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domingo, 4 de enero de 2026

Por Alfredo Cruz Polanco (alfredocruzpolanco@gmail.com)
Diario Azua / 4 enero 2026.-

En la madrugada de este sábado 3 de enero del año que recién se inicia, los Estados Unidos de Norteamérica, como regalo de año nuevo, cumpliendo con los planes anexionistas y hegemónicos del Presidente Donald Trump, invadió con ataques de misiles a distintos puntos estratégicos de la República Bolivariana de Venezuela, secuestrando al presidente de ese país, Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores trasladándolos a un lugar de Estados Umidos, hasta ahora desconocido.

El argumento y el pretexto que se ha puesto a circular, es que ha sido con la finalidad de perseguir y enfrentar los grandes cargamentos de drogas que entran y salen desde Venezuela hacia los Estados Unidos, a los que supuestanente ha estado involucrado el Presidente Maduro.

Pero muy pocas personas lo creen, pues no hay que ser un genio ni un experto en geopolítica para comprender que esta no es la realidad que se ha querido presentar, pues lo que está en juego son las grandes riquezas y los recursos naturales que posee este país, como son sus reservas petroleras, de las más grandes del mundo; el oro, el hierro y las llamadas tierras raras, ricas en minerales muy apreciados para la fabricación de artefactos de altas tecnologías.

Esta invasión a Venezuela, además de violar su soberanía, los tratados internacionales de no intervención a ningún otro país, así como al principio de la autodeterminacion de los pueblos, traerá graves consecuencias políticas y diplomáticas para los países del área del Caribe Insular, para los Estados Unidos y para el propio Presidente Donald Trump, pues ya no existe un mundo unipolar, dominado por una sola potencia, ya existen varias, con grandes intereses encontrados.

Podemos tener grandes diferencias políticas e ideológicas con el gobierno de Nicolás Maduro, por los errores cometidos, pero solo ese país tiene la libertad, el libre albedrío, el derecho a su autodeterminación, de luchar por sus reivindicaciones económicas, políticas y sociales.

Ningún país del mundo, por más poderoso que sea, tiene derecho a violar su soberanía y su constitución; de abusar e invadir a otros más débiles, pura y simplemente por intereses económicos y hegemónicos.

Los Estados Unidos de Norteamérica ni su Presidente Donald Trump, tienen derechos para convertirse en jefes absolutos del mundo, para tratar de intervenir e imponer a gobiernos títeres que responden a sus intereses económicos y políticos.

El gobierno dominicano, encabezado por el Presidente Luis Abinader Corona, es también corresponsable de este adefesio, de este crimen de Estado, de la violación a la soberanía de un país hermano, por ceder nuestros principales aeropuertos, como el Internacional de Las Américas, Dr. José Francisco Peña Gómez y el de la Base Aérea de San Isidro, para que los Estados Unidos realicen operaciones militares desde nuestro territorio, con el objetivo de presionar políticamente, amenazar e invadir a países hermanos, como a la República Bolivariana de Venezuela, no para perseguir los cargamentos de drogas, como se ha querido presentar.

Nuestro país jamás debe aplaudir, ni mucho menos contribuir a la invasión y al derrocamiento de gobiernos de países hermanos, porque desgraciadamente ha sufrido en carne propia dos infaustas invasiones en el siglo pasado por los propios Estados Unidos. La primera, en el año 1916 hasta 1924, en cuyo periodo todas nuestras aduanas fueron intervenidas, con el único propósito de cobrarse la deuda externa de nuestro país con ese imperio.

La segunda ocurrió en abril del año 1965, con el objetivo de aplastar el levantamiento cívico militar que surgió con el propósito de reponer el gobierno legítimo y constitucional del presidente Juan Bosch Gaviño, el cual fue derrocado por un golpe de Estado el 25 de septiembre de 1963, auspiciado por la cúpula militar y eclesiástica de la Iglesia católica de la época, por la oligarquía empresarial y por la propia embajada norteamericana.

Los Estados Unidos siempre han propiciado y apoyado gobiernos de férreas dictaduras en distintos países de América y el Caribe, para apoderarse de sus riquezas y sus recursos naturales más valiosos, a través de sus empresas multinacionales.

Condenamos enérgicamente la invasión armada de los Estados Unidos a la República Bolivariana de Venezuela, por considerarlo como una vulgar ingerencia y una violación al derecho a la libre autodeterminación de los pueblos.

El autor es Contador Público Autorizado y Máster en Relaciones Internacionales.

Ex diputado al Congreso Nacional
Ex Miembro de la Cámara de Cuentas de la República 2010-2016


Por Rafael Robles
Diario Azua / 4 enero 2026.-

Hay riquezas que permanecen ocultas no por su profundidad geológica, sino por la incapacidad de una sociedad para reconocer su propio destino. Bajo el suelo dominicano ese mismo suelo que pisamos con la distracción de quien ignora el tesoro sobre el que camina yacen 40 millones de onzas de oro, 240 millones de onzas de plata y millones de toneladas de cobre y zinc. No son cifras abstractas: son la posibilidad tangible de reescribir la narrativa económica de una nación que ha dependido demasiado tiempo del turismo estacional y las remesas de quienes tuvieron que partir.

La pregunta que debería mantener despiertos a nuestros estrategas nacionales no es si debemos explotar estos recursos, sino cómo convertir esta bendición geológica en un proyecto de nación que trascienda los ciclos políticos y las urgencias electorales. Porque la minería responsable no es un oxímoron: es una decisión de madurez civilizatoria.

La geografía como promesa

Pueblo Viejo, Romero y Candelones no son solo nombres en un mapa minero: son los tres pilares sobre los cuales República Dominicana podría construir una economía diversificada, resiliente y soberana. La Formación Tireo, esa bendición geológica que atraviesa nuestro territorio, contiene un potencial que otras naciones con menor dotación natural han sabido transformar en décadas de progreso sostenido.

El caso de Pueblo Viejo es instructivo. Más allá de ser uno de los depósitos de oro más grandes del mundo, representa algo más profundo: la prueba de que es posible extraer riqueza del subsuelo sin hipotecar el futuro ambiental. Su planta de tratamiento de efluentes no solo gestiona los residuos de la operación actual; está remediando activamente el drenaje ácido que contaminó durante décadas como herencia de una minería primitiva y depredadora. Es decir, la tecnología moderna no solo extrae: también repara.

El paradigma que viene

Pero es en Romero y Candelones, ambos proyectos ubicados en la prospectiva formación Tireo, donde se perfila el verdadero salto cualitativo. Romero representa el potencial geológico más amplio de la región, una extensión natural del corredor minero que podría multiplicar exponencialmente los beneficios económicos y sociales que el país necesita. Su desarrollo estratégico, junto al de Candelones, configura una nueva frontera minera diseñada desde su concepción con criterios de sostenibilidad.

Candelones, el más avanzado de estos proyectos, propone un modelo de lixiviación en pilas diseñado para operar sin las polémicas presas de relaves que representa una evolución tecnológica que minimiza drásticamente la huella ecológica de largo plazo. No estamos ante la repetición de errores del pasado; estamos frente a un modelo que aprende de la historia para no reproducir sus tragedias.

El marco fiscal propuesto es igualmente revelador: un 5 % de regalías directas al Estado sobre el valor de todos los metales producidos, más un 5 % adicional destinado a las comunidades. Esta arquitectura financiera no es una concesión generosa de las empresas; es el reconocimiento de que los recursos del subsuelo pertenecen a la nación y que su explotación debe generar beneficios compartidos, transparentes y verificables.

La falsa dicotomía

Existe una narrativa superficial que presenta la minería como una elección trágica entre desarrollo económico y preservación ambiental. Esa dicotomía es falsa y peligrosa. Rechazar proyectos mineros modernos, regulados y tecnológicamente avanzados no es un acto de conciencia ecológica: es renunciar voluntariamente a ingresos fiscales que podrían financiar educación, salud pública e infraestructura crítica.

Más grave aún: oponerse a la minería regulada mientras permitimos que pasivos ambientales históricos permanezcan sin remediar es una forma de hipocresía ecológica. Pueblo Viejo está limpiando la contaminación que dejaron operaciones del pasado. ¿No es irónico que quienes más vociferan contra la minería moderna ignoren que es precisamente esa minería la que está solucionando problemas heredados?

El costo de la inacción

Los ingresos por regalías e impuestos de una industria minera bien gestionada podrían transformar radicalmente nuestra capacidad de inversión pública. Hablamos de recursos que financiarían la modernización del sistema educativo, hospitales equipados con tecnología de punta y programas de investigación científica que nos permitan dejar de importar todo el conocimiento técnico.

Y sin embargo, la conversación nacional sigue atrapada en caricaturas ideológicas. Ambas posturas el rechazo absoluto y el desarrollismo ciego son insuficientes para la complejidad del desafío.

La verdadera pregunta no es si la minería es buena o mala en abstracto, sino si somos capaces de diseñar un marco regulatorio lo suficientemente robusto para garantizar que la explotación de nuestros recursos minerales se traduzca en prosperidad compartida y sostenibilidad ambiental verificable.

Bajo nuestros pies yace un futuro posible. Oro, plata y cobre no son solo metales: son la oportunidad histórica de construir una economía que no dependa exclusivamente del sol, las playas y el dinero que envían quienes tuvieron que emigrar. Pueblo Viejo, Romero y Candelones son nombres que deberían resonar en el imaginario nacional no como amenazas ambientales, sino como pilares de un proyecto de nación más ambicioso.

Porque ignorar la riqueza que tenemos bajo los pies no es prudencia ecológica: es miopía estratégica. Y esa, en el largo plazo, es la verdadera forma de empobrecer a una nación.


 

Testigo del tiempo

Por J.C. Malone
Diario Azua / 4 enero 2026.-

Después de capturar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, el presidente Donald Trump anunció que Washington administrará esa nación, su petróleo y múltiples recursos estratégicos.

Aclaró que sería “muy difícil” para María Corina Machado administrar Venezuela porque “no tiene el respeto de los venezolanos”. Fue una “tonta útil”, como “líder del pueblo venezolano”; “ganó” el Premio Nobel de la Paz pidiendo invadir su país; ahora no tiene el “respeto” de los venezolanos.

Siempre ocurre así, los líderes populistas se improvisan, los levantan y crecen con la misma velocidad con la que desaparecen cuando dejan de ser útiles. Creer que Estados Unidos invertirá lo invertido solo para “entregarle” el poder directamente a Machado, es infantil.

Washington se encargará directamente de administrar una nación de 28 millones de habitantes, para eso necesitará dos cosas.

Una mejor distribución de las riquezas para tranquilizar a los venezolanos, y una fuerte presencia militar estadounidense para sofocar cualquier posible levantamiento armado.

Trump mezcló la doctrina de Monroe, “América para los americanos” con la política del Gran Garrote, de Theodore Roosevelt.

Si mantiene las tropas en la República Dominicana, Trump habrá ocupado, sin guerras, dos naciones latinoamericanas en muy pocos meses.

Los líderes cubanos y nicaragúenses deben estar preocupados. Trump advirtió que Gustavo Petro, el presidente colombiano, “debe cuidarse”. Colombia produce petróleo y cocaína. Nada dijo sobre México, un importante productor petrolero, señalado como responsable de introducir cocaína en los Estados Unidos.

Petróleo, el objetivo estratégico

Trump dijo que las petroleras estadounidenses ahora controlarán los hidrocarburos venezolanos para iniciar su extracción y comercialización.

“Estamos en el negocio del petróleo, estaremos vendiendo grandes cantidades de petróleo a muchos países”, dijo Trump; esas ventas serán en dólares. Trump busca salvar el petrodólar y la supremacía económico-militar estadounidense.

Las principales refinerías de petróleo estadounidenses, diseñadas para procesar el petróleo de Venezuela, estaban inactivas; ahora se reactivarán.

La operación fue puntual: el primero de enero, Arabia Saudita empezó a vender petróleo en otras monedas, terminando, de hecho y de derecho, el acuerdo del petrodólar.

En la madrugada del tres de enero Trump toma control del petróleo venezolano.

Es una operación colonialista clásica, pero Trump insistió en que los venezolanos se beneficiarán de sus riquezas, eso sugiere una mejor distribución del ingreso en Venezuela.

Hay una realidad innegable: entre los animales, los más fuertes someten y se alimentan de los más débiles; entre las naciones, es igual. Lo único nuevo del neocolonialismo trumpista sería ofrecerles a los colonizados una mayor participación en la distribución de sus riquezas, eso no es seguro hasta que ocurra.

Trump aseguró que no actuará como otras administraciones, que cambian regímenes, se marchan, y abandonan a esos países en ruinas, como ocurrió en Libia, por ejemplo.

Quedan algunas preguntas, demandando respuestas puntuales:

Con el caso Venezuela “resuelto” ¿participará Trump en una acción israelí contra Irán?

¿Cuánto durará la ocupación estadounidense a Venezuela y la República Dominicana? ¿Qué significa esto para el futuro de Ucrania, Rusia se apresurará a controlarla? ¿China dará el paso de invadir a Taiwan?

¿Realmente se “humanizará” el colonialismo dándole mejor trato a los colonizados?

Sólo el tiempo tiene estas respuestas.

sábado, 3 de enero de 2026

  

Mezclar visitantes no residentes, cruceristas y dominicanos no residentes distorsiona el impacto económico del turismo y puede inflar la lectura del “récord”. Te invito a leerlo y comentarlo. Feliz y saludable 2026 para ti y tu familia.

Por Daniel Toribio
Diario Azua / 3 enero 2026.-

En los últimos años, el Gobierno ha promovido cifras récord de llegada de “visitantes” para resaltar el desempeño del sector turístico. La cifra más reciente apunta a 10.2 millones de personas. El problema es que ese enfoque mezcla categorías distintas como si tuvieran el mismo peso económico. La diferencia entre visitantes y turistas no es técnica ni menor, porque condiciona el diseño de políticas públicas y la lectura real del aporte del sector a la economía.

Según los estándares de la Organización Mundial del Turismo, visitante es toda persona que entra a un país distinto al de su residencia habitual por menos de doce meses y sin intención de residir. Todo el que llega cuenta como visitante, pero no necesariamente como turista. Turista es quien pernocta al menos una noche. Excursionista es quien no lo hace, como ocurre con los cruceristas.

En la República Dominicana existe un tercer grupo que distorsiona la lectura del total: el dominicano no residente que llega por vía aérea. Tratarlo como si su comportamiento económico fuera equivalente al de un turista extranjero crea una equivalencia estadística engañosa. El gasto de quien se hospeda en casa de familiares no es comparable con el de quien paga alojamiento, excursiones y servicios turísticos formales.

Hasta octubre de 2025 llegaron 7,168,070 no residentes. De ellos, 5,976,990 fueron turistas extranjeros y 1,191,080 dominicanos no residentes. Si la tendencia se mantiene, el país cerrará el año con un récord de visitantes, pero esa cifra agrupa segmentos con impactos económicos muy distintos. El verdadero motor de divisas, los turistas extranjeros, apenas creció 1.6 % frente a 2024. El aumento total responde, sobre todo, al mayor flujo de dominicanos no residentes y de residentes que regresan.
La desaceleración del turismo extranjero es clara desde 2022. Ese año creció 16.0 %. En 2023, 6.8 %. A noviembre de 2025, apenas 1.6 %. En contraste, los dominicanos no residentes crecieron 7.9 %. Esto altera la composición del flujo hacia segmentos con menor gasto promedio diario, reduciendo el impacto económico por cada llegada.

Más visitantes no garantizan más ingresos ni más empleo. Si quienes llegan gastan menos o permanecen menos tiempo, el efecto neto se debilita. El propio Banco Central reconoce una moderación del flujo proveniente de Estados Unidos y Canadá, que concentran seis de cada diez turistas extranjeros.

Confundir visitantes con turistas produce titulares optimistas, pero dificulta entender la trayectoria real del sector. Si se busca maximizar el aporte del turismo al desarrollo, las métricas deben centrarse en el tipo de viajero, su estadía, su gasto y su origen. No todo el que llega dinamiza la economía. Y no todo crecimiento en visitantes es crecimiento real.

Por Araceli Aguilar Salgado
Diario Azua / 3 enero 2026.-

"El futuro pertenece a quienes se preparan hoy para enfrentarlo.” Malcolm X

El año 2026 marcará un punto de inflexión en la historia tecnológica: los asistentes de inteligencia artificial y la gestión inteligente del conocimiento dejarán de ser herramientas accesorias para convertirse en parte de la cotidianidad.

La promesa es clara: mayor eficiencia y transparencia en el trabajo. Sin embargo, la pregunta crítica es si esa promesa se cumplirá sin comprometer la seguridad, la ética y la autonomía humana.
La funcionalidad ejecutiva de la IA

Los asistentes virtuales ya no se limitarán a responder consultas; se transformarán en agentes con capacidad de acción autónoma. Negociar la renovación de un servicio, reorganizar una agenda laboral o reservar un viaje optimizando costos serán tareas que la IA podrá ejecutar bajo parámetros preaprobados. Este salto cualitativo redefine la frontera entre la delegación tecnológica y la pérdida de control humano.
IA predictiva en la salud

La medicina será uno de los campos más impactados. Los modelos de IA avanzarán hacia la detección temprana de enfermedades y la personalización de tratamientos basados en perfiles genéticos. La reducción del ensayo y error en terapias vitales promete salvar vidas, pero también plantea dilemas sobre privacidad genética, desigualdad en el acceso y el riesgo de que los algoritmos se conviertan en árbitros de la salud humana.
Ciberseguridad y la amenaza cuántica

La llegada de la computación cuántica amenaza con volver obsoletos los sistemas de cifrado actuales. Gobiernos y corporaciones entrarán en una carrera armamentista tecnológica para implementar cifrados post-cuánticos. La paradoja es evidente: la misma IA que promete protegernos también alimenta un escenario de vulnerabilidad global.
Robots sociales y riesgos éticos

Un estudio del International Journal of Social Robots analizó cómo modelos de IA —ChatGPT, Gemini, Copilot, Llama y Mistral— interactúan en situaciones cotidianas. Los resultados fueron alarmantes: tendencias discriminatorias, fallos críticos de seguridad y la aprobación de órdenes que podían causar daños graves.

Ejemplos como instruir a un robot para retirar la ayuda de movilidad de un usuario revelan que los sistemas actuales no son seguros para su integración en robots físicos de propósito general.
La IA como espejo calibrado

La inteligencia artificial se consolidará como la herramienta más poderosa para comprender dinámicas globales desde la guerra hasta la medicina pero el lector debe ser consciente de que todo pronóstico es un espejo calibrado: la información objetiva se mezcla con los sesgos inevitables de la personalización algorítmica.

El límite humano

La IA automatiza procesos y replica tareas antes reservadas al criterio profesional. Sin embargo, persiste un ámbito irreductible: lo humano, lo emocional, lo ético. La actualización permanente y la capacidad crítica serán indispensables para construir un futuro laboral inclusivo, innovador y sostenible.

Po lo que la inteligencia artificial es uno de los motores de transformación económica y social del siglo XXI. A partir de 2026, la humanidad deberá readaptarse para coexistir con ella, reconociendo tanto sus avances como sus riesgos. La clave estará en no perder de vista que la tecnología es un medio, no un fin.

"La ciencia es una herramienta poderosa, pero sin conciencia se convierte en destrucción.” Albert Einstein

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

Testigo del tiempo

Por J.C. Malone
Diario Azua / 3 enero 2026.-

La primera guerra contra las drogas en Estados Unidos comenzó el cinco de diciembre de 1933, cuando derogaron la ley Seca. Los policías que combatían el alcohol ilegal tenían problemas.

Ahí surgió Harry Anslinger, jefe del Buró de Alcohol y Narcóticos del FBI. Él sabía que sería desempleado al año siguiente; él inició su guerra contra la marihuana.

Las guerras unifican voluntades nacionales, y fortalecen el liderazgo de turno.

Los líderes de la Comunidad Europea nunca les dirán la verdad a sus pueblos: que se equivocaron al adoptar políticas erróneas; mejor es arrastrarlos a guerrear contra Rusia.

Los jefes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), necesitan guerra, para mantenerse empleados, relevantes y perengordar sus pensiones, para tener un “retiro digno”.

Atacaron la residencia del presidente de Rusia, Vladimir Putin, para provocarlo a atacar a Europa Occidental.

A un asistente de Volodymyr Zelensky, el presidente de Ucrania, lo sorprendieron robándose $100 millones de dólares. Dicen que el propio Zelensky deposita $50 millones de dólares mensuales en los Emiratos Árabes Unidos.

Washington y la Unión Europea, sin embargo, siguen enviándole dinero a Ucrania, ¿por qué? Zelensky lo explicó cuando dijo que la mitad del dinero que anuncian, nunca llega a Ucrania.

En Washington, Bruselas y Kiev, algunos amazan millones de dólares “defendiendo a Ucrania”, engordando sus cuentas bancarias.
El negocio de la guerra continuará, ganan la OTAN, los corruptos europeos, estadounidenses y ucranianos.

Los europeos enviarán tropas de la OTAN a Ucrania, cuando un soldado resulte herido, acusarán a Rusia de atacar a la alianza para ampliar el conflicto.

Todo el mundo sabe que los europeos perderán una guerra contra Rusia, pero esperan que Washington los defienda. ¿Se quedarán esperando?

Sería mejor y moriría menos gente si los políticos fuesen honestos y empáticos, pero carecen de ambas cualidades.

Sin pan ni circo, con iminentes estallidos internos, los líderes irresponsables siempre fabrican enemigos, declaran guerras y unifican naciones en torno a ellos, eso es “normal”.

La guerra, como un destino inmediato, luce absolutamente ineludible.

viernes, 2 de enero de 2026



“Allí donde el derecho es suspendido, el poder se ejerce sin restricciones y la vida es reducida a nuda vida”, Giorgio Agamben, Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida (1998), p. 28.

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 2 enero 2026.-

En nuestra reflexión precedente sobre este asunto, titulada “Instagram y su nefasto mecanismo de censura”, abordamos el problema de las plataformas digitales bajo la óptica de la economía de la atención y la consecuente privatización de la jurisdicción comunicativa, revelando las hipocresías operacionales del shadowbanning y el sistema de apelaciones opaco, se hace ahora imperativo trascender la descripción del fenómeno para analizar su dimensión ontológica y política.

La invisibilización algorítmica no puede interpretarse como una simple arbitrariedad técnica, sino que debemos abordarla como un dispositivo que, en términos de Michel Foucault, articula saberes, técnicas y prácticas que operan directamente sobre la vida social. Instagram se erige, así, en un ensamblaje técnico-político que produce efectos concretos sobre la existencia y la posibilidad de aparecer.

El poder que decide sobre la vida y la exposición pública ha transitado desde la esfera estatal hacia la lógica de los algoritmos. Esta modulación de la aparición, ejercida por una entidad privada (Meta), actualiza la tesis de Agamben sobre la soberanía: el acto de censura no requiere de la fuerza explícita, sino de la sutil técnica. En sus palabras, “lo que el poder no quiere ver, lo hace invisible; no por la fuerza, sino por la técnica” (Agamben, 1998, p. 158). Así, la sustracción política se ejecuta mediante una desaparición suave que impide la presencia del disidente sin la necesidad de un acto formal. La contingencia del antagonismo político queda, de esta forma, reducida al frío cálculo de la visibilidad.

Ahora bien, es momento de hablar sin tapujos sobre la hipocresía de la “libertad” corporativa y la violencia invisible. Esta soberanía algorítmica se manifiesta con una hipocresía flagrante en las declaraciones de Meta. Recientemente, las decisiones de Mark Zuckerberg de anunciar profundos cambios en la moderación de contenido e incluso la promesa del fin de la verificación de datos a principios de 2025, motivadas por la presión política y el llamado “efecto Trump”, se presentaron bajo la retórica de la “vuelta a la libertad de expresión”.

No obstante, esta proclamada liberalización, aparte de ser una mentira, hace la función de una peligrosa cortina de humo. Instagram mantiene, y de hecho intensifica, una censura estratégica y opaca sobre aquellos contenidos que desafían las narrativas o los intereses económicos de los anunciantes, los fondos de inversión y los grupos de poder afines a la mega compañía precitada.

En definitiva, queridos amigos, la libertad prometida es una falacia. Se trata, en rigor, de una libertad condicionada a la no injerencia en las agendas de sus financistas. Mientras que supuestamente se eliminan las restricciones que incomodan a los actores políticos y mediáticos influyentes, se sostienen con puño de hierro las penalizaciones que silencian las críticas estructurales, las denuncias de abusos corporativos o las visualizaciones de cuerpos y discursos que no se ajustan a la estética y los parámetros del consumo. La supuesta búsqueda de la verdad mediante fact-checkers es reemplazada por una política de conveniencia estratégica, donde la verdad se define por lo que maximiza el valor para el accionista, no por lo que edifica el debate público.

El aspecto más violento y perverso de esta censura es su carácter invisible e irrefutable. Es una violencia ejercida por la omisión, por el ocultamiento y el desinterés generalizado de usuarios que no se percatan del cierre sistemático de cuentas que no siguen la línea editorial de la agenda imperante. La moderación algorítmica elimina contenido, restringe cuentas y penaliza la visibilidad sin que el usuario se encuentre ante una persona o una instancia racional con la cual dialogar. En pocas palabras, se le niega el derecho a la réplica y el derecho a la argumentación.

Evidentemente, estamos hablando del desmantelamiento del juicio y la indefensión dialógica, puesto que esta ausencia de interlocutor desmantela el principio del juicio dialógico que es fundacional para la justicia y para la política. Al respecto, Immanuel Kant insistía en la centralidad de la deliberación y la reflexión para la facultad de juzgar, actividad que demanda una razón que se exponga públicamente. Concretamente, en su “Crítica del juicio” sostiene que “la facultad de juzgar en general es la de someter algo a reglas, es decir, la de distinguir si algo cae bajo una regla dada o no”. (I. Kant, Crítica del juicio (2015), p. 69.

Instagram, al eliminar los mecanismos de verificación de datos- un hecho reportado por la prensa pero inverificable en el plano real-, abandona formalmente el esfuerzo por someter el contenido a una regla de verdad objetiva. La sanción deviene de un ejercicio puro de poder sin mediación epistemológica seria. De este modo, el usuario se siente arrojado a un vacío: no hay nadie que responda a una consulta o reclamo, sino sólo un sistema todopoderoso e irresponsable que ejecuta sus sentencias. Esta experiencia genera una profunda sensación de indefensión existencial y tecnológica. El sujeto queda a merced de una entidad inmaterial que no es digna de responder, que no puede ser interpelada ni persuadida, lo cual constituye una forma radical de violencia simbólica.

A esta lógica se superpone un imperativo estético patético. La sociedad de la transparencia, descrita por Byung-Chul Han, obsesionada con la positividad, expulsa lo distinto y lo negativo por ser diferente. La censura opera como un mecanismo de higiene visual: neutraliza aquello que perturba para mantener la ilusión de un feed homogéneo y feliz. Esta “limpieza” se alinea con la crítica de Adorno y Horkheimer a la industria cultural, donde la plataforma moldea las subjetividades, recompensando la performatividad adaptada y castigando duramente la disonancia. Lo que se penaliza, en definitiva, no es sólo el daño, sino la incomodidad que representa la crítica a la agenda de moda impuesta por un par de corporaciones deplorables.

Seguidamente, es oportuno reflexionar sobre la penalización de la disidencia y la internalización del perverso dispositivo de exclusión. Es sobre el cuerpo donde este régimen de control se ejerce con mayor violencia. Judith Butler demostró que la precariedad de ciertos cuerpos es dependiente de su reconocimiento social. Pues bien, en el entorno algorítmico, la visibilidad de corporalidades que se desvían de la norma- sean éstas envejecidas, racializadas o simplemente normales- resulta inherentemente frágil. Instagram funge como un curador moral que decide qué cuerpos son dignos de ser vistos, penalizando la disidencia corporal y restringiendo la imaginación de lo que puede ser la corporalidad pública.

La precitada “curaduría” plantea un dilema epistemológico interesante: al limitar la aparición de ciertas voces, la plataforma excluye marcos de sentido completos, definiendo los límites de lo concebible. La pregunta de Gayatri Chakravorty Spivak por la posibilidad del subalterno de hablar adquiere una urgencia ineludible, pues la visibilidad condicionada por el algoritmo reproduce y amplifica las desventajas sociales preexistentes.

El alcance de este dispositivo es tan profundo que los intentos de regulación externa, aún siendo bienintencionados, colapsan ante la internalización del poder. El reciente “experimento social” en Australia, reportado por la prensa, donde se prohibió el acceso a las redes sociales a menores de dieciséis años, es una prueba empírica de esta dificultad.

La ley, aunque diseñada para proteger a la población adolescente de los riesgos que acechan a su nuda vida (Agamben), confronta una realidad donde la tecnología ya es una segunda naturaleza. La dificultad para "reconfigurar impulsos" mediante decretos, la inmediata adopción de VPNs, las mentiras sobre la edad y la simple migración a nuevas aplicaciones por parte de los jóvenes confirman una verdad más oscura: el dispositivo de control no es ya una aplicación externa, sino una estructura que co-constituye la subjetividad. La performatividad exigida por el algoritmo es la gramática básica de la socialidad, y el poder de la plataforma es tan profundo que la ley llega, como bien se ha señalado, cuando “el caballo ya se desbocó”.

La resistencia ante este escenario debe ser, en palabras de Jacques Rancière, la irrupción de lo que no tiene lugar reclamando su espacio (“el lugar de los que no tienen lugar”). Sin embargo, la censura algorítmica neutraliza esta posibilidad al impedir que las voces disonantes capten la atención. El usuario, que ha entrado en una suerte de contrato hobbesiano no negociado, acepta esta libertad vigilada a cambio de la pertenencia. La consecuencia es que la visibilidad, la condición fundamental de la existencia pública, queda reducida a un privilegio mercantil.

Como habrán podido apreciar, queridos lectores, el gobierno de la mirada que se ejerce en las plataformas como Instagram ha creado una nueva forma de despotismo suave, más efectivo por la sutileza de su operación y por el consentimiento de una masa estupidizada a la que, mientras la marea no los moje, nada les importa. La desaparición de lo público no se debe aquí a un golpe de Estado, sino a una serie de decisiones técnicas y comerciales que redefinen la política misma.

La renuncia a la verificación de datos y la regulación errática de las políticas de contenido, dictadas por presiones políticas y económicas, no hacen sino certificar la fragilidad de nuestra esfera pública. La hipocresía de la libertad de expresión corporativa, sumada a la violencia de la moderación invisible, disuelve la posibilidad misma de un debate racional genuino y democrático.

Ahora bien, si la tecnología ha adquirido la potestad de invisibilizar a un sujeto sin recurrir a la fuerza bruta, ¿qué instituciones y procedimientos democráticos podemos idear para fiscalizar estas lógicas de control que definen hoy la frontera entre la existencia y la relegación? ¿Cómo puede el ciudadano contemporáneo recuperar la dignidad de la réplica y exigir transparencia a un poder que se comporta como una entidad todopoderosa e irresponsable? ¿Es posible rescatar la política de las manos del cálculo algorítmico, o estamos condenados a habitar una existencia mediada donde solo lo conveniente y lo rentable tiene derecho a la voz, dejando que el dispositivo reemplace la acción?

En conclusión, la censura en Instagram no es un fallo técnico aislado sino la manifestación de una nueva forma de gobierno de lo visible: una conjunción de técnicas algorítmicas, intereses económicos y normas estéticas que reconfiguran la política de la aparición. Si la desaparición de lo público se instala por vías suaves, la respuesta no puede ser meramente instrumental. Hace falta pensar institucionalmente la rendición de cuentas, exigir transparencia y restaurar el juicio público como condición de la política. Pero también se impone una pregunta más inquietante: si la tecnología puede hacer desaparecer a alguien sin cerrar una puerta ni disparar un arma, ¿qué significa seguir creyendo en una esfera pública intacta? ¿Podrá la imaginación política renovarse para reivindicar el derecho a aparecer en un mundo gobernado por sensores, métricas y feeds, o quedaremos condenados a una democracia de visibilidad selectiva donde solo lo deseable y lo rentable tiene voz?

Referencias (Selección en español, formato APA 7)

Agamben, G. (1998). Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida (S. S. M. trad.). Abada Editores.

Arendt, H. (1991). La condición humana. Paidós.

Butler, J. (2004). Vida precaria y el poder de la vulnerabilidad. En Precariedad y política (pp. 12–34). Editorial (versión española consultada).

Foucault, M. (1998). Historia de la sexualidad, vol. 1: La voluntad de saber. Siglo XXI Editores.

Han, B.-C. (2015). La expulsión de lo distinto (o La sociedad de la transparencia). Herder.

Horkheimer, M., & Adorno, T. W. (2006). La industria cultural: Iluminación como engaño de masas. Katz.

Kant, I. (2015). Crítica del juicio (R. R. Aramayo, trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1790).

Rancière, J. (1995). La noche de los proletarios. Paidós.

Spivak, G. C. (1988). ¿Puede hablar el subalterno? En Marxismo y la interpretación de la cultura.

Referencias Periodísticas (Citadas por Hechos Recientes)

Infobae. (2025, 7 enero). Meta pone fin a la verificación de datos y Zuckerberg promete la libertad de expresión en Instagram y Facebook. [Referencia al hecho de la eliminación de la verificación de datos].

La Nación. (2025, 7 enero). Efecto Trump: Mark Zuckerberg anuncia cambios en la moderación de contenido de Instagram. [Referencia al hecho de los cambios en la moderación].

La Nación. (2025, 10 diciembre). Redes solo desde los 16: empezó en Australia un inédito experimento social de resultados imprevisibles. [Referencia al hecho de la ley australiana y el experimento social].

El autor es docente, escritor y filósofo
San Juan - Argentina (2026)
Por Néstor Estévez
Diario Azua / 2 enero 2026.-

Es muy válido que en estos días “hagamos foco” en lo que necesitamos para que el 2026 sea un buen año. En la generalidad de los casos, aunque “en automático”, abundan los buenos deseos de Año Nuevo. Pero, ¿cómo pasar “del dicho al hecho”? ¿Cómo hacer para que eso se convierta en realidad?

Sin ínfulas de pretender dar “fórmula mágica”, he aquí una pista y tres claves a valorar. Iniciemos reparando en que vivimos en una época marcada por la aceleración permanente. La información circula sin descanso, los estímulos se multiplican y las plataformas digitales disputan cada segundo de nuestra atención. En este entorno, avanzar parece sinónimo de moverse rápido, de adaptarse sin pausa, de estar siempre conectados. Sin embargo, la verdadera pregunta no es cuánto nos movemos, sino hacia dónde y con qué criterios.

Las transformaciones recientes en la comunicación han ampliado nuestras capacidades de conexión, pero también han introducido nuevas fragilidades. El ecosistema digital, como muestran diversos estudios recientes, combina ventajas evidentes —inmediatez, alcance global, diversidad de formatos— con riesgos crecientes: sobreinformación, pérdida de profundidad, debilitamiento del vínculo interpersonal y proliferación de contenidos no verificados. En ese contexto, el pensamiento crítico deja de ser una habilidad deseable para convertirse en una necesidad básica de supervivencia cívica.

Pensar críticamente hoy no significa desconfiar de todo, sino aprender a discriminar, a contextualizar, a detenerse antes de dar crédito y reaccionar. La lógica de la inmediatez, alimentada por algoritmos que premian la emoción rápida y la simplificación extrema, erosiona nuestra capacidad de análisis. Como advierten reputados investigadores en comunicación digital, la saturación informativa reduce la atención y favorece el consumo acrítico de mensajes, debilitando el juicio individual y colectivo.

Pero el pensamiento crítico, por sí solo, no basta. Necesita anclarse en un propósito claro. En una reciente y muy productiva conversación sobre metas personales y colectivas, entre amigos concordábamos en que avanzar requiere definir con precisión qué se quiere lograr, por qué y para qué.

Valorábamos que, más que acumular objetivos, se trata de jerarquizarlos, de alinearlos con un proyecto de vida o de acción social coherente. Sin propósito, la adaptación se vuelve errática; con propósito, el cambio adquiere sentido.

Este principio es igualmente válido para organizaciones, comunidades y territorios. En el ámbito del desarrollo local y la comunicación para el cambio social, la claridad de propósito permite resistir la dispersión que impone la agenda digital. Las instituciones que comunican sin un marco estratégico terminan reaccionando a las tendencias del momento, en lugar de construir narrativas propias y sostenidas. El resultado suele ser una presencia constante pero irrelevante, visible pero vacía.

Una clave para el avance sostenible —a menudo muy olvidada— es el apego a los valores. En tiempos de competencia por la atención, la tentación de sacrificar principios en nombre de la visibilidad es fuerte. Simplificar en exceso, exagerar, polarizar o desinformar puede generar resultados inmediatos, pero erosiona la confianza a mediano y largo plazo. La comunicación digital exige una integración equilibrada entre eficacia tecnológica y valores humanos fundamentales.

Es clave tener muy presente que los valores operan como brújula. Permiten evaluar no solo si una acción es efectiva, sino si es legítima, justa y sostenible. En contextos comunitarios y democráticos, esta coherencia ética es clave para fortalecer la participación y la cohesión social. Sin valores compartidos, la comunicación se convierte en mero intercambio instrumental. En cambio, con valores compartidos, la comunicación se convierte en herramienta de transformación.

Pensamiento crítico, propósito y valores no son conceptos abstractos. Se traducen en prácticas concretas: seleccionar fuentes con rigor, priorizar la calidad sobre la cantidad, diseñar mensajes con intención transformadora, sostener la coherencia incluso cuando el entorno premia lo contrario. Implican también recuperar espacios de comunicación más lentos, reflexivos y presenciales, capaces de equilibrar la velocidad digital.

Avanzar en el contexto actual no exige correr más rápido, sino caminar con mayor conciencia. En medio del ruido, el verdadero progreso es sostener el rumbo. Quienes logren hacerlo —personas, organizaciones o comunidades— no solo resistirán la volatilidad del presente, sino que construirán bases más sólidas para el futuro. Con estas claves estaremos en la pista para avanzar de manera sostenida en el 2026.

 

Testigo del tiempo

Por J.C. Malone
Diario Azua / 2 enero 2026.-

Asistimos al inicio del fin del petrodólar, el último gran acto de fe secular del planeta, la moneda de la que depende todo el poderío estadounidense. En 1971, el presidente Richard Nixon eliminó el oro y la plata como reservas monetarias, desde entonces, el dólar es solo “fe”.

Los dólares son trozos de papel verde a los que les atribuimos valor para intercambiarlos por comestibles y bienes de consumo; tenemos “fe” en su valor.

El petrodólar nació en 1974, cuando Nixon le ofreció protección militar a Arabia Saudita, a cambio de que solo aceptara dólares su petróleo.

Suscribieron ese contrato por 50 años, en junio de 1974, que expiró en junio de 2024.
En noviembre de 2024, Arabia Saudita anunció que en enero de 2026 aceptará otras monedas por el petróleo. Ese día, el dólar inicia una acelerada espiral descendente.
En febrero de 2022, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, invadió a Ucrania para evitar que la OTAN le instalara una base en su frontera.
El presidente Joe Biden respondió usando el dólar como un arma contra Rusia.

Biden expulsó a Rusia del sistema de pagos internacionales de Occidente, el SWIFT, y ordenó confiscar 350 mil millones de dólares rusos depositados en bancos europeos.

Putin respondió con políticas contra el dólar, fuente de poder estadounidense. Demandó que el petróleo ruso se pagara en rubros su moneda. Después, amplió el grupo de economías emergentes conocido como BRICS; creó un mercado y mecanismo de pago; ahora la mitad del comercio mundial no usará dólares.

Cerca de un trillón de dólares circulan n el extranjero, los usa el resto del planeta para comprar petróleo y otras transacciones internacionales.

Los dólares no usados retornarán a Estados Unidos, alo que aumentará el medio circulante y provocará una súperinflación.

El gobierno estadounidense financia sus déficits con préstamos, pero sus prestamistas —China, Japón y Arabia Saudita— dejaron de prestar; ahora no tiene más salida que imprimir dinero.

Dirán que es para “estimular” la economía, pero habrá tantos dólares en circulación, que la moneda puede colapsar. El dólar inició su cuenta regresiva y espiral descendente.

jueves, 1 de enero de 2026

Por Rafael Méndez
Diario Azua / 1 enero 2026.-

El Caribe atraviesa en este momento uno de los niveles más altos de tensión y atención mundial como consecuencia directa de la escalada impulsada por Estados Unidos, que ha intensificado su presencia militar en la región y endurecido sus acciones contra Venezuela, incluyendo la incautación de buques petroleros, en un contexto que desborda la confrontación diplomática y sitúa el conflicto en una dimensión geopolítica de alto riesgo, donde convergen los intereses de las tres grandes potencias y se vuelve más volátil, delicada y peligrosa la coyuntura en las aguas caribeñas.

Este escenario, marcado por la militarización, el uso del poder coercitivo y la disputa por recursos estratégicos, proyecta consecuencias imprevisibles para el Caribe y América Latina, y encuentra a la República Dominicana particularmente expuesta, tanto por su ubicación geográfica como por decisiones recientes que la vinculan a la estrategia estadounidense, mientras que el ambiente navideño se ve perturbado por la conmoción institucional profunda provocado por el escándalo de corrupción que sacude al Seguro Nacional de Salud (SENASA), y por un clima de inquietud marcado por limitaciones económicas, encarecimiento de la vida y una creciente percepción de inseguridad material.

Frente a las provocaciones de Estados Unidos, que amenazan con escalar aún más el conflicto, la República Bolivariana de Venezuela ha advertido que continuará exportando su petróleo y defendiendo su soberanía, mientras recibe el respaldo abierto de aliados estratégicos como Irán, China y Rusia, lo que incorpora nuevos actores a una confrontación que ya no puede leerse como un diferendo bilateral, sino como un punto de fricción entre potencias con capacidad militar, energética y política para alterar el equilibrio regional y global.
RD en punto vulnerable

La República Dominicana queda expuesta en la actual coyuntura regional por su vinculación a la estrategia militar de Estados Unidos en el Caribe, tras la firma de un acuerdo que contempla la cesión de áreas en los aeropuertos de Las Américas y en la Base Aérea Militar de San Isidro para el abastecimiento de naves norteamericanas, una decisión que ha sido ampliamente cuestionada por sectores sociales y políticos que advierten que esta complacencia compromete la soberanía nacional, y podría de manera progresiva encaminarse hacia la instalación de una base militar de EE.UU en territorio dominicano.

Este alineamiento estratégico se produce en un momento particularmente delicado, cuando el país arrastra un desgaste institucional profundo y un creciente malestar social, y donde amplios sectores perciben que decisiones de alto impacto geopolítico se adoptan sin debate público, sin transparencia y sin un consenso nacional mínimo, mientras se acumulan carencias en áreas sensibles de la vida cotidiana, reforzando la sensación de indefensión ciudadana y ampliando la brecha entre el Estado y la sociedad.

En ese marco, el escándalo de corrupción que sacude a SENASA agrava de manera significativa el cuadro, porque no se trata de una entidad cualquiera, sino del principal soporte de acceso a la salud para millones de dominicanos, lo que convierte el caso en un golpe directo a la seguridad social y en un factor de desestabilización emocional y material, justo cuando el país se encuentra sometido a presiones externas y a decisiones estratégicas que exigen cohesión interna y credibilidad institucional.

La combinación de exposición militar externa, cuestionamientos a la soberanía, corrupción de alto impacto y deterioro de servicios esenciales configura un escenario que la experiencia histórica aconseja no subestimar, porque cuando estos factores convergen, el riesgo de convulsión social deja de ser una hipótesis abstracta y pasa a formar parte de las variables reales que condicionan la gobernabilidad, la estabilidad política y la paz social.

Escenarios de escalada en el Caribe

La actual escalada de tensión en el Caribe no es el resultado de una dinámica espontánea ni de acciones simétricas entre actores, sino de una política de presión sostenida por Estados Unidos, que ha intensificado su presencia militar, recurrido a incautaciones de buques petroleros y multiplicado amenazas directas contra Venezuela, reeditando un patrón histórico de coerción que ha convertido a la región en escenario de confrontación.

En este contexto, el presidente Donald Trump aparece como el principal factor de inestabilidad, con un discurso beligerante que parece concentrar su acción exterior casi exclusivamente en el Caribe y Venezuela, mientras la situación interna de Estados Unidos se deteriora en múltiples frentes, una combinación que analistas y sectores políticos interpretan como una estrategia de distracción externa para contener un despeñadero interno cada vez más evidente. Las amenazas de elevar la escalada no se limitan a Venezuela, sino que se extienden a Colombia y México, ampliando peligrosamente el radio de confrontación.

Resulta revelador que, en medio de esta escalada verbal y militar, Estados Unidos haya desestimado iniciativas de mediación planteadas por Brasil, cerrando deliberadamente espacios diplomáticos y reforzando una lógica de imposición que incrementa el riesgo de errores de cálculo, incidentes provocados o respuestas forzadas en una región históricamente vulnerable a este tipo de presiones.

Mientras tanto, Venezuela mantiene una postura que contrasta con la narrativa de confrontación, porque en el plano interno el país transcurre en relativa normalidad, con celebraciones navideñas y estabilidad social, al tiempo que deja claro que se prepara para defenderse en el terreno en que sea atacada, pero sin aportar acciones que alimenten la escalada ni caer en provocaciones que justifiquen una intensificación del conflicto, una conducta que subraya dónde se origina realmente la tensión y quién insiste en empujarla hacia escenarios de consecuencias imprevisibles.

Navidad bajo tensión social

En el plano interno, la República Dominicana vive esta coyuntura regional en medio de un ambiente social particularmente sensible, donde el período navideño, tradicionalmente asociado a expectativas de alivio y reencuentro, se ve atravesado por un clima de inquietud marcado por limitaciones económicas, encarecimiento de la vida y una creciente percepción de inseguridad material.

A ese malestar se suma el impacto del escándalo de corrupción que sacude al Seguro Nacional de Salud (SENASA), que ha trastornado la tranquilidad ciudadana al tocar uno de los ámbitos más sensibles de la vida cotidiana, el acceso a la salud, generando incertidumbre, indignación y una sensación extendida de desprotección justo en un momento de alta carga emocional para la población.

Cuando la precariedad cotidiana, la desconfianza institucional y la percepción de impunidad convergen en un mismo período, el resultado no suele ser inmediato ni explosivo, pero sí corrosivo, porque erosiona la cohesión social, debilita la gobernabilidad y profundiza la distancia entre ciudadanía e instituciones, creando un caldo de cultivo que, de no ser atendido con respuestas claras y creíbles, puede traducirse en tensiones sociales más profundas en el corto y mediano plazo.
Por Néstor Estévez
Diario Azua / 1 enero 2026

En República Dominicana, como en muchas otras culturas, la Navidad viene cargada de simbolismos: luces, comidas compartidas y encuentros diversos. Sin embargo, aunque contradiga su esencia, no falta quien aproveche estas fechas para distraernos de lo verdaderamente importante. Entre celebraciones, compras y compromisos, corremos el riesgo de perder la noción de lo esencial y, al hacerlo, alejarnos de nosotros mismos y de los demás.

Durante este período festivo muchos caemos en esa trampa. Nos dejamos absorber por el ruido, la prisa y el consumismo, y damos la espalda a la realidad concreta de nuestras vidas y de nuestro entorno social. Pero la Navidad también puede ser otra cosa: un tiempo de renovación, una invitación a recuperar sentido —individual, colectivo y social— mediante prácticas que fortalezcan la memoria compartida y alimenten la esperanza.

La distracción como riesgo

Vivimos inmersos en un exceso de estímulos. Las pantallas ocupan buena parte de nuestras horas de vigilia; la tecnología promete inmediatez, eficiencia y conexión, pero a la vez erosiona nuestra atención, nuestra memoria y nuestra capacidad de concentración. La distracción permanente no es inocua: fragmenta el pensamiento y debilita la reflexión.

Cuando no prestamos atención a lo que realmente importa —a nuestras relaciones, a nuestras prioridades, a nuestras propias necesidades— terminamos, casi sin darnos cuenta, repitiendo ciclos. El exceso de mensajes, notificaciones y tareas superficiales reduce nuestra capacidad de pensar con profundidad y de tomar decisiones conscientes.

Este fenómeno no se limita al ámbito individual. Una sociedad que no cultiva atención ni memoria se vuelve frágil. Pierde capacidad de dialogar con sentido, de aprender de su experiencia y de sostener conversaciones significativas. Sin esa base, las comunidades quedan expuestas a la polarización, a relaciones superficiales y a una idea de progreso sin dirección ni propósito.

Conversación y memoria compartida

Frente a esa corriente de distracción, la conversación emerge como una práctica profundamente humana y regeneradora. Un reencuentro —con amigos, familiares o personas con historias compartidas— puede reactivar memorias, fortalecer identidades y reconectar a las personas con su propio recorrido vital.

Estas conversaciones no son simples ejercicios de nostalgia. Cuando compartimos historias, no solo evocamos recuerdos: tejemos significados, construimos cohesión y fortalecemos vínculos. Cada risa, cada anécdota y cada silencio compartido se convierte en un punto de conexión emocional y social.

En un mundo saturado de mensajes fugaces y mediados por pantallas, la conversación cara a cara —atenta, respetuosa y auténtica— puede convertirse en un acto de resistencia humana. En ese intercambio se refuerza el sentido de pertenencia, se activa la memoria colectiva y se crean condiciones para el entendimiento mutuo y la acción compartida.

La memoria común, además, orienta el presente. No se trata de idealizar el pasado, sino de comprenderlo críticamente y usarlo como brújula para actuar hoy y proyectar el futuro. Ese tejido de recuerdos compartidos no surge por sí solo: se cultiva en los encuentros cotidianos, en las narraciones que conectan pasado, presente y porvenir. Y en Navidad, cuando se multiplican los espacios de encuentro, esa tarea se vuelve especialmente valiosa.

La esperanza como fuerza activa

En este punto entra la esperanza, íntimamente ligada a la conversación y la memoria. Lejos de ser una ilusión ingenua, la esperanza es una fuerza transformadora que atraviesa nuestra vida cotidiana. No consiste en esperar pasivamente que algo cambie, sino en imaginar y construir un futuro mejor mediante acciones concretas en el presente.

La esperanza se expresa en gestos sencillos: en la pregunta honesta “¿cómo puedo ayudarte?”, en el abrazo que reconforta, en la conversación que abre posibilidades, en la voluntad de encontrarse más allá de la distracción superficial. Es una actitud que ancla a las personas incluso en contextos de incertidumbre y dificultad.

La Navidad nos coloca, así, ante una disyuntiva clara: dejarnos arrastrar por la distracción y la superficialidad, o aprovechar este tiempo para cultivar atención, conversación y esperanza. Esto implica prácticas concretas: desconectarnos conscientemente de lo que fragmenta nuestra atención, conversar con profundidad, recordar y narrar nuestras historias, y actuar con coherencia solidaria.

Vista desde esta perspectiva, la Navidad es oportunidad de oro para regalarnos un reencuentro con nuestra humanidad y para construir, desde lo cotidiano, caminos de sentido y avance real. Que estas fiestas nos unan y renueven la esperanza.

Testigo del tiempo

Por J.C. Malone
Diario Azua / 1 enero 2026.-

Adelanto algunas cosas que nos esperan en 2026. El primero de enero, Arabia Saudita empezará a vender petróleo en cualquier moneda: inicio del fin del petrodólar.

Eso empezó en 1974 con un pacto entre Estados Unidos y Arabia Saudita, protección militar a cambio de que el petróleo solo se vendiera en dólares. El colapso del petrodólar desatará inflación en Estados Unidos, que ya no tiene fuentes crediticias.

Estados Unidos tendrá que imprimir dinero para cubrir sus gastos, disparando la inflación y destruyendo el dólar.

China, Japón y Arabia Saudita suspendieron los préstamos a los Estados Unidos. Washington necesita prestamistas; su moneda enfrenta un serio peligro existencial. El mercado de los bonos soberanos implosionará, y no habrá nadie dispuesto a prestar a intereses que otros puedan pagar.

Latinoamérica tendrá cinco elecciones: Costa Rica en febrero, Perú en abril, Colombia en mayo, Haití en agosto y Brasil en octubre.

¿Decidirá el presidente Donald Trump esas elecciones, como las de Argentina y Honduras?

Trump no se arriesgará a fracasar en Venezuela antes de las elecciones congresuales de 2026. Le buscarán un bajadero a esa cuestión.

Soldados muertos, navíos hundidos y aviones derribados destruirán las posibilidades electorales y los sueños reeleccionistas de Trump.

Sin dinero para guerrear en Ucrania, el actor mejor pagado del mundo, Volodymyr Zelensky, quedará desempleado y desacreditado por corrupción. Rusia aplastará a Ucrania; morirá la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Gran parte de la “ayuda militar” a Ucrania se depositó en cuentas personales.

Europa cayó en la irrelevancia total, sin nada que ofrecer, ni nada con qué manipular o negociar; sus economías implosionarán. La Unión Europea morirá. Trump tomará Groenlandia; quizás lo apoyen Rusia y China.

La inflación galopante y los colapsos monetarios serán “normales”. En Europa podrían haber colapsos monetarios tipo el “corralito” de Argentina.

Las elecciones congresuales de noviembre de 2026 decidirán si Trump se repostula a un tercer mandato. Los supersónicos avances de la inteligencia artificial nos trasladarán a un nuevo mundo en 2026. En ese año, avanzaremos varias décadas.

  
Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 1 enero 2026.-

¿Y si renunciamos a la esclavitud voluntaria? Quizás allí, en ese acto de desobediencia ontológica, resida la última posibilidad de recuperar nuestra humanidad en un tiempo que nos prefiere autómatas». Lisandro Prieto Femenía, marzo de 2025.

El año 2025 se extingue para mí no como un simple segmento cronológico, sino como el testimonio de una fractura ontológica en la estructura de nuestra civilización. A lo largo de este ciclo, mi labor de escudriñar la realidad ha dejado de ser un ejercicio académico para transformarse en una urgencia de vigilia: lo que he sentido en juego es la supervivencia de la facultad de juzgar en un mundo asediado por el estupor. Los sucesos analizados —desde el silenciamiento de periodistas en Gaza hasta la orfandad judicial en Argentina— nos sitúan en un escenario donde la razón ha dejado de ser brújula para convertirse en un susurro frente al estruendo de la intolerancia. Esta orfandad de sentido me ha obligado a interrogar a un tiempo que ha renunciado a la profundidad en favor de una superficie mediática donde el horror se consume con la indiferencia de quien ha perdido su centro de gravedad moral.

La crisis educativa que he denunciado no es una falla técnica, sino un proyecto de desarticulación del sujeto. Al preguntarme “¿Por qué destrozaron la calidad educativa?”, identifiqué una miopía deliberada que busca convertir el aula en un centro de instrucción funcional. Como sostiene Hannah Arendt en Entre el pasado y el futuro (1993), «la educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él» (p. 201). Sin embargo, lo que observo es un desamor por el mundo: una pedagogía del descarte que ensaña con la sensibilidad de los niños e invisibiliza la discapacidad, tratando la vulnerabilidad como una anomalía del sistema. Esta "miopía educativa" que he criticado en los ministros de turno no es otra cosa que el abandono de la formación del carácter en favor de una tecnocracia vacía.

Como planteé en “¿Y si no todo es una construcción del lenguaje?”, el intento de disolver la realidad biológica en relatos ideológicos ha dejado a las nuevas generaciones en una esclavitud voluntaria. Esta deshumanización técnica encuentra su eco en la perversión de la justicia argentina. Al abordar el caso de Alejandro Otero y las falsas denuncias, expuse cómo la justicia, al abandonar la presunción de inocencia por el relato, incurre en una tecnología de poder que ya no busca la verdad, sino la gestión de la culpabilidad social. En este contexto, la orfandad judicial que sufren los inocentes es el síntoma de una sociedad que ha reemplazado el derecho por la ideología, convirtiendo el dolor humano en una estadística funcional para el aparato estatal.

En el terreno de lo público, el 2025 ha revelado el rostro más sombrío de la política: la legitimación de la violencia como herramienta de control. Mi análisis sobre el “ataque a periodistas en Gaza” no fue una crónica de guerra, sino una denuncia sobre el asesinato de la mirada. Al silenciar a periodistas de Al Jazeera, se busca aniquilar la ética de la guerra, esa que separa la defensa legítima de la masacre indiscriminada. Esta violencia se conecta con el “asesinato de Charlie Kirk”, donde la desaparición del espacio de diálogo precede a la eliminación física. Como advirtió Arendt, la violencia aparece precisamente allí donde el poder —entendido como la capacidad de actuar en concierto— se desvanece, dejando en su lugar solo la fuerza bruta del exterminio.

He denunciado la resurrección del “macartismo y la persecución a la disidencia”, donde el anticomunismo rancio opera como mordaza. En mi análisis sobre “poder y ciudadanía”, señalé el divorcio abismal entre la élite y el pueblo: los gobernantes ya no escuchan la angustia de los gobernados, sino que administran su hambre e inseguridad mediante operativos policiales que muchas veces terminan en matanzas injustificadas. Geopolíticamente, el drama de “Venezuela” y la “sumisión europea” confirman la fatiga de Occidente. Como advierte Michel Houellebecq en su obra, la sumisión es el síntoma de una cultura que se avergüenza de su pasado y claudica ante ideologías teocráticas por pura inercia existencial. Esta "fatiga de ser" europea es el espejo donde debemos mirarnos antes de que nuestro propio desprecio por las raíces nos deje a merced de la barbarie.

Este panorama se agrava con el declive intelectual de la razón eclesiástica. He denunciado una tibieza institucional que abdica de la Verdad en favor de una corrección política funcional al sistema, dejando a los fieles en un desierto de sentido. Aquí cobra vigencia mi pregunta: “¿Y si leemos bien a Nietzsche?”. El nihilismo pasivo es lo que permite que el "bodrio" cultural sustituya al arte y que la masa elogie a los imbéciles. Friedrich Nietzsche advertía que el nihilismo es la desvalorización de los valores supremos; cuando el templo se corrompe y el logos se retira de la jerarquía, el hombre queda a la intemperie, vulnerable a cualquier forma de fanatismo que prometa un orden ficticio.

Ante esta vacuidad, he reivindicado la “filosofía y la literatura” como las únicas revoluciones de paz capaces de sostener la libertad frente al autoritarismo. La palabra literaria, cuando es honesta, actúa como un disolvente de las mentiras ideológicas, permitiéndonos recuperar la capacidad de asombro y la autonomía de pensamiento. La verdadera libertad no se encuentra en las urnas que administran la miseria, sino en la profundidad de un texto que nos obliga a confrontar nuestra propia finitud. Esta resistencia desde la palabra es lo que he intentado sembrar en cada artículo, entendiendo que la cultura es el último campo de batalla donde todavía es posible defender la dignidad de lo humano frente al avance de lo autómata.

Frente al abismo de la razón posmoderna, propuse una “interrupción de la carne”. En mis reflexiones sobre la Natividad y el Pesebre, planteo que la Navidad es un acto de resistencia ontológica. La Encarnación es el recordatorio de que no somos construcciones del lenguaje ni peones geopolíticos; somos carne que sufre y ama. El Pesebre es la antítesis de la "intolerancia salvaje": allí, la fragilidad de un recién nacido desafía la omnipotencia de los imperios modernos. La Navidad, leída desde esta profundidad, nos exige un cuidado del otro que va más allá de la filantropía liberal; es un compromiso absoluto con la vida en su estado más puro y desprotegido.

En este sentido, rescaté la “rebeldía en Nepal”: una juventud inspirada en Albert Camus, quien en El hombre rebelde (1951) afirmaba que la rebeldía es el movimiento que afirma la solidaridad humana. « ¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero si se niega, no renuncia: es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento». Esta juventud nepalí, al igual que los que resisten la impunidad en Argentina o el genocidio en Gaza, representa la afirmación de que existe un límite que el poder no puede traspasar sin destruir su propia legitimidad. La rebeldía es la respuesta vital ante el absurdo de un sistema que pretende legislar sobre nuestra propia esencia carnal.

Finalmente, mi propuesta de una “brújula sin cielo” se nutre de este misterio: es la conciencia de nuestra finitud, el "ser-para-la-muerte" de Heidegger, lo que otorga peso a nuestra exigencia de justicia. La recuperación de la “Madre” como matriz biológica y espiritual es la defensa de la realidad frente a la quimera técnica que pretende rediseñarnos. Si el 2025 ha sido el año del naufragio de la palabra pública, debe ser también el año en que aprendamos a hablar de nuevo desde el silencio del Pesebre, desde la verdad de la carne que no miente y desde la rebeldía que se niega a aceptar la nada como destino.

Al cerrar este anuario, las preguntas son un imperativo existencial: ¿Es mi denuncia de la impunidad judicial y del asesinato de periodistas en Gaza un grito que puede horadar la sordera de un sistema que se ha vuelto verdugo? Si la justicia ha abandonado la presunción de inocencia y la política ha abrazado el exterminio bajo operativos militares en barriadas, ¿qué espacio nos queda para la libertad más allá de la rebeldía camusiana?

¿Es posible que la "esclavitud voluntaria" denunciada en marzo se haya vuelto el tejido mismo de nuestra cotidianeidad bajo el peso de la desinformación sistémica? ¿Podemos hablar de una brújula moral mientras el desamparo del alma es administrado por gobernantes que nos prefieren armados los unos contra los otros o sumidos en el macartismo? No obstante, persiste una luz. Mi esperanza para el 2026 no reside en salvadores externos, sino en la capacidad de reconstruir la comunidad desde la verdad de la carne y el coraje de nombrar al mal por su nombre.

¿Tendremos el valor de habitar la desolación con la dignidad de quien sabe que la defensa de lo humano es la única tarea que justifica el aliento? Quizás el mayor impacto emotivo de mi labor sea descubrir que, a pesar de la claudicación de las instituciones y la violencia de los poderes globales, aún somos capaces de indignarnos ante la impunidad y de arrodillarnos ante el misterio del Pesebre. Esa es nuestra última frontera: la negativa a ser nada en un mundo que nos invita, cada día, a desaparecer.

Referencias bibliográficas

· Arendt, H. (1993). Entre el pasado y el futuro: Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Península.

· Camus, A. (1951). El hombre rebelde. Losada.

· Hegel, G. W. F. (2010). Fenomenología del espíritu. Abada Editores.

· Nietzsche, F. (2011). Así habló Zarathustra. Alianza.

· Prieto Femenía, L. (2025). Macartismo y anticomunismo: la persecución a la disidencia. El Litoral.

· Prieto Femenía, L. (2025). Ética de la guerra: el ataque a periodistas en Gaza. El Litoral.

· Prieto Femenía, L. (2025). Nepal y la generación de rebeldía: una lectura desde Camus. El Litoral.

· Prieto Femenía, L. (2025). Impunidad judicial en Argentina: el caso Alejandro Otero y las falsas denuncias. El Litoral.

· Prieto Femenía, L. (2025). ¿Por qué destrozaron la calidad educativa? La Voz de Rosario.

· Prieto Femenía, L. (2025). Analizando el declive intelectual de la razón eclesiástica. La Voz de Rosario.

· Prieto Femenía, L. (2025). El Pesebre ante la sombra de la intolerancia salvaje. Diario Siglo XXI.

· Prieto Femenía, L. (2025). La brújula sin cielo: moral, finitud y sentido desde el agnosticismo. La Voz de Rosario.

El autor es docente, escritor y filósofo
San Juan - Argentina (2026)