociales esenciales, pavimentando el camino para el auge de autoritarismos y populismos de diversa índole que capitalizan el mido de las clases medias ante su inminente hundimiento socioeconómico.

En “La expulsión de lo distinto”, Han (2017) complementa este diagnóstico al explicar que la sobreexposición comunicativa no produce comunidad, sino un aislamiento ruidoso: “la comunicación digital tiene como objetivo destruir toda distancia. Con medios digitales hoy tratamos de aproximarnos al otro tanto como sea posible. Pero no por ello el otro nos enriquece más con su presencia virtual. Más bien lo hacemos desaparecer” (p. 34). Al disolver la distancia que nos separa del prójimo, se anula la posibilidad del asombro y del respeto recíproco.

Frente a la desintegración del lazo ético, la apelación de Han (2025) a recuperar el respeto y la moral ciudadana, remitiéndose al concepto de “moeurs” acuñado por Alexis de Tocqueville, no es un simple reclamo de civismo tradicional, sino una exigencia de supervivencia democrática. El precitado concepto alude a las costumbres, hábitos, maneras de sentir y pensar, y normas morales y sociales compartidas por un pueblo. No es sólo el comportamiento externo (las prácticas) sino también las disposiciones internas y los principios que orientan a la vida social: creencias, sensibilidades, sentimientos públicos, formas de asociación y expectativas sobre la autoridad y la igualdad (en Tocqueville, la transformación de las “moeurs” es central para entender la democratización: la igualdad de condiciones no modifica sensibilidades- aspiraciones de independencia, ideas sobre la autoridad, individualismo, ambición de reconocimiento, etc.-).

En consecuencia, el respeto, por definición, requiere de un tiempo y de un armazón simbólico que el vértigo contemporáneo destruye sin contemplaciones. Los rituales, que en el pasado pautaban y daban estabilidad a la vida colectiva, han sido reemplazados por el flujo ininterrumpido de estímulos instantáneos. Por ello, en su texto “La desaparición de los rituales”, Han (2020) denuncia que “al tiempo le falta… un armazón firme; se desintegra en la mera sucesión de un presente puntual. Se precipita sin interrupción. Nada le ofrece asidero” (p. 9). Es que sin estos “asideros” temporales, sin la posibilidad de demorarse en lo común, nos quedamos a merced de una comunicación hiperactiva que nos desborda cognitivamente pero nos deja existencialmente vacíos. Es, en definitiva, el legado del liberalismo desbocado: un inmenso vacío ético que las pantallas llenan de manera provisoria con odio, agresión, indiferencia y entretenimiento hueco.

La filosofía, entendida de esta manera, deja de ser un lujo académico y se convierte en una trinchera de resistencia. Leer el presente con sospecha, aprender a demorarse en la pregunta y recuperar el valor del silencio contemplativo son decisiones profundamente revolucionarias en un mundo que premia el ruido constante y la reacción inmediata. Al igual que el viejo tábano socrático al que Han aludió en su intervención en España, la tarea de pensar consiste en introducir una cuña de molestia en la inercia cotidiana, en sacudir al noble pero pasivo caballo de la sociedad de consumo para recordarle que vivir es algo más que acumular cosas e información, transaccionar afectos o gestionar el propio perfil digital. Es un llamado a recuperar el peso específico de la existencia, a rescatar la densidad de los lazos humanos antes de que terminen de disolverse en el flujo infinito de una pantalla y a entablar, tal como el filósofo confesó conmover su alma al leer a Simone Weil, una verdadera amistad espiritual con la trascendencia que nos devuelva la capacidad de conmovernos ante lo real.

En definitiva, queridos lectores, si la libertad prometida por este siglo consiste únicamente en la posibilidad de elegir entre infinitas opciones de consumo mientras nos consumimos a nosotros mismos, tal vez debamos empezar a desconfiar de nuestra propia noción de autonomía. ¿Qué clase de emancipación es esta que nos permite llegar a cualquier parte pero nos impide estar verdaderamente presentes en algún lugar? ¿De qué nos sirve haber conquistado el mundo exterior si el precio ha sido la usurpación absoluta de nuestro tiempo de silencio y de nuestro derecho al descanso? Quizá, el verdadero acto de rebeldía hoy no consista en acelerar para ganar una carrera que no tiene meta, sino en tener el coraje de detenernos, apagar la pantalla y mirarnos a los ojos para descubrir que el vacío que tanto intentamos llenar con productividad no es una carencia, sino el único espacio donde todavía es posible que acontezca un encuentro genuino.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Freud, S. (1992). El malestar en la cultura (J. L. Etcheverry, Trad.). En Obras completas (Vol. XXI, pp. 57-140). Amorrortu Editores. (Trabajo original publicado en 1930).

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (A. S. Pascual, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2014). La agonía del Eros (R. G. Cotarelo, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2014). En el enjambre (R. G. Cotarelo, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto (A. Ciria, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2020). La desaparición de los rituales: una topología del presente (A. Ciria, Trad.). Herder Editorial.

Han, B.-C. (2025). Discurso de aceptación del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Fundación Princesa de Asturias. Oviedo, España. https://www.fpa.es/es/premios-princesa-de-asturias/premiados/2025-byung-chul-han/?texto=discurso
El autor es docente
Escritor y filósofo
San Juan - Argentina (2026)

 

Testigo del tiempo
Por J.C. Malone
Diario Azua / 13 septiembre 2026.-

Inglaterra, Finlandia, Noruega y Alemania anunciaron la semana pasada que realizarán ejercicios militares conjuntos que incluirán a la población civil, como preparativos para una guerra con Rusia.

Finlandia dijo que “deliberadamente" realizó un ejercicio en la misma frontera con Rusia, en el que ordenó que 2.000 personas sobrevivieran durante 72 horas en un búnker. Solo 100 permanecieron en el soterrado la primera noche.

La gran contradicción con estos ejercicios militares: Inglaterra suspendió los entrenamientos en su ejército para “economizar dinero”, mientras exportan miles de millones de libras en “ayudas externas”. Se “preparan” para la guerra recortando los presupuestos militares.

Noruega recién incautó un tanquero ruso, Inglaterra lo hizo antes, están provocando un enfrentamiento militar directo con Rusia. Moscú acusó a Europa de “patrocinar el terrorismo” porque les facilitan drones a Ucrania para atacar territorio ruso.

Ucrania e Irán se complican simultáneamente, no es coincidencia. El presidente Vladimir Putin recibió en su despacho al director de la CIA, John Ratcliffe, se puede asegurar que hablaron de las guerras de Irán y Ucrania. Rusia recrudesce sus ataques en Ucrania, y anuncia su apoyo a Irán, mientras que el presidente Donald Trump amenaza con atacar una muy estratégica montaña de Irán.

Lo cierto es que antes de 2027, y durante ese año, las hostilidades en ambos conflictos aumentarán considerablemente. A nadie en estos conflictos les interesa negociar, Rusia ya no pide negociación, Ucrania nunca la ha querido. Irán ya no quiere negociar nada, Washington mucho menos.

El único destino de ambos conflictos, sin negociación posible, son victorias militares, miles de muertos y destrucciones multimillonarias. Parecería que la cordura que mantuvo el mundo durante la llamada “guerra fría”, se “derritió” con el calentamiento global, y ahora tenemos dos enfrentamientos indirectos con Rusia. Empezamos enfrentados a Rusia en Ucrania, después en Irán.

Las dos principales potencias nucleares están enfrentadas, es indirectamente, pero peligramos. En Washington mencionan armas nucleares e Irán en la misma oración, cualquier cosa puede suceder, en cualquier lugar y momento.

Aquí no habrá “coincidencias”.

 

Por Oscar López Reyes
Diario Azua / 13 septiembre 2026.-

Las palabras del presidente de la República irradian, como los rayos del sol; inspiran en la esperanza, ponen a tocar y bailar la música del periquete, suben y bajan la temperatura del tablero social; elevan a los altares en gratificaciones solemnes y pulverizan, como el aserrín, en sus cartas de juego del ejercicio de su poder coercitivo. Roza, por esa potestad, las rodillas y los pies de la Divinidad.

Cada jefe de Estado del nuevo milenio (2000-2026) ha sellado su impronta comunicacional: Leonel Fernández fue semi-cerrado y cerrado, Danilo Medina cerrado-cerrado y Luis Abinader ha sido abierto y semi-cerrado en sus conversatorios periodísticos, sin confrontativas. Hipólito Mejía (super-abierto) se estampa como el campeón contestando con mucha espontaneidad, sin pelos en la lengua, y no pudo seguir sentado debajo de la cúpula de la mansión cortesana.

El guapo de Gurabo mostró sobrada autoridad, valentía y honestidad en la aplicación de las normas jurídicas y el monopolio de la fuerza en la regencia del Estado, pero estas cualidades, sus continuos reproches a periodistas y las metáforas pintorescas en la emocionalidad le procrearon obstáculos y apuros. Leonel, Danilo y Luis cuidaron su vocabulario, con la clásica prudencia de un aldeano de hace 100 años.

Sin caer en el gancho de pelearse con los periodistas, estos gobernantes de las primeras décadas del siglo XXI en ciertas circunstancias han sido escurridizos -observadores afirman que hasta han sido maltratados oralmente por desaforados- menos Hipólito Mejía, el más extrovertido y el que más ha sometido a periodistas a la justicia.

Hipólito Mejía, Leonel Fernández, Danilo Medina y Luis Abinader han valorado constructivamente el cometido de los informadores públicos y reconocido como guardianes de los derechos humanos y la democracia, con picazón y reservas.

HIPÓLITO MEJÍA DOMÍNGUEZ (2000-2004): a diario interactuaba con los que cubrían la fuente palaciega y con locuacidad exteriorizó que "el periodista es el centinela de la información veraz" y que "mientras brille la luz de la independencia periodística, la nación puede sentirse confiada en que la democracia no perecerá".

LEONEL FERNÁNDEZ REYNA (2004-2012): conceptualizar y rivalizar a sus anchas en campañas electorales ha sido su tónica, pero no así desde el poder: conservador, muy medido y hasta evasivo con los redactores, a los que alcanzó a decirles: "estoy en cuarentena verbal".

DANILO MEDINA SÁNCHEZ (2012-2020): perfilado como el más huraño ante los medios informativos, desde el primer hasta el último día de su mandato, recalcó: “prefiero hechos y no palabras” y “yo hablo”, en respuesta a las quejas de la Sociedad Dominicana de Diarios (SDD) sobre su distanciamiento o falta de acercamiento con los antiguos gacetilleros.

LUIS ABINADER CORONA (2020-2028): acentuando que “no existe democracia sin información libre y periodistas que ejerzan ese derecho”, inauguró La Semanal con la Prensa y luce que preguntas inapropiadas, asiduamente consideradas fuera de tono y hasta mandadas a formular por opositores, dicen que para fastidiar, conminaron a una pausa y a su reaparición con un formato más mesurado.

Hipólito Mejía (super-abierto), Leonel Fernández (semi-cerrado y cerrado), Danilo Medina (cerrado-cerrado) y Luis Abinader (abierto y semi-cerrado) en sus intercambios noticiosos no correrán -los libre y guarde Dios- la desdicha de tres sujetos estatales que obraron con impulsos desequilibrados, como será narrado en nuestro próximo artículo, titulado “Ser enemigo de un periodista”. Ellos se echaron a tumbas sepulcrales, donde no se escuchan la maldad ni la crueldad de sus discursos, ni sus crujidos.

El autor: periodista, mercadólogo, catedrático y escritor.

martes, 8 de septiembre de 2026

 

Por Alfredo Cruz Polanco
Diario Azua / 08 septiembre 2026.-

Todo ciudadano, según nuestra constitución, tiene derecho a elegir y a ser elegido. Pero aspirar a una posición electivano debe ser una moda ni un simple deseo. La mayoría de los nuevos aspirantes a cargos electivos: regidor, alcalde, diputado, senador y a la presidencia de la República no tienen la más mínima formación profesional, económica, política ni social. De ahí que, si por un caso fortuito alcanzan una de esas posiciones, no sabrían qué hacer cuando se encuentren frente a dicha posición.

El liderazgo político de nuestro país tiene que renovarse, pues no podemos continuar eligiendo a más de lo mismo. Los partidos políticos deben de preocuparse por tener escuelas políticas para la formación y capacitación de los nuevos aspirantes, pues muchas veces escogen a ciertas figuras porque generalmente les garantizan una posición electiva, por la gran cantidad de recursos que ostentan, sin importar el origen de los mismos, desplazando con ese proceder a los verdaderos representantes legítimos de la sociedad. Algunos con vínculos con el bajo mundo.

Lo peor de todo es que muchas personas, con un gran nivel educativo, profesional, intelectual y empresarial, salen en defensa de esta clase de individuos y lo promocionan.

Un aspirante a una alcaldía determinada debe ser un gerente, que además de su formación política, debe tener conocimientos en administración, saber cómo se prepara un presupuesto, conocer todo lo relativo a la ley 176-07 sobre municipios, presupuesto participativo, transparencia y rendición de cuentas.

Todos los aspirantes, además de su capacidad, honestidad y vocación de servir al país, lo primero que deben saber es cuáles serán las funciones, responsabilidades y obligaciones que les corresponden, así como las leyes que los rigen, pues al Estado se va a servir, no a servirse.

Deben dominar la Estrategia Nacional de Desarrollo 2030, el Mapa de pobreza del país, los índices de insalubridad, de muerte materno infantil, de desempleo y analfabetismo; sobre el manejo de los desechos sólidos, seguridad social, género, transporte, cultura, medio ambiente y recursos naturales, planeamiento urbano y la ley de Ordenamiento Territorial y usos de suelos; sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio, los problemas migratorios y todos los temas de la agenda local.

Ni hablar de los aspirantes a la presidencia de la República. Las personas que aspiran a dirigir el destino de un país, deben tener una gran formación política y tener grandes conocimientos sobre la deuda social acumulada del pais; en administración pública y sobre economía; conocer nuestra constitución; dominar la agenda nacional e internacional, tener conocimientos de geopolítica, sobre cultura.

Deben tener un plan de gobierno para aportar las posibles soluciones a los graves problemas que afectan al país, como son: salubridad, seguridad social y ciudadana, migración, educación, medio ambiente y recursos naturales; sobre las obras públicas de desarrollo que requiere el país, sobre inversión extranjera directa, soberanía nacional, derechos humanos, deuda externa.

Además, sobre relaciones internacionales, derechos ciudadanos, el sobre los problemas de la diáspora dominicana, entre otros tantos problemas que afectan a la población. Esto no es un juego de niño, no es una cosa cualquiera.

El hecho de que alguien haya brillado como pelotero, merenguero, bachatero, bailarín o influencer, comediante, no garantiza que será un buen gerente. Los liderazgos deben ser construidos a base del servicio comunitario, sacrificio, participación social y responsabilidad, no a base del dinero que se dispone, muchas veces de mala procedencia.

Mientras se continúe actuando de esta manera se estará contribuyendo con la mediocridad, con la arrabalización, con la ineficiencia, ineptitud, cualquierización y con el desorden administrativo, provocando un gran daño al sistema político dominicano, al nuevo liderazgo, al fortalecimiento institucional, en fin, a la democracia.

Los partidos políticos y la Ley de partidos, son los responsables de evitar tanta mediocridad en la actividad política de nuestro país. Decimos esto para que eviten ser involucrados en escándalos por un mal uso de los recursos públicos, pues, aunque no existan muchos ejemplos, la peor de las condenas es la moral, pues, él y toda su familia, quedarán marcados para siempre con una mancha indeleble.

El autor es Contador Público Autorizado,
Master en Relaciones Internacionales
Ex Diputado al Congreso Nacional
Ex miembro de la Cámara de Cuentas de la República, 2010-2016

domingo, 6 de septiembre de 2026

Por Emilia Santos Frias
Diario Azua / 06 septiembre 2026.-

Al bien hacer jamás le falta premio, manifestaba el ilustre novelista, Miguel de Cervantes. Pero, el némesis del bien, siempre rebelde, busca de forma constante nuevas formas para dañar. Es por ello que se dice que de la maldad quizás unos pocos escapan, porque en todas las partes del mundo hay injusticias y malos seres humanos, desprovistos de la disciplina y fe en el Creador. Por eso, anhelamos vivir en un mundo donde la protección de derechos fundamentales, inherentes a las personas, sea una realidad, no una narrativa para quedar bien en cada alocución. Necesitamos de una sociedad que salvaguarde la bondad natural que todos tenemos en nuestro interior, porque el Padre nos previno de ella.

En ese sentido, hoy nuestra amada República Dominicana sucumbe desde los medios digitales y tradicionales a la violencia estructural y su desagradable forma de actuar. Esta se expresa en los constantes linchamientos mediáticos, realizados a influenciadores o figuras del ámbito deportivo, artístico, político, académico…, una colusión que tiene un claro fin: dañar la honra, moral, buen nombre, dignidad humana…, es decir, un constante acoso mediático, que incluso tiene a figuras favoritas para de forma permanente abusarle.

Pretenden normalizar el linchamiento a través de los medios de comunicación, degradar, desprestigiar, desacreditar mediante injuria y difamación a personas populares o famosas en distintos ámbitos del saber humano u oficios. Invariable repetición de la misma información, poniéndole cada vez un grado mayor de acoso, juicios paralelos y acciones que contribuyen a dañar la moral, en clara violación de la buena norma nacional y supranacional.

En el panorama que se observa, parece que no importa el daño que se causa a la sociedad, como afecciones a la salud emocional, mental, estrés, depresión, angustia, tristeza…, falsa realidad, falsos niveles de éxitos; propiciar antivalores, excesos, enfermedades físicas, bajos niveles de escolaridad, delincuencia…

Como la justicia parece estar dormida, los hacedores de opinión están burlando de forma obscena libertades públicas, derechos humanos. Ahora la moda es hurgar en la vida privada y llevar eso al escenario público. Comidilla de qué hizo, hace, come, viste…, este o aquel. No hay respeto por la familia, tradiciones y buenas costumbres de la población dominicana, por su cultura y valores. ¡Penoso, grave!. Eso también lo ve el mundo. Además de una prensa cómplice, ejercida por “profesionales” e intrusos, que con sus acciones causan algo más que repulsión.

¿Quién dijo que la democratización de los medios de comunicación en este siglo XXI permite tal violación a derechos humanos? ¿Acaso es la forma correcta de conseguir reconocimiento?, ¿por qué nuestro Estado no persigue con más ahínco este tipo de ilícito, judicializa y endurece más las penas?, ¿por qué tanta permisividad con creadores de contenido, nacionales y extranjeros? Sin lugar a dudas, en el siglo de la información, con tanta apertura tecnológica, en vez de utilizar las herramientas informáticas para fortalecer el derecho a la información y difusión del pensamiento, se abusa al más alto índice, de un derecho supeditado al respeto de otros.

¿Será que quienes están haciendo opinión valoran más la monetización; dinero y las vistas que el bienestar generalizado de toda la población?, ¿aún no entienden el daño a nivel nacional e internacional que hacen a su sociedad?, ¿quieren que el pueblo dominicano sea conocido como parte de un conglomerado que solo exhibe mal gusto, violencia, antivalores, ruido, carencia educativa…?, iuff!, buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro solía repetir el acreditado filósofo, Platón.

El bien que hicimos la víspera es el que nos trae la felicidad por la mañana, reza un conocido refrán. Mientras que en otro proverbio, el también músico Jean-Jacques Rousseau, nos dice que el primer paso hacia el bien es no hacer el mal. Más claro no canta un gallo.

Sigo insistiendo en que el linchamiento digital, que se realiza a drede y con saña, solo perjudica a las personas y con ellas a nuestras sociedades. Atacar, humillar, acosar, condenar públicamente mediante comentarios lesivos se está convirtiendo en un arma, que en ocasiones produce muertes, cuando a quien se perjudica se le provocan patologías y trastornos mentales.

Lo que inició para que todos alzaran su voz, ejercitaran ciudadanía social; exigir rendición de cuentas, un valor y principio de la buena administración, hoy se realiza de espalda a la ética y sus consecuencias traen insalud al ser humano. En la actualidad, la turba digital es desproporcionada; los hechos cruzan de lo digital a nuestra realidad, “destruyendo reputaciones, empleos y la salud mental de los afectados de forma permanente”. Desdichadamente, quienes accionan en medios de comunicación actúan desde la deshumanización, ira, desprecio, agresividad, morbo, maldad de corazón o malquerencia, odio y crueldad. Con su meta de generar emociones fuertes, nos están dañando.

El fusilado mediático ha empobrecido el debate público; polariza, aísla y, junto a bulos, continúa conculcando derechos inherentes, a sabiendas de que las redes no son tribunales. En ese entendido, urge que desde las plataformas de redes sociales e internet, mediante la libertad de expresión, se respete la dignidad humana. Este, como sociedad, es nuestro gran desafío. “Cuando buscamos las cosas inciertas, perdemos las ciertas”.

Hasta la próxima entrega.

La autora reside en Santo Domingo
Es educadora, periodista, abogada y locutora.




Testigo del tiempo

Por J.C. Malone
Diario Azua / 06 septiembre 2026.-

Faltando 20 meses para las elecciones de mayo de 2028, es buen momento para proyectar posibles escenarios políticos, considerando los actores conocidos y los que surgirán. Con base en el reporte de cada partido a la Junta Central Electoral, tenemos los “números oficiales”.

El Partido de la Liberación Dominicana (PLD) tiene 2.1 millones de miembros; La Fuerza del Pueblo (FP), 2.0 millones, y el gobernante Partido Revolucionario Moderno (PRM), 1.5 millones. Según esa falacia, tienen 5.6 millones de inscritos, pero en las últimas elecciones solo votaron 4.4 millones; 1.2 millones no votaron por sus partidos, muy extraño.

En 2028, los votantes se dividirán entre esos tres partidos.

El PRM tiene menos militantes inscritos y la tasa más alta de rechazo, por el desgaste del poder. Las elecciones las ganará el PLD o la FP. Si votan 100 mil personas más que en 2024 y todos los del PRM votan por su partido, quedarán 3.0 millones, divididos entre el PLD y el PRM.

¿Qué puede pasar?

Santiago Matías (Alofoke) le quitará votos a la FP. Si el PLD logra que sus militantes voten por su partido, sin duda, ellos ganarán las elecciones.

La embajadora Leah Campos tiene acercamientos con Gonzalo Castillo, el excandidato presidencial peledeísta, y con Alofoke; a Washington le interesaría controlar la principal estructura política nacional: el PLD. Alofoke serviría para reducir las votaciones de la FP.

El peledeísta que gane las elecciones tendrá que escoger entre su lealtad al expresidente Danilo Medina y la embajada; sabemos que ocurrirá ahí.

El presidente Luis Abinader y su partido perdieron el favor de Washington por su “ambigüedad estratégica", por “estar bien” con Washington y los globalistas de Davos. Al expresidente Leonel Fernández, la embajadora le preguntó por qué quería volver, después de haber gobernado por 12 años. 

Sus razones fueron personales: “limpiar su imagen, enmendar errores cometidos". Su proyecto es absolutamente personalista: autodescartado.

En política, 20 meses son más que 20 vidas eternas; todo puede cambiar, cambiará. Estos son solo escenarios posibles para 2028.

sábado, 5 de septiembre de 2026

El nuevo formato de la Agenda Semanal amplía el papel comunicacional del mandatario dominicano, quien ya no solo informa y responde, sino que ahora conduce, pregunta y cuestiona públicamente a sus propios funcionarios.

Por Rafael Méndez
Diario Azua / 05 septiembre 2026.-

Este artículo forma parte de una serie de tres estudios de caso sobre comunicación presidencial permanente, que continuará con Donald Trump, expresión extrema de la personalización y la hipercomunicación, y concluirá con Andrés Manuel López Obrador, quien desde las antípodas convirtió durante seis años sus conferencias mañaneras en un instrumento sistemático para disputar y conservar el control de la narrativa pública.

El presidente Luis Abinader ha llevado la estrategia comunicación permanente a una fase particularmente sugestiva: ya no se limita a encabezar el Gobierno y comunicar sus decisiones, sino que ha pasado a desempeñar simultáneamente los papeles de vocero, moderador y cuestionador público de sus propios funcionarios, colocando su figura en el centro de una estrategia comunicacional permanente que procura controlar no solo el mensaje gubernamental, sino también la manera en que ese mensaje llega a la opinión pública.

La transformación quedó claramente expuesta con el estreno de la Agenda Semanal, el 24 de agosto de 2026, cuando el presidente apareció conduciendo una especie de reunión pública de trabajo, preguntando a ministros y directores sobre programas, resultados y compromisos, en un formato inicialmente anunciado sin participación presencial de periodistas, aunque durante esa misma primera entrega Abinader informó que los comunicadores serían incorporados posteriormente.

La modificación prácticamente inmediata del formato constituye por sí sola un elemento digno de análisis, porque apenas una semana después la segunda entrega ya contó con periodistas invitados, lo que obliga a preguntarse si el diseño originalmente concebido, con el presidente preguntando y los funcionarios respondiendo sin la presencia directa de la prensa, resultó insuficiente para llenar las expectativas que el propio Gobierno había depositado sobre el nuevo espacio.

Aunque no se puede afirmar que esa haya sido necesariamente la conclusión oficial, lo que sí resulta evidente es que uno de los componentes fundamentales del formato fue modificado prácticamente al momento de su estreno, una señal de improvisación en una estrategia comunicacional que, por su propia naturaleza, debería haber llegado al público con reglas, objetivos y procedimientos claramente definidos.

De responder preguntas a cuestionar a sus funcionarios

El cambio es mucho más profundo que la sustitución de un nombre por otro, porque La Semanal con la Prensa, iniciada en 2023 y suspendida a finales de 2025, colocaba al presidente frente a periodistas que lo interrogaban sobre distintos asuntos nacionales, mientras que LA Agenda Semanal invierte parcialmente aquella relación y convierte al mandatario en quien formula preguntas y exige explicaciones públicas a ministros y funcionarios de una administración cuya responsabilidad política superior recae precisamente sobre él.

Ahí surge una de las paradojas más interesantes del nuevo modelo: el presidente aparece colocado a ambos lados de la mesa, como jefe del Gobierno responsable de las ejecutorias de sus funcionarios y, al mismo tiempo, como supervisor visible que les pregunta qué han hecho, cuáles dificultades enfrentan, cuánto falta por cumplir y cuándo estarán disponibles determinados resultados.

La estrategia puede resultar comunicacionalmente eficaz porque proyecta la imagen de un mandatario vigilante, informado y exigente, permite ordenar semanalmente los temas que el Gobierno quiere colocar en discusión y convierte a ministros y directores en protagonistas de una rendición pública de cuentas, pero también corre el riesgo de transformar al propio presidente en una suerte de fiscalizador de una administración que él mismo dirige.

Cuando la comunicación se convierte en una forma de ejercer el poder

Desde la perspectiva de la comunicación política, esa fórmula se inserta dentro de lo que se conoce como campaña permanente, entendida como la utilización sistemática de técnicas propias de la competencia electoral para mantener durante todo el ejercicio gubernamental una narrativa favorable, administrar la agenda pública, responder anticipadamente a los adversarios y preservar una relación directa entre gobernante y ciudadanía.

La Semanal con la Prensa ya respondía en buena medida a esa lógica, pero LA Agenda Semanal amplía la apuesta al convertir al presidente no solo en la principal fuente del mensaje gubernamental, sino también en conductor del escenario donde ese mensaje se organiza, se explica y se proyecta, mientras los funcionarios comparecen bajo su dirección para exponer resultados y responder interrogantes.

La presencia posterior de periodistas introduce un necesario componente de contradicción y evita que el espacio quede reducido exclusivamente a una conversación del Gobierno consigo mismo, pero no elimina una realidad fundamental: el Ejecutivo selecciona el escenario, organiza los temas, convoca a los participantes, administra los tiempos y coloca al presidente en el centro de todo el dispositivo comunicacional.

El problema no consiste entonces en determinar si un presidente habla mucho o poco, porque la experiencia contemporánea demuestra que la exposición permanente puede convertirse tanto en fortaleza como en debilidad, sino en establecer para qué habla, cuánto espacio concede a sus ministros y voceros, qué peso conserva su palabra y hasta dónde la Presidencia puede absorber funciones comunicacionales que tradicionalmente corresponden a otros niveles del Gobierno.

El recurso más escaso de un presidente no es el tiempo disponible ante cámaras y micrófonos, sino el valor de su palabra, y cuando el mandatario se convierte simultáneamente en gobernante, vocero, moderador y cuestionador de sus propios funcionarios, la comunicación deja de ser únicamente un instrumento para explicar la gestión y comienza a convertirse en una modalidad particular de ejercicio del poder.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Por Néstor Estévez
Diario Azua / 03 septiembre 2026.-

Parece que todo va demasiado rápido. Mensajes, publicaciones y videos compiten a toda hora por nuestra atención. En medio de ese ruido aparece un cruce de caminos. Por un lado, están las acciones guiadas por valores; por el otro, aquellas que persiguen la fama instantánea o el dinero fácil. Ante eso vale preguntarnos: ¿qué tipo de sociedad construimos con cada clic?

Dos caminos

La primera forma de actuar parte de principios conocidos: honestidad, respeto, justicia, verdad y bienestar común. Quien se guía por ellos se detiene antes de decidir y se pregunta. “¿Esto es correcto?” “¿Podría hacerle daño a alguien?” “¿Ayuda a que convivamos mejor?”.

Quien así actúa intenta hacer lo correcto, aunque nadie lo aplauda, su publicación reciba pocas reacciones o pierda oportunidad de ganar dinero rápido.

La otra manera responde a las reglas más agresivas del mundo digital. El empeño es conseguir el “clic”, el “me gusta” y la fama del momento. No interesa si algo es verdadero o respetuoso. A quien así actúa solo le importa llamar la atención, que “lo rieguen” y cuánto le dejará.

Y no es malo que un mensaje llegue lejos. El problema comienza cuando la fama se convierte en el único propósito, y sacrificamos la verdad o la dignidad para alcanzarla.

¿Pueden avanzar los valores?

A primera vista, parecería que los valores llevan las de perder. El chisme, el escándalo, la exageración y el enojo vuelan por las redes. Una reflexión serena avanza más despacio. Sin embargo, lo viral muchas veces dura lo mismo que un fósforo encendido: brilla, calienta un poco… y se apaga. Las acciones honestas quizás no produzcan ese estallido inmediato, pero construyen algo más valioso: confianza, respeto y credibilidad.

Claro, los valores tampoco deben quedarse en discursos bonitos. Hay que convertirlos en conductas concretas. Debemos actuar responsablemente cuando hacemos circular una información y cuando decidimos creer o compartir lo que recibimos.

Por si acaso, no invito a renunciar a la creatividad ni al humor. Ser ético no significa ser aburrido. Significa contar historias atractivas sin engañar, emocionar sin manipular y llamar la atención sin pasar por encima de otros.

Cinco preguntas antes de publicar

Antes de compartir una noticia, una fotografía, un video o un comentario, conviene detenerse unos segundos y pasar la decisión por cinco filtros: verdad, utilidad, respeto, coherencia y responsabilidad. Es tan sencillo como preguntar:

¿Lo que publicaré es real y puede comprobarse? ¿Aporta algo valioso o solamente busca provocar reacciones? ¿Estoy tratando con dignidad a las personas involucradas? ¿Mi comportamiento coincide con lo que defiendo públicamente? ¿He pensado en las consecuencias que esto puede tener?

La trampa del clic

Caer en la trampa de la “viralidad” resulta fácil porque suele presentarse con un disfraz atractivo: el del “éxito rápido”. Más seguidores, comentarios y visualizaciones… y la sensación de que todo marcha bien.

Pero hay señales de alerta. Una aparece cuando actuamos por impulso, sin verificar ni pensar. Otra, cuando exageramos un problema para provocar indignación o convertimos el dolor ajeno en espectáculo. También ocurre cuando dejamos de mirar a las personas como seres humanos y comenzamos a verlas solo como “seguidores”, “clientes”, números o máquinas de producir reacciones. O peor: como “zafacones” en donde lanzamos cualquier cosa.

La señal más clara llega cuando cambiamos lo que pensamos o defendemos para agradar a la multitud. En ese momento ya no usamos las redes para aportar o dialogar. Ahí perseguimos cualquier escándalo que nos permita seguir visibles, aunque esa visibilidad provoque daño.

¿Hacia dónde vamos?

Hoy por hoy, compiten dos modelos de sociedad: uno convierte nuestra atención en mercancía, premia el conflicto y celebra aquello que provoca reacción rápida. El otro entiende la comunicación como herramienta para escucharnos, comprender nuestras diferencias y convivir mejor.

¡Cuidado con echar la culpa a la tecnología! Un teléfono sirve para difundir una mentira o alertar sobre una injusticia. Una red social sirve para destruir una reputación o movilizar a una comunidad por una buena causa.

Eso significa que la responsabilidad sigue siendo nuestra. Es de quien publica, comenta, comparte o simplemente “le da pa’llá”. Tú y yo decidiremos qué clase de sociedad se acerca con el siguiente clic.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 02 septiembre 2026.

«Cuando la violencia ya no se ejerce sobre las cosas o sobre las personas, sino sobre los signos y las imágenes, nos adentramos en la era de la simulación absoluta». Jean Baudrillard, Cultura y simulacro (1978/2005, p. 43).

Acaso la mayor ceguera de nuestra época radique en la convicción de que las transiciones civilizatorias se anuncian con trompetas y cataclismos visibles. Nos desvelamos elucubrando de qué manera la IA reescribirá las aulas, cómo los algoritmos reestructurarán el diagnóstico clínico o bajo qué lógicas se reorganizará el empleo global, asumiendo con ingenuidad que el sujeto que habitará ese mañana permanecerá inalterado en su esencia fundamental.

Sin embargo, lo que verdaderamente se desliza bajo nuestros pies no es una simple reconfiguración del entorno instrumental, sino una mutación irreversible del ser humano en su totalidad. Asistimos, tal vez, con una resignación anestesiada, a la última versión de nosotros mismos tal como nos hemos conocido. Frente a los discursos optimistas que, amparados en una falsa perspectiva histórica, murmuran que toda crisis civilizatoria halla siempre su punto de equilibrio y que las aguas siempre regresan a su cauce, emergen síntomas tan perturbadores que resquebrajan cualquier intento de consuelo racional.

Lejos de ser una transformación periférica, esta deriva se manifiesta en la ilusión de estabilidad que rodea nuestro quehacer cotidiano, una ceguera colectiva que evoca la ingeniosa escena cinematográfica de Woody Allen en la que el protagonista, tras escuchar el diagnóstico adverso de su médico, reflexiona con amargura sobre cómo hasta hace apenas cinco minutos era un hombre feliz, y no se había dado cuenta. El mundo contemporáneo parece atrapado en esa mismísima fracción de segundo previa a la conciencia del derrumbe total. Transitábamos un planeta plagado de asimetrías, injusticias y desigualdades dolorosas, pero que aún conservaba latente la promesa de la transformación social, la chispa de la indignación moral genuina y el anhelo de la empatía. Hoy, la irrupción de tecnologías diseñadas para la dispersión sistemática, el confinamiento existencial del deslizamiento infinito en las pantallas y el embrutecimiento lúdico colectivizado nos devuelven una deshumanización de la especia que, al menos para mí, se torna insoportable. No estamos simplemente ante un cambio de época, sino ante el agotamiento de la condición humana como reducto de sensibilidad.

El precitado adormecimiento afectivo encuentra su manifestación más descarnada no en la acumulación de arsenales, sino en la conversión del sufrimiento ajeno en un objeto de especulación financiera. La consagración de plataformas digitales de predicción como Kalshi o Polymarket, donde miles de imberbes arriesgan su capital apostando al minuto exacto en que una potencia extranjera iniciará un bombardeo o al destino de la vida de líderes mundiales, consuma una degradación moral sin precedentes.

La periodista Natalie Sherman (2026), en una profunda investigación para la BBC, expone de qué manera estas dinámicas se revisten de un lenguaje aséptico para eludir el reproche social y legal. En el cuerpo de su crónica, Sherman recoge el revelador testimonio de Stew, un usuario desencantado de estas plataformas que, tras verse inmerso en la vorágine de las apuestas militares, desnuda el engaño conceptual que sostiene el negocio al constatar que la industria insiste en llamarlo “negociación de contratos”, cuando, si somos honestos, sigue siendo una vil apuesta sobre la tragedia humana.

Por medio de este sutil ejercicio de ingeniería lingüística, se intenta desactivar todo cuestionamiento ético, pues al desplazar el vocabulario del dolor y la geopolítica hacia la terminología higienizada de las finanzas y el intercambio de futuros, el sistema neutraliza la repulsión instintiva ante la masacre. El conflicto bélico ya no se padece ni se contempla con pavor, sino que se gestiona como un portafolio de activos. Ganar medio millón de dólares previendo con precisión matemática el instante en que caerá un misil sobre una población desarmada convierte al apostador en un cómplice financiero del verdugo, un espectador absoluto que codicia la violencia porque su cuenta bancaria depende, justamente, de ella.

En este sentido, percibimos que la financiarización (proceso económico mediante el cual los mercados, actores e instituciones financieras ganan un peso desproporcionado en la economía global) total de la existencia humana representa la cúspide de una cultura posmoderna en franco estado de putrefacción, una sociedad que ha decidido que incluso el último aliento de un soldado o el pánico de una madre bajo el fuego de artillería pesada son fenómenos monetizables y reducibles a una fluctuación de probabilidades en tiempo real.

Esta cruel lúdica de la sangre altera por completo las coordenadas clásicas de la maldad, obligándonos a examinar el estrecho vínculo que se teje entre el sadismo y la indiferencia posmoderna. Si históricamente el sadismo se definía por el goce directo del verdugo ante el dolor físico de su víctima, nuestro tiempo inaugura un sadismo desapasionado, abstracto y eminentemente banal. Imagínense, queridos lectores, a los soldados de la Alemania nazi apostando dinero por la cantidad de judíos que se podía incinerar en un solo turno del día, ¿atroz verdad? Pues bien, hoy se hacen apuestas virtuales similares, aparentemente lícitas y permitidas por los Estados.

Al respecto, es fundamental recordar el aporte de Hannah Arendt (2003, p. 368), quien al desentrañar los engranajes de la crueldad totalitaria, observó que el problema con hombres como Adolf Eichmann radicaba en su terrorífica normalidad, en ser burócratas incapaces de reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. La contemporaneidad digital ha dado una vuelta de tuerca a esta observación: el sádico de hoy ya no requiere de una maquinaria estatal totalitaria ni de un uniforme militar, sino que se camufla en el ciudadano común que, desde la comodidad de su hogar y de manera estrictamente lúdica, especula financieramente con la devastación de inocentes que viven en otro continente. El sadismo, entonces, se ha vuelto banal no por la ausencia de placer, sino porque ese placer ha sido domesticado bajo la forma de una transacción financiera insignificante, un divertimento aséptico que trivializa la muerte al integrarla en las dinámicas del mercado de consumo diario.

Conviene precisar, no obstante, que la barbarie y la infamia no configuran novedades en la crónica de nuestra especie, en tanto que en casi todas las épocas históricas se ha convivido con la impronta de la guerra y la perfidia sistemática. La diferencia sustancial estriba en que, antaño, el horror se recortaba sobre un trasfondo de absolutos morales o concepciones sagradas que, aun cuando fuesen transgredidos, sostenían un horizonte ético de referencia. Nuestra posmodernidad decadente, en cambio, se distingue por haber disuelto esos contrafuertes metafísicos mediante un proceso extremo de transvaloración. Al vaciar de sentido y respeto la existencia, el nihilismo contemporáneo consuma aquella célebre y desesperada interrogación que Friedrich Nietzsche (1882/2013) plasmó en “La gaya ciencia” al contemplar el derrumbe de los cimientos espirituales de Occidente, preguntándose cómo pudimos vaciar el mar y quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte. Ese borrado absoluto de todo límite es precisamente lo que faculta hoy al sujeto para especular y enriquecerse con las manifestaciones más denigrantes y aberrantes de las que es capaz el ser humano. Sin sol y sin coordenadas, la vida desamparada queda reducida a un mero dígito lúdico.

Asimismo, este acoplamiento entre la frivolidad y el horror se nutre del diagnóstico que Gilles Lipovetsky trazara en “La era del vacío” (1983/2006, p. 112), donde vislumbra una sociedad caracterizada por el proceso de personalización y la disolución de los grandes relatos colectivos. En este ecosistema hipermoderno, la indiferencia pura se disfraza de curiosidad interactiva, y la información pierde su carga de urgencia ética para transformarse en un simple estímulo sensorial. Las apuestas aplicadas a la guerra no son una anomalía del sistema, sino la evolución natural de este sujeto frívolo que Lipovetsky describe con tanta precisión: un ser desprovisto de anclajes morales, para quien la guerra en Medio Oriente o en Europa del Este posee el mismo valor existencial y estético que un partido de fútbol o el desenlace de un reality show.

Es fundamental que entendamos que al desplazar la tragedia hacia el terreno del puro entretenimiento, la contienda bélica entra de lleno en el simulacro absoluto que profetizó acertadamente Jean Baudrillard en su célebre obra “La Guerra del Golfo no ha tenido lugar” (1991/2005, p. 57). Allí, el pensador francés argumentó que los conflictos contemporáneos se consuman ante todo como acontecimientos mediáticos, despojados de su realidad física para el espectador global a través de la mediación técnica. Al apostar por el despliegue de tropas, el usuario no interactúa con cuerpos despedazados o ciudades reducidas a escombros, sino con gráficos dinámicos y curvas de oferta y demanda. La pantalla no sólo crea una fría distancia, sino que desrealiza. El sufrimiento se torna incorpóreo y el casino global devora los últimos vestigios de compasión humana. El horror ya no nos interroga, sino que nos entretiene y nos llena los bolsillos.

Bajo este panorama de vaciamiento ético, la dinámica mercantil que Guy Debord denunciaba en los albores de la sociedad de consumo masivo, cobra una vigencia pavorosa. En su obra fundamental “La sociedad del espectáculo” (1967/2015, p. 38), el pensador sostenía que en un mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso, y que todo lo que antes se vivía directamente ahora se ha alejado en una representación. Si nos venimos a nuestros días, las apuestas de guerra representan la fase superior de este proceso: la representación ya ni siquiera exige contemplación pasiva, sino participación lúdica y lucrativa. El usuario de las redes sociales, alienado por la descarga continua de dopamina que le proporcionan las interfaces digitales, desarrolla una tolerancia patológica a la crueldad que le impide reaccionar ante la brutalidad del mundo real.

En última instancia, el engranaje que hace posible semejante insensibilidad es el que Günther Anders diseccionó con genial lucidez. En el primer volumen de “La obsolescencia del hombre” (1956/2011, p. 245), el filósofo alemán acuñó el concepto de “ceguera ante el Apocalipsis” y teorizó sobre la incapacidad de la psique humana para aprehender los efectos reales de las tecnologías que produce de manera desmesurada. Anders sostenía que nuestra capacidad de fabricación técnica ha desbordado infinitamente nuestra capacidad de imaginación moral y de sentimiento: somos técnicamente omnipotentes pero moralmente ciegos. El individuo que utiliza de esta manera la app de Polymarket mientras toma un café no es un monstruo sadista consciente de su perversión, sino un ser patético y mutilado psicológicamente por la gigantomaquia de los aparatos que maneja, incapaz de correlacionar el incremento de su saldo virtual con el estruendo de un proyectil que despedaza niños a miles de kilómetros de distancia.

Para cerrar, queridos lectores, nos queda invitarlos a reflexionar profundamente sobre la necesidad imperativa de preguntarnos qué nos queda cuando la frontera entre el juego y la carnicería se ha desvanecido por completo en la pantalla de nuestros teléfonos. ¿De qué manera recuperamos el asombro o la indignación moral en una civilización que está premiando con ganancias monetarias la predicción exacta del asesinato en masa? Nos hallamos ante el espejo de nuestra propia decadencia, contemplando la última versión de una humanidad que parece haber entregado su alma al crupier del algoritmo. Tras apagar la pantalla y silenciar el rumor constante de las cotizaciones de la muerte, la pregunta que persiste no es cómo sobreviviremos a la tecnología, sino si nos quedará algo de humanos cuando la tormenta digital finalmente amaine.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre (Vol. 1): Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (J. Alcoriza y A. Lastra, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1956).

Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963).

Baudrillard, J. (2005). Cultura y simulacro (A. Vicens, Trad.). Kairós. (Obra original publicada en 1978).

Baudrillard, J. (2005). La Guerra del Golfo no ha tenido lugar (J. Arenas, Trad.). Anagrama. (Obra original publicada en 1991).

Debord, G. (2015). La sociedad del espectáculo (J. L. Pardo, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1967).

Lipovetsky, G. (2006). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo (J. Vinyoli y M. Antolín, Trads.). Anagrama. (Obra original publicada en 1983).

Nietzsche, F. (2013). La gaya ciencia (J. Jara, Trad.). Gredos. (Obra original publicada en 1882).

Sherman, N. (2026, 23 de marzo). Las "macabras" apuestas sobre la guerra por las que se pide endurecer el millonario negocio de las predicciones. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/c7054xn0kx8o