Titulares
Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 02 septiembre 2026.

«Cuando la violencia ya no se ejerce sobre las cosas o sobre las personas, sino sobre los signos y las imágenes, nos adentramos en la era de la simulación absoluta». Jean Baudrillard, Cultura y simulacro (1978/2005, p. 43).

Acaso la mayor ceguera de nuestra época radique en la convicción de que las transiciones civilizatorias se anuncian con trompetas y cataclismos visibles. Nos desvelamos elucubrando de qué manera la IA reescribirá las aulas, cómo los algoritmos reestructurarán el diagnóstico clínico o bajo qué lógicas se reorganizará el empleo global, asumiendo con ingenuidad que el sujeto que habitará ese mañana permanecerá inalterado en su esencia fundamental.

Sin embargo, lo que verdaderamente se desliza bajo nuestros pies no es una simple reconfiguración del entorno instrumental, sino una mutación irreversible del ser humano en su totalidad. Asistimos, tal vez, con una resignación anestesiada, a la última versión de nosotros mismos tal como nos hemos conocido. Frente a los discursos optimistas que, amparados en una falsa perspectiva histórica, murmuran que toda crisis civilizatoria halla siempre su punto de equilibrio y que las aguas siempre regresan a su cauce, emergen síntomas tan perturbadores que resquebrajan cualquier intento de consuelo racional.

Lejos de ser una transformación periférica, esta deriva se manifiesta en la ilusión de estabilidad que rodea nuestro quehacer cotidiano, una ceguera colectiva que evoca la ingeniosa escena cinematográfica de Woody Allen en la que el protagonista, tras escuchar el diagnóstico adverso de su médico, reflexiona con amargura sobre cómo hasta hace apenas cinco minutos era un hombre feliz, y no se había dado cuenta. El mundo contemporáneo parece atrapado en esa mismísima fracción de segundo previa a la conciencia del derrumbe total. Transitábamos un planeta plagado de asimetrías, injusticias y desigualdades dolorosas, pero que aún conservaba latente la promesa de la transformación social, la chispa de la indignación moral genuina y el anhelo de la empatía. Hoy, la irrupción de tecnologías diseñadas para la dispersión sistemática, el confinamiento existencial del deslizamiento infinito en las pantallas y el embrutecimiento lúdico colectivizado nos devuelven una deshumanización de la especia que, al menos para mí, se torna insoportable. No estamos simplemente ante un cambio de época, sino ante el agotamiento de la condición humana como reducto de sensibilidad.

El precitado adormecimiento afectivo encuentra su manifestación más descarnada no en la acumulación de arsenales, sino en la conversión del sufrimiento ajeno en un objeto de especulación financiera. La consagración de plataformas digitales de predicción como Kalshi o Polymarket, donde miles de imberbes arriesgan su capital apostando al minuto exacto en que una potencia extranjera iniciará un bombardeo o al destino de la vida de líderes mundiales, consuma una degradación moral sin precedentes.

La periodista Natalie Sherman (2026), en una profunda investigación para la BBC, expone de qué manera estas dinámicas se revisten de un lenguaje aséptico para eludir el reproche social y legal. En el cuerpo de su crónica, Sherman recoge el revelador testimonio de Stew, un usuario desencantado de estas plataformas que, tras verse inmerso en la vorágine de las apuestas militares, desnuda el engaño conceptual que sostiene el negocio al constatar que la industria insiste en llamarlo “negociación de contratos”, cuando, si somos honestos, sigue siendo una vil apuesta sobre la tragedia humana.

Por medio de este sutil ejercicio de ingeniería lingüística, se intenta desactivar todo cuestionamiento ético, pues al desplazar el vocabulario del dolor y la geopolítica hacia la terminología higienizada de las finanzas y el intercambio de futuros, el sistema neutraliza la repulsión instintiva ante la masacre. El conflicto bélico ya no se padece ni se contempla con pavor, sino que se gestiona como un portafolio de activos. Ganar medio millón de dólares previendo con precisión matemática el instante en que caerá un misil sobre una población desarmada convierte al apostador en un cómplice financiero del verdugo, un espectador absoluto que codicia la violencia porque su cuenta bancaria depende, justamente, de ella.

En este sentido, percibimos que la financiarización (proceso económico mediante el cual los mercados, actores e instituciones financieras ganan un peso desproporcionado en la economía global) total de la existencia humana representa la cúspide de una cultura posmoderna en franco estado de putrefacción, una sociedad que ha decidido que incluso el último aliento de un soldado o el pánico de una madre bajo el fuego de artillería pesada son fenómenos monetizables y reducibles a una fluctuación de probabilidades en tiempo real.

Esta cruel lúdica de la sangre altera por completo las coordenadas clásicas de la maldad, obligándonos a examinar el estrecho vínculo que se teje entre el sadismo y la indiferencia posmoderna. Si históricamente el sadismo se definía por el goce directo del verdugo ante el dolor físico de su víctima, nuestro tiempo inaugura un sadismo desapasionado, abstracto y eminentemente banal. Imagínense, queridos lectores, a los soldados de la Alemania nazi apostando dinero por la cantidad de judíos que se podía incinerar en un solo turno del día, ¿atroz verdad? Pues bien, hoy se hacen apuestas virtuales similares, aparentemente lícitas y permitidas por los Estados.

Al respecto, es fundamental recordar el aporte de Hannah Arendt (2003, p. 368), quien al desentrañar los engranajes de la crueldad totalitaria, observó que el problema con hombres como Adolf Eichmann radicaba en su terrorífica normalidad, en ser burócratas incapaces de reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. La contemporaneidad digital ha dado una vuelta de tuerca a esta observación: el sádico de hoy ya no requiere de una maquinaria estatal totalitaria ni de un uniforme militar, sino que se camufla en el ciudadano común que, desde la comodidad de su hogar y de manera estrictamente lúdica, especula financieramente con la devastación de inocentes que viven en otro continente. El sadismo, entonces, se ha vuelto banal no por la ausencia de placer, sino porque ese placer ha sido domesticado bajo la forma de una transacción financiera insignificante, un divertimento aséptico que trivializa la muerte al integrarla en las dinámicas del mercado de consumo diario.

Conviene precisar, no obstante, que la barbarie y la infamia no configuran novedades en la crónica de nuestra especie, en tanto que en casi todas las épocas históricas se ha convivido con la impronta de la guerra y la perfidia sistemática. La diferencia sustancial estriba en que, antaño, el horror se recortaba sobre un trasfondo de absolutos morales o concepciones sagradas que, aun cuando fuesen transgredidos, sostenían un horizonte ético de referencia. Nuestra posmodernidad decadente, en cambio, se distingue por haber disuelto esos contrafuertes metafísicos mediante un proceso extremo de transvaloración. Al vaciar de sentido y respeto la existencia, el nihilismo contemporáneo consuma aquella célebre y desesperada interrogación que Friedrich Nietzsche (1882/2013) plasmó en “La gaya ciencia” al contemplar el derrumbe de los cimientos espirituales de Occidente, preguntándose cómo pudimos vaciar el mar y quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte. Ese borrado absoluto de todo límite es precisamente lo que faculta hoy al sujeto para especular y enriquecerse con las manifestaciones más denigrantes y aberrantes de las que es capaz el ser humano. Sin sol y sin coordenadas, la vida desamparada queda reducida a un mero dígito lúdico.

Asimismo, este acoplamiento entre la frivolidad y el horror se nutre del diagnóstico que Gilles Lipovetsky trazara en “La era del vacío” (1983/2006, p. 112), donde vislumbra una sociedad caracterizada por el proceso de personalización y la disolución de los grandes relatos colectivos. En este ecosistema hipermoderno, la indiferencia pura se disfraza de curiosidad interactiva, y la información pierde su carga de urgencia ética para transformarse en un simple estímulo sensorial. Las apuestas aplicadas a la guerra no son una anomalía del sistema, sino la evolución natural de este sujeto frívolo que Lipovetsky describe con tanta precisión: un ser desprovisto de anclajes morales, para quien la guerra en Medio Oriente o en Europa del Este posee el mismo valor existencial y estético que un partido de fútbol o el desenlace de un reality show.

Es fundamental que entendamos que al desplazar la tragedia hacia el terreno del puro entretenimiento, la contienda bélica entra de lleno en el simulacro absoluto que profetizó acertadamente Jean Baudrillard en su célebre obra “La Guerra del Golfo no ha tenido lugar” (1991/2005, p. 57). Allí, el pensador francés argumentó que los conflictos contemporáneos se consuman ante todo como acontecimientos mediáticos, despojados de su realidad física para el espectador global a través de la mediación técnica. Al apostar por el despliegue de tropas, el usuario no interactúa con cuerpos despedazados o ciudades reducidas a escombros, sino con gráficos dinámicos y curvas de oferta y demanda. La pantalla no sólo crea una fría distancia, sino que desrealiza. El sufrimiento se torna incorpóreo y el casino global devora los últimos vestigios de compasión humana. El horror ya no nos interroga, sino que nos entretiene y nos llena los bolsillos.

Bajo este panorama de vaciamiento ético, la dinámica mercantil que Guy Debord denunciaba en los albores de la sociedad de consumo masivo, cobra una vigencia pavorosa. En su obra fundamental “La sociedad del espectáculo” (1967/2015, p. 38), el pensador sostenía que en un mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso, y que todo lo que antes se vivía directamente ahora se ha alejado en una representación. Si nos venimos a nuestros días, las apuestas de guerra representan la fase superior de este proceso: la representación ya ni siquiera exige contemplación pasiva, sino participación lúdica y lucrativa. El usuario de las redes sociales, alienado por la descarga continua de dopamina que le proporcionan las interfaces digitales, desarrolla una tolerancia patológica a la crueldad que le impide reaccionar ante la brutalidad del mundo real.

En última instancia, el engranaje que hace posible semejante insensibilidad es el que Günther Anders diseccionó con genial lucidez. En el primer volumen de “La obsolescencia del hombre” (1956/2011, p. 245), el filósofo alemán acuñó el concepto de “ceguera ante el Apocalipsis” y teorizó sobre la incapacidad de la psique humana para aprehender los efectos reales de las tecnologías que produce de manera desmesurada. Anders sostenía que nuestra capacidad de fabricación técnica ha desbordado infinitamente nuestra capacidad de imaginación moral y de sentimiento: somos técnicamente omnipotentes pero moralmente ciegos. El individuo que utiliza de esta manera la app de Polymarket mientras toma un café no es un monstruo sadista consciente de su perversión, sino un ser patético y mutilado psicológicamente por la gigantomaquia de los aparatos que maneja, incapaz de correlacionar el incremento de su saldo virtual con el estruendo de un proyectil que despedaza niños a miles de kilómetros de distancia.

Para cerrar, queridos lectores, nos queda invitarlos a reflexionar profundamente sobre la necesidad imperativa de preguntarnos qué nos queda cuando la frontera entre el juego y la carnicería se ha desvanecido por completo en la pantalla de nuestros teléfonos. ¿De qué manera recuperamos el asombro o la indignación moral en una civilización que está premiando con ganancias monetarias la predicción exacta del asesinato en masa? Nos hallamos ante el espejo de nuestra propia decadencia, contemplando la última versión de una humanidad que parece haber entregado su alma al crupier del algoritmo. Tras apagar la pantalla y silenciar el rumor constante de las cotizaciones de la muerte, la pregunta que persiste no es cómo sobreviviremos a la tecnología, sino si nos quedará algo de humanos cuando la tormenta digital finalmente amaine.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre (Vol. 1): Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (J. Alcoriza y A. Lastra, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1956).

Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963).

Baudrillard, J. (2005). Cultura y simulacro (A. Vicens, Trad.). Kairós. (Obra original publicada en 1978).

Baudrillard, J. (2005). La Guerra del Golfo no ha tenido lugar (J. Arenas, Trad.). Anagrama. (Obra original publicada en 1991).

Debord, G. (2015). La sociedad del espectáculo (J. L. Pardo, Trad.). Pre-Textos. (Obra original publicada en 1967).

Lipovetsky, G. (2006). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo (J. Vinyoli y M. Antolín, Trads.). Anagrama. (Obra original publicada en 1983).

Nietzsche, F. (2013). La gaya ciencia (J. Jara, Trad.). Gredos. (Obra original publicada en 1882).

Sherman, N. (2026, 23 de marzo). Las "macabras" apuestas sobre la guerra por las que se pide endurecer el millonario negocio de las predicciones. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/c7054xn0kx8o
Testigo del tiempo
Por J.C. Malone
Diario Azua / 03 septiembre 2026.-

El mundo vive en un cartucho de dinamita con dos mechas encendidas; pretende que es “normal” y que, de algún modo, se apagarán solas, que nunca estallarán. En Ucrania quema una desde febrero del 2022; sigue confinada entre ese país y Rusia, pero está cambiando.

Desde febrero de 2026, arde otra mecha en Irán.

La de Irán se expandió desde el principio y hoy abarca a muchas de las naciones del Golfo Pérsico. La de Ucrania inicia una escalofriante amenaza de expansión. Rusia advierte a Inglaterra que, si continúa entregándole drones a Ucrania para que ataque poblaciones rusas, Moscú considerará a Londres un “combatiente” y responderá atacando territorio inglés.

Sería un enfrentamiento abierto entre potencias nucleares, porque podría arrastrar a todas las naciones europeas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Washington habla de armas nucleares en Irán; ambas mechas pueden estallar simultáneamente.

La idea que flota en el estamento militar estadounidense es estallar lo que llaman un “arma nuclear táctica”, lo cual significa un arma de poco poder destructivo. O que estalle en el aire para disminuir su potencial destructivo.

Usar armas nucleares en Irán contradiría todos los argumentos hasta ahora esgrimidos para justificar la guerra, cuyo “objetivo principal” siempre fue evitar que “Irán desarrolle armas nucleares”. “Evitar” que Irán desarrolle esas armas significa que no las tiene; usar una contra ella confirmaría esa posición.

Si son premisas falsas, y atacan nuclearmente a Irán, Washington debe prepararse porque Teherán responderá con armas similares. Si repasamos la historia reciente, entenderíamos que las guerras de Ucrania e Irán no son conflictos aislados, no existen en el vacío, responden a un plan maestro.

Hablo de la famosa Agenda 2030, fecha para el “reseteo” de la humanidad. Nosotros sobrevivimos mientras quienes fijaron esa fecha avanzan hacia sus objetivos. Ellos prendieron las dos mechas de la dinamita en la que vivimos; quizá decidieron cuál sería el momento indicado para que, finalmente, todo estallara en llamas. Vivimos entre dos mechas, y el estallido parece absolutamente ineludible.

Por Alfredo Cruz Polanco
Diario Azua / 02 septiembre 2026.

“Cualquier sastre del campo al del pueblo le hace un flux”. Juan Antonio Alix

Este artículo, de la autoría de este humilde servidor, fue publicado hace más o menos ocho años, pero dada la importancia de su contenido y porque aún se mantiene vigente, lo he querido retomar de nuevo, aprovechando el inicio del año escolar en nuestro país y porque las falencias y deficiencias de nuestro sistema escolar aún se mantienen.

Con gran pesar he observado que en los últimos años, varias asignaturas, técnicas y métodos gramaticales de nuestro sistema educativo, que en el pasado aportaron excelentes resultados a la enseñanza pública y privada, han sido eliminados del currículo escolar.

Lo más grave y lamentable ha sido la eliminación del currículo escolar de la asignatura “Moral y Cívica”, una nefasta decisión que ha contribuido, en gran medida, a la gran inversión de valores morales, familiares, humanos, espirituales y de principios éticos que hoy se observan en nuestra sociedad.

Desde que la misma fue eliminada, ha aumentado el irrespeto a las leyes y a la Constitución de la República; a la protección y cuidado del patrimonio público; a los valores y símbolos patrios, al medio ambiente y a los recursos naturales; a la aplicación de una justicia correcta; han aumentado los crímenes y los feminicidios, los actos de corrupción pública y privada, en fin, a la delincuencia en sentido general.

También se han dejado de impartir la lectura comprensiva, la lectura y la expresión oral; la narrativa, la caligrafía, entre otras, como una forma de aprender a retener lo escuchado y a adquirir una buena dicción y ortografía, lo cual queda reflejado en el bajo nivel formativo de una gran parte de nuestros niños, jóvenes y adolescentes, los cuales se comunican entre sí a través de las redes sociales (WhatsApp, Twitter, Instagram, Facebook, etc.).


Estos transmiten sus ideas tal como las expresan en su lenguaje verbal habitual, con lo cual contribuyen a cualquierizar y a disminuir el lenguaje escrito. La mayoría de nuestros estudiantes no pueden interpretar el contenido de un simple texto, porque no dominan la técnica de la lectura comprensiva.

Estas técnicas educativas deben ser retomadas urgentemente por nuestro sistema educativo y cultivadas y dominadas por nuestros estudiantes, pues son indispensables para su buen desarrollo profesional e intelectual.

Parte de estas técnicas las aprendimos en los primeros cursos de la primaria, realizados en una pequeña y rudimentaria escuela de un campo de Santiago de los Caballeros; de piso de tierra, cubierta de madera de palmas y techada de canas. Allí me enseñaron a cantar, además del Himno Nacional (12 estrofas), el de Duarte, Sánchez, Mella, el de la entrada a la escuela, el de las Madres, de la autoría de la insigne vegana Trina de Moya, esposa de Horacio Vásquez, varias veces presidente de la República, y muchos más.

Ahora me entero de que los exámenes finales que se impartían a los estudiantes del 2.º curso del bachillerato, equivalente al 8.º curso, serán también eliminados.

Lamentablemente, esto tiene mucho que ver con las bajas calificaciones obtenidas por nuestro país cuando el Programa Internacional de Evaluación de los Alumnos (PISA), apéndice de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), realiza una prueba aleatoria para evaluar la formación de los alumnos en matemáticas, ciencias y lectura, cuando llegan al final de la etapa de la enseñanza obligatoria.

Con esto se confirma que la verdadera formación escolar, en sanos valores y principios morales, no solo se obtiene en escuelas y colegios con grandes edificaciones, sino, en aquellas que cuentan con buenos y verdaderos maestros, como los que tuvimos en nuestra infancia y también, en cada uno de nuestros hogares.

Ojalá que los responsables de evaluar y velar por el fortalecimiento del sistema educativo de nuestro país tomen conciencia de ello, pues gran parte de nuestros jóvenes estudiantes así lo demuestran en sus comportamientos y desenvolvimiento. Esperamos que estas humildes reflexiones no
caigan en el vacío o en un terreno estéril.

El autor es Contador Público Autorizado
Máster en Relaciones Internacionales
Exdiputado al Congreso Nacional
Exmiembro de la Cámara de Cuentas de
la República 2010-2016


Lic. Carlos A. Beira, Miembro del CDP.


Diario Azua / 2 de septiembre 2026

Un llamado a la reflexión al presidente Luis Abinader y al presidente del Colegio Dominicano de Periodistas, Luis Pérez

La remodelación de la Casa del Periodista, con una inversión anunciada de 66 millones de pesos, puede representar una importante mejora para la infraestructura y las actividades del gremio. Sin embargo, ante esta realidad surge una pregunta que merece ser escuchada y respondida: ¿no ha llegado también el momento de mirar hacia aquellos periodistas que, después de dedicar gran parte de sus vidas al ejercicio de esta profesión, hoy enfrentan enfermedades catastróficas, limitaciones económicas y situaciones de extrema vulnerabilidad?

El presidente de la República, Luis Abinader, y el presidente del Colegio Dominicano de Periodistas, Luis Pérez, tienen en sus manos la oportunidad de hacer que esta inversión trascienda las paredes de un edificio y se convierta también en una expresión concreta de solidaridad con cientos de profesionales de la comunicación que hoy necesitan ayuda.

Porque una institución gremial no puede medir su grandeza únicamente por la belleza de su sede. Su verdadera grandeza está en la capacidad de proteger y acompañar a sus miembros cuando más lo necesitan.

Por eso, respetuosamente, hacemos un llamado a ambos presidentes para que recapaciten y contemplen, dentro de las prioridades del gremio, un programa especial de pensiones y asistencia para periodistas afectados por enfermedades catastróficas, así como para aquellos que, por edad, discapacidad o precariedad económica, ya no pueden sostener dignamente sus hogares.

No se trata de oponerse a la remodelación de la Casa del Periodista. Se trata de establecer prioridades humanas. Se trata de preguntarnos si, en medio de una inversión de 66 millones de pesos, no es posible encontrar mecanismos para garantizar que quienes han informado, denunciado, investigado y defendido durante décadas los intereses de la sociedad dominicana puedan recibir un respaldo digno cuando la enfermedad toca sus puertas.

¿De qué vale una casa hermosa si quienes deberían disfrutarla están postrados en una cama, luchando contra el cáncer, insuficiencia renal u otras enfermedades catastróficas, sin recursos para costear sus tratamientos?

Una Casa del Periodista debe ser mucho más que un espacio para celebrar actos, reuniones, encuentros y actividades sociales. Debe ser también una casa que abrace, proteja y tienda la mano a sus miembros.

No podemos esperar que nuestros compañeros mueran para reconocer sus méritos. La solidaridad debe llegar cuando todavía están aquí para recibirla.

Y vale recordar una verdad tan sencilla como dolorosa: desde el más allá no se puede asistir a fiestas, reuniones ni actividades gremiales.

Por eso, este llamado no pretende dividir, sino provocar una reflexión. Que esos 66 millones de pesos no sean recordados únicamente como la inversión que hizo más hermosa una edificación, sino también como el punto de partida de una política que devuelva esperanza y dignidad a los periodistas que hoy enfrentan las circunstancias más difíciles de sus vidas.

La Casa del Periodista puede tener paredes nuevas, salones modernos y una imagen majestuosa. Pero su mayor obra será siempre cuidar a sus periodistas.

Presidente Luis Abinader, presidente Luis Pérez: todavía estamos a tiempo de pensar primero en la gente.

lunes, 31 de agosto de 2026

Por Néstor Estévez
Diario Azua / 31 agosto 2026.

¿Te ha pasado alguna vez que entras a Facebook, TikTok o Instagram por un minuto y, cuando te das cuenta, ha pasado una hora? No es un accidente, ni ocurre solo contigo. Hoy en día, vivimos en un mundo gobernado por la comunicación algorítmica interactiva y persuasiva, diseñada para atraparnos en realidades virtuales basadas en la vigilancia y el espionaje.

Al aceptar sus condiciones, permitimos que las plataformas extraigan inadvertidamente partes de nuestras vidas. En este juego digital, el aburrimiento se disfraza de entretenimiento infinito y caemos en una “seguidilla” constante. Este hábito se convierte en un juego que nos hace parecer incapaces de despegarnos de la pantalla.

Esta enorme red invisible no solo decide qué videos graciosos o música nos aparecen. En los últimos años, un nuevo peligro ha entrado en nuestros celulares: a los políticos tradicionales se les han sumado los de nuevo cuño, gente que ha descubierto en ese campo una especie de “oro molido” para buscar.

Desnudando la trampa

Entre esos de llegada reciente —más uno que otro antiguo que logra reciclarse- usan la espectacularidad y la polarización para capturar nuestra atención. Así aprovechan para “bombardearnos” con desinformación, circulación de bulos y propaganda, creando pseudodebates y manipulando las discusiones que afectan a la democracia mediante algoritmos ocultos. Nos rematan dividiéndonos en grupos que se enfrentan entre sí, hasta lograr que reaccionemos con sentimientos como rabia o miedo.

La trampa social es que consumimos todo lo que nos envían buscando distracción rápida y sin ponernos a pensar. Los medios actúan a menudo como un sedante, una especie de “Valium electrónico” que alivia las tensiones cotidianas y nos invita a emocionarnos sin reflexionar. Esa gente nos acostumbra a recibir mensajes “masticados”, y olvidamos hacer preguntas sobre la realidad.

Este modelo nos convierte en receptores pasivos que solo almacenamos información de forma memorística, igual que el modelo tradicional vertical que los expertos critican con el nombre de “educación bancaria” (con depósito y retiro de datos). Además, las redes nos sitúan más como consumidores y transmisores de informaciones ajenas -estilo cotorras- que como creadores de mensajes propios.

¿Hay alguna salida?

¿Cómo podemos romper este control y salir de la trampa? No se trata de negarse a la tecnología. La clave está en desarrollar nuestro sentido crítico mediático, una valiosa herramienta que cuestiona cómo la información y el poder están conectados y nunca son neutrales. Para lograrlo de verdad, el gran maestro de la educomunicación, Mario Kaplún, nos dejó pistas muy claras que hoy resultan indispensables para transformar nuestra relación con los medios tradicionales y digitales.

Una primera pista es convertirnos en verdaderos interlocutores y no en simples oyentes silenciosos de mensajes ajenos. Existe un concepto muy poderoso llamado EMIREC (otros hablan de “prosumer”), referido a que todo ser humano es y debe ser, al mismo tiempo, emisor y receptor de mensajes.

No te limites a recibir y compartir lo que te llega de forma automática. Investiga, cuestiona las fuentes, duda de los mensajes escandalosos y busca entender cuáles ideologías y valores están representados o ausentes en los textos que consumes. Toda información es co-construida por grupos que toman decisiones en contextos sociales específicos; aprender a leer la ideología oculta detrás de las imágenes es tu mejor escudo.

Segunda pista

Una segunda pista es valorar el proceso de aprendizaje y creación por encima de los resultados rápidos. Una de las desventajas de la famosa IA es que nos ofrece resultados listos para tomar, ocultando el método y el esfuerzo intelectual que sucede detrás de la pantalla.

Esto nos ofrece un modelo conductista de estímulo-respuesta similar a los experimentos de Pavlov, donde solo apretamos un botón y vemos el resultado sin razonar. El verdadero conocimiento requiere acción, debate y reflexión colectiva. Como enseñaba Mario Kaplún, la verdadera comunicación no comienza hablando, sino escuchando, porque saber escuchar críticamente es la principal condición para entablar un diálogo real.

Estamos a tiempo para superar la trampa. No dejes que los algoritmos silenciosos decidan por ti. Cuídate de gente que no escatima medios con tal de manipular tus emociones para recibir desde tu voto hasta tu dinero. Atrévete a pensar de forma crítica y con cabeza propia.


Testigo del tiempo
Por J.C. Malone
Diario Azua / 31 agosto 2026.-

Si vemos la conexión entre dos acontecimientos aislados, nuestra perspectiva cambia para siempre; así comprenderemos la lógica detrás de la política exterior del presidente Donald Trump.

Hay 10.000 kilómetros entre Canadá e Irán; los une su petróleo y las ambiciones del imperio británico.

Canadá es una colonia británica; el rey de Inglaterra es su jefe de Estado y la figura más importante en las economías canadiense e iraní.

Los ataques de Trump a Irán y sus tarifas arancelarias a Canadá son golpes contra el imperio británico, que también ejerce gran dominio sobre la economía estadounidense.

Entre los “antiimperialistas” más importantes están: quienes no quieren ser colonizados y los imperios que no admiten competencia. Trump es un antiimperialista que no admite competencia. Resulta extraño verlo como un “antiimperialista”, pero lo es; quiere el monopolio vendiendo hidrocarburos en Occidente.

Intento explicar lo que pasa y sus razones para que, informados, saquemos nuestras propias conclusiones, así decidamos a quién apoyar o antagonizar.

Uno de los primeros golpes de Estado de la modernidad ocurrió en Irán en 1953 contra Muhammad Mosaddegh, quien nacionalizó el petróleo iraní.

La Anglo-Iranian Oil Company (AIOC), financió; el servicio secreto británico MI6 y la CIA ejecutaron el golpe. La AIOC pasó a ser British Petroleum, luego Beyond Petroleum. Ahora es BP. Inglaterra sigue controlando el petróleo iraní y canadiense, pero ni ellos ni los haitianos tienen petróleo.

El rey de Inglaterra ya no encabeza la Iglesia Anglicana; ahora es “defensor de la fe”, que incluye el islam, junto al cristianismo, en la “multi-fe”.

Antes de ser primer ministro de Canadá, Mark Carney fue gobernador del Banco Central de Inglaterra. Cuando Trump propone que Canadá sea parte de los Estados Unidos, plantea quitarle a Inglaterra su colonia más lucrativa.

Los ingleses controlan los mercados financieros occidentales y pueden provocar una crisis financiera como respuesta a Trump.

Es más fácil decir que Trump está “loco”, pero cuando vemos las cosas como son, no podemos dejar de verlas; nuestra perspectiva cambia, y podemos entender a Trump.


domingo, 30 de agosto de 2026

Por Emilia Santos Frias
Diario Azua / 30 agosto 2026.-

Toda persona cristiana es consciente de que Dios es uno en esencia, pero trino: el Padre que planea, el Hijo que ejecuta y el Espíritu Santo que revela o manifiesta la palabra. Es una doctrina asociada a la redención o perdón de nuestros pecados. Pero esta se entiende desde la revelación, no desde investigaciones de la mente racional, porque Dios es espíritu. ¿Qué significa esto?, ¿Dios solo puede ser conocido de forma espiritual?, ¿Cómo puedo alcanzar o tener en mi vida el aliento divino que da vida?

Las respuestas a nuestras interrogantes, las encontramos en el manual de vida y salvación: la Biblia. “Porque el Señor es el Espíritu”, dice segunda de Corintios, capítulo tres, versículo 17. Por tanto, él otorga dones como quiere a quien en él cree. Así lo confirma 1 Corintios 12:11.

Sin embargo, la sagrada escritura es precisa cuando indica: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. También debemos orar al Padre para que nos llene de entendimiento.

Él es el Consolador que Jesús prometió enviar para guiar a los creyentes: “…él os enseñará todas las cosas”, así lo afirma en Juan 14:26. En ese sentido, como el Espíritu Santo habita, mora en los creyentes: los cuerpos de los creyentes son su templo. Esta afirmación se lee en 1 Corintios 6:19-20. Hoy el lugar sagrado de la presencia divina, donde Dios habita, es en la persona. Por eso, gozamos de dignidad y vivimos una vida con propósito sagrado.

“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.

En ese orden, es necesario cuidar nuestro cuerpo y no profanarlo, es decir, abstenernos de corromperlo o deshonrar la morada del Espíritu Santo. Huir del pecado sexual. Como explica 1 Corintios 6:18-20. “Debemos huir de la inmoralidad sexual y cuidar nuestro cuerpo porque pertenece a Dios”.

El Espíritu Santo tiene potestad para transformarnos, porque produce fruto espiritual: amor, gozo, paz, benignidad, templanza, fe, mansedumbre, paciencia y bondad. Al tiempo de otorgarnos poder para que podamos testificar de la gloria de Cristo, como bien aseveran Gálatas 5:22-23 y Hechos 1:8. ¡Aceptemos al Espíritu Santo, consolador de nuestras vidas! Él nos invita a ser testigos y dar testimonio de la misión y obra de Jesucristo.

“…y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”. Como detalla el apóstol Juan en su capítulo 14, versículo 16. Sigamos orando para que, conforme a su misericordia, nos conceda, como nos indica en 2 Corintios 13:14, la gracia de Jesucristo, su amor, y que la comunión del Espíritu Santo sea con nosotros. Que así sea.

Hasta pronto.

La autora reside en Santo Domingo
Es educadora, periodista, abogada y locutora.

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 31 agosto 2026.-

“Toda violencia, en su calidad de medio, o es violencia que funda el derecho o es violencia que conserva el derecho”. Walter Benjamin, Para una crítica de la violencia

Seguramente, alguna vez han escuchado el vocablo “hybris”, un concepto griego que denota la desmesura y el orgullo desafiante, no como un defecto del carácter en sí, sino como una categoría central en el pensamiento antiguo. En la mitología y la tragedia griega, la hýbris no se manifestaba simplemente como soberbia, sino como una transgresión activa de los límites impuestos por los dioses y el orden cósmico. Esta “insolencia” conducía inexorablemente a la némesis, el castigo divino que restablecía el equilibrio.

La caída de Edipo, por ejemplo, ilustra cómo la ignorancia y la arrogancia de su destino lo llevaron a consumar los oráculos que intentaba evadir. Su destino, profetizado desde su nacimiento, era matar a su padre y casarse con su madre. Él, al conocer el oráculo, toma medidas extremas para evitarlo: abandona a quienes cree que son sus padres, el rey y la reina de Corinto. Sin embargo, en un acto de arrogancia e ignorancia (la hybris), sin saber que no eran sus verdaderos padres, se enfrenta a un hombre mayor en el camino y lo mata en un arrebato de ira, cumpliendo así la primera parte de la profecía. Más tarde, al resolver el enigma de la Esfinge y ser aclamado como héroe, se le ofrece el trono de Tebas y la mano de la reina viuda, Yocasta. Al aceptar el poder y el matrimonio, Edipo completa el círculo de su destino trágico. Su caída no es un simple castigo divino, sino el resultado directo de su intento de evadir el destino con orgullo, lo que lo lleva, sin saberlo, a cumplirlo. Pues bien, la hybris de Edipo reside en su creencia de que podría burlar a los dioses y al destino mediante su propia voluntad.

También, en la Ilíada de Homero, la hybris de Aquiles se manifiesta en su rechazo a entregar el cuerpo de Héctor a Príamo, una afrenta que viola los códigos de piedad y honor. El dios Apolo mismo, al ver la impiedad del héroe, lo increpa diciéndole: “¡No tienes corazón, Aquiles! ¡No hay piedad en tu pecho, que te atreves a ultrajar al muerto!” (Homero, Ilíada, Canto XXIV). Es, justamente, el rechazo a reconocer la propia finitud humana frente al orden establecido, sea este divino o natural. Tal como señaló Cornelio Castoriadis en “La institución imaginaria de la sociedad”, “la hybris no es la desmesura de una ‘cosa’ o una ‘fuerza’, sino la desmesura de la significación, del proyecto de dominio” (Castoriadis, 1975). Es, en definitiva, el proyecto de anular la alteridad y de imponer una voluntad única.

Ahora bien, el ejercicio del poder en la modernidad, despojado de los frenos divinos y heroicos del mito, revela una hybris de nueva índole. La soberbia de los gobernantes contemporáneos no solo se manifiesta en la opulencia o la patética autoglorificación, sino en la convicción de una capacidad ilimitada para moldear la realidad y a la ciudadanía según sus caprichos decadentes. Se trata de un menosprecio por la verdad y por el disenso, una negación de la complejidad social que se traduce en políticas inútiles, unilaterales, autoritarias y, a menudo, violentas. Este tipo de gobernante, imbuido de su propia infalibilidad, genera una profunda fragilidad en los vínculos sociales. La confianza mutua, el diálogo y el reconocimiento del otro como interlocutor válido se desvanecen. Lo que emerge es una relación de poder vertical, donde la única interacción permitida es la sumisión o el conflicto.

Esta desconexión tiene un correlato directo con la violencia reinante en la clase política global. La arrogancia del poder no es una causa aislada, sino un síntoma de una patología social más profunda. Como argumentó Walter Benjamin, la violencia puede ser vista no solo como un medio para un fin, sino como una expresión de la ley misma, cuando el poder se torna absoluto y pierde su legitimidad. Concretamente, en su ensayo titulado “Para una crítica de la violencia”, sostuvo que “toda violencia en su calidad de medio, o es violencia que funda el derecho o es violencia que conserva el derecho” (Benjamin, 1921). En este sentido, la hybris del gobernante es una forma de violencia que busca conservar un poder ilegítimo, perpetuando un círculo vicioso de coerción y resentimiento.

En el marco de nuestra reflexión, el caso de Antígona y Creonte, de la tragedia de Sófocles, ofrece una perspectiva crucial para entender la hybris en el ámbito estrictamente político. Creonte, gobernante de Tebas, encarna la hybris política en su forma más pura, puesto que, tras la muerte de los hermanos de Antígona, Eteocles y Polinices, Creonte decreta que Eteocles sea honrado como un héroe, mientras que el cuerpo de Polinices, considerado un traidor, será dejado sin sepultura, una pena que viola las leyes divinas y los ritos funerarios griegos. Él mismo lo expresa al confrontar a Antígona: “Mi voluntad es la ley, y la ley es lo que conviene al Estado, y lo que conviene al Estado es la voluntad del gobernante” (Sófocles, Antígona, vv. 665-666).

Al anteponer su edicto a los designios de los dioses y a los lazos de sangre, Creonte comete una transgresión monumental. Este acto de desmesura no solo es una falta de moral, sino una ruptura con el orden cósmico. Su arrogancia lo ciega, impidiéndole ver las consecuencias de sus acciones, que culminan en la muerte de su hijo Hemón, de su esposa Eurídice y, finalmente, en su propia desolación. La némesis se manifiesta de manera inexorable, demostrando que ninguna ley humana, por más que emane del poder, puede subyugar las leyes de lo divino y la naturaleza. En definitiva, la tragedia muestra que el gobernante que no reconoce los límites de su poder, está condenado a la ruina.

El caso de Antígona, aunque a veces es interpretado como un acto de heroísmo, también puede ser analizado a la luz de la hýbris. Su desmesura no es la del poder, sino la de la piedad. Su convicción de que las leyes divinas tienen primacía absoluta la lleva a desobedecer la ley del Estado de forma pública y desafiante. Al enterrar a su hermano, ella no solo cumple un deber religioso, sino que también desafía frontalmente la autoridad de Creonte, demostrando un orgullo trágico en su propia rectitud. Si bien sus motivos son nobles, su inflexible adhesión a su propia verdad la lleva a un final violento, sacrificando así su vida y la de otros.

En este punto, me resulta imprescindible recordar la frase atribuida al general José de San Martín: “La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”. La historia moderna está repleta de líderes que, al igual que los personajes trágicos precitados, sucumbieron a la hybris. El poder, una vez adquirido, puede desencadenar una visión magnificada de sí mismo en el gobernante, llevándolo a ignorar la crítica, despreciar el consejo y creerse infalible. Este fenómeno, denominado por el médico y político David Owen como el “síndrome de hybris”, se manifiesta con características como el desprecio a la opinión ajena, la exaltación personal y la creencia de que se es un instrumento divino o moralmente superior para llevar a cabo una misión.

Un caso paradigmático de hybris moderna es el del expresidente estadounidense George W. Bush y su decisión de invadir Irak en el año 2003. A pesar de las advertencias de los inspectores de armas de la ONU y de la creciente oposición internacional, Bush y su administración justificaron la guerra basándose en la supuesta existencia de armas de destrucción masiva, una afirmación que resultó ser infundada. Aquí, la desmesura no radicaba solo en la decisión militar, sino en la convicción mesiánica de que los Estados Unidos tenían la misión de liberar a Irak e imponer la democracia. Como señalan varios analistas en todo el mundo, la arrogancia de Bush y su equipo los llevó a ignorar la complejidad de la situación, desestimar las posibles consecuencias y creer que la victoria sería rápida y sin complicaciones. Pues bien, este desprecio por la realidad y la confianza excesiva en su propio juicio son claros signos de hybris, y la némesis se manifestó en la prolongada guerra en un caos regional y una inestabilidad que perdura hasta nuestros días.

Otro ejemplo contemporáneo de hybris puede ser analizado en el contexto del conflicto en Gaza. Cientos de medios de comunicación han señalado que la inteligencia israelí, antes del ataque del 7 de octubre de 2023, sufría de un exceso de confianza y desprecio hacia las capacidades de sus adversarios. Esta arrogancia, que en informes de Al Jazeera ha calificado como “hybris militar y política”, se manifestó en la creencia de que el “disuasivo militar” era infalible y que la amenaza de Hamás estaba contenida. Además, se ha documentado que el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu implementó por años una estrategia que consistía en permitir que Hamás recibiera fondos y se mantuviera en el poder en Gaza, con el objetivo de debilitar a la Autoridad Palestina y frustrar la posibilidad de un estado palestino unificado.

En sus propias palabras de 2019, registradas por los medios, Netanyahu afirmó que “cualquiera que quiera frustrar un Estado palestino debe apoyar el refuerzo de Hamás; es parte de nuestra estrategia”. Esta decisión, basada en la convicción de una capacidad ilimitada para manipular a los adversarios, ignorando las consecuencias a largo plazo, es una clara manifestación de hybris política. La némesis, en este caso, se ha presentado como un catastrófico fracaso de inteligencia, una guerra prolongada, la crisis humanitaria y una pérdida de apoyo internacional sin precedentes, demostrando que la desmesura de una estrategia basada en la división y el desprecio por la fuerza del adversario conduce a una debacle inevitable.

Ante este panorama, proponemos una reflexión crítica que nos exige a ir más allá de la mera acusación a los líderes. La violencia política es, en gran medida, un eco de la violencia de la sociedad que la engendra. No se puede esperar que un cuerpo social fragmentado, exacerbado por las tensiones económicas y las fracturas ideológicas, produzca gobernantes con ecuanimidad y templanza. Los líderes emergen de la colectividad y reflejan sus pulsiones más íntimas. Si la sociedad privilegia el éxito individual sin importar el costo, si exalta la confrontación y desconfía del otro, es natural que en las urnas se seleccionen figuras que encarnan esas mismas características. La hybris del gobernante es, por tanto, el espejo de una hybris colectiva, la de una sociedad que ha olvidado sus límites y las virtudes de la moderación y el bien común.

Ahora bien, les pregunto con humildad, queridos lectores: ¿Es la sociedad la que moldea a sus gobernantes, o son los gobernantes quienes corrompen a la sociedad? ¿En qué medida la retórica de la confrontación, tan presente en el discurso político, alimenta la violencia social y viceversa? ¿Podemos realmente demandar templanza a nuestros líderes si nosotros mismos, como ciudadanos, no estamos dispuestos a ejercerla?

Referencias: Benjamin, W. (1921). Para una crítica de la violencia. En Obras completas, vol. II. Abada Editores, 2000.
Castoriadis, C. (1975). La institución imaginaria de la sociedad. Tusquets Editores, 1983.
Hegel, G. W. F. (1807). Fenomenología del Espíritu. Fondo de Cultura Económica, 1966.
Homero. La Ilíada. Traducción de E. Crespo. Gredos, 2000.
Sófocles. (2000). Antígona. Traducción de A. B. Medina. Gredos

El autor es docente
 Escritor y filósofo
San Juan - Argentina (2026)

Por Alfredo Cruz Polanco
Diario Azua / 24 agosto 2026.-

El político piensa en las próximas elecciones. El estadista en las próximas generaciones”. Otto Von Bismarck

Hace varios años escribí unas humildes reflexiones en las que le hacía una serie de recomendaciones a la administración gubernamental pasada, dado el control que tenía en casi todos los poderes del Estado dominicano. Las mismas estaban fundamentadas en las primeras lecciones de economía que conoció el hombre, las cuales se encuentran plasmadas en las Sagradas Escrituras, en el libro del Génesis, capítulo 41. Me refiero al “periodo de las vacas gordas”.

Dichas lecciones hacen alusión a una historia bíblica, en la que José, “el Patriarca”, interpretó un sueño profético narrado por el faraón de Egipto, de cómo siete vacas gruesas fueron devoradas por siete vacas famélicas. Según lo interpretado por José, Egipto tendría siete años de prosperidad, para luego pasar a siete años de una profunda crisis alimentaria.

En la vida real, los hechos no siempre se comportan de forma lineal en todo el accionar de la naturaleza y del ser humano, pues se nos producen altas y bajas en lo político, en lo económico, social, cultural, empresarial, deportivo, profesional o familiar. Se nos presentan momentos de bonanzas, de prosperidad (vacas gordas) y momentos de crisis, de escasez (vacas flacas), por lo que se hace necesario tomar las decisiones más apremiantes, atinadas y oportunas, que vayan acorde al momento y a las circunstancias, con las cuales se puedan enfrentar las posibles eventualidades y dificultades que se nos presenten en el futuro.

Aunque durante esa gestión gubernamental se avanzó bastante y se tomaron importantes medidas en lo material e institucional, se debió haber aprovechado la coyuntura, la oportunidad y la gran mayoría que se ostentaba en los distintos estamentos del Estado, para propiciar o producir las reformas y las transformaciones institucionales que requería el país, ya que dicha coyuntura política no le sería favorable para siempre.

Se debió haber realizado una reingeniería al Estado dominicano, en la que fueran disueltas o fusionadas aquellas instituciones que no rinden ninguna labor favorable al Estado dominicano y fortalecer aquellas que sí lo hacen, para poder alcanzar el grado de desarrollo institucional y material que requiere el país, sin importar si convenían o no en esos momentos, a intereses partidarios.

Lo mismo sucede en la actual gestión gubernamental del Partido Revolucionario Moderno (PRM), que preside el licenciado Luis Abinader Corona, el cual ostenta un control casi absoluto de todos los poderes del Estado y sus instituciones, por lo que de nuevo quiero hacerle las mismas sugerencias, pues muchas veces, cuando se está en la oposición, se exige que se lleven a cabo los cambios, las transformaciones y modernizaciones institucionales y sociales que requiere el país para alcanzar el desarrollo material e institucional que este requiere, pero que cuando se alcanza el poder, no se realizan.

En ese momento sugerimos aprobar el Código Cooperativo y el Procesal Penal, la ley de Ordenamiento Territorial; las modificaciones a la Ley de la Seguridad Social, número 87-01, la No. 64-00, sobre Medio Ambiente y Recursos Naturales; la de Partidos, Movimientos y Organizaciones Políticas; sobre el Régimen Electoral; Compras y Contrataciones Públicas; el Pacto Eléctrico; el reglamento a la ley de Regulación Salarial; fortalecer la Dirección de Migración, la de seguridad ciudadana, entre otras tantas leyes y medidas que deben ser aprobadas, algunas de ellas duermen el sueño eterno en el Congreso.

Algunas de estas reformas pueden que tengan algún costo político para el partido gobernante, pero serían bien recibidas por la sociedad y muy beneficiosas para el país.

En las pasadas elecciones del año 2024, el PRM dedicó cientos de millones de pesos en apoyo a sus candidatos a diputados y a senadores, según lo expresó el fallecido alto dirigente de ese partido, Ramón Albuquerque. Eso se hizo con el objetivo de tener el control político en ambas cámaras legislativas, mayoría que ha sido utilizada casi exclusivamente para aprobar mecánicamente todos los préstamos internacionales que somete el poder ejecutivo, cuya deuda se ha duplicado, alcanzando los casi 80 mil millones de dólares, y para proyectos que en nada benefician al país.

Lamentablemente, estos empréstitos no han sido aprobados para obras de desarrollo y de capital; desgraciadamente, han sido tomados para gastos corrientes (nóminas, publicidad improductiva, subsidios sociales, pensiones inmensas, pagos de intereses, viajes, viáticos, entre otros). ¿Para qué ha servido esa gran mayoría congresional, si no se ha puesto al servicio de los mejores intereses del país?

Aún hay tiempo para realizar dichas reformas, pues de no hacerse ahora, es muy probable que la historia, las presentes y futuras generaciones le pasarán factura y se lo tomarán en cuenta. De no hacerse en el momento oportuno, vendrán las acostumbradas lamentaciones, exigencias, reclamos y protestas para que se hagan las transformaciones y para que se apliquen las medidas que debieron haberse aplicado, pues luego será muy tarde, pues ya no se contará con el control que se tenía en el Congreso Nacional, el cual no fue aprovechado en beneficio del país y de las futuras generaciones

El autor es Contador Público Autorizado
Máster en Relaciones Internacionales
Exdiputado al Congreso Nacional
Exmiembro de la Cámara de Cuentas 2010-2016






Testigo del tiempo
Por J.C. Malone
Diario Azua / 30 agosto 2026.-

Conversando con unos amigos, durante la primera campaña que ganó el presidente Donald Trump, intentaban “alertarme” e “iluminarme” para “rescatarme del peligro” que representaba ese candidato inusual.

Después de escucharlos detenidamente, como si les prestara atención, les explicaba mi punto de vista.

Hillary Clinton era la candidata del grupo que durante años controla el poder; con ellos, Trump pasó de ser un niño mimado y malcriado a convertirse en celebridad nacional y mundial. Ellos lo hicieron, ellos lo parieron; si ahora él se levanta contra ellos, ese problema no es mío. No invertiré energías para tratar de rescatarlos de las consecuencias naturales de sus decisiones y comportamientos históricos.

Ese grupo construyó a Trump, como el doctor Víctor Frankenstein, en la novela Frankenstein de Mary Shelley, construyó al monstruo que se levantó contra él.

Eso ocurre en la República Dominicana con Santiago Matías (Alofoke), empresario, personalidad radial, streamer y productor discográfico, hoy aspirante a la presidencia. Todos lo crearon; la élite lo desprecia.

Una élite político-empresarial, corrupta y delincuente, se robó el presupuesto educativo durante muchos años; ahora se queja de que “Alofoke” y sus seguidores son “analfabetos”.

Trump es producto de la sociedad estadounidense, como Alofoke lo es de la República Dominicana; ninguno vino del planeta de Superman, donde usan los calzoncillos por fuera.

Cuando ocurren grandes transiciones, muchos migran del entretenimiento a la política: Ronald Reagan gobernó los Estados Unidos, Arnold Schwarzenegger gobernó California y, hasta ahora, Volodymyr Zelensky gobierna Ucrania.


Todos apoyamos el ascenso de Alofoke, quien se robó el presupuesto educativo sin educar a nuestros hijos, y los indiferentes que nunca demandaron educación pública de calidad.

¿Cómo pasó la República Dominicana de Joaquín Balaguer, un intelectual sólido, a Alofoke, el otro extremo? Quienes nos gobernaron desde 1996 son los únicos responsables.

Si Alofoke y sus seguidores no tienen educación, Leonel Fernández, Hipólito Mejía, Danilo Medina y Luis Abinader son los únicos responsables.

Alofoke y Trump no “causan” nada, no son “malos”; son respuestas de sus pueblos, contra su clase política corrupta y decadente.

 

Por Óscar López Reyes
Diario Azua / 30 agosto 2026.-

En 1976, en Barahona, yo ganaba 100 pesos mensuales en dos trabajos –en el gobierno y en un medio de comunicación–, cubría holgadamente los gastos de mi recién formada familia de cuatro miembros, y me sobraba dinero. Caminaba las calles del pueblo como un privilegiado, sin deudas ni estrés. Dormía como un lirón por el estilo de vida sobrio y albergaba una gran esperanza en el futuro.

Como en la mayoría de las casas, en la mía no había televisión, teléfono, nevera, aire acondicionado y mucho menos un vehículo de motor. Tampoco estufa, licuadora, inversor ni botellones de agua, porque por una tubería llegaba sin pagar un solo centavo, igual que la basura, y se pagaban chelitos por el consumo de luz. En el liceo no se cobraba.

En los patios de las dos casas alquiladas donde vivía, en las céntricas calles Colón casi esquina Duvergé y Jaime Mota casi esquina José María Cabral, había frondosos árboles de mangos y limoncillos (quenepas), y en la última, anafres (hornillos para cocinar con carbón) y una letrina surtida con periódicos y fundas de papel –provenientes de colmados– para el aseo defecatorio.

Esos pliegos sanitarios representaban una muestra de progreso, porque en las afueras de la ciudad y en las lomas, como Chene, en Enriquillo, para la limpieza tras las necesidades fisiológicas se acudía, en los montes, a piedras, hojas verdes, tusas de maíz y troncos leñosos —en forma giratoria— que se ramificaban desde el suelo.

Entre 1973 y 1976, en colmados y almacenes –no existían supermercados– se compraban menos de 20 productos hogareños, con precios establecidos por la Dirección General de Control de Precios. Una libra de arroz costaba 8 centavos, una libra de habichuelas 7 centavos, una libra de azúcar 4 cheles, una libra de carne 10 cheles y una botella de aceite comestible valía 30 centavos.

A primera hora de la mañana y en la tardecita se vendía a 8 y 10 cheles una botella o litro de leche de vaca, bien pura, acabada de llegar en bidones desde fincas ganaderas de Amador Pons, Sarita Báez, Buchinche Pérez Espinosa, los hermanos Milongo y Napó (Napoleón) Pérez, los hermanos Dámaso y Zulema López (mis tíos) y otros.

Los gastos eran restringidos, y los regalos escasos, porque muy pocos celebraban cumpleaños o visitaban restaurantes. Predominaba el consumo de helados, principalmente los domingos, antes y después de las retretas del Parque Central.

Esos precios son recordados por mercaderes y amas de casa de la época, debido a que no existían estadísticas de la canasta básica de consumo en pesos dominicanos, en virtud de que, justamente en 1976, el Banco Central fue cuando inició la Encuesta Nacional de Gastos e Ingresos de los Hogares (ENGIH).

A la postre, la compra alimenticia mensual para ocho personas –porque había que separar manjares para los vecinos más cercanos y los padres de los esposos– ascendía a menos de 20 pesos mensuales. Otros gastos: Un par de zapatos de la fábrica gubernamental Fac Doc costaba 4 pesos, y cuando al prestamista “Viste Encuero”, muy conocido en el mercado público y los predios judiciales de Barahona, los días 25 –fecha de pago en el gobierno– le avanzaban 50 centavos de un crédito de 7 pesos, los aceptaba gustosamente.

En esos años, el peso dominicano tenía una paridad con el dólar estadounidense, o sea, uno por uno. Para las transacciones cotidianas, junto a las monedas de 5, 10, 25 y 50 centavos, la de un centavo circuló hasta 1987, con la efigie de Caonabo, cuyo poder adquisitivo fue anulado por la inflación, aunque no se conoce la emisión de una resolución definitiva del Banco Central que la despoje de su poder liberatorio.

Aquellos conmemorados, bien recordados y limpiecitos 100 pesos mensuales: 60 de la Corte de Apelación (no se registraba ninguna deducción de impuestos sobre la renta ni de seguridad social) y 40 pesos de Radio Barahona equivalen, a junio de 2026, a 125 mil 898 pesos con 56 centavos nominales, calculando el Índice de Precios al Consumidor, año por año, el valor del capital y el efecto inflacionario. A este último salario, la Dirección General de Impuestos Internos le reduce a 98 mil 400 pesos con 44 centavos, porque se le aplica un descuento de 27 mil 498 pesos con 12 por aportes de la Tesorería de la Seguridad Social (TSS) y el Impuesto sobre la Renta (ISR).

¡Ah, consumismo y lujos!

¡Uy, prima del dólar!

¡Guau, globalización!

Entre 1973 y 1976 yo andaba despacio, a pie, relax y divertido, de un sitio a otro por las calles de Barahona como un afortunado, porque en la Corte de Apelación (juicios penales y civiles) me desempeñaba como mecanógrafo y mensajero ocasional, ya que estaba responsabilizado de buscar, el 25 de cada mes en las oficinas de Correo, los cheques de los jueces Federico Neftalio Cuello López (Nene), Doro Buenaventura Vásquez, Máximo Deñó, Rafael Dotel Recio y David Vicente Vidal Matos, y el procurador general de ese tribunal, Secundino Gómez Pérez (Jumito), máximas autoridades judiciales de la provincia.

El día 25, los magistrados arribaban a la Corte más temprano que nunca, caminando desde sus casas, sin parafernalias. Recuerdo cuando los secretarios de la Corte, Rafael Alfredo Pérez Rocha (Fellito Tinina), y la Procuraduría, Alejandro Rocha Peña (Mingolito), les entregaban a los jueces los emolumentos que devengaban: unos 250 pesos. Fungían como alguaciles Rafael Matos (Alito), Ignacio Mota y Luis Marino Arias. De unos 20 empleados de ese tribunal, solo sobreviven este último, hoy notario público; el extogado David Vidal, la entonces escribiente Teresa Peña y este servidor.

Yo era el menor de edad y el de más bajo salario: 60 pesos mensuales, el mínimo estatal, y cumplía el horario de 7:30 a.m. a 1:30 p. m. En la segunda jornada laboraba, desde las 3 de la tarde hasta las 7 de la noche, como secretario auxiliar de Rodolfo Z. Lama Jaar, propietario de Radio Barahona, Radio Pedernales, Radio Jimaní y Radio Neyba. Redactaba cartas, anuncios y notas luctuosas, nutrido por mis primeras prácticas escriturales en los clubes culturales y en los murales de la Juventud Comunista (Pacoredo) del liceo secundario Federico Henríquez y Carvajal.

El 11 de febrero de 2026 -justo 50 años después, porque ingresé en el citado mes- volví a las oficinas de la Corte de Apelación de Barahona y la nostalgia me envolvió con los cambios experimentados: existía uno que otro escritorio de caoba, pero ni en sombra las máquinas mecánicas Olympia, Olivetti y Remington, y prácticamente todos los jueces y empleados de 1973-1976 viajaron a un espacio inhóspito. El salario mínimo es de 20 mil 500 pesos y los titulares de Corte de Apelación ganan desde 260 mil 859 hasta más de 362 mil 304 pesos.

Albricias: Aparecieron los datos de mi ingreso al Poder Judicial, y me expidieron la certificación pertinente. El juez presidente de la Cámara Penal de la Corte y juez coordinador del Departamento Judicial (Barahona, Pedernales, Bahoruco e Independencia), Joselín Moreta Carrasco, me dispensó la más esplendorosa atención. Lo que no dijo el texto fue que fui cancelado —el más próspero premio de mi vida, porque tuve que emigrar forzosamente a Santo Domingo— por negarme a ingresar al Partido Reformista del gobernante presidente Joaquín Balaguer. ¡Qué vida, Balaguer!

El autor: Periodista, mercadólogo, catedrático, escritor y comentarista de medios escritos, televisivos y digitales.

lunes, 24 de agosto de 2026

Por Néstor Estévez
Diario Azua / 24 agosto 2026.-

Entre otros temas, agosto incluye el regreso a las aulas en República Dominicana. Pero se me ocurre pensar que con ese regreso no es suficiente. Como dicen en misa, “es justo y necesario”, además de urgente, que también aprovechemos otros espacios para aprender.

Para este año escolar 2026-2027, el gobierno dominicano ha manifestado su empeño de cara a asegurar que las escuelas estén listas y que los maestros reciban capacitación. Sin embargo, el inicio de clases llega con preocupaciones. Mientras la Asociación Dominicana de Profesores (ADP) advierte sobre las grietas físicas en planteles, y Acción Empresarial por la Educación (Educa) valora la creación de un "banco de tiempo" para recuperar días de docencia perdidos, una amenaza invisible debería ocuparnos con alto empeño: la falta de pensamiento crítico en nuestra vida diaria.

Este año escolar no será uno cualquiera porque nos acercamos a otro proceso electoral. Y para quien lo considera lejano, desde ya nos tienen entre aspirantes y hasta con discusiones en torno a encuestas y otros temas de campaña. De todos modos, con o sin campaña, vivimos bombardeados por una inmensa avalancha de muchos miles de mensajes diarios en redes sociales y plataformas.

En este complejo mar de información, aprender a pensar por nosotros mismos ya no es solo una tarea para sacar buena nota en el aula; es una herramienta de supervivencia para defender nuestra mente, nuestra libertad y nuestra democracia.

Convergencia mediática

Hoy en día, con un celular en la mano, todos vivimos en "convergencia mediática". Recibimos mensajes simultáneos por WhatsApp, TikTok, Facebook y una larga lista de medios. El gran peligro es que muchos de estos mensajes son falsos.

La investigación científica nos enseña que es vital aprender a distinguir entre dos tipos de mentiras. Por un lado, información errónea, que ocurre cuando alguien comparte un dato equivocado de manera inocente o por simple confusión. Por otro lado, la desinformación, que consiste en mentiras creadas a propósito para engañar a la población o para ganar dinero.

En cualquier tiempo, pero principalmente en el que se avecina, estas formas de desinformación correrán como pólvora por nuestros celulares. Nos llegarán videos manipulados con inteligencia artificial, textos escandalosos y promesas exageradas diseñadas para despertarnos rabia o miedo. Si no estamos atentos, podemos caer en la "publicidad híbrida", un truco donde nos presentan un mensaje pagado o con intenciones ocultas bajo la apariencia de una noticia real, una recomendación desinteresada o la opinión de cualquier “influencer”.

¿Cómo podemos protegernos frente a esta embestida? En el pasado, se confiaba en medios que se habían ganado la confianza. Pero en nuestro mundo digital moderno, ese modelo ha cambiado. Ahora no hay Chapulín para defendernos. Ahora, la verdadera clave reside en la corresponsabilidad ciudadana. Esto significa que cada uno de nosotros tiene el deber de convertirse en el primer filtro de la información que consume y comparte. No debemos creer algo solo porque lo envió alguien conocido por WhatsApp o porque la publicación tiene miles de vistas.

La verdadera educación

La verdadera educación no consiste solo en aprender cómo usar un celular o cómo buscar información rápida en internet. Como señalan especialistas, muchas veces nuestros sistemas escolares se enfocan demasiado en enseñarnos la parte técnica (el "cómo" usar la tecnología), pero olvidan enseñarnos lo más importante: el "para qué".

Por eso necesitamos desarrollar un sentido crítico profundo, una actitud activa que nos impulse a hacernos preguntas sencillas ante cualquier publicación llamativa: ¿Quién realmente manda a decir esto? ¿De dónde obtuvo la información? ¿Qué interés oculto puede tener esa persona?

En este tema tenemos dos tipos de grietas que no deben esperar más. Arreglar a tiempo las grietas físicas de nuestras escuelas es una tarea urgente de las autoridades. Sin embargo, arreglar las grietas de nuestra atención y juicio crítico frente a las pantallas es una responsabilidad compartida de toda la sociedad.

Mi propuesta es que para este año escolar 2026-2027 decidamos educarnos no solo para pasar de curso, sino para ser ciudadanos libres que nadie pueda manipular con mentiras. Tenemos dos tareas: regresar a las aulas con la mente bien despierta y aprender a pensar con cabeza propia.

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 24 agosto 2026.-

“Estoy sólo en medio de estas voces velices y razonables. Todas estas criaturas pasan su tiempo explicando, comprendiendo felizmente que están de acuerdo entre ellas”. Jean-Paul Sartre (La náusea, 2011, p. 24)

Existe una forma silenciosa de extrañamiento que no nace del abandono ni del aislamiento físico, sino de una inadecuación tonal. Aparece a menudo en medio de la abundancia afectiva, en la mesa compartida con seres amados, inteligentes y bienintencionados, cuya generosidad humana resulta innegable. Sin embargo, en el instante preciso en que el espíritu intenta volcar aquello que ha madurado a lo largo de años de contemplación, lecturas o grietas existenciales, la palabra cae en una superficie blanda que absorbe el impacto sin devolver resonancia. Nadie rechaza la enunciación; sencillamente falta el tejido simbólico para sostenerla. Distinta de la marginación social y ajena a la carencia afectiva, la soledad intelectual se nos presenta como una grieta invisible que se abre cuando el nivel de conciencia y la elaboración subjetiva de un individuo desbordan el horizonte de interpretación de su entorno inmediato.

Frente a esta distancia insular, resulta casi inevitable tropezar con una trampa psicológica que suele ser devastadora: transformar la falta de sintonía en un defecto personal. Dado que las personas queridas poseen lucidez, bondad y el deseo sincero de acompañar, la mente concluye apresuradamente que el desacople responde a una incapacidad propia para amar o vincularse. Así, se germina una mezcla turbia de culpa, vergüenza y frustración. Por temor a sonar arrogante, o por el pánico soterrado a que esa brecha sea la prueba de una rareza patológica, el sujeto opta por amputar su propio discurso y forma de vida. Al respecto, Donald Winnicott (1993, p. 183) conceptualizó con precisión la respuesta defensiva ante esta exigencia de adaptación al señalar que “sólo el sí-mismo verdadero –el True Self- puede ser creativo y sólo el sí-mismo verdadero puede sentirse real”, añadiendo que la construcción de un “falso sí-mismo” (False-Self) responde a la necesidad de proteger la intimidad frente a un medio que no puede alojarla. Apagar la voz singular para no incomodar al grupo constituye una maniobra de supervivencia afectiva, aunque esa diplomacia forzada termine funcionando como una lenta sofocación del deseo.

Si queremos intentar desentrañar la raíz ontológica de este distanciamiento, es conveniente desmantelar la fantasía de que el pensamiento es un espacio transparente de acceso comunitario. En “El hombre y la gente”, José Ortega y Gasset (1983, p. 151) enfatizó que “la vida humana es en su radicalidad sólo la mía”, recordando que el entramado de las costumbres sociales representa una construcción secundaria edificada sobre la soledad originaria del individuo. Al profundizar en la comprensión de sí y del mundo, la persona abandona las certezas heredadas de la tribu y acepta el riesgo de habitar esa soledad primaria. No se produce allí un repliegue soberbio ni un desprecio resentido hacia los allegados, sino un desplazamiento en la frecuencia perceptiva. Cambiar de canal no significa juzgar la música de los demás, del mismo modo que adentrarse en alta mar no implica despreciar la seguridad de la orilla.

Asimismo, desde la corriente existencialista cobra un sentido fundacional respecto a la autenticidad del ser. Lejos de constituir un accidente desafortunado, la soledad intelectual se revela como la prueba irrefutable de que el individuo ha despertado de la somnolencia colectiva. Albert Camus (2012, p. 15) describe magistralmente este instante de fractura al plasmar en “El mito de Sísifo” que “comenzar a pensar es comenzar a estar minado”, indicando con ello que el ejercicio de la lucidez resquebraja las certezas automáticas y coloca al sujeto frente al espesor desconocido de la existencia. Cuando las explicaciones convencionales dejan de satisfacer, la persona experimenta un vértigo ante el cual la masa suele permanecer anestesiada. Justamente en “La náusea”, Jean-Paul Sartre (2011, p. 24) retrató magistralmente esta disonancia al confesar la extrañeza del sujeto reflexivo ante la masa acomodada en el consenso: “Estoy sólo en medio de estas voces velices y razonables. Todas estas criaturas pasan su tiempo explicando, comprendiendo felizmente que están de acuerdo entre ellas”. Esa soledad no es un vacío estéril, sino el territorio ontológico donde la libertad asume el peso de su propia marcha.

Paralelamente, la analítica existencial desarrollada por Martin Heidegger permite comprender la estructura social que promueve la incomprensión de lo singular. En “Ser y tiempo”, el filósofo alemán (2009, p. 148) analiza cómo la cotidianeidad tiende a disolver la responsabilidad individual en el dominio impersonal del “se”- aquello que se dice, se piensa o se hace-, afirmando que en ese modo de estar “cada cual es el otro y ninguno es él mismo”. La soledad intelectual irrumpe precisamente cuando el “Dasein” reniega de esa dictadura del murmullo homogéneo y recupera su posibilidad más propia. Desmarcarse del discurso automatizado produce incomodidad en el entorno porque expone la fragilidad de las certezas compartidas: no hay nada más incómodo que expresar un desacuerdo fundamentado y argumentado ante una muchedumbre que parlotea estupideces sin cesar. De este modo, la soledad deja de ser una condena para convertirse en la condición de posibilidad de una existencia auténtica, en el peaje ineludible que paga quien decide no diluir su ser en la masa.

En este punto resulta indispensable tender un puente hacia una dimensión indivisible del intelecto: la conciencia ética. Agudizar la mirada intelectual implica, de manera ineludible, refinarse para el discernimiento moral. Quien ha cultivado la facultad de pensar en profundidad queda trágicamente desprotegido frente a la ceguera de una época regida por la utilidad inmediata, la ambición desmedida, el individualismo feroz y la corrupción normalizada. Surge así la soledad moral, ese desgarro de no sentirse parte de un entramado social donde el pragmatismo justifica la mezquindad y la soberbia se disfraza de éxito. Theodor W. Adorno (2004, p. 43) inmortalizó esta herida en su obra titulada “Mínima moralia”, al sentenciar que “no hay vida verdadera en la falsa”, explicitando que la integridad subjetiva entra en colisión frontal con las exigencias de un entorno degradado. La soledad intelectual se convierte entonces en soledad ética: no se trata sólo de que los demás no comprendan nuestras ideas, sino de que sus escalas de valores toleran o celebran dinámicas que al sujeto consciente le resultan asfixiantes.

Lejos de constituir un signo de misantropía o elitismo moral, mantenerse al margen de la complicidad colectiva es el acto supremo de responsabilidad de quien conserva la capacidad de juzgar. En “Responsabilidad y juicio”, Hannah Arendt (2007, p. 138) indaga en las razones por las cuales ciertas personas se niegan a participar en la corrupción sistémica de su tiempo, concluyendo que “es preferible sufrir el mal que hacerlo, porque si lo haces estás condenado a vivir junto con un malhechor”. Sostener el examen crítico frente a la codicia y la manipulación engendra una intemperie profunda, pero esa soledad de la conciencia guarda el último reducto de la dignidad humana. Quien se niega a aplaudir la injusticia disfrazada de astucia o el egoísmo camuflado de inteligencia financiera descubre que el pensamiento y la moral son dos nombres para la misma negativa a ser cómplice de un mundo cruel al cual uno no quiere pertenecer.

Desde el campo del psicoanálisis, esta incomunicación estructural cobra un sentido aún más profundo al revisar la noción del lenguaje y la alteridad. Jacques Lacan (1987, p. 243) afirmó en “El seminario. Libro 11” que “el deseo del hombre es el deseo del Otro”, evidenciando que el sujeto se constituye en la trama del discurso social, pero al mismo tiempo descubre que dicho discurso es constitutivamente incompleto. En otras palabras, queridos amigos, no existe una traducción perfecta entre las mentas ni una garantía simbólica que elimine el malentendido. Por su parte, Sigmund Freud (1986, p. 76) ya había ubicado en “El malestar en la cultura” los vínculos humanos como una de las tres grandes fuentes del sufrimiento inevitable, junto a la decadencia del propio cuerpo y las fuerzas destructivas de la naturaleza. Pretender que los seres queridos satisfagan todas las demandas de resonancia intelectual y moral es desconocer la falla estructural que atraviesa a todos los lazos. La soledad intelectual se revela así como el encuentro frontal con la falta en el Otro, ese punto donde el lenguaje familiar no alcanza para cifrar la verdad singular del sujeto.

Ahora bien, es necesario aclarar que reflexionar sobre la expansión de la lucidez exige reconocer cómo la agudeza del comprender altera el volumen de la propia subjetividad. Søren Kierkegaard (2006, p. 34) formuló en el “Tratado de la desesperación” una ley proporcional de la vida interior: “cuanto más conciencia hay, mayor es el yo”, lo que implica que toda amplificación del saber expande inevitablemente los contornos de la individualidad. Esta especie de dilatación del ser demanda marcos teóricos más complejos y espacios más amplios para desplegarse. Por ello, Arthur Schopenhauer (2009, p. 112) apuntaba en sus “Aforismos sobre la sabiduría de la vida” que “bastarse a sí mismo es el destino de todos los espíritus egregios” , una afirmación que no deberíamos leer como un elogio del aislamiento pretendidamente autosuficiente, sino como la constatación de una servidumbre inevitable: el rigor del pensamiento impone un ritmo interior que la conversación de compromiso no puede abastecer jamás.

A lo largo de la historia de la filosofía, este desacople entre el pensamiento singular y la masa se manifiesta como una constante dramática. Tomemos solamente el caso de “Así habló Zaratustra”, obra en la que Friedrich Nietzsche (2003, p. 45) retrata la incomprensión trágica del pensador que regresa a la comunidad con el enigma: “¿qué harás en la tierra de los durmientes?”, poniendo al descubierto la distancia abismal que separa distintos estados de vigilia. También, en la perspectiva freudiana desarrollada en “Inhibición, síntoma y angustia” (Freud, 1979, p. 84), la angustia actúa como una señal de alarma del yo ante la amenaza de castración o pérdida de amor. Cargar la soledad intelectual como una culpa reprimida convierte una condición objetiva en un síntoma neurótico. El desafío, entonces, radica en retirar la carga de vergüenza y entender que el aire enrarecido de la cumbre no es una condena moral, sino la consecuencia física de la altitud alcanzada.

Sin embargo, al comprender que esta distancia no representa una patología individual, acecha otro peligro que es simétrico y destructivo: ceder a la tentación del resentimiento. Cuando el sujeto constata la sordera de su época o la incomprensión de sus allegados, resulta tentador permitir que la grieta se envenene con desprecio, agriando la lucidez hasta transformarla en una fortaleza de soberbia misantrópica. En su “Genealogía de la moral”, Nietzsche (1996, p. 48) remarcó con severidad cómo el resentimiento convierte la herida en una fuerza reactiva que se nutre de la negación, engendrando valores mezquinos que terminan asfixiando el dinamismo vital. Convertir la soledad en una trinchera de amargura y desdén significa entregarle el control de la propia existencia a aquello mismo de lo que se reniega. El exilio voluntario y el aislamiento resentido no son muestras de fortaleza, sino síntomas de una derrota disfrazada de superioridad, una forma sutil de ahogarse en el veneno que pretendía denunciarse.

Por el contrario, la verdadera madurez filosófica y existencial exige aprender a habitar esa soledad, convertirla en una fragua luminosa y no en un calabozo. Por ello, en “Los ensayos”, Michel de Montaigne (2007, p. 293) aconsejaba la necesidad de “reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro”, enseñando que la independencia del espíritu no exige romper los lazos afectivos ni despreciar lo público o común. Aprender de la soledad significa transformar el silencio en un maestro que refina la sensibilidad, permitiendo regresar a la conversación humana con una paciencia renovada y una ternura indulgente. Se trata de habitar el propio abismo sin exigirle a los demás que se arrojen a él, reconociendo que se puede amar profundamente a quienes no comparten nuestra misma frecuencia sin por ello traicionar la escala de valores que hemos conquistado. Así, la soledad deja de ser un destino de reclusión para convertirse en una forma generosa de estar en el mundo: una lucidez que ampara sin juzgar, que sostiene sin someter y que transforma la distancia en un puente de verdadera compasión.

Nombrar con exactitud esta vivencia transforma de forma radical su naturaleza operativa. Designar la soledad intelectual y moral disipa la tentación de la queja y la restituye a la dignidad de un dato objetivo. No se trata de un fallo de fabricación, ni de un narcisismo disfrazado, ni de una carencia de afecto hacia quienes nos rodean. Es, en rigor, el costo ineludible de haber construido una estructura interior sólida, el precio de haber osado pensar y sentir a contramano de la inercia del entorno masificado. Reconocer este plano de existencia libera de la urgencia de esconder la propia luz por miedo a deslumbrar o desentonar, permitiendo habitar el aislamiento no como un castigo social, sino como el testimonio incuestionable de haber asumido la propia historia con autenticidad.

Ahora les pregunto, caros lectores: ¿qué conducta nos queda, entonces, cuando la comprensión intelectual y la rectitud moral se convierten en una frontera insular frente a un mundo seducido por la ambición y el cinismo? ¿Continuaremos mutilando nuestro deseo e inventando un personaje dócil para no alterar la quietud de la muchedumbre que prefiere la ilusión a la verdad? ¿O seremos capaces de resistir en esa intemperie de la conciencia, asumiendo el peso de nuestra propia luz sin claudicar ante la corrupción del entorno ni agriarse en el resentimiento? ¿Acaso la verdadera madurez filosófica, existencial y humana no consista en dejar de exigirle a la tribu la aprobación que sólo puede dar la verdad interior, aprendiendo a amar los vínculos cotidianos desde esa trastienda íntima sin traicionar jamás la inmensidad ética de nuestro propio abismo?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Adorno, T. W. (2004). Mínima moralia: reflexiones desde la vida dañada (J. Chamorro Mielke, Trad.). Editorial Akal. (Obra original publicada en 1951).

Arendt, H. (2007). Responsabilidad y juicio (M. Candel, Trad.). Ediciones Paidós. (Obra original publicada en 2003).

Camus, A. (2012). El mito de Sísifo (L. Echávarri, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1942).

Freud, S. (1979). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 20, pp. 71-164). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1926).

Freud, S. (1986). El malestar en la cultura. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 21, pp. 57-140). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1930).

Heidegger, M. (2009). Ser y tiempo (J. E. Rivera, Trad.). Editorial Trotta. (Obra original publicada en 1927).

Kierkegaard, S. (2006). Tratado de la desesperación (A. Sánchez Barbudo, Trad.). Editorial Losada. (Obra original publicada en 1849).

Lacan, J. (1987). El Seminario. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (J. L. Delmont-Mauri y J. Sucre, Trads.). Editorial Paidós. (Obra original publicada en 1964).

Montaigne, M. de. (2007). Los ensayos (J. Bayona, Trad.). Ediciones Acantilado. (Obra original publicada en 1580).

Nietzsche, F. (1996). La genealogía de la moral (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1887).

Nietzsche, F. (2003). Así habló Zaratustra (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1883).

Ortega y Gasset, J. (1983). El hombre y la gente. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1957).

Sartre, J.-P. (2011). La náusea (A. Bernárdez, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1938).

Schopenhauer, A. (2009). Aforismos sobre la sabiduría de la vida (E. Íñiguez, Trad.). Valdemar. (Obra original publicada en 1851).

Winnicott, D. W. (1993). El proceso de maduración en el niño: estudios sobre la teoría del desarrollo emocional (J. Piatigorsky, Trad.). Editorial Laia. (Obra original publicada en 1965).
El autor es docente. escritor y filósofo
San Juan - Argentina (2026)