domingo, 8 de marzo de 2026
sábado, 7 de marzo de 2026
Testigo del Tiempo
martes, 3 de marzo de 2026
Diario Azua / 3 de marzo 2026
La creciente tensión entre Irán, Israel y Estados Unidos no es un conflicto lejano que solo deba preocupar a las grandes potencias. Cuando el tablero geopolítico se mueve en una región estratégica para la producción y el tránsito de petróleo, las ondas expansivas llegan hasta economías pequeñas y abiertas como la nuestra.
La República Dominicana depende en gran medida de la importación de combustibles. Si el conflicto escala y se interrumpen suministros o se disparan los precios internacionales del crudo, el impacto sería casi inmediato: subiría el costo del transporte, de la energía eléctrica y, en consecuencia, de los alimentos y servicios básicos. Es una cadena que termina golpeando directamente el bolsillo de las familias dominicanas y reduciendo su poder adquisitivo.
No se trata de alarmismo, sino de realismo económico. En un contexto global inestable, los mercados reaccionan con rapidez, muchas veces incluso antes de que se materialicen los peores escenarios. Un alza sostenida del petróleo podría traducirse en más inflación y mayor presión sobre el gasto público —por los subsidios a los combustibles y la electricidad— afectando la estabilidad económica.
Por eso, más que reaccionar, el Gobierno debe anticiparse. La prevención es siempre menos costosa que la improvisación. Resulta prudente fortalecer o crear reservas estratégicas de combustibles que permitan amortiguar aumentos bruscos por algunos meses. También es necesario revisar prioridades presupuestarias, reducir gastos no esenciales y enfocar los recursos en proteger la estabilidad interna.
En momentos de posible crisis global, el manejo responsable de las finanzas públicas no es una opción ideológica, sino una necesidad práctica. Mantener disciplina fiscal y promover el ahorro energético son decisiones que pueden marcar la diferencia entre una crisis manejable y un descontrol económico.
El verdadero riesgo no es solo lo que ocurra en Medio Oriente, sino lo que deje de hacer el Gobierno aquí. Si se espera a que los precios se disparen para entonces buscar soluciones, el costo social será mayor. Pero si se actúa con previsión, planificación y sentido de prioridad, se podrá atravesar la crisis con menos daño.
Las crisis internacionales no se pueden controlar desde la República Dominicana, pero sí se puede fortalecer la capacidad de respuesta interna. Gobernar, en tiempos de incertidumbre, significa prepararse hoy para protegernos mañana.
domingo, 1 de marzo de 2026
viernes, 27 de febrero de 2026
Diario Azua / 26 febrero 2026.-
“La lucha misma hacia las cumbres basta para llenar un corazón. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”, Camus, 1955/1942, p. 78.
Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre la depresión, un fenómeno que no se agota en un diagnóstico clínico ni se limita a la simple suma de neurotransmisores. De hecho, se alza como un problema filosófico que fuerza a repensar la relación intrínseca entre sentido, libertad e identidad. Cuando la vida parece vaciarse de contenido, es decir, cuando el mundo circundante muestra su silencio ante nuestras demandas de coherencia, surge la pregunta por el sentido que ha atravesado toda la reflexión existencialista.
El pensador Albert Camus interrogó frontalmente la condición humana frente al absurdo, señalando que la conciencia de ese choque brutal entre nuestra sed innata de significado y la indiferencia cósmica no debe conducir, sin más, a la rendición. Desde su perspectiva en “El mito de Sísifo”, el absurdo es la consecuencia de un encuentro: “el absurdo nace de esta confrontación entre la llamada humana y el silencio irracional del mundo” (Camus, 1955/1942, p. 30). Si optamos por entender la depresión como una respuesta radical a la experiencia de lo absurdo, encontramos en ella, paradójicamente, una lucidez cargada de dolor, que es el reconocimiento íntimo que los marcos habituales de sentido han colapsado.
Aquella dolorosa lucidez abre, sin embargo, caminos interpretativos notoriamente divergentes. Desde la perspectiva sarteana, la libertad humana se entiende como absoluta y radical, y la consecuente angustia no es otra cosa que la revelación de la nada que subyace a toda elección. Por consiguiente, la depresión podría interpretarse como una forma externa de esa angustia, manifestándose cuando la posibilidad de acción se torna insoportable y la libertad misma se experimenta como una carga sin horizonte. Jean-Paul Sartre sostuvo categóricamente que “el hombre está condenado a ser libre” (Sartre, 2018/1943, p. 627), y que la depresión expone el coste concreto de esta condena: la parálisis de la decisión y la imposibilidad de proyectarse hacia futuros que antes insuflaban motivo a la acción.
Frente a este abismo, Camus propuso una reacción que eludía los consuelos metafísicos y apelaba, en cambio, a la revuelta: afirmar la propia conciencia del absurdo sin por ello renunciar a la vida. De este modo, la tensión entre reconocer la falta de sentido y aún así elegir la permanencia en el mundo constituye uno de los dilemas más punzantes que la depresión impone a la filosofía.
Por su parte, Søren Kierkegaard nos brinda un aporte a esta discusión, sobre todo en los matices cruciales sobre la autenticidad y la desesperanza. Para el danés, la desesperación no es una simple patología, sino una modalidad intrínseca de la relación del yo consigo mismo, a la que definió como “la enfermedad mortal” (Kierkegaard, 2019/1849, p. 12). En su descripción de “La enfermedad mortal”, la desesperación nace de la incapacidad del sujeto de sintetizar las dimensiones constitutivas del yo -lo finito y lo infinito, lo temporal y lo eterno-. Por lo tanto, conlleva una lectura moral y existencial profunda, revelando incoherencias en el modo en que se vive. Vista así, la depresión podría leerse no sólo como un fallo biológico, sino también como una advertencia radical sobre la falta de autenticidad, un llamado perentorio a revisar las propias premisas vitales. No obstante, reducir la desesperación a una mera oportunidad de autenticidad es correr el riesgo de culpabilizar al sujeto que la padece, puesto que la vivencia de vacío es simultáneamente diagnóstico existencial y sufrimiento que desborda cualquier exigencia de realización. Dicha reducción es tan patética e inútil como cuando a un depresivo alguien le dice: “no estés triste” o “échale ganas”.
Este doble filo nos conduce inevitablemente al interrogante sobre el sufrimiento como vía de conocimiento. Existen tradiciones filosóficas que han considerado el padecimiento como una escuela donde se revelan rasgos fundamentales de la condición humana. El abatimiento extremo puede, en ocasiones, destapar verdades incómodas sobre la fragilidad del proyecto, la contingencia de los deseos y la finitud ineludible que subyace a toda esperanza. Empero, afirmar que el sufrimiento depresivo confiere una verdad profunda exige suma cautela. En este punto, es crucial entender que no todo dolor es una epifanía, ya que la agonía puede deformar la percepción, introducir sesgos cognitivos incapacitantes y cerrar todo horizonte de sentido. Por consiguiente, la pregunta filosófica pertinente no es si el sufrimiento ilumina siempre, sino cómo podemos dialogar con él sin caer en la tentación de romantizarlo o de instrumentalizarlo como un acceso privilegiado a la sabiduría.
También la cuestión de la libertad frente a la depresión demanda una respuesta compleja que reconozca las causas biológicas sin neutralizar, por ello, la responsabilidad existencial. Las evidencias científicas sobre predisposiciones genéticas o desequilibrios neuroquímicos no anulan que la experiencia del yo deprimido siga siendo, en su esencia, una situación moral y existencial.
Si bien es cierto que la libertad, entendida como posibilidad de respuesta, se ve gravemente debilitada por condiciones que limitan la capacidad de acción, esta libertad persiste en la medida en que el sujeto logra, con el apoyo adecuado, reconectar con proyecciones significativas.
Existe, además, una lectura crítica que vincula la depresión con formas de resistencia pasiva en el marco social. En sociedades que demandan productividad constante, el colapso anímico puede funcionar como un silencio revelador frente a las exigencias claramente deshumanizadoras. Al respecto, Byung-Chul Han señaló en su obra “La sociedad del cansancio”, cómo la lógica neoliberal produce sujetos agotados, híper-expuestos y auto-explotados. Desde esta óptica, la depresión puede interpretarse como un síntoma social y político más que como un fallo individual, si bien esta interpretación no debe jamás sustituir la atención clínica necesaria con los profesionales pertinentes.
A esta crítica social, se suma la desazón intrínseca a la experiencia de la posmodernidad líquida. El sociólogo ZygmuntBauman, al reflexionar sobre esta nueva configuración, identificó la paradoja de una vida definida por la ausencia de anclajes sólidos: proyectos, vínculos e incluso identidades se vuelven provisorios, flexibles hasta el punto de la fragilidad. En este mundo de opciones ilimitadas, la elección constante se convierte en una condena, pues, como argumenta el autor polaco, “ser moderno significa estar condenado a una elección incesante, a cambiar constantemente, a revisar sin cesar las decisiones tomadas y a estar siempre dispuesto a descartarlas y a tomar otras en su lugar” (Bauman, 2013, p. 88).
Esta saturación de posibilidades conduce a la fatiga de la voluntad donde la satisfacción siempre es fugaz. Por su parte, Gilles Lipovetsky profundizó en esta saturación al describir la era del vacío, donde la hipertrofia del individualismo y el hedonismo conducen a una profunda insatisfacción existencial. El sujeto posmoderno, aunque inmerso en la abundancia material, se siente desarraigado, puesto que “absorto en su culto al bienestar y en la obsesión por sí mismo, se encuentra más sólo y desorientado que nunca” (Lipovetsky, 2008, p. 110). Por lo tanto, el vacío depresivo no es sólo la pérdida de un sentido personal, sino el eco amplificado de una cultura que promete la felicidad a través del consumo y la auto-realización perpetua, pero sólo entrega desazón.
También, el yo en la depresión se fragmenta. La autopercepción moderna se resquebraja y se hacen patentes capas de identidad que la rutina social mantenía ocultas. La drástica disminución de interés, la sensación de extranjería hacia uno mismo y la pérdida de un proyecto vital con sentido son elementos que modifican la conciencia de sí y pueden, paradójicamente, permitir un tipo peculiar de autoconocimiento. Al respeto, Martin Heidegger, en su obra “Ser y tiempo”, habló del “Dasein” (el “ser-ahí”, o sea, nosotros, como seres-en-el-tiempo) como una proyección fundamental hacia el futuro, sosteniendo que perder esa proyección afecta la apertura misma al mundo (Heidegger, 2003/1927). Cuando el proyecto futuro se desvanece, la temporalidad ser contrae y la existencia se centra en un presente paralizante e incapacitante. Desde otro ángulo, la máscara del yo social se ve desenmascarada, de tal forma que lo que emerge en el “yo depresivo” podría ser la revelación de la artimaña de identidades construidas exclusivamente para cumplir roles externos, dejando al descubierto un núcleo doliente que demanda reconocimiento y cuidado.
Paralelamente, la dimensión ética y social impone responsabilidades claras a la colectividad. juzgar moralmente a quien yace en la desesperanza resulta éticamente injusto, por lo que la valoración moral debe distinguir con precisión entre la exigencia de responsabilizar al sujeto y la compasión necesaria que reconoce limitaciones profundas. además, la depresión reclama una respuesta de justicia social ineludible. Si la estructura social vigente produce condiciones que favorecen el sufrimiento psíquico, la ética colectiva debería demandar transformaciones estructurales. En este sentido, Michel Foucault mostró en su “Historia de la locura en la época clásica” cómo las prácticas sociales y los saberes institucionales configuran las posibilidades de subjetivación: así, la patología mental no es únicamente una cuestión médica, sino también política (Foucault, 2012/1961). El deber ante el sufrimiento del otro, en consecuencia, no consiste sólo en consolar, sino en transformar: reclamar por instituciones, redes de apoyo y modos de vida que mitiguen las causas estructurales del padecimiento.
Otro vínculo que no podemos dejar pasar en esta reflexión es la conexión entre depresión y nihilismo. Si el nihilismo es la vivencia del derrumbe de los valores trascendentes, la depresión puede ser una encarnación palpable de esa vivencia. Sin embargo, Friedrich Nietzsche propuso una respuesta activista: la transvaloración, la creatividad que convierte el sufrimiento en una fuerza propulsora. Su llamado, lejos de trivializar el dolor, invita a imaginar posibilidades de sí que logren transformar ese dolor en un motor vital. Por eso, el arte y la filosofía ofrecen rutas de redención parcial, no como remedios mágicos, tampoco como sustitutos de los tratamientos médicos, sino como prácticas capaces de re-encuadrar la experiencia, alimentar la imaginación y abrir horizontes de sentido nuevos. Ciertamente, no todo en la depresión puede sublimarse, pero la creación simbólica persiste como una de las estrategias más poderosas que permiten resistir la noche del ánimo.
En conclusión, queridos lectores, hemos querido demostrar que la depresión convoca a una filosofía que no se conforma con clasificaciones meramente técnicas sino que exija una reflexión profunda que articule el sentido, la libertad, la identidad, la ética y el lenguaje en su intrincada complejidad. Ante la tiranía del rendimiento y la crisis de sentido de nuestro tiempo, ¿estamos dispuestos realmente a repensar las formas sociales que producen este sufrimiento anímico y a crear prácticas de escucha que restituyan un nombre y una compañía a quienes se ven obligados a callar?
Más allá de la clínica, que es fundamental, ¿cómo podemos sostener la tensión irresoluble entre reconocer las causas biológicas innegables y, al mismo tiempo, asumir las responsabilidades éticas y políticas sin caer en la culpa individualizadora ni en la despolitización facilitas del dolor ajeno? Y, por último, ante el silencio opresivo que la depresión impone en la vida de un ser humano, ¿qué modos de palabra, qué gestos artísticos y qué acciones colectivas pueden, de verdad, abrir una rendija hacia nuevos y urgentes porvenires existenciales? Que estas preguntas resuenen y persistan es la condición mínima para no dejar a la deriva a quienes atraviesan, en la más absoluta soledad, la noche profunda del alma.
Referencias
Bauman, Z. (2013). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
Camus, A. (1955). El mito de Sísifo (J. O’Brien, Trad.). Gallimard/Hamish Hamilton. (Obra original publicada en 1942).
Foucault, M. (2012). Historia de la locura en la época clásica. Siglo XXI. (Obra original publicada en 1961).
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo. Trotta. (Obra original publicada en 1927).
Kierkegaard, S. (2019). La enfermedad mortal. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1849).
Lipovetsky, G. (2008). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Anagrama.
Sartre, J.-P. (2018). El ser y la nada: Ensayo de ontología fenomenológica. Losada. (Obra original publicada en 1943).
Wittgenstein, L. (2009). Tractatuslogico-philosophicus. Routledge. (Obra original publicada en 1921)
martes, 24 de febrero de 2026
Diario Azua / 24 de febrero 2026
Por Abril Peña
Ver a Perú cambiar de presidente una y otra vez ya no sorprende; indigna. A febrero de 2026, el país ha sellado un récord sombrío: ocho mandatarios en apenas una década. La asunción de José María Balcázar el pasado 18 de febrero es solo el último capítulo de una presidencia que se ha convertido en un cargo de corta duración.
¿Por qué ocurre esto?
La respuesta no está en un solo gobernante. La inestabilidad política peruana es el resultado de un diseño institucional que permite elegir autoridades, pero dificulta que ejerzan el poder.
La “incapacidad moral”: El gatillo fácil del Congreso
El punto central de la crisis está en la Constitución. El Congreso puede destituir al presidente por “incapacidad moral permanente”. El problema es que el término es subjetivo: no exige una condena judicial ni un delito comprobado. Basta con que el Parlamento reúna 87 de los 130 votos.
En la práctica, este mecanismo se ha convertido en un instrumento de revancha. El caso de Balcázar es emblemático: llega al poder tras la censura de José Jerí, pero ya enfrenta pedidos de vacancia por sus escandalosas declaraciones defendiendo las relaciones sexuales en menores de 14 años.
En Perú, un presidente sin mayoría parlamentaria gobierna con una soga al cuello.
Fragmentación y "vientres de alquiler"
Otro factor clave es la ausencia de partidos sólidos. En Perú, los movimientos funcionan como franquicias electorales que desaparecen tras los comicios. Sin estructuras fuertes, los mandatarios llegan al poder con bancadas minúsculas, obligándolos a negociar cada ley con legisladores que suelen responder a intereses particulares o sectores informales. Cuando las negociaciones fracasan, la salida más frecuente no es el consenso, sino la destitución.
Corrupción y el "piloto automático" económico
La crisis se profundizó con el caso Lava Jato, dejando una ciudadanía que desconfía de todo aquel que porte la banda presidencial. Paradójicamente, Perú no ha sufrido un derrumbe económico proporcional a su caos político. La independencia del Banco Central de Reserva permite que el sistema político cambie presidentes con frecuencia sin provocar una crisis monetaria inmediata. Esto, trágicamente, reduce los incentivos de la clase política para reformar el modelo.
Una democracia para votar, pero no para gobernar
El caso peruano demuestra que la democracia requiere gobernabilidad, no solo urnas. Con las elecciones generales del 12 de abril de 2026 a la vuelta de la esquina, el país se encamina a otro proceso fragmentado.
La crisis no depende del nombre de turno. El problema es estructural: un sistema que facilita elegir autoridades, pero imposibilita que permanezcan. Perú enfrenta hoy el mayor de sus retos: dejar de ser una democracia que solo sirve para votar y empezar a ser una que sirva para gobernar.
jueves, 19 de febrero de 2026
Diario Azua / 19 febrero 2026.-
Vivimos en la era de las microcelebridades. En este tiempo, la atención se fragmenta, la reputación se mide en seguidores y la visibilidad suele confundirse con valor. Eso ocurre porque la lógica digital premia lo inmediato, lo escandaloso, lo viral.
Por fortuna, mientras eso pasa y el ruido ocupa titulares -por fortuna- efímeros, existen trayectorias silenciosas que sostienen la arquitectura moral de la sociedad.
Una muestra de ello acaba de ocurrir en el “Premio a la trayectoria” otorgado por el Consejo Superior del Ministerio Público de la República Dominicana. Cuando mucha gente tiene como norte convertirse en microcelebridad, resulta profundamente significativo que una institución cuya misión es “garantizar el Estado de Derecho y el acceso a la justicia mediante la persecución penal efectiva y oportuna”, con el foco puesto en “la armonía social y la seguridad ciudadana”, decida reconocer el mérito auténtico.
Es extraordinariamente positivo que se haya dejado de lado lo espectacular, que la esencia sea el mérito construido a pulso, bajo condiciones precarias, en jornadas extendidas y en momentos de alta tensión.
Con este premio, el Ministerio Público exalta a fiscales cuya trayectoria deja muy “fea para la foto y mal puesta para el video” a la superficialidad que tanto abunda. No se trata de figuras mediáticas. Se trata de servidores públicos que han hecho del rigor, la objetividad y la honestidad su marca personal.
Cada persona reconocida merece muchas cuartillas para dar a conocer su obra. Pero -como ahora no se suele leer mucho- con citar una muestra tenemos bastante y hasta para donar. La magistrada Gisela Cueto, con 52 años en la función pública, es dueña de una historia que combina la idea de servicio con vocación y disciplina.
Esa dama inició como secretaria, luego abrazó el magisterio y ascendió hasta ocupar posiciones estratégicas en extradición y delitos electorales. Ella habló en representación del grupo homenajeado. Su discurso fue una radiografía del oficio: estrés permanente, sacrificios familiares, riesgos personales. Pero también integridad inquebrantable. “Nadie pudo retorcer mi brazo”, afirmó. En una época donde tantas voluntades se negocian, esa frase resume su peso moral.
Su estela no es un caso aislado. Cada una de las diez trayectorias reconocidas evidencian que el mérito verdadero no surge del atajo, sino de la constancia. Son biografías que encarnan lo que Karl Popper llamaría el deber del optimismo: creer que el futuro está abierto y que nuestras acciones pueden mejorarlo.
El homenaje celebrado en el Teatro Nacional no fue un acto protocolar más. Allí se lanzó el Himno del Ministerio Público y se rindió tributo a fiscales fallecidos. Memoria e identidad institucional se entrelazaron. En tiempos líquidos —como advertía Bauman— recordar es un acto de resistencia. Honrar a quienes sirvieron es reafirmar que la institucionalidad tiene rostro y tiene historia.
La labor de Rita Durán Imbert en la lucha contra la violencia de género, Somnia Vargas en defensa del medio ambiente, o Jesús María Fernández Vélez en la protección de niños, niñas y adolescentes, demuestra que su función no es abstracta. Tiene impacto social concreto. Construye cohesión. Defiende dignidad. En términos de Amartya Sen, amplía capacidades reales para vivir sin miedo.
En la era de las microcelebridades, estos reconocimientos cumplen una función pedagógica, una enseñanza para toda la sociedad. Nos recuerdan que el verdadero prestigio no nace de la exposición, sino de la coherencia. Que la reputación sólida se construye en silencio. Que el servicio público, cuando se ejerce con pasión, independencia y profesionalismo, es una forma elevada de ciudadanía.
Celebrar el mérito en el Ministerio Público no es un gesto simbólico menor. Es afirmar que todavía creemos en el Estado de Derecho como proyecto colectivo. Es apostar —como sugería Popper— por un optimismo activo, no ingenuo. Y sobre todo es reconocer que el futuro depende de personas capaces de resistir presiones y actuar con rectitud.
En tiempos donde lo efímero compite con lo esencial, exaltar trayectorias como las de estos fiscales es un acto de civilización. Porque mientras el ruido pasa, la integridad permanece.









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