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viernes, 15 de mayo de 2026

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 15 mayo 2026.-

«Nuestra cultura ha entronizado un principio que me parece letal: “Todas las opiniones son respetables”. Es una solemne estupidez. Las personas son respetables, pero las opiniones deben ganarse el respeto a través de las pruebas, de las razones, de la veracidad o de su utilidad» (Marina, 2004, p. 112).

Lamentablemente, nos hemos habituado a caminar sobre un suelo de vidrio, temerosos de que el sonido de una contradicción quiebre la frágil paz de la convivencia posmoderna. Existe un virus silencioso, una suerte de patología de la inteligencia, que se ha infiltrado en nuestras aulas, en nuestras tertulias y en el núcleo mismo de nuestra vida política. Se trata de la creencia de que todas las opiniones, por el solo hecho de ser enunciadas, gozan de una aureola de respetabilidad sagrada. Esta idea, bajo un disfraz de tolerancia parece proteger la democracia, pero, en realidad, es su mayor enemigo. Cuando afirmamos que todas las opiniones valen lo mismo, estamos decretando, en la práctica, que todas valen nada.

¿Desde cuándo el derecho a tener una creencia otorga a dicha creencia una inmunidad diplomática frente a la verdad? Es fundamental que nos detengamos a diseccionar esta confusión terminológica que hoy parece la norma. La libertad de expresión y la libertad de culto son derechos inalienables que protegen a los individuos, es decir, al sujeto de derecho, pero jamás al contenido semántico de lo que ese sujeto expresa. Un ciudadano tiene el derecho legal de afirmar que la Tierra es plana o que el odio al diferente es una virtud, y el Estado no debería encarcelarlo por ello. Sin embargo, ese mismo derecho no obliga a la sociedad ni a la academia a otorgar a tales despropósitos un lugar en la mesa de la racionalidad. Al confundir el respeto a la persona con el respeto a su opinión, estamos desarmando nuestra capacidad de juicio y entregando las llaves del bien común a la arbitrariedad más absoluta.

En su obra titulada “La inteligencia fracasada: teoría y práctica de la estupidez”, José Antonio Marina (2004) nos previene sobre los peligros de esta claudicación intelectual. El filósofo señala que la inteligencia puede ser utilizada para el bien o para el mal, pero también puede quedar atrapada en callejones sin salida por culpa de prejuicios que se vuelven dogmas intocables. La patética frase, muy utilizada en la actualidad, “respeto tu opinión aunque no la comparta” suele ser, en la mayoría de los casos, un gesto de pereza mental o de cobardía. Es la forma elegante de decir que no nos importa la verdad lo suficiente como para entrar en la noble lid de la argumentación. Si una opinión es falsa, calumniosa o violenta, ¿por qué habríamos de otorgarle el honor de nuestro respeto? El respeto es un valor moral que se debe a la dignidad humana, pero la verdad es un valor epistémico que se debe a la realidad.

Esta renuncia se disfraza hoy bajo el manto de lo políticamente correcto, una forma de censura blanda que confunde la cortesía con la sumisión. Lo que denominamos tolerancia se ha degradado en una suerte de nihilismo amable, donde señalar el error ajeno se percibe como un acto de crueldad y no como un servicio a la comunidad. La verdadera tolerancia es un ejercicio de fortaleza que nos obliga a soportar la existencia de lo que nos disgusta, pero jamás nos exige validar la mentira. Por el contrario, la sumisión a lo políticamente correcto es un acto de debilidad en tanto que representa el sacrificio de la honestidad intelectual en el altar de una armonía ficticia. En este contexto, Hannah Arendt es tajante al respecto en su ensayo “Verdad y política” (1996) cuando expresa que “la libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información objetiva y que no se cuestionen los hechos mismos; la libertad de opinión, en otras palabras, no se refiere a la verdad factual” (p. 249).

Cuando permitimos que lo “adecuado” asfixie a lo “verdadero”, la convivencia se transforma en un teatro de sombras donde nadie se atreve a encender la luz. Esta sumisión crea un vacío ético donde los hechos dejan de importar y sólo sobrevive el sentimiento de haber sido ofendidos por la realidad. Pensemos por un instante en el daño que causa esta equidistancia en el ámbito educativo. Los jóvenes, imbuidos de un relativismo mal entendido, sostienen que criticar una idea ajena es una forma clara de agresión. Pero la verdadera agresión es permitir que alguien permanezca en el error bajo la falsa premisa de la tolerancia. Si un alumno defiende una postura que atenta contra la evidencia científica o los derechos humanos, nuestra obligación ética como docentes no es “respetar su visión”, sino confrontarla con rigor. Al respecto, John Stuart Mill, en su tratado “Sobre la libertad” (1984), ya nos recordaba la importancia del choque de ideas para el progreso de la humanidad. El pensador inglés sostenía que incluso si una opinión es errónea, su discusión beneficia a la verdad al obligarnos a defenderla con mejores argumentos: “Si toda la especie humana no tuviera más que una opinión, y solamente una persona fuera de la opinión contraria, la humanidad no tendría más derecho a imponer silencio a esa persona que el que tendría ella misma a imponer silencio a la humanidad, si pudiese” (p. 68).

No obstante, esa defensa de la libertad de expresión que hace Mill no debe leerse como una validación de la ignorancia. El hecho de que no debamos silenciar al que yerra no implica que debamos poner su error al mismo nivel que la verdad contrastada. Esta inercia hacia la aceptación universal se ha visto potenciada por una posmodernidad que ha exaltado la complacencia por la mentira. Vivimos en lo que Byung-Chul Han (2017) define como la “sociedad de la positividad”, es decir, un sistema que busca eliminar toda negatividad, todo choque y todo “no” que pueda interrumpir el flujo del consumo y la aprobación social. En esta arquitectura del consenso forzado, decir “no” a una opinión que consideramos falsa o aberrante se etiqueta inmediatamente como un acto de intolerancia, cuando en realidad es el último reducto de la libertad. Concretamente, Han nos advierte con lucidez que “la proliferación de lo igual se hace pasar por crecimiento. [...] Lo que hoy se experimenta no es la libertad, sino la falta de libertad que resulta de la autoexplotación y de la presión por la positividad” (p. 14).

Sumergidos en este mar de rostros que asienten, hemos olvidado que la filosofía es, ante todo, un ejercicio de distinción. Recuperar la valentía de decir “no” frente a discursos orquestados por agendas culturales que exigen nuestra adhesión incondicional es una urgencia ética a la que nadie le está prestando atención. Requiere la fortaleza que Nietzsche (1972) atribuía al espíritu cuando se transforma en león. Para él, no basta con soportar la carga del deber, sino que es necesario conquistar la libertad para crear nuevos valores, y eso sólo es posible mediante el “santo decir no”, frente a la tradición y el rebaño. Así lo expresa Nietzsche en “Así habló Zaratustra”: “Para crear valores nuevos, eso no lo puede hacer todavía el león; pero crearse libertad para un nuevo crear, eso sí lo puede hacer el poder del león” (p. 54).

Esta valentía de la negación, sin embargo, conlleva un precio social que hoy pocos están dispuestos a pagar. La sociedad estupidizada y masificada no tolera la disonancia y castiga con una ferocidad ácida a quien se atreve a señalar que el emperador está desnudo. Una ilustración magistral de este fenómeno la encontramos en la serie “Curb your enthusiasm”, donde Larry David encarna al paria de la etiqueta social. Larry es tildado de “asesino social” no porque sea un malvado, sino porque se niega abiertamente a participar en la farsa de las opiniones respetables por compromiso. El mote de “asesino social” (alegoría de “asesino serial” aplicada a lo políticamente correcto) que recae sobre David no es un estigma de su incapacidad para convivir, sino una medalla de su integridad epistemológica. Lo que el protagonista asesina no es la paz, sino la mentira ritualizada que sostiene una armonía muy cómoda, pero ficticia. Su insistencia en la verdad- incluso en la verdad trivial- lo convierte inmediatamente en el chivo expiatorio de una comunidad que prefiere la hipocresía reconfortante al roce de la honestidad. En este escenario, el discrepante es ridiculizado, tratado como un payaso o un desubicado, un recordatorio de lo que René Girard (1986) describía como la necesidad de la masa de unificar sus frustraciones contra una víctima propiciatoria para restaurar una paz ficticia.

Al observar las peripecias de David, asistimos a la anatomía del linchamiento posmoderno. El grupo no ataca la lógica de sus argumentos, sino su falta de “tacto”, esa palabra que hoy usamos para camuflar nuestra claudicación ante la falsedad. Aquí, el ridículo se invierte: no es David quien resulta patético por su franqueza, sino la turba que reacciona con violencia desmedida para proteger el statu quo de su propia idiotez. Esta violencia es el mecanismo de defensa de lo que José Ortega y Gasset (2005) identificaba como el “hombre-masa”, ese individuo que no quiere dar razones ni tener razón, sino que simplemente desea imponer sus vulgares opiniones como si fueran leyes universales. Con preocupación, Ortega y Gasset nos señalaba que “el hombre-masa es el que no se exige nada, sino que es en cada instante lo que ya es, sin esfuerzo de perfección, boya que va a la deriva. [...] Aquí el hombre-masa no desea dar razones, sino que se siente con el derecho a no tener razón y a imponer su sinrazón” (pp. 118-121).

En esta atmósfera de nivelación, aquel que no tiene miedo de discrepar es visto como un error del sistema que debe ser corregido mediante la burla o la expulsión. Convertir al disidente en un payaso es la estrategia más eficaz de la posmodernidad para desactivar el peligro de sus ideas: si logramos que el que dice la verdad parezca un loco o una inadaptado, ya no necesitamos refutar sus razones. Se produce, entonces, lo que Søren Kierkegaard (2012) denominaba “la nivelación”, un proceso donde el individuo es absorbido por “el público”, ese monstruo abstracto que anula toda excelencia y toda distinción en nombre de una igualdad mal entendida. Con amargura, Kierkegaard explicaba que “la nivelación es el predominio de la categoría generación sobre la categoría individuo. [...] Para que la nivelación se produzca verdaderamente hace falta que se introduzca primero un fantasma, cuyo espíritu sea la nivelación, un monstruoso nada, una abstracción: el público” (pp. 71-72).

Esta enfermedad social nos devuelve al eterno retorno de la fábula de Hans Christian Andersen, donde el emperador desfila con un traje inexistente tejido con el hilo de la vanidad y el miedo. El relato no trata sobre la desnudez de un monarca, sino sobre la complicidad de una corte y un pueblo que prefieren validar la nada antes que admitir su propia vulnerabilidad ante la mirada del otro. En el mundo contemporáneo, ese traje invisible está hecho de “opiniones respetables” que carecen de sustento, pero de que todos admiran para no ser tildados de ignorantes o crueles. El grito del niño “¡el Rey está desnudo!” no es sólo una observación óptica, sino un acto de sabotaje contra la arquitectura de la hipocresía. Al respecto, Michel Foucault (2004), en sus lecciones sobre el coraje de la verdad, rescató el concepto de “parresía”, ese hablar veraz que implica un riesgo para quien lo ejerce. La parresía no es sólo decir la verdad, es decirla cuando la estructura de poder- o de la masa- exige el silencio: “La parresía es la actividad discursiva por la cual alguien afirma, de manera clara y franca, su relación personal con la verdad, y corre un riesgo al hacerlo, pues el decir la verdad es un acto de libertad que se opone a la coacción” (pp. 25-26).

Cuando el niño expresa la verdad, no está pidiendo respeto por su opinión, está arrojando un hecho contra el cristal de la mentira colectiva. Lo trágico de nuestra época es que hoy, si un niño se atreviera a tal proeza, la multitud no despertaría de su letargo, sino que exigiría el respeto por el diseño invisible del sastre y acusaría al niño de carecer de sensibilidad estética o de “odio” hacia el colectivo de la corona. En pocas palabras, amigos míos, hemos convertido la ceguera voluntaria en un valor ético superior a la visión honesta y sensata.

Pregunto, ¿es posible construir una sociedad justa si renunciamos a la jerarquía de los valores y de las ideas? Al claudicar ante el “todo vale”, nos quedamos huérfanos de criterios para distinguir lo bello de lo mediocre, lo justo de lo útil y lo verdadero de lo ilusorio. Esta renuncia nos deja vulnerables ante los demagogos que, sabiendo que su discurso no resiste al mínimo análisis lógico, se refugian en el derecho a la opinión para sembrar el caos. El dolor que produce ver la degradación de la palabra pública debería conmovernos un poquito más, ¿no les parece? Debería despertarnos esa inquietud socrática que nos impide aceptar las sombras de la caverna como si fueran la luz del sol.

Tal vez sea el momento de recuperar el coraje de decir: “No, no respeto tu opinión”. No lo digamos desde la soberbia, sino desde el amor a la sabiduría y desde la responsabilidad que tenemos para con los demás. ¿No es, acaso, más honesto y más humano desafiar al otro a pensar mejor que dejarlo naufragar en su propia insensatez? La próxima vez que alguien les pida respeto por una idea que agrede a la razón o a la decencia, preguntémonos: ¿estamos siendo tolerantes o simplemente estamos siendo cómplices de la estupidez? ¿Estamos dispuestos a sacrificar la verdad en el altar de una falsa armonía? El silencio ante el error no es paz, es desierto y la filosofía, queridos lectores, comienza precisamente donde termina la comodidad de las opiniones aceptadas. ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por el confort de nuestro silencio? ¿Es nuestra paz social un templo construido sobre los cimientos de la mentira? Piénsalo, ¿no te parece?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Arendt, H. (1996). Entre el pasado y el futuro: Ocho ejercicios sobre la reflexión política. (A. Poljak, Trad.). Península. (Original publicado en 1961).

Foucault, M. (2004). Discurso y verdad en la antigua Grecia. (F. Fuentes, Trad.). Paidós. (Original publicado en 1983).

Girard, R. (1986). El chivo expiatorio. (J. Jordá, Trad.). Anagrama. (Original publicado en 1982).

Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto. (A. Saratxaga, Trad.). Herder. (Original publicado en 2016).

Kierkegaard, S. (2012). La época presente. (V. Gómez, Trad.). Trotta. (Original publicado en 1846).

Marina, J. A. (2004). La inteligencia fracasada: Teoría y práctica de la estupidez. Anagrama.

Mill, J. S. (1984). Sobre la libertad. (P. Levy, Trad.). Alianza Editorial. (Original publicado en 1859).

Nietzsche, F. (1972). Así habló Zaratustra. (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Original publicado en 1883).

Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Alianza Editorial. (Original publicado en 1930).

El autor es docente, escritor y filósofo
San Juan - Argentina  (2026)

 

Por Néstor Estévez
Diario Azua / 15 mayo 2026.-

El más reciente abril transcurrió entre el ruido y el valor. Recordemos que, en República Dominicana, para quienes habitamos el universo de la palabra, abril podría considerarse como una especie de mes de espejos. Entre el 5 de abril, Día del Periodista, y el 18, Día del Locutor, la agenda se llena de agasajos, pero también de una urgencia por el examen de conciencia en torno al oficio de la palabra escrita y hablada.

Este año, aunque incluyó brindis, mi bitácora priorizó actividades educativas, foros y conversación pausada. Tras recorrer diversos escenarios académicos y profesionales, incluyendo algunos reconocimientos, abril me deja una enseñanza con cuadre de certeza: mientras el ruido intenta ensordecernos, una reserva crítica se mantiene y avanza.

Desde inicios de ese mes, ya se percibía una atmósfera saturada. Lo advertíamos en reflexiones recientes: cuando el periodismo pierde, gana el caos, gana la desinformación y, en última instancia, pierde la democracia. No se trató de una exageración teórica. En cada taller y en cada encuentro de abril, una pregunta recurrente de estudiantes y veteranos giraba en torno a la supervivencia de la ética frente a la dictadura del clic.

Como sabemos, el ruido, ese fenómeno que hoy parece premiar la estridencia por encima de la sustancia, ha intentado colonizar la comunicación. Por fortuna, la respuesta encontrada en muchos participantes en esos encuentros me genera optimismo.

Durante mis interacciones académicas de ese mes, identifiqué personas con un hambre voraz por herramientas conceptuales. Nos quedó claro que no se trata solo de saber usar la Inteligencia Artificial —tema que abordamos con rigor, entendiendo que la técnica sin ética es solo velocidad hacia el abismo—, sino de rescatar el criterio.

En mis publicaciones de abril subrayaba que, ante tanto ruido, el desafío es saber comunicar con propósito. Y lo que vi en muchos rostros de jóvenes comunicadores fue el deseo de ser esa "voz que orienta" y no solo un "eco que aturde".

Esa labor pedagógica en abril me permitió validar que la sociedad no está huérfana. A pesar de esa legión de "opinólogos" que desdicen de la profesión con insultos y ligerezas, existe una contraparte poderosa. Me refiero a esos profesionales que, lejos de las luces del espectáculo mediático, buscan agregar valor.

En uno de mis textos, orientado a aportar para elevar los niveles de criticidad en las audiencias, me concentré en la necesidad de "coger y dejar", de aplicar filtros severos a lo que consumimos. Una recomendación similar hice a quienes producimos mensajes. El balance es claro: el ruido hace mucho volumen, pero el valor tiene peso.

Una de las ideas más destacadas en las actividades de ese mes está referida a la tecnología. Con relación a ella, se necesita clara ubicación: como la gran aliada o la gran amenaza. La conclusión en nuestros debates fue unánime: la IA podrá redactar notas, pero no podrá sentir el pulso de un barrio ni entender el dolor de una madre que busca justicia. Esa humanidad pesa doble: es lo que nos toca defender, pero también lo que nos hace insustituibles.

En esas actividades de abril confirmé que el compromiso con la verdad y la calidad sigue abriendo oportunidades para quien entiende que oficios como la locución y el periodismo están llamados a crear valor profesional, valor social y valor económico.

Sería ingenuo pensar que la totalidad de quienes ejercemos estos oficios asumimos estas ideas. Recordemos que hay gente que solo está “en búsqueda”. Afortunadamente, hay un sello distintivo: quien realmente escoge crear valor compartido con su oficio suele caracterizarse por niveles de empatía que “saltan a la vista”. Se trata de personas que regularmente no hacen ruido, aunque las tenemos en gran cantidad.

Por eso es que, luego de un mes entre el ruido y el valor, me quedo con el siguiente balance: el ruido pasará, como pasan las modas estridentes. Y cuando el ruido pasa, lo que queda, lo que realmente construye, es la palabra con fundamento, esa que nos esforzamos por mantener, con rigor y respeto, siempre por la línea de la decencia y la profesionalidad.


lunes, 11 de mayo de 2026

 

Por Emilia Santos Frias
Diario Azua / 11 mayo 2026.-

La generosidad es por definición, desinteresada. Aristóteles, recordado e influyente filósofo y polímata de la antigua Grecia, la catalogó como la virtud más estimada. Ella ha sido la plataforma utilizada por distinguidos profesionales integrantes del Círculo de Periodistas de la Salud (CIPESA) de la República Dominicana, que durante un poco más de tres décadas, desde su ejercicio amparado en valores y de servicio, promocionan la cultura de estilos de vidas saludables en la población.

Sean nuestras felicitaciones al CIPESA en el 30 aniversario de su fundación, tiempo en que ha desarrollado una labor informativa tesonera e ininterrumpida, con la que ha ejecutado acciones de éxitos, que incluyen reducción de problemáticas sociales en el ámbito de la seguridad y la defensa nacional. Propiciando la garantía de derechos fundamentales y humanos de la población.

Parabienes al CIPESA por su labor encomiable en la sociedad dominicana, a pesar de no poseer apoyo económico estatal, vía el presupuesto nacional. En ese sentido, desde su génesis, ha tenido que asumir su compromiso social, con énfasis en la resolución de necesidades de los grupos vulnerables, con recursos financieros propios y la solidaridad de manos amigas.

30 años integrado por una membresía especializada académicamente, con formación universitaria en Comunicación Social, Mención: Periodismo; Relaciones Públicas…, así como, en otras áreas, generalmente, Derecho, Educación; Relaciones Internacionales, Derechos Humanos e Internacional Humanitario; Bioética, Comunicación y Salud; Medicina, Gerencia en Salud, entre otras.

Que abrazan la misión de aportar al bienestar de la población dominicana, desde su rol. Compromiso que honran al educarse de forma sistemática y en valores, para seguir sirviendo información con calidad; oportuna; preventiva; capaz de reducir enfermedades. Su compromiso es honrado por nuestra sociedad, mediante respeto y credibilidad.

Es que, CIPESA se mantiene develando problemas que afectan a la generalidad, al tiempo que visibiliza derechos desde una visión de justicia social. Gracias al enfoque compartido con su membresía; diseminada en 29 provincias, y la diáspora, específicamente, Nueva York, Miami, España.

Por eso, estas líneas solo pueden esbozar exiguas actividades de la gran cantidad de logros alcanzados por un equipo de periodistas que actúa desde el decoroso. Estos, incluyen acuerdo de colaboración interinstitucional con asociaciones sin fines de lucro o ASFL, agencias internacionales, universidades, ministerios, y otras instituciones de la administración pública; empresas, sociedades médicas; academias; clubes, centros de salud como la Clínica Cruz Jiminián, sociedades médicas, gremios, personal técnico y de salud, sector seguridad social…

El propósito de las alianzas es desarrollar capacitaciones oportunas, dirigidas a periodistas de la salud y fortalecerse entre sí. Estos, de la misma manera, han reconocido su labor altruista. Igualmente, realiza actividades de sensibilización con decisores de opinión pública y testigos claves.

Del mismo modo, colaboración con organizaciones homólogas a nivel nacional e internacional, intercambio de experiencias con periodistas de Francia y Haití. Esa formación continua se realiza a nivel nacional e internacional. CIPESA ha sido presidido por los periodistas Luis Moreno Cárdenas, cuidador del gremio y guía de las futuras directivas. Cándida Figuereo, Doris Pantaleón, Rafael Amor, Berkys Féliz, Mayra Pichardo, Altagracia Moreta, Dashira Martínez, Franklin Castillo, por quien suscribe, Emilia Santos Frias, Yris Neida Cuevas Amador, Descorides de la Rosa Tejeda, Victoriano Núñez Germán y Carol G. Martínez Medina. Cada uno, una con una gestión de notables grandes aportes.

Posee un Consejo de Asesores y Asesoras, compuesto por pasados presidentes y pasadas presidentas. Hace abogacía mediante encuentros con otros representantes de la sociedad civil, para que se garantice la justicia, el cumplimiento de las leyes y el orden social. La participación en charlas, talleres, jornadas de vacunación y campañas de prevención, es permanente.

Entre ellas, el dengue, gripe AH1N1 o influenza; Covid-19, violencia contra la mujer o de género, y violencia Intrafamiliar, cáncer de mama, Listón Blanco, Tuberculosis, Chikungunya, Zika, VIH como problema de salud pública al 2030, disponibilidad de Insumos y anticonceptivos para la salud sexual y reproductiva…, actividades que involucra a periodistas y a sus familias.

En ese sentido, CIPESA gestionó la instalación, abastecimiento y funcionamiento de seis Farmacias del Pueblo o boticas populares, en diferentes locales del Colegio Dominicano de Periodistas a nivel nacional, para beneficiarlos con medicamentos de calidad a bajo costo.

Colaboró en la jornada de alfabetización que desarrolló el Ministerio de Educación, y cada dos años presenta informe de los aportes que ofrece a la sociedad. Entre otras acciones de éxitos está el Premio Nacional de Periodismo en Salud, Raphy Durán, que ha abordado temas como la humanización y calidad de los servicios de salud. Violencia intrafamiliar, salud en la niñez y la responsabilidad social de las y los periodistas. Además, el primer foro para la entrada de la Atención Primaria en RD.

Asimismo, las jornadas de salud educativa y preventiva, denominadas: un día con la comunidad, donde se reúnen con un barrio, llevando charlas, medicamentos, materiales educativos…, el trabajo filantrópico, voluntario, ha sido largo, permanente, en ocasiones a manos peladas, otras con apoyo de alianzas nacionales e internacionales, casi siempre de ASFL y gremios amigos, pero la satisfacción del deber cumplido nos ha llenado el alma.

Se recuerda que el CIPESA fue creado en agosto del 1995, siendo sus primeros coordinadores fueron: Luis Moreno Cárdenas, Doris Pantaleón, Mery Rijo, Fausto Rosario, Pedro Castro, Rafael Menoscal Reynoso, Teófilo Abreu (EPD), Ramón Reyes…, asesorados por el representante a la sazón de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en el país, para ese entonces, el doctor Merlín Fernández. Para el año 1996, se creó el Primer Comité Ejecutivo. Tiene como rector al Colegio Dominicano de Periodistas.

Mediante el Decreto 331 del 27 de julio de 1997, le adquirió personería jurídica, para sustentar y fortalece su objetivo general, como ASFL, que es: promover la profesionalización de sus integrantes y apoyarles en la búsqueda de un buen tratamiento de las informaciones de salud, con apego a la ética profesional. Es decir, su propósito es garantizar la formación de las y los periodistas que cubren la fuente de salud.

Por añadidura como se ha expresado con anterioridad, CIPESA agrupa a profesionales de la comunicación social, que cubren la fuente salud, medioambiente…, en los medios de comunicación, y que laboran en instituciones y empresas del área de la salud. Honrar honra. Congratulaciones CIPESA, te abrazo y deseo muchas, pero muchas décadas más de ejercicio de periodismo responsable que favorece contenido de alto valor.

Hasta pronto.

La autora reside en Santo Domingo
Es educadora, periodista, abogada y locutora.

 

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 11 mayo 2026.-

«Lo que cura y lo que mata, aquello que salva a la comunidad y a la vez es sacrificado por ella, no son opuestos sino la misma cosa tomada desde dos caras de la misma operación» (Derrida, 1995, p. 82).

La historia del pensamiento occidental puede leerse como un intento persistente de trazar fronteras nítidas donde la realidad sólo ofrece matices. En el centro de esta pugna, se halla la figura del “phármakon”, un término que en la Grecia clásica designaba un objeto que porta en su raíz la incertidumbre: es el remedio que restaura la salud y, simultáneamente, el veneno, la droga o el hechizo que la socava. Esta polisemia no es un error semántico, sino la condición de posibilidad de un sentido trágico que encarna una ambivalencia constitutiva. Algo similar ocurre con el rito del “azazel” o “chivo expiatorio”, donde se desplaza sobre un animal la totalidad de las culpas colectivas para expulsarlas y así gestionar la crisis comunitaria por medio de la transferencia. Ambas figuras comparten una funcionalidad estructural, puesto que curar y envenenar son operaciones que se articulan mutuamente en la vida simbólica de las sociedades.

En el “Fedro”, Platón presenta el mito de la invención de la escritura como un phármakon que se ofrece como remedio para la memoria, pero que actúa como causa de su debilitamiento al volverla dependiente de una exterioridad que disuelve la dinámica del logos vivo. Como señala Platón en la precitada obra, “es un olvido lo que producirán en las almas de quienes aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose a lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, mediante caracteres ajenos” (Platón, 1999, p. 402). En este sentido, la escritura funciona también como un chivo expiatorio: es señalada como la responsable del deterioro intelectual y moral del saber auténtico. Esta tensión sitúa a Platón en diálogo con las críticas contemporáneas a la técnica y a la automatización de la experiencia- desde Heidegger hasta Bernard Stiegler- donde se reconoce que toda mediación técnica introduce una reconfiguración de la experiencia y de las relaciones de responsabilidad.

Para Bernard Stiegler, la técnica es intrínsecamente farmacológica. Al delegar nuestras capacidades en dispositivos, sufrimos una “proletarización” del espíritu donde el remedio que expande nuestro alcance envenena nuestra autonomía. Él mismo advierte en su obra que “si todo objeto técnico es un phármakon, el diseño y la puesta en marcha de una nueva organización social deben ser pensados como una práctica farmacológica, es decir, como una terapéutica” (Stiegler, 2015, p. 82). Pues bien, el capitalismo de la atención, en la actualidad, explota esta naturaleza, utilizando plataformas que prometen conectar pero que, simultáneamente, fragmentan los lazos públicos y destruyen la consistencia del deseo. La técnica posmoderna, desde los psicofármacos hasta las inteligencias artificiales, opera hoy como un phármakon cultural que, al intentar resolver carencias, introduce nuevas dependencias y modos de alienación.

Esta lógica farmacológica tiene implicaciones profundas en la salud mental contemporánea. El remedio psicofarmacológico puede restituir funcionalidad, pero simultáneamente domestica la pluralidad emocional. Al medicar la angustia sin interrogar sus causas sociales, se utiliza el fármaco como un chivo expiatorio que suprime el síntoma para restaurar la productividad, silenciando la pregunta por el sentido de una cultura que enferma a sus miembros. La medicalización funciona como una estrategia de control que desplaza el conflicto al terreno de la patología privada, reduciendo al sujeto a una “nuda vida” bajo estados de excepción, tal como describe Giorgio Agamben.

Para comprender lo precedentemente señalado, es necesario desentrañar cómo la psiquiatrización de la existencia no es sólo un acto clínico, sino un dispositivo biopolítico que despoja al individuo de su dimensión ciudadana. En la arquitectura del pensamiento de Agamben, la “nuda vida” representa aquella vida biológica elemental que ha sido separada de su forma política y jurídica, quedando expuesta a una violencia soberana sin mediaciones. Como él mismo explica, “el protagonista de este libro es la nuda vida, es decir, la vida matable e insacrificable del ‘homo sacer’, cuya función esencial en la política moderna hemos intentado reivindicar”.

Bajo esta luz, la precitada medicalización posmoderna opera al transformar el malestar- a menudo derivado de fracturas sociales o existenciales- en un mero desajuste neuroquímico individual. Al etiquetar la ansiedad como una patología privada, el sistema declara un “estado de excepción” sobre el cuerpo del sujeto: se suspende su capacidad de acción y se lo reduce a una existencia puramente biológica que debe ser administrada. El resultado de esto es la producción de una subjetividad dócil, donde la salud se define por la funcionalidad orgánica y no por la libertad, confirmando la tesis de Agamben de que “la producción de un cuerpo biopolítico es la aportación original del poder soberano”. De este modo, el fármaco actúa como el instrumento que garantiza la reclusión del conflicto en el silencio del organismo

El resultado es la producción de una subjetividad dócil, donde la salud se define por la funcionalidad orgánica y no por la libertad, confirmando la tesis de Agamben de que «la producción de un cuerpo biopolítico es la aportación original del poder soberano». De este modo, el fármaco actúa como el instrumento que garantiza la reclusión del conflicto en el silencio del organismo, impidiendo que el síntoma se convierta en una pregunta política abierta. Complementariamente, no debemos olvidar el señalamiento de Freud cuando describía el malestar de la cultura al expresar que “la sustitución del poder del individuo por el de la comunidad es el paso decisivo de la cultura” (Freud, 1930/1992, p. 94), es decir, una transición que impone límites y represiones cuyas tensiones demandan permanentemente una salida sacrificial.

Por su parte, Jacques Derrida sostenía que el “phármakon” constituye una unidad de sentido que se sitúa antes de la oposición entre el bien y el mal, la salud y la enfermedad. Al calificarlo como “indecidible”, el autor se refiere a aquellos términos o procesos que, aunque habitan el sistema de oposiciones (como remedio/veneno), no pueden ser comprendidos bajo ninguno de sus polos. En su obra fundamental sobre este tema, Derrida afirma que “el phármakon es el movimiento, el lugar y la reserva de la diferencia. Es la diferencia la que, antes de ser la distinción entre el bien y el mal, la libertad y el imperativo, la presencia y la ausencia, permite que se articulen entre sí” (Derrida, 1995, p. 82).

Bajo el precitado marco, “habitar la ambivalencia” significa renunciar a la pulsión racionalista de decidir si algo es ‘exclusivamente’ curativo o ‘exclusivamente’ dañino. Resolver esta tensión mediante la ‘violencia simbólica’ implicaría forzar una definición unívoca, lo cual suele derivar en la lógica del chivo expiatorio: expulsar una parte del concepto (el “veneno”) para purificar la otra (el “remedio”). Pues bien, Derrida agudiza la reflexión al demostrar que el phármakon es precisamente aquello que “no se deja dominar por ninguna de las oposiciones de la metafísica, pues las comprende a todas, las desborda y las trabaja desde dentro” (Derrida, 1995, p. 91). Por tanto, la ética de lo indecidible nos obliga a sostener la mirada en la contradicción, reconociendo que la suplementariedad- el hecho de que todo remedio añade algo que altera lo original- es una condición ineludible de la cultura y la técnica.

Complementariamente, René Girard aporta la trama antropológica a este fenómeno: la violencia mimética genera crisis que precipitan la selección de una víctima para cristalizar las tensiones y restaurar el orden mediante su eliminación ritual. La eficacia del sacrificio reside en su función simbólica de permitir la catarsis colectiva, convirtiendo al chivo expiatorio en la versión social del phármakon: cura a la comunidad en la medida en que envenena a uno. Como afirma Girard en “El chivo expiatorio”, “la víctima es el pharmakós, que es, a la vez, despreciable y preciosa, porque se la debe expulsar con horror pero se la debe conservar con el mayor cuidado, ya que es la portadora de la salvación comunitaria” (Girard, 1986, p. 54).

En la modernidad, estas funciones sacrificiales toman formas tecnológicas y políticas muy puntuales. Migrantes, pobres y disidentes cumplen hoy la función de chivos expiatorios en discursos políticos que buscan ordenar la incertidumbre. Los discursos de odio posmodernos no son exabruptos irracionales, sino operaciones de ingeniería sacrificial. El odio funciona como un phármakon identitario que ofrece la cura inmediata a la angustia mediante la designación de un culpable. Según Freud, “el odio no es un afecto primario, sino el resultado de una desilusión del narcisismo que busca en el otro el receptáculo de todo lo que el yo no puede tolerar de sí mismo” (Freud, 1915/1991, p. 124). Esta proyección busca exteriorizar en un “otro” los aspectos repudiados del grupo, lo que Jung denomina la “sombra colectiva”, la cual interpretamos como el estrato de la psique social que agrupa los impulsos, tendencias y verdades que una cultura rechaza por considerarlos inferiores o inmorales.

Según Carl G. Jung, el peligro de esta estructura radica en que lo no reconocido no desaparece, sino que se proyecta hacia el exterior con una fuerza compensatoria. En su obra fundamental, Jung afirma que “el individuo no se da cuenta de que proyecta en el otro su propia sombra; la consecuencia de ello es que este “otro” se convierte en un objeto de odio y desprecio, y el individuo se siente a sí mismo como alguien superior y limpio de toda falta” (Jung, 1959, p. 145). Esta proyección busca exteriorizar en un “otro” los aspectos repudiados del grupo, permitiendo que la comunidad recupere una coherencia ilusoria a través del sacrificio simbólico de su víctima.

Frente a esta dinámica, una “clínica de la cultura” debe proponer una ética de la integración en lugar de una de la expulsión. En lugar de tratar el malestar como algo que debe ser extraído mediante la farmacología o el chivo expiatorio, debe ser abordado como un síntoma que revela las fallas de la estructura simbólica de la sociedad. Integrar la sombra implica reconocer, como sostiene Jung, que “la sombra es una parte viva de la personalidad y, por lo tanto, no puede ser eliminada mediante ningún tipo de exclusión, sino que debe ser aceptada y asimilada para que la personalidad pueda alcanzar la totalidad” (Jung, 1959, p. 152). Así, la tarea clínica no consiste en “curar” al grupo mediante la eliminación del síntoma, sino en obligar a la comunidad a hacerse cargo de su propia oscuridad constitutiva, evitando que esta se convierta en la hoguera de un tercero.

La redención de este ciclo se encuentra en la posibilidad del perdón y el papel que juega el arte en nuestra cultura. Para Hannah Arendt, el perdón es la única reacción que actúa de nuevo y de forma inesperada, liberando a la comunidad de las consecuencias irreversibles del acto y desactivando la necesidad sacrificial de la venganza. En sus palabras, “el perdón es la única reacción que no simplemente "reacciona", sino que actúa de nuevo y de forma inesperada, no condicionada por el acto que la provocó y, por lo tanto, librando de las consecuencias del acto tanto a quien perdona como a quien es perdonado” (Arendt, 2009, p. 258). Por su parte el arte opera como un phármakon capaz de sublimar la violencia social en una nueva forma de verdad. A diferencia del sacrificio, el arte no destruye la vida, sino que utiliza la herida de la experiencia para revelar la profundidad humana, permitiendo una catarsis simbólica que no requiere de víctimas reales. Pero éste último, es un tema para abordar extensivamente en otra ocasión.

Para ir cerrando, es necesario indicar que la posibilidad de una clínica de la cultura nos sitúa ante la responsabilidad ética de renunciar al alivio moral que proporciona el señalar a un culpable. Si el chivo expiatorio ha sido el cimiento invisible de todo orden colectivo, ¿estamos preparados para construir una comunidad que reconozca sus heridas sin buscar siempre una víctima que las absorbe? Aceptar el síntoma en lugar de medicarlo implica abrazar un malestar que nos mantiene alertas frente a las injusticias, pero ¿qué ocurriría si dirigiéramos esa energía hacia la co-responsabilidad por los daños en lugar de hacia la expulsión del diferente?

Sin dudas, debemos cuestionar si la estructura de nuestras detonadas democracias técnicas no está diseñada para producir chivos expiatorios industriales que sostengan su inercia. Si el orden social actual necesita generar enemigos internos para evitar mirar su propio vacío, la única salida es una transformación radical de nuestra relación con el phármakon del poder. ¿Es posible una política que admita la ambigüedad de las soluciones y que no delegue la responsabilidad última en los dispositivos tecnológicos?

Finalmente, cabe preguntarse si estamos dispuestos a soportar la incertidumbre de una cura que no promete una seguridad total. La madurez ética consiste en negarse a delegar la compra propia en otro sacrificial y en inventar maneras de procesar la culpa que no requieran la violencia. ¿Podremos transformar la necesidad de expulsión en prácticas de reparación que no oculten la economía del alivio moral, sino que la desarticulen definitivamente a través de la responsabilidad compartida?

Referencias Bibliográficas

Agamben, G. (1998). Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida. Barcelona: Paidós.

Arendt, H. (2009). La condición humana. Buenos Aires: Paidós.

Biblia de Jerusalén (2009). Levítico 16. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Derrida, J. (1995). La farmacia de Platón. Buenos Aires: Editorial Tormenta.

Freud, S. (1915/1991). Pulsiones y destinos de pulsión. En Obras Completas (Vol. XIV). Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1930/1992). El malestar en la cultura. En Obras Completas (Vol. XXI). Buenos Aires: Amorrortu.

Girard, R. (1986). El chivo expiatorio. Barcelona: Anagrama.

Jung, C. G. (1959). El hombre y sus símbolos. Barcelona: Paidós.

Platón. (1999). Fedro. En Diálogos III. Madrid: Gredos.

Stiegler, B. (2015). Lo que hace que la vida valga la pena: de una farmacología positiva. Madrid: Alianza Editorial.

viernes, 8 de mayo de 2026



Diario Azua / 8 de mayo 2026

Por: Patria Heredia

La República Dominicana atraviesa una crisis silenciosa y dolorosa: la pérdida de valores, de orientación y de protección hacia nuestra niñez y adolescencia. 

Cada día vemos cómo menores crecen rodeados de violencia, abandono emocional, falta de supervisión, pobreza espiritual y una peligrosa normalización de la agresividad.

El reciente caso del niño Raudiel Martínez Corporán, encontrado sin vida en una cañada en Hato Damas, San Cristóbal, ha estremecido el corazón de todo un país. 

Según las informaciones preliminares, el menor habría sido asesinado por otros adolescentes tras una discusión relacionada con unos peces “beta”, un hecho que evidencia hasta dónde está llegando la descomposición social y emocional entre nuestros jóvenes. 

Duele profundamente pensar que niños estén perdiendo la vida a manos de otros menores. 

Esto obliga a la sociedad a hacerse preguntas serias: ¿Qué estamos enseñando en nuestros hogares? ¿Qué consumen nuestros hijos en redes sociales? ¿Dónde está el acompañamiento emocional, espiritual y psicológico? ¿Qué papel están jugando las autoridades, las escuelas y la comunidad?

No podemos seguir viendo estos hechos como casos aislados. 

La violencia juvenil está creciendo, y detrás de ella existe una generación marcada por la falta de atención, la ausencia de oportunidades, la pérdida del respeto por la vida y la influencia negativa de contenidos violentos.

La niñez Dominicana necesita ser rescatada. Necesita padres presentes, escuelas más humanas, iglesias activas, comunidades vigilantes y un Estado que priorice la salud mental y la protección infantil.

Un niño no nace siendo violento; muchas veces la sociedad lo empuja al abandono, al resentimiento y a la oscuridad.

Hoy lloramos por Raudiel, pero también por una República Dominicana que parece perder poco a poco la sensibilidad ante el dolor ajeno. 

Si no actuamos ahora, mañana podrían ser más las familias destruidas, más los sueños enterrados y más las lágrimas derramadas sobre una tierra que clama paz, orientación y valores.

La niñez no puede seguir creciendo entre violencia, indiferencia y desesperanza. 

Proteger a nuestros niños debe convertirse en una misión Nacional.



jueves, 7 de mayo de 2026

Por Néstor Estévez
Diario Azua / 07 mayo 2026.-

La decisión del presidente Abinader de suspender las actividades mineras vinculadas al proyecto Romero no debería leerse como reacción ante una protesta. Habrá quien quiera reducir el tema a una disputa con ganadores y perdedores, pero eso sería un desperdicio.

Este caso tiene una riqueza que muy bien vale aprovechar a modo de gran lección pública: cuando una comunidad sostiene con claridad su causa, se organiza y defiende bienes comunes, puede hacerse escuchar.

San Juan comenzó a tiempo su reclamo. No salió a la calle por impulso. Desde las marchas de 2022, la Caravana Ecológica por el Agua y la Vida y las movilizaciones hacia la presa de Sabaneta, el Movimiento Suroeste Unido por el Agua y la Vida llevó el debate a su terreno. La pregunta no era cuánto podía rendir una concesión. La pregunta era quién tiene derecho a decidir sobre las fuentes de agua de un territorio que vive de sembrar.

Los discursos

GoldQuest ha sostenido que el proyecto cuenta con evaluación ambiental y criterios técnicos. La comunidad plantea algo que ningún expediente resuelve por sí mismo: cuando se toca la cabecera de un río, la decisión no cabe entera en un permiso. La técnica ayuda. Pero también hay que mirar quién firma la autorización y quién se queda con el daño que pueda llegar.

En este caso, las redes hicieron su parte. Ayudaron a mostrar caminatas y a subir videos que rompieron el cerco de silencio que muchas veces pesa sobre la gente sencilla. También pudieron servir para lo contrario: inflar versiones y volver confuso lo que ya era delicado. Pero en San Juan cuidaron que la defensa del agua fuera más que simple indignación. Procuraron acciones revisables y una palabra capaz de sostenerse cuando bajara la emoción.

Otra lección clave, además de muy útil para la democracia, la aporta el movimiento sanjuanero: la transparencia. El Movimiento Suroeste Unido por el Agua y la Vida celebra y agradece al presidente, pero también quiere pasar de la consigna bonita a la prueba. Por eso pide un decreto y reclama la salida de los equipos instalados en Hondo Valle. La confianza no nace de un discurso. Nace cuando se pasa del dicho al hecho.

El caso también advierte contra dos salidas fáciles. Una es convertir todo desacuerdo en guerra y pintar al otro como enemigo absoluto. La otra es esconder los conflictos públicos detrás de informes y permisos, como si la gente molestara. San Juan enseña un camino más serio: diálogo desde el territorio y garantías concretas.

Aquí resuena Popper. Una sociedad abierta no se cuida con gente callada, sino con personas capaces de defender sus razones. También cabe recordar a Sartre: cada elección nos compromete. San Juan eligió defender el agua. El Gobierno eligió atender una presión que ya no podía tratar como ruido. Ahora falta que el anuncio se convierta en garantía y que la cohesión social se mantenga.

Comunicación para el cambio

Desde la comunicación para el cambio social, esta experiencia deja otra lección. Las comunidades no son simples receptoras de mensajes. También producen saber público. Jesús Martín-Barbero insistía en mirar las mediaciones, esos lugares donde la comunicación se mezcla con la vida real. En San Juan, el mensaje no salió de una oficina de imagen. Salió del campo y de entender el valor del agua.

Todavía más: el anuncio presidencial agrega valor si se aprovecha para actualizar nuestra democracia. No basta suspender; hay que explicar, documentar y dejar constancia jurídica. Lo ocurrido en San Juan muy bien puede aprovecharse para crear canales permanentes para que los territorios participen antes de que el conflicto estalle. La gobernanza ambiental exige anticipación, acceso a información y respeto por el arraigo local.

La lección de fondo es ética. La tecnología ayuda a visibilizar causas, pero no sustituye la organización. La información combate rumores cuando termina en documentos. La democracia corrige rumbo cuando la ciudadanía insiste y el gobierno acepta rectificar.

San Juan tiene alto valor agrícola. Dicen que también guarda riqueza bajo la tierra. Pero acaba de mostrar su principal riqueza: un valiosísimo capital social decidido a defender su camino. Y también recuerda algo elemental: la democracia vive mientras los mandantes hablan y los mandatarios escuchan.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Diario Azua / 6 de mayo 2026

Por Román Jáquez Liranzo

Salió apresurada de su casa. La estudiante nunca imaginó que encontraría la muerte ese mismo día, que se convertiría en víctima por resistir a su agresor. “Debió dejarse atracar”, gritaba su madre en las honras fúnebres pagadas por un “político”. Un disparo anuló su vida. Las cámaras de un “colmadón” grabaron los hechos. El vídeo, de unos 15 segundos, se hizo viral en las redes sociales, pero la “viralidad” duró poco porque unos memes faranduleros la opacaron. El poder de los medios de comunicación estaba agobiado por unos asuntos empresariales y estatales,  y la víctima pasó a ser una estadística criminal.

Pero la madre, una de esas madres solteras, insistió. El  presunto victimario fue identificado y apresado, era un joven de unos 19 años que había cumplido, en su adolescencia, una condena de 2 años por un conflicto con la ley penal. Parece que el tiempo de la condena por aquel hecho fue poco para poder reinsertarlo, positivamente, a la sociedad. La prisión preventiva como medida de coerción para el presunto agresor es el mandato de la política criminal, pero todo se desvaneció, repentinamente,  porque no tenía un abogado que lo defendiera.

Entonces, el sistema, imbuido en el respeto de los derechos fundamentales (como debe ser), le brindó un defensor público como garantía de la tutela judicial efectiva y del debido proceso. Por cierto, unos defensores públicos con altísimos niveles de preparación y compromiso institucional, modelos a seguir en su entrega. Un año de prisión preventiva fue la decisión. La noticia no fue noticia, sólo algunos twitters solidarios de compañeros de la de la universidad de la occisa.

En el otro extremo, la madre rogaba a uno de los abogados del barrio que asumiera su representación en el caso porque el fiscal le había dicho, con orgullo,  que en realidad él no era su abogado sino el representante de toda la sociedad, que era un  funcionario del Ministerio Público y que debía dirigir la investigación con objetividad. La madre, quien recibía el apoyo económico de su única hija (quien era cajera en una empresa de promoción al vicio de la apuesta),  recurrió al empeño de sus enseres para pagar los honorarios profesionales, los “gastos del proceso” y unos “benditos sellos” que el abogado le dijo que tenía que cubrir porque si no “soltaban al muchacho”.

Durante dos años la madre asistió a todos los vaivenes del proceso penal. Para esa época,  ya vivía con una hermana que la auxilió moral y económicamente luego de aquella tragedia que le había agravado su enfermedad. Hasta que, por fin, una mañana lluviosa de octubre y con una sala de audiencias inundada de agua por unas filtraciones de la vetusta edificación judicial, se dictó sentencia: 20 años de cárcel y una indemnización en daños y perjuicios de 5 millones de pesos a la madre de la víctima. “Dios es justo” se escuchó en el tribunal.

El condenado pasó a cumplir los 20 años en uno de los recintos carcelarios del nuevo modelo penitenciario (referencia internacional de cómo se deben hacer las cosas bien), además,  con el recelo defensor de un juez de ejecución de la pena que vela, como guardián,  por sus derechos constitucionales. Ese sistema penitenciario, como debe ser, le permitió al  condenado aprender varios oficios técnicos, obtener varios reconocimientos deportivos y graduarse de una profesión. Habían pasado 12 años.

Para la madre el tiempo se detuvo con el último respiro de su procreación, nunca transcurrió un segundo desde su muerte. Nada paliaba su dolor, ni siquiera la sentencia.  No obstante, algún familiar se había frotado las manos con la cuantiosa suma de dinero como reparación a los daños materiales y morales que otorgaba la decisión del juez. “Hay que pelear eso, prima. Ese dinero no se puede perder”, le exigían familiares en una reunión con representantes legales. Ella siempre argumentaba que su hija no tenía precio, que lo mercurial no le devolverá su sonrisa.

Olvidaban los ambiciosos e ilusos la insolvencia del condenado. “La indemnización civil simplemente no puede ser materializada porque no tendría como pagarla”, les dijo un abogado que le habían recomendado en la Parroquia. “Pues que pague con cárcel, que se pudra en esas cuatro paredes”, expresó uno de los consanguíneos. El togado, de vocación católica, les aclaró que, lamentablemente, la Constitución establece que no hay apremio corporal, o sea, prisión, por deuda civil como es la condena de los 5 millones de pesos. Y que en ocho años, aunque no pague, saldría libre.

“Pues que pague el Estado”, se escuchó decir. El jurista advirtió que en este país no existe la indemnización estatal, lo que algunos países llaman los fondos de compensación estatales, como parte de la seguridad social,  para paliar las necesidades económicas de las víctimas de delitos violentos cuando no aparece el victimario o cuando el mismo es insolvente. “Así es el sistema”, sentenció.

5 años después murió la madre. En sus últimos 17 años le quedó el desaliento de una tortuosa e incompleta justicia penal que le impuso un castigo moral y social aún mayor que el establecido al que mató a su hija.  Cuentan que 15 años después, un defensor de los derechos de las víctimas, publicó una obra titulada “¿Y la víctima? Muy bien, gracias”,  que se convertía en una referencia obligada para los estudiosos de la victimología, y que el autor, irónicamente, en un país caribeño, había cumplido dos sentencias penales de 2 y 20 años, respectivamente.

El autor publicó, hace 10 años, este artículo en acento.com, el 15 de junio del 2016.



martes, 5 de mayo de 2026


Testigo del tiempo


Por J. C. Malone
Diario Azua / 05 mayo 2026.-

El mundo construido en 1949, al final de la Segunda Guerra Europea, colapsa ante nosotros. La “relación especial” entre Estados Unidos e Inglaterra terminó.

El rey Carlos III de Inglaterra vino a Washington, elogió al presidente Donald Trump, su “primo”. Le regaló una campana dorada que pertenecía a la familia Trump. Intentó salvar aquella “relación especial”.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, explica el asunto con claridad. “Este es un momento único en el que el presidente de los Estados Unidos, el presidente de Rusia y el presidente de China están categóricamente opuestos a los europeos”, dijo.

Trump decidió dejar de gastar 400 mil millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses en la seguridad de 500 europeos que disfrutan de la “economía del bienestar”. Como decidió invertir ese dinero en la seguridad estadounidense, Trump es un “villano malo”. Ciertamente, hemos llegado al fin de una era.

Macrón tiene razón, los tres países más poderosos del mundo están unidos contra Europa y su historia colonial; hoy, los países ricos, como las personas, se protegen mutuamente.

Hace poco, Trump conversó por teléfono con el presidente ruso, Vladimir Putin, sobre la guerra en Ucrania. Ambos coinciden en que Volodímir Zelensky, presidente de Ucrania, prolonga la guerra con Rusia, financiada por Europa.

Trump no solo dejó de financiar la defensa europea, sino que también ordenó retirar 5.000 soldados estadounidenses de Alemania, un país sin ejército, que ahora decidió armar uno. Y de los 400 mil millones de dólares que se economizarán en la defensa europea, crearon un fondo de 210 mil millones para la defensa estadounidense. El Pentágono otorgará préstamos a empresas que fabriquen las armas que el país pueda necesitar.

Independientemente de cómo termine la guerra en Irán, hasta ahora Europa enfrenta serios desafíos con Estados Unidos, China y Rusia, y su ruptura con Washington parece definitiva.

“Lo que un día fue, no será”, dice José José. Al llegar al fin de esta era, estamos iniciando una nueva, con nuevos desafíos y oportunidades.

domingo, 3 de mayo de 2026

Periodistas, contables, auditores, médicos, psiquiatras, abogados, bioanalistas y laboratorios y demás profesiones, tendrán que cuidarse.

Por el Lic. Cesar Amadeo Peralta.
Analizando el nuevo Código Penal

Diario Azua / 03 mayo 2026.-

El seis (6) de agosto del año 2026, entrará en vigencia en nuevo Código Penal en la República, por un lado con grandes avances, retrocesos, aumentos de penas, la configuración de delitos nuevos, la figura del cúmulo de penas, una nueva modalidad de cumplimiento de las penas, entre otras novedades que el país aún desconoce y que deberían saber porque este código le va a dar muy duro a las personas que se dedican a cometer delitos y que antes se podían salir con las suyas, ya que trae penas bastante severas y será necesario construir varias cárceles nuevas porque las que hay no van a dar abasto.

Una de las figuras nuevas lo constituye el hecho de que el artículo 195 del nuevo código penal, (ley 74-25), contempla penas de 15 días hasta un año de prisión y multas de 1 a 2 salarios, para todos los profesionales, más aún los médicos, abogados, bioanalistas, enfermeras, psicólogos, psiquiatras, farmacéuticos, nutricionistas, laboratorios, contables, auditores y cualquier tipo de profesión vinculadas con la medicina, que sepan, tengan consigo y tenga acceso a secretos de sus clientes y pacientes, exonerando de responsabilidad al profesional, siempre y cuando este secreto se lo revele al Ministerio Público en el curso de una investigación o para evitar la comisión o la continuación de un crimen o delito.

“Artículo 195.- Divulgación de información secreta. Quien divulgue una información secreta sin el consentimiento de la persona afectada, siendo depositario de ella en razón de su estado, profesión, función o cargo será sancionado con 15 días a 1 año de prisión menor y multa de uno a dos salarios mínimos del sector público.”

Artículo 196.- Eximentes de divulgación de información secreta. La infracción establecida en el artículo 195 no se tipifica en los casos siguientes: 1) Si la ley impone o autoriza la divulgación del secreto; 2) Si el secreto es divulgado al Ministerio Público u otra autoridad judicial o administrativa competente por una persona con el deber de guardar secretos en razón de su profesión u oficio, pero que cuenta con el consentimiento de la víctima, y que se trate de sevicias comprobadas en el ejercicio de la profesión u oficio, que hacen presumir la comisión de violencias sexuales o físicas contra la víctima, o que se trate de cualquier otra infracción grave; 3) Cuando una persona, en razón de su profesión u oficio y en el deber de guardar secretos, informa al Ministerio Público u otra autoridad judicial o administrativa competente acerca de la comisión de atentados sexuales u otras sevicias, así como de cualquier otra infracción grave infligidas a un niño, niña o adolescente o contra una persona que no esté en condiciones de protegerse en razón de su edad o estado de salud o condición de discapacidad o vulnerabilidad.

De este artículo podemos interpretar muchas contradicciones, ya que si el profesional no cuenta con la autorización escrita de la víctima de la ocurrencia del delito, entonces tampoco podrá revelar lo que sabe, pero más adelante lo autoriza.

No debemos dejar de resaltar que los nuevos artículos 195 y 196 del nuevo Código Penal entran en contradicción con los derechos fundamentales establecidos en la Constitución de la República, específicamente en su Artículo 49, acápite 3-cuando establece que la Libertad de expresión e información, en su acápite 3 dispone que “El secreto profesional y la cláusula de conciencia del periodista están protegidos por la Constitución y la ley”.

Esperemos que los periodistas se motiven a promover varios recursos de inconstitucionalidad de este artículo, ya que las disposiciones legales hechas ley, no hacen ninguna diferencia entre periodistas y las demás profesiones y los incluye a todos.

Con esta nueva disposición el Ministerio Público podrá lograr la revocación definitiva del exequátur de cualquier profesional acusado a cometer delitos graves y muy graves, etc. etc. etc.

Ya que los artículos 30, 34, 39 y 41 del nuevo Código Penal (ley 74-25), establecen lo siguiente;

“Penas complementarias por infracciones leves, graves y muy graves. Las penas complementarias aplicables a las personas físicas imputables de infracciones muy graves son las siguientes”:

2) El cierre definitivo del establecimiento comercial o de la instalación involucrada directa o indirectamente en la infracción, o su cierre temporal por un periodo no mayor de tres años;

4) La inhabilitación definitiva para ejercer la función pública o actividad profesional o social en cuyo ejercicio se cometió la infracción que da lugar a la condena, o la inhabilitación temporal para ejercerla por un periodo no mayor de cinco años;

7) La revocación de la licencia o título público habilitante.

PD. lean el Código que viene fuerte!!!

El autor de este artículo es el Lic. Cesar Amadeo Peralta, de la (Oficina de Abogados Peralta & Peralta y Asociados, Abogados Consultores, S.R.L.); Correo Electrónico amadeoperalta@gmail.com, Teléfono 809-710-2213, Oficina dedicada a la persecución de todo tipo de crímenes y delitos económicos y financieros, todo tipo de falsificaciones, violación a la ley del mercado de valores, estafas, delitos vinculados con las operaciones de compra y venta de Bitcoin, Criptomonedas, Cripto-activos, violación a la ley de cheques, abusos de confianza y lavado de activos y violación e invasión de propiedades, entre otros tipos penales.
Por Oscar López Reyes (Primera entrega)
Diario Azua / 03 mayo 2026.-

Más que una noticia fugaz sin costo sobre turbulencias sociales, la publicidad planificada estratégicamente espolea para empujar la venta de bienes y servicios e informar sobre la gestión gubernamental. Por la ausencia de esa disciplina híbrida (arte y ciencia) en el borde de un súbito aluvión inflacionario, en 1984 sorprendió una poblada espeluznante: más de 100 muertos, cerca de 500 heridos y unos 6 mil fueron apresados y, en contraposición, actualmente los informes semanales pagados del Banco Central sobre la economía mundial y nacional han edificado a los ciudadanos y apaciguado los ánimos en la banqueta de la comprensión.

La publicidad toca el andén comercial o mercantilista de la comunicación, en el árbol de afirmaciones y repeticiones. Se adentra en la producción estética y el expresionismo, con juegos de imágenes visuales y la interacción textual en los mass-media. Políticos saltimbanqui y titiriteros y otros controversiales demagogos y sin discernimiento que alegremente proponen su eliminación: ¿Acaso protegen así la democracia? ¿O, sin casualidad, laboralmente atentan o no contra los periodistas, productores, locutores, camarógrafos, fotógrafos, publicistas, diseñadores gráficos, gestores de redes sociales y otros trabajadores de la comunicación?

Sea empresarial o estatal, la tradicional (“El Fin de la Publicidad como la Conocemos”, Sergio Zyman) o digital (con fundamento en el marketing interactivo) procuran robustecer la imagen de marca, persuadir y conquistar a segmentos objetivos o blanco de público. Para operativizar, apremia que productores radiotelevisivos, digitales e impresos capten audiencias, imprescindibles para lograr anuncios, ingresos y la apreciada rentabilidad.

En ese pórtico, durante una conferencia sobre memorias y desafíos del periodismo en la Era Digital presentamos Los 10 Sinsines Genéticos de la Publicidad (los Sin o los Sinsín). El evento, auspiciado por el Colegio Dominicano de Periodistas (CDP), tuvo como plató el hotel Costa Larimar de Barahona la noche del sábado 25 de abril de 2026, con la asistencia de más de 80 miembros del gremio y otros comunicadores de esa comunidad, Pedernales, Jimaní y Neyba.

1.- Sin publicidad existirán contados medios comunicativos.

Los avisos comerciales aseguran la supervivencia de la inmensa mayoría de los medios, por lo que su inexistencia acorta o impide el acceso a la información y la libertad de expresión. Sobreviven los subvencionados por el Estado o entidades privadas, o los que se encarrilan por el esquema de suscripción.

Advertising, Marketing, & Media: “El sector de la publicidad, el marketing y los medios de comunicación, que mueve miles de millones de dólares, es un mercado en rápida evolución. Ese crecimiento histórico es el resultado del fuerte crecimiento económico, mercados emergentes y tecnologías en desarrollo” (Informe 7 de agosto de 2025).

2.- Sin plataformas masivas no habrá democracia.

La falta mediática independiente priva a la sociedad de instrumentos para la democracia, la vigilancia y la fiscalización de la gestión pública; el cuestionamiento y la denuncia sobre el autoritarismo y el abuso de poder. Restringe la pluralidad de voces.

Springer Nature Link: “Desempeñan un papel indispensable en las sociedades democráticas: Informar al público, exigir responsabilidades al poder y proporcionar un foro para el debate público. El sistema de medios debe ser independiente, fiable, accesible y rendir cuentas de forma transparente al público” (Informe de uso Counter 2026).

3.-Sin publicidad habrá menos empleos directos e indirectos.

Como la publicidad actúa como el impulsor económico primario de la mayoría mediática, su extinción acarrea una merma notable de estos y de empleos en la comunicación y el marketing. Los ingresos publicitarios viabilizan la gratuidad de sus servicios.

Alec Benn: “La publicidad es parte esencial del sistema comercial. Le muestra a la gente cómo la vida puede ser mejor y fija metas y normas. Hace que la gente necesite más dinero y que se esfuerce más por conseguirlo” (Los 27 Errores más Comunes en Publicidad).

4.- Sin publicidad estatal habrá menos información y conocimientos sobre los servicios públicos.

La estatal posibilita la interacción entre el gobierno y la sociedad: informa sobre salud, educación, derechos y obligaciones ciudadanas, la transparencia y orienta y educa en torno a normas de convivencia y prevención de riesgos; a emergencias y gestión de crisis (terremotos, ciclones, disturbios sociales, etc.), y aminora malentendidos, incertidumbres, conflictos y tensiones sociales.

Otto Kleppr’s: “Está diseñada para convencer a una persona de que compre un producto, para apoyar una causa o incluso para alentar menor consumo (desmercadotecnia); puede usarse para elegir a un candidato, reunir fondos de caridad o para anunciar las posiciones del sindicato o de la administración durante una huelga” (Texto: Publicidad).

5.- Sin publicidad habrá menos comprensión y menos persuasión para la estabilidad social.

La gubernamental amplifica mensajes para generar confianza y proporcionar la comprensión ciudadana sobre los planes de desarrollo para el cambio social. Concientiza sobre deberes y derechos, así como los programas sociales.

Alfonso Durán: “El proceso publicitario, visto desde la teoría de la disonancia cognoscitiva, trata de transformar no compradores en compradores. En vez de estados de consonancia de una persona (equilibrio, orden, congruencia y consistencia interna), la mayoría de las decisiones provocan disonancia (desorden, incongruencia, etc.)” (Psicología de la Publicidad y de la Venta).

6.- Sin amplia o mediana difusión, la inversión en publicidad será un botarate.

La inversión monetaria con un texto comercial sin investigación, target o nicho específico de mercado, mensaje sin calidad ni impacto, con escaso reconocimiento de marca y bajísima difusión, eleva la factibilidad de que genere una venta pírrica. Por esas causales, será una fuga de capital o un desperdicio financiero.

Biblioteca de Manuales Prácticos de Marketing: “La publicidad no es un gasto, sino una inversión necesaria y su función eficaz: lograr el más alto rendimiento y potenciar la rentabilidad de la inversión” (Cómo Evaluar su Publicidad).

7.- Sin publicidad habrá menos consumo y menos dinámica económica.

No sólo concibe y engendra necesidades, sino que incentiva el acto de adquisición de bienes y servicios a gran escala, con lo cual acelera el crecimiento económico.

Oscar Malfitano Cayuela y otros: “Es el ser humano en su rol de cliente, sujeto del deseo, al que se intenta comprender y complacer. Cuando se conocen sus percepciones, inteligencias múltiples, modelos mentales y representacionales, es decir sus formas de pensar y actuar, es posible satisfacer mejor, en forma permanente y sostenible, esa relación de intercambio de valores” (Obra Neuromarketing. Celebrando negocios y servicios).

8.-Sin publicidad, los bienes y servicios tendrán menos transacciones.

Facilita que los usuarios perciban y sepan de la existencia de bienes y servicios, y contribuyan con el incremento de las ventas de esos productos y la libre competencia. Funciona como el componente central en la comercialización masiva, para el consiguiente aumento de la demanda y la producción.

Luciano M. Metzinger: “La publicidad procura vender, vender siempre más… se convierte en una formidable empresa para transformar los patrones de consumo a nivel mundial y crear un nuevo estilo de vida” (Libro Publicidad: La otra Cultura).

9.-Sin mensajes cautivadores y conectantes, la publicidad será nula.

Crea, con imágenes y palabras que impacten para la conexión retórica triangular: emoción, logos y credibilidad, narrativas creativas de los productos, a fin de cautivar a las audiencias para cambiar actitudes, recurriendo a sus necesidades, deseos y aspiraciones.

J.A.C. Brown: “Existe en el cerebro un mecanismo capaz de responder a cierto tipo de estímulos de posible importancia para el individuo, y aunque este no se dé cuenta de su naturaleza precisa, su sistema nervioso autónomo puede reaccionar ante ellos como ante una alarma o una amenaza emocional” (Libro Técnicas de Persuasión).

10.- Sin amarres ni castigo, la publicidad será más confiable y efectiva.

Un anuncio sin promesas exageradas ni engañosas, y sin presión ni coerción, es más confiable y efectivo. La autenticidad construye credibilidad y seguridad, potencializa la lealtad y esquiva el castigo de un consumidor contemporáneo cada vez más crítico y valorativo.

Reginald Watts: “El industrial o el comerciante compra publicidad cuando la necesita. Y nada más. Porque hablar del comportamiento del anunciante como si formase parte de nuestro mundo es tan absurdo como si los médicos organizasen congresos para decir cómo, cuándo y dónde deben enfermar los pacientes” (Libro La Nueva Publicidad).

El sector de la comunicación ha sido un catalizador de oportunidades de trabajo y del desarrollo de la economía nacional, con efecto multiplicador. ¿Perjudica o no a la democracia y a la paz social que se complazca a acróbatas y manipuladores que presionan para que se haga añicos a la publicidad, como la informativa y educativa, que aporte un valor útil, en audiencias reales?

El autor: Periodista, mercadólogo, catedrático, escritor y gremialista.


Diario Azua / 2 de mayo 2026

Por Mildred Sena Vittini

Los eventos climáticos recientes en la República Dominicana no solo han sido intensos. Han sido reiterativos. Y lo más relevante no es su magnitud, sino su patrón: ocurren en distintos puntos del territorio, afectan ciudades grandes, medianas y pequeñas, y exponen una misma debilidad.

No es un problema local. Es un problema sistémico.

La evidencia es clara. Independientemente del tamaño de la ciudad o de su ubicación, los impactos tienden a repetirse: inundaciones urbanas, interrupción de servicios, afectación a comunidades vulnerables y respuestas centradas en la emergencia. Cambian los lugares. No cambia la lógica.

Esto no es casualidad.

Es el resultado de una forma de gestionar el riesgo climático que sigue anclada en la reacción, en lugar de la anticipación.

El cambio climático ha modificado profundamente el contexto en el que operan los territorios.

Sin embargo, la planificación y la toma de decisiones continúan basándose, en gran medida, en condiciones históricas. Se asume estabilidad donde ya hay incertidumbre. Se proyecta continuidad donde ya hay transformaciones.

Ese desfase tiene consecuencias.

Desde la perspectiva técnica, el problema no radica únicamente en la exposición climática, que en el caso dominicano es elevada, sino en la limitada capacidad de adaptación para gestionar riesgos de manera anticipada. Esto se traduce en decisiones que no incorporan escenarios futuros, en planes que no se implementan o no se actualizan, y en una débil articulación entre niveles de gobierno.

El resultado es un sistema que responde, pero no previene.

Este patrón plantea una implicación directa: si los impactos se repiten en distintos territorios y bajo condiciones similares, entonces el problema no está en el evento, sino en la forma en que se está gestionando el riesgo.

Y si el problema es estructural, la respuesta no puede seguir siendo reactiva.

Mejorar la capacidad de respuesta es necesario, pero no suficiente. Mientras las decisiones continúen tomándose después del evento, el riesgo permanecerá intacto. La reducción real del riesgo exige intervenir antes de que este se materialice.

Es en este punto donde la anticipación deja de ser una opción y se convierte en una condición para la gestión efectiva del cambio climático.

Aquí es donde la prospectiva adquiere sentido como herramienta de política pública. No se trata de predecir el futuro, sino de incorporar escenarios posibles para gestionar la incertidumbre en la toma de decisiones, permitiendo actuar hoy frente a riesgos que ya son conocidos.

Organismos como el Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC por sus siglas en inglés) han señalado de manera consistente que los riesgos climáticos futuros estarán marcados por la acumulación de impactos y por la interacción entre múltiples factores. Esto implica que los eventos no solo serán más frecuentes, sino también más complejos.

En ese contexto, anticipar no es solo una capacidad técnica, sino también institucional y política.

Sin esa capacidad, la información sobre el futuro existe, pero no logra traducirse en decisiones con capacidad de incidir.

La anticipación, por sí sola, no transforma la realidad. Su valor depende de que exista un sistema institucional capaz de utilizar esa información para orientar decisiones, coordinar actores y actuar antes de que los riesgos se materialicen.

La anticipación permite reducir pérdidas, optimizar recursos y fortalecer la capacidad de los territorios para enfrentar lo que viene. Porque lo que viene no es incierto en su totalidad. Sabemos que habrá más eventos, mayor variabilidad y mayores presiones sobre los sistemas urbanos y naturales.

Lo que sí está en juego es la forma en que decidimos enfrentarlo.

Seguir reaccionando implica aceptar la repetición del daño. Anticipar implica intervenir sobre sus causas.

En un contexto de cambio climático, la diferencia entre ambos no es técnica. Es política.

Y hoy, más que nunca, gobernar bien ya no significa responder rápido. Significa decidir a tiempo.