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martes, 19 de mayo de 2026

 Diario Azua / 19 de mayo 2026

Por Wilfredo Mora

Las maestrías son el arte de convertir el conocimiento en conciencia, y eso fue lo que sentimos al asistir a la primera graduación ordinaria de la Especialidad en Administración Política Electoral, como la que acaba de celebrar el Instituto especializado Superior de Formación Política Electoral y del Estado Civil (IESPEC). 

Esa primera cohorte, en la materia de Administración política electoral, obliga a reconocer que dicha ceremonia, en efecto, se convierte en historia y que marca una nueva etapa en la formación electoral de nuestro sistema democrático. 

Mediante la resolución no. 15-2023 del CONECYT se elevó al IESPEC a la categoría de instituto de estudio superior, hoy nos ofrece todo un evento, que más que académico, es democrático. Ver esos 25 graduandos, quienes, durante todo un año, reflexionaron y debatieron sobre los grandes temas del sistema electoral, dieron la oportunidad al IESPEC, de conferir los títulos que por mérito propio se ganó un sitial como una academia de educación superior.

La entrega de los títulos, bajo el amparo de la Ley 136-01, del Mescyt, como pilar normativo de la regularización de las academias de educación superior, y la Ley 20-23, del régimen electoral dominicano, fueron las motivaciones de las autoridades allí presentes, en cuyas palabras de presentación cobraron pleno sentido institucional la trascendencia de los estudios realizados.

Con palabras muy apasionadas, escuchamos al rector del IESPEC, Felipe Carvajal de los Santos, analizar los desafíos de la democracia, del proceso electoral, en la que urge fortalecer la participación informada, dominar la técnica electoral y, sobre todo, ver la ética electoral, que “no es un adorno del discurso, es la columna vertebral del sistema de administración electoral.”

Asimismo, fue muy aliciente, el mensaje que ofreció el presidente del Pleno de la Junta Central Electoral, y Presidente de la Junta de Regentes del IESPEC, el magistrado Román Andrés Jáquez Liranzo. Al connotar como hito trascendental para la democracia, la institucionalidad y la vida académica del país, la celebración de esta primera graduación ordinaria del árgano académico de la JCE, enfatizó que la misma obedece “a la materialización de una visión institucional concebida para fortalecer desde la educación superior especializada la calidad de la democracia dominicana, la institucionalidad electoral y la formación técnica de quienes tienen la responsabilidad de servir al país en áreas esenciales para la vida pública y democrática.” 

Fue un discurso muy necesario y firme; con un profundo conocimiento democrático, ético, identitario y con la visión de futuro del IESPEC.

Anunció la Cátedra Abigail Mejía, en honor a la educadora, intelectual dominicana, que, en fecha de 16 de mayo, día nacional de las sufragistas, coincide con la graduación. Fue un acto muy concurrido, al que asistieron los docentes de la Especialidad y otras personalidades; como invitado especial, estuvo Juan Francisco Viloria Santos, viceministro de Evaluación y Acreditación del Mescyt.

Al final, las palabras de cierre del representante de los graduandos, a cargo de Kelvin Gondres, el egresado con el más alto honor de esta primera cohorte de la Especialidad en Administración Política, con un tono formal y emotivo, fue la gota copa que rebosó el vaso: mención del significado de todas las asignaturas y la importancia que ellas revisten para la formación profesional, hoy en día.

Nuestros mejores parabienes a los todos los graduandos, en especial a la estimada Meibol María Sánchez Mujica, quien se ha recibido con honores. A Laura Casado Ortiz, vicerrectora de Investigación y Posgrado del IESPEC, por su gran labor y dedicación especial en la Especialidad. ¡Enhorabuenas!

 


Mildred Sena Vittini; Consultora Ambiental; Docente; Prospectivista


Diario Azua / 19 de mayo 2026

La conservación ambiental dejó hace tiempo de ser una discusión exclusivamente ecológica. Hoy representa uno de los mayores desafíos de gobernanza de los territorios, especialmente en países altamente vulnerables como la República Dominicana, donde convergen presiones económicas, desigualdades sociales y una creciente exposición a eventos climáticos extremos.

Las fuertes lluvias registradas en distintos puntos del país durante los últimos años han vuelto a evidenciar una realidad incómoda: muchas de nuestras vulnerabilidades no son únicamente naturales. Son también el resultado de decisiones territoriales acumuladas durante décadas. 

Inundaciones recurrentes, comunidades aisladas, deslizamientos de tierra, colapso de drenajes urbanos y afectaciones a medios de vida muestran que el problema trasciende la emergencia climática. Lo que está en juego es la capacidad de anticipar riesgos antes de que estos se conviertan en crisis sociales y económicas.

Y en medio de ese escenario emerge otra discusión igualmente compleja: la minería.

La actividad minera representa una fuente importante de ingresos, inversión y empleo para la economía dominicana. Diversos informes muestran que el sector ha tenido una incidencia significativa en el crecimiento económico nacional, atrayendo inversión extranjera y generando dinamismo territorial en varias provincias. 

Negar esa realidad sería simplificar irresponsablemente el debate. Pero ignorar los conflictos sociales, ambientales e hídricos asociados a determinadas prácticas extractivas sería igualmente peligroso.

En distintos territorios del país, comunidades han manifestado preocupación por la degradación ambiental, la presión sobre fuentes de agua, la extracción de materiales en ríos y los impactos acumulativos sobre ecosistemas estratégicos. 

El problema es que frecuentemente el debate público se plantea como una confrontación absoluta entre conservación y desarrollo económico, cuando en realidad ambos dependen mutuamente.

No existe desarrollo económico sostenible en territorios ecológicamente colapsados. Pero tampoco puede sostenerse una agenda de conservación desconectada de las condiciones socioeconómicas de las comunidades que habitan esos territorios.

Ahí radica precisamente la complejidad.

Las comunidades vinculadas a actividades extractivas, agrícolas o asentadas en zonas de riesgo no toman decisiones en abstracto. Lo hacen condicionadas por empleo, ingresos, acceso a servicios, vulnerabilidad climática y oportunidades reales de desarrollo. Por eso las políticas ambientales fracasan cuando se diseñan únicamente desde la lógica técnica y no desde la comprensión integral del territorio.

La conservación necesita legitimidad social.

Y la legitimidad social requiere reconocer que las personas no defienden el ambiente solamente por conciencia ecológica, sino también cuando perciben que su bienestar futuro depende de ello.

En un contexto de cambio climático, esta discusión adquiere una dimensión aún más crítica. El aumento en la intensidad de las lluvias, las alteraciones hidrológicas y la expansión de territorios vulnerables están incrementando los costos económicos y sociales de actuar tarde. 

La respuesta ya no puede limitarse a reaccionar después del desastre.

Necesitamos fortalecer una capacidad nacional de anticipación.

Anticipar implica comprender cómo interactúan múltiples variables al mismo tiempo: clima, pobreza, uso de suelo, presión económica, gobernanza local, infraestructura, agua y dinámicas productivas. Significa tomar decisiones antes de que las tensiones territoriales se conviertan en conflictos sociales o crisis ambientales irreversibles.

Eso exige una gobernanza más articulada, territorialmente diferenciada y basada en evidencia.

No todas las comunidades enfrentan las mismas condiciones. No todos los territorios tienen la misma capacidad adaptativa. Tampoco todos los proyectos generan los mismos impactos ni las mismas oportunidades. Precisamente por eso las decisiones deben construirse considerando las realidades sociales y económicas específicas de cada territorio.

La anticipación no elimina los conflictos. Pero sí permite gestionarlos con mayor legitimidad, menor improvisación y mejores posibilidades de equilibrio entre conservación, desarrollo y bienestar humano.

Ese probablemente será uno de los grandes desafíos de la República Dominicana en los próximos años: entender que proteger ecosistemas ya no consiste únicamente en conservar recursos naturales, sino en construir territorios capaces de resistir, adaptarse y sostener condiciones dignas de vida frente a un futuro cada vez más incierto.

Porque al final, conservar no es impedir el desarrollo.

Es evitar que el desarrollo destruya las condiciones que hacen posible la vida y la estabilidad de las próximas generaciones.

lunes, 18 de mayo de 2026

 

Por Alfredo Cruz Polanco
Diario Azua / 18 mayo 2026

En el lugar donde nací y crecí, en un campo de Santiago de los Caballeros, siempre escuchaba una expresión que me llamaba mucho la atención, que con el paso de los años se ha hecho muy popular, sobre todo, en los debates políticos, deportivos y sociales: “El pajón de mear los perros”. Dicha expresión proviene de observar que cuando un perro orina en unos matorrales o hierbas silvestres, los demás miembros de la jauría lo hacen también en el mismo lugar.

En el aspecto político y social, esta expresión se refiere a cuando un país es tratado con desconsideración e irrespetado por los organismos internacionales y por otro pais muy poderoso; cuando una institución, una comunidad, es considerada y tratada como insignificante, como tierra de nadie, abandonada; donde los demás pueden disponer de ella en cualquier momento, imponiendo sus reglas, tomar sus propias decisiones, sin rendirle cuentas a nadie.

Durante toda su gestión, el presidente Luis Abinader Corona, por temor a que el presidente Donald Trump presione política y económicamente su gobierno, le está cediendo nuestro territorio para que este haga todo lo que le venga en ganas, sin importarle que nuestra soberanía sea afectada, firmando acuerdos bilaterales, que no están soportados en normas jurídicas internacionales .

En este sentido firmó un memorándum, para que Estados Unidos envíe a nuestro país, en condiciones de deportados de terceros países, a delincuentes, criminales, narcotraficantes y a personas que ponen en peligro nuestra seguridad.

Dicho acuerdo está siendo rechazado por la mayoría de los dominicanos, pues nuestro país tiene demasiados problemas económicos, sociales, de seguridad ciudadana y deficiencias en los principales servicios básicos, para que nos quieran cargar otro más, sobre todo cuando Estados Unidos, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y la comunidad internacional nos han dejado solo con el grave problema que hemos arrastrado históricamente con Haití, el cual debe ser abordado por todos los organismos internacionales responsables.

El mismo no es vinculante ni obligatorio; no está sustentado en un instrumento jurídico que nos obligue a cumplirlo. Está basado únicamente en una sentencia de los Estados Unidos. A penas es un acuerdo de intención. El propio presidente Abinader expresó que no estaba de acuerdo ni iba a permitir a personas deportadas que no sean dominicanas, que los de más lejos serían los de Pedernales, pero ya cambió de parecer.

Aunque Estados Unidos es nuestro principal socio comercial y diplomático, no estamos obligados a aceptar todas sus pretensiones, pues nuestro país cuenta con sus propias leyes y resoluciones migratorias.

Aunque se alega que dicho acuerdo es temporal, no se establece el tiempo de su permanencia ni donde serán alojados. Al final, nuestro país será el responsable de cargar sobre sus hombros con el sostén y la protección de los deportados. Dichos delincuentes deben ser enviados a sus respectivos países, a Puerto Rico, que es un Estado Asociado de ese poderoso país o dejarlos en los Estados Unidos.

Desgraciadamente, el protocolo de este acuerdo de intención fue anunciado por la propia embajadora de los Estados Unidos, señora Leah Francis Campo, no por el canciller de la república, señor Roberto Álvarez, que es a quien le corresponde hacerlo, quien no se había referido en qué consistirá dicho convenio. Parece ser que dicha embajadora, al señalar que nuestra soberanía no estará en juego, es la que está dirigiendo la política exterior del presidente Abinader, en representación del presidente Trump.

Hay que recordar que dicha señora criticó y cuestionó al Ministro de Justicia, Antoliano Peralta Romero, por este haber participado en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, de líderes progresistas, celebrada en Barcelona, en representación del presidente Abinader, lo que es un atentado contra nuestra soberanía, pues con dicha actitud nos considera como un Estado más de ese país.

Además de firmar ese memorándum, el presidente Abinader, de nuevo le cede nuestros principales aeropuertos para que Estados Unidos realice sus operaciones militares en el área del Caribe, tal como lo hizo con Venezuela, firmando además, un documento en el que se acusa a los militares de Irán de terroristas, involucrando, sin necesidad a nuestro país, en un problema que no nos compete, tal como lo hizo el ex presidente Hipólito Mejía, cuando decidió enviar a militares nuestros a la guerra de Irak, para congraciarse con el ex presidente George Busch hijo.

¡Qué pena y qué vergüenza, señor presidente Abinader! Con esta pobre y lamentable actitud, usted está convirtiendo a la República Dominicana en el “pajón de mear" de los Estados Unidos, con lo que su gobierno se coloca de rodillas ante ese país, por lo que pasará a la historia como uno de los más sumisos a una potencia extranjera.

El autor es Contador Público Autorizado
Máster en Relaciones Internacionales

Ex Diputado al Congreso Nacional
Ex Miembro de la Cámara de Cuentas de la República


Testigo del tiempo

Por J.C. Malone
Diario Azua / 18 mayo 2026.-

La rivalidad entre Alemania e Inglaterra provocó la Segunda Guerra Europea del siglo pasado. Rusia, Estados Unidos y China, derrotaron a los alemanes. Después, los ingleses dividieron a esos aliados vencedores.

Vivimos la segunda mitad del siglo pasado temiendo una guerra nuclear; ahora el acercamiento entre exrivales debe tranquilizarnos. El presidente Donald Trump se reunió con el presidente de Rusia, Vladimir Putin, en agosto de 2025, y con el presidente de China, Xi Jinping, hace poco.

Los exrivales deciden cooperar, discuten paz, prosperidad y desnuclearización; eso debe tranquilizarnos, no preocuparnos.

Moscú y Pekín estaban unidos, ahora llega Washington, respetando sus respectivos intereses, pueden producir un verdadero “nuevo orden mundial” de cooperación, sin confrontación.

Unidos, en 1945, nos salvaron el nazismo, hoy, combaten el neonazismo-globalista. Solo debemos “tenerle miedo al miedo”, recomendó el presidente John F. Kennedy.

Este “nuevo orden mundial”, debe ser mejor que intentan imponer los neonazistas-globalistas que nadie eligió.

Es innegable, el mundo no puede, ni debe, seguir el rumbo que tiene, o lo reorientan los líderes, Trump, Putin y Jinping, o lo reorganizarán los neonazis-globalistas. Entre esas opciones, no hay otras, prefiero la primera.

Desde Vietnam hasta hoy, vivimos la “guerra eterna”, del Complejo Militar Industrial y la rivalidad entre Rusia China y Estados Unidos, si armonizan, puede haber paz mundial.

Este acercamiento es terrible para quienes viven del “divide y vencerás”, los traficantes de armas de la guerra eterna.

Estamos tan metidos en la confrontación, que criticamos a Trump porque no quiere ir a guerrear con China sobre Taiwán, a unas 10 mil millas de Washington.

Trump, Putin y Jinping no son salvadores de la humanidad; nada tienen que ver con el “Salvatore Mundi”, pero entre ellos es mejor la cooperación que la confrontación.

La armonía social interna de los países depende del entendimiento y la cooperación, no de la confrontación, de su clase dominante, resulta exactamente igual a nivel del mundo.

La cooperación entre Trump, Putin, y Jinping es la mejor oportunidad que tenemos para reorientar la vida en nuestro planeta, aunque Ud. no lo crea.

viernes, 15 de mayo de 2026

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 15 mayo 2026.-

«Nuestra cultura ha entronizado un principio que me parece letal: “Todas las opiniones son respetables”. Es una solemne estupidez. Las personas son respetables, pero las opiniones deben ganarse el respeto a través de las pruebas, de las razones, de la veracidad o de su utilidad» (Marina, 2004, p. 112).

Lamentablemente, nos hemos habituado a caminar sobre un suelo de vidrio, temerosos de que el sonido de una contradicción quiebre la frágil paz de la convivencia posmoderna. Existe un virus silencioso, una suerte de patología de la inteligencia, que se ha infiltrado en nuestras aulas, en nuestras tertulias y en el núcleo mismo de nuestra vida política. Se trata de la creencia de que todas las opiniones, por el solo hecho de ser enunciadas, gozan de una aureola de respetabilidad sagrada. Esta idea, bajo un disfraz de tolerancia parece proteger la democracia, pero, en realidad, es su mayor enemigo. Cuando afirmamos que todas las opiniones valen lo mismo, estamos decretando, en la práctica, que todas valen nada.

¿Desde cuándo el derecho a tener una creencia otorga a dicha creencia una inmunidad diplomática frente a la verdad? Es fundamental que nos detengamos a diseccionar esta confusión terminológica que hoy parece la norma. La libertad de expresión y la libertad de culto son derechos inalienables que protegen a los individuos, es decir, al sujeto de derecho, pero jamás al contenido semántico de lo que ese sujeto expresa. Un ciudadano tiene el derecho legal de afirmar que la Tierra es plana o que el odio al diferente es una virtud, y el Estado no debería encarcelarlo por ello. Sin embargo, ese mismo derecho no obliga a la sociedad ni a la academia a otorgar a tales despropósitos un lugar en la mesa de la racionalidad. Al confundir el respeto a la persona con el respeto a su opinión, estamos desarmando nuestra capacidad de juicio y entregando las llaves del bien común a la arbitrariedad más absoluta.

En su obra titulada “La inteligencia fracasada: teoría y práctica de la estupidez”, José Antonio Marina (2004) nos previene sobre los peligros de esta claudicación intelectual. El filósofo señala que la inteligencia puede ser utilizada para el bien o para el mal, pero también puede quedar atrapada en callejones sin salida por culpa de prejuicios que se vuelven dogmas intocables. La patética frase, muy utilizada en la actualidad, “respeto tu opinión aunque no la comparta” suele ser, en la mayoría de los casos, un gesto de pereza mental o de cobardía. Es la forma elegante de decir que no nos importa la verdad lo suficiente como para entrar en la noble lid de la argumentación. Si una opinión es falsa, calumniosa o violenta, ¿por qué habríamos de otorgarle el honor de nuestro respeto? El respeto es un valor moral que se debe a la dignidad humana, pero la verdad es un valor epistémico que se debe a la realidad.

Esta renuncia se disfraza hoy bajo el manto de lo políticamente correcto, una forma de censura blanda que confunde la cortesía con la sumisión. Lo que denominamos tolerancia se ha degradado en una suerte de nihilismo amable, donde señalar el error ajeno se percibe como un acto de crueldad y no como un servicio a la comunidad. La verdadera tolerancia es un ejercicio de fortaleza que nos obliga a soportar la existencia de lo que nos disgusta, pero jamás nos exige validar la mentira. Por el contrario, la sumisión a lo políticamente correcto es un acto de debilidad en tanto que representa el sacrificio de la honestidad intelectual en el altar de una armonía ficticia. En este contexto, Hannah Arendt es tajante al respecto en su ensayo “Verdad y política” (1996) cuando expresa que “la libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información objetiva y que no se cuestionen los hechos mismos; la libertad de opinión, en otras palabras, no se refiere a la verdad factual” (p. 249).

Cuando permitimos que lo “adecuado” asfixie a lo “verdadero”, la convivencia se transforma en un teatro de sombras donde nadie se atreve a encender la luz. Esta sumisión crea un vacío ético donde los hechos dejan de importar y sólo sobrevive el sentimiento de haber sido ofendidos por la realidad. Pensemos por un instante en el daño que causa esta equidistancia en el ámbito educativo. Los jóvenes, imbuidos de un relativismo mal entendido, sostienen que criticar una idea ajena es una forma clara de agresión. Pero la verdadera agresión es permitir que alguien permanezca en el error bajo la falsa premisa de la tolerancia. Si un alumno defiende una postura que atenta contra la evidencia científica o los derechos humanos, nuestra obligación ética como docentes no es “respetar su visión”, sino confrontarla con rigor. Al respecto, John Stuart Mill, en su tratado “Sobre la libertad” (1984), ya nos recordaba la importancia del choque de ideas para el progreso de la humanidad. El pensador inglés sostenía que incluso si una opinión es errónea, su discusión beneficia a la verdad al obligarnos a defenderla con mejores argumentos: “Si toda la especie humana no tuviera más que una opinión, y solamente una persona fuera de la opinión contraria, la humanidad no tendría más derecho a imponer silencio a esa persona que el que tendría ella misma a imponer silencio a la humanidad, si pudiese” (p. 68).

No obstante, esa defensa de la libertad de expresión que hace Mill no debe leerse como una validación de la ignorancia. El hecho de que no debamos silenciar al que yerra no implica que debamos poner su error al mismo nivel que la verdad contrastada. Esta inercia hacia la aceptación universal se ha visto potenciada por una posmodernidad que ha exaltado la complacencia por la mentira. Vivimos en lo que Byung-Chul Han (2017) define como la “sociedad de la positividad”, es decir, un sistema que busca eliminar toda negatividad, todo choque y todo “no” que pueda interrumpir el flujo del consumo y la aprobación social. En esta arquitectura del consenso forzado, decir “no” a una opinión que consideramos falsa o aberrante se etiqueta inmediatamente como un acto de intolerancia, cuando en realidad es el último reducto de la libertad. Concretamente, Han nos advierte con lucidez que “la proliferación de lo igual se hace pasar por crecimiento. [...] Lo que hoy se experimenta no es la libertad, sino la falta de libertad que resulta de la autoexplotación y de la presión por la positividad” (p. 14).

Sumergidos en este mar de rostros que asienten, hemos olvidado que la filosofía es, ante todo, un ejercicio de distinción. Recuperar la valentía de decir “no” frente a discursos orquestados por agendas culturales que exigen nuestra adhesión incondicional es una urgencia ética a la que nadie le está prestando atención. Requiere la fortaleza que Nietzsche (1972) atribuía al espíritu cuando se transforma en león. Para él, no basta con soportar la carga del deber, sino que es necesario conquistar la libertad para crear nuevos valores, y eso sólo es posible mediante el “santo decir no”, frente a la tradición y el rebaño. Así lo expresa Nietzsche en “Así habló Zaratustra”: “Para crear valores nuevos, eso no lo puede hacer todavía el león; pero crearse libertad para un nuevo crear, eso sí lo puede hacer el poder del león” (p. 54).

Esta valentía de la negación, sin embargo, conlleva un precio social que hoy pocos están dispuestos a pagar. La sociedad estupidizada y masificada no tolera la disonancia y castiga con una ferocidad ácida a quien se atreve a señalar que el emperador está desnudo. Una ilustración magistral de este fenómeno la encontramos en la serie “Curb your enthusiasm”, donde Larry David encarna al paria de la etiqueta social. Larry es tildado de “asesino social” no porque sea un malvado, sino porque se niega abiertamente a participar en la farsa de las opiniones respetables por compromiso. El mote de “asesino social” (alegoría de “asesino serial” aplicada a lo políticamente correcto) que recae sobre David no es un estigma de su incapacidad para convivir, sino una medalla de su integridad epistemológica. Lo que el protagonista asesina no es la paz, sino la mentira ritualizada que sostiene una armonía muy cómoda, pero ficticia. Su insistencia en la verdad- incluso en la verdad trivial- lo convierte inmediatamente en el chivo expiatorio de una comunidad que prefiere la hipocresía reconfortante al roce de la honestidad. En este escenario, el discrepante es ridiculizado, tratado como un payaso o un desubicado, un recordatorio de lo que René Girard (1986) describía como la necesidad de la masa de unificar sus frustraciones contra una víctima propiciatoria para restaurar una paz ficticia.

Al observar las peripecias de David, asistimos a la anatomía del linchamiento posmoderno. El grupo no ataca la lógica de sus argumentos, sino su falta de “tacto”, esa palabra que hoy usamos para camuflar nuestra claudicación ante la falsedad. Aquí, el ridículo se invierte: no es David quien resulta patético por su franqueza, sino la turba que reacciona con violencia desmedida para proteger el statu quo de su propia idiotez. Esta violencia es el mecanismo de defensa de lo que José Ortega y Gasset (2005) identificaba como el “hombre-masa”, ese individuo que no quiere dar razones ni tener razón, sino que simplemente desea imponer sus vulgares opiniones como si fueran leyes universales. Con preocupación, Ortega y Gasset nos señalaba que “el hombre-masa es el que no se exige nada, sino que es en cada instante lo que ya es, sin esfuerzo de perfección, boya que va a la deriva. [...] Aquí el hombre-masa no desea dar razones, sino que se siente con el derecho a no tener razón y a imponer su sinrazón” (pp. 118-121).

En esta atmósfera de nivelación, aquel que no tiene miedo de discrepar es visto como un error del sistema que debe ser corregido mediante la burla o la expulsión. Convertir al disidente en un payaso es la estrategia más eficaz de la posmodernidad para desactivar el peligro de sus ideas: si logramos que el que dice la verdad parezca un loco o una inadaptado, ya no necesitamos refutar sus razones. Se produce, entonces, lo que Søren Kierkegaard (2012) denominaba “la nivelación”, un proceso donde el individuo es absorbido por “el público”, ese monstruo abstracto que anula toda excelencia y toda distinción en nombre de una igualdad mal entendida. Con amargura, Kierkegaard explicaba que “la nivelación es el predominio de la categoría generación sobre la categoría individuo. [...] Para que la nivelación se produzca verdaderamente hace falta que se introduzca primero un fantasma, cuyo espíritu sea la nivelación, un monstruoso nada, una abstracción: el público” (pp. 71-72).

Esta enfermedad social nos devuelve al eterno retorno de la fábula de Hans Christian Andersen, donde el emperador desfila con un traje inexistente tejido con el hilo de la vanidad y el miedo. El relato no trata sobre la desnudez de un monarca, sino sobre la complicidad de una corte y un pueblo que prefieren validar la nada antes que admitir su propia vulnerabilidad ante la mirada del otro. En el mundo contemporáneo, ese traje invisible está hecho de “opiniones respetables” que carecen de sustento, pero de que todos admiran para no ser tildados de ignorantes o crueles. El grito del niño “¡el Rey está desnudo!” no es sólo una observación óptica, sino un acto de sabotaje contra la arquitectura de la hipocresía. Al respecto, Michel Foucault (2004), en sus lecciones sobre el coraje de la verdad, rescató el concepto de “parresía”, ese hablar veraz que implica un riesgo para quien lo ejerce. La parresía no es sólo decir la verdad, es decirla cuando la estructura de poder- o de la masa- exige el silencio: “La parresía es la actividad discursiva por la cual alguien afirma, de manera clara y franca, su relación personal con la verdad, y corre un riesgo al hacerlo, pues el decir la verdad es un acto de libertad que se opone a la coacción” (pp. 25-26).

Cuando el niño expresa la verdad, no está pidiendo respeto por su opinión, está arrojando un hecho contra el cristal de la mentira colectiva. Lo trágico de nuestra época es que hoy, si un niño se atreviera a tal proeza, la multitud no despertaría de su letargo, sino que exigiría el respeto por el diseño invisible del sastre y acusaría al niño de carecer de sensibilidad estética o de “odio” hacia el colectivo de la corona. En pocas palabras, amigos míos, hemos convertido la ceguera voluntaria en un valor ético superior a la visión honesta y sensata.

Pregunto, ¿es posible construir una sociedad justa si renunciamos a la jerarquía de los valores y de las ideas? Al claudicar ante el “todo vale”, nos quedamos huérfanos de criterios para distinguir lo bello de lo mediocre, lo justo de lo útil y lo verdadero de lo ilusorio. Esta renuncia nos deja vulnerables ante los demagogos que, sabiendo que su discurso no resiste al mínimo análisis lógico, se refugian en el derecho a la opinión para sembrar el caos. El dolor que produce ver la degradación de la palabra pública debería conmovernos un poquito más, ¿no les parece? Debería despertarnos esa inquietud socrática que nos impide aceptar las sombras de la caverna como si fueran la luz del sol.

Tal vez sea el momento de recuperar el coraje de decir: “No, no respeto tu opinión”. No lo digamos desde la soberbia, sino desde el amor a la sabiduría y desde la responsabilidad que tenemos para con los demás. ¿No es, acaso, más honesto y más humano desafiar al otro a pensar mejor que dejarlo naufragar en su propia insensatez? La próxima vez que alguien les pida respeto por una idea que agrede a la razón o a la decencia, preguntémonos: ¿estamos siendo tolerantes o simplemente estamos siendo cómplices de la estupidez? ¿Estamos dispuestos a sacrificar la verdad en el altar de una falsa armonía? El silencio ante el error no es paz, es desierto y la filosofía, queridos lectores, comienza precisamente donde termina la comodidad de las opiniones aceptadas. ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por el confort de nuestro silencio? ¿Es nuestra paz social un templo construido sobre los cimientos de la mentira? Piénsalo, ¿no te parece?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Arendt, H. (1996). Entre el pasado y el futuro: Ocho ejercicios sobre la reflexión política. (A. Poljak, Trad.). Península. (Original publicado en 1961).

Foucault, M. (2004). Discurso y verdad en la antigua Grecia. (F. Fuentes, Trad.). Paidós. (Original publicado en 1983).

Girard, R. (1986). El chivo expiatorio. (J. Jordá, Trad.). Anagrama. (Original publicado en 1982).

Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto. (A. Saratxaga, Trad.). Herder. (Original publicado en 2016).

Kierkegaard, S. (2012). La época presente. (V. Gómez, Trad.). Trotta. (Original publicado en 1846).

Marina, J. A. (2004). La inteligencia fracasada: Teoría y práctica de la estupidez. Anagrama.

Mill, J. S. (1984). Sobre la libertad. (P. Levy, Trad.). Alianza Editorial. (Original publicado en 1859).

Nietzsche, F. (1972). Así habló Zaratustra. (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Original publicado en 1883).

Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Alianza Editorial. (Original publicado en 1930).

El autor es docente, escritor y filósofo
San Juan - Argentina  (2026)

 

Por Néstor Estévez
Diario Azua / 15 mayo 2026.-

El más reciente abril transcurrió entre el ruido y el valor. Recordemos que, en República Dominicana, para quienes habitamos el universo de la palabra, abril podría considerarse como una especie de mes de espejos. Entre el 5 de abril, Día del Periodista, y el 18, Día del Locutor, la agenda se llena de agasajos, pero también de una urgencia por el examen de conciencia en torno al oficio de la palabra escrita y hablada.

Este año, aunque incluyó brindis, mi bitácora priorizó actividades educativas, foros y conversación pausada. Tras recorrer diversos escenarios académicos y profesionales, incluyendo algunos reconocimientos, abril me deja una enseñanza con cuadre de certeza: mientras el ruido intenta ensordecernos, una reserva crítica se mantiene y avanza.

Desde inicios de ese mes, ya se percibía una atmósfera saturada. Lo advertíamos en reflexiones recientes: cuando el periodismo pierde, gana el caos, gana la desinformación y, en última instancia, pierde la democracia. No se trató de una exageración teórica. En cada taller y en cada encuentro de abril, una pregunta recurrente de estudiantes y veteranos giraba en torno a la supervivencia de la ética frente a la dictadura del clic.

Como sabemos, el ruido, ese fenómeno que hoy parece premiar la estridencia por encima de la sustancia, ha intentado colonizar la comunicación. Por fortuna, la respuesta encontrada en muchos participantes en esos encuentros me genera optimismo.

Durante mis interacciones académicas de ese mes, identifiqué personas con un hambre voraz por herramientas conceptuales. Nos quedó claro que no se trata solo de saber usar la Inteligencia Artificial —tema que abordamos con rigor, entendiendo que la técnica sin ética es solo velocidad hacia el abismo—, sino de rescatar el criterio.

En mis publicaciones de abril subrayaba que, ante tanto ruido, el desafío es saber comunicar con propósito. Y lo que vi en muchos rostros de jóvenes comunicadores fue el deseo de ser esa "voz que orienta" y no solo un "eco que aturde".

Esa labor pedagógica en abril me permitió validar que la sociedad no está huérfana. A pesar de esa legión de "opinólogos" que desdicen de la profesión con insultos y ligerezas, existe una contraparte poderosa. Me refiero a esos profesionales que, lejos de las luces del espectáculo mediático, buscan agregar valor.

En uno de mis textos, orientado a aportar para elevar los niveles de criticidad en las audiencias, me concentré en la necesidad de "coger y dejar", de aplicar filtros severos a lo que consumimos. Una recomendación similar hice a quienes producimos mensajes. El balance es claro: el ruido hace mucho volumen, pero el valor tiene peso.

Una de las ideas más destacadas en las actividades de ese mes está referida a la tecnología. Con relación a ella, se necesita clara ubicación: como la gran aliada o la gran amenaza. La conclusión en nuestros debates fue unánime: la IA podrá redactar notas, pero no podrá sentir el pulso de un barrio ni entender el dolor de una madre que busca justicia. Esa humanidad pesa doble: es lo que nos toca defender, pero también lo que nos hace insustituibles.

En esas actividades de abril confirmé que el compromiso con la verdad y la calidad sigue abriendo oportunidades para quien entiende que oficios como la locución y el periodismo están llamados a crear valor profesional, valor social y valor económico.

Sería ingenuo pensar que la totalidad de quienes ejercemos estos oficios asumimos estas ideas. Recordemos que hay gente que solo está “en búsqueda”. Afortunadamente, hay un sello distintivo: quien realmente escoge crear valor compartido con su oficio suele caracterizarse por niveles de empatía que “saltan a la vista”. Se trata de personas que regularmente no hacen ruido, aunque las tenemos en gran cantidad.

Por eso es que, luego de un mes entre el ruido y el valor, me quedo con el siguiente balance: el ruido pasará, como pasan las modas estridentes. Y cuando el ruido pasa, lo que queda, lo que realmente construye, es la palabra con fundamento, esa que nos esforzamos por mantener, con rigor y respeto, siempre por la línea de la decencia y la profesionalidad.


lunes, 11 de mayo de 2026

 

Por Emilia Santos Frias
Diario Azua / 11 mayo 2026.-

La generosidad es por definición, desinteresada. Aristóteles, recordado e influyente filósofo y polímata de la antigua Grecia, la catalogó como la virtud más estimada. Ella ha sido la plataforma utilizada por distinguidos profesionales integrantes del Círculo de Periodistas de la Salud (CIPESA) de la República Dominicana, que durante un poco más de tres décadas, desde su ejercicio amparado en valores y de servicio, promocionan la cultura de estilos de vidas saludables en la población.

Sean nuestras felicitaciones al CIPESA en el 30 aniversario de su fundación, tiempo en que ha desarrollado una labor informativa tesonera e ininterrumpida, con la que ha ejecutado acciones de éxitos, que incluyen reducción de problemáticas sociales en el ámbito de la seguridad y la defensa nacional. Propiciando la garantía de derechos fundamentales y humanos de la población.

Parabienes al CIPESA por su labor encomiable en la sociedad dominicana, a pesar de no poseer apoyo económico estatal, vía el presupuesto nacional. En ese sentido, desde su génesis, ha tenido que asumir su compromiso social, con énfasis en la resolución de necesidades de los grupos vulnerables, con recursos financieros propios y la solidaridad de manos amigas.

30 años integrado por una membresía especializada académicamente, con formación universitaria en Comunicación Social, Mención: Periodismo; Relaciones Públicas…, así como, en otras áreas, generalmente, Derecho, Educación; Relaciones Internacionales, Derechos Humanos e Internacional Humanitario; Bioética, Comunicación y Salud; Medicina, Gerencia en Salud, entre otras.

Que abrazan la misión de aportar al bienestar de la población dominicana, desde su rol. Compromiso que honran al educarse de forma sistemática y en valores, para seguir sirviendo información con calidad; oportuna; preventiva; capaz de reducir enfermedades. Su compromiso es honrado por nuestra sociedad, mediante respeto y credibilidad.

Es que, CIPESA se mantiene develando problemas que afectan a la generalidad, al tiempo que visibiliza derechos desde una visión de justicia social. Gracias al enfoque compartido con su membresía; diseminada en 29 provincias, y la diáspora, específicamente, Nueva York, Miami, España.

Por eso, estas líneas solo pueden esbozar exiguas actividades de la gran cantidad de logros alcanzados por un equipo de periodistas que actúa desde el decoroso. Estos, incluyen acuerdo de colaboración interinstitucional con asociaciones sin fines de lucro o ASFL, agencias internacionales, universidades, ministerios, y otras instituciones de la administración pública; empresas, sociedades médicas; academias; clubes, centros de salud como la Clínica Cruz Jiminián, sociedades médicas, gremios, personal técnico y de salud, sector seguridad social…

El propósito de las alianzas es desarrollar capacitaciones oportunas, dirigidas a periodistas de la salud y fortalecerse entre sí. Estos, de la misma manera, han reconocido su labor altruista. Igualmente, realiza actividades de sensibilización con decisores de opinión pública y testigos claves.

Del mismo modo, colaboración con organizaciones homólogas a nivel nacional e internacional, intercambio de experiencias con periodistas de Francia y Haití. Esa formación continua se realiza a nivel nacional e internacional. CIPESA ha sido presidido por los periodistas Luis Moreno Cárdenas, cuidador del gremio y guía de las futuras directivas. Cándida Figuereo, Doris Pantaleón, Rafael Amor, Berkys Féliz, Mayra Pichardo, Altagracia Moreta, Dashira Martínez, Franklin Castillo, por quien suscribe, Emilia Santos Frias, Yris Neida Cuevas Amador, Descorides de la Rosa Tejeda, Victoriano Núñez Germán y Carol G. Martínez Medina. Cada uno, una con una gestión de notables grandes aportes.

Posee un Consejo de Asesores y Asesoras, compuesto por pasados presidentes y pasadas presidentas. Hace abogacía mediante encuentros con otros representantes de la sociedad civil, para que se garantice la justicia, el cumplimiento de las leyes y el orden social. La participación en charlas, talleres, jornadas de vacunación y campañas de prevención, es permanente.

Entre ellas, el dengue, gripe AH1N1 o influenza; Covid-19, violencia contra la mujer o de género, y violencia Intrafamiliar, cáncer de mama, Listón Blanco, Tuberculosis, Chikungunya, Zika, VIH como problema de salud pública al 2030, disponibilidad de Insumos y anticonceptivos para la salud sexual y reproductiva…, actividades que involucra a periodistas y a sus familias.

En ese sentido, CIPESA gestionó la instalación, abastecimiento y funcionamiento de seis Farmacias del Pueblo o boticas populares, en diferentes locales del Colegio Dominicano de Periodistas a nivel nacional, para beneficiarlos con medicamentos de calidad a bajo costo.

Colaboró en la jornada de alfabetización que desarrolló el Ministerio de Educación, y cada dos años presenta informe de los aportes que ofrece a la sociedad. Entre otras acciones de éxitos está el Premio Nacional de Periodismo en Salud, Raphy Durán, que ha abordado temas como la humanización y calidad de los servicios de salud. Violencia intrafamiliar, salud en la niñez y la responsabilidad social de las y los periodistas. Además, el primer foro para la entrada de la Atención Primaria en RD.

Asimismo, las jornadas de salud educativa y preventiva, denominadas: un día con la comunidad, donde se reúnen con un barrio, llevando charlas, medicamentos, materiales educativos…, el trabajo filantrópico, voluntario, ha sido largo, permanente, en ocasiones a manos peladas, otras con apoyo de alianzas nacionales e internacionales, casi siempre de ASFL y gremios amigos, pero la satisfacción del deber cumplido nos ha llenado el alma.

Se recuerda que el CIPESA fue creado en agosto del 1995, siendo sus primeros coordinadores fueron: Luis Moreno Cárdenas, Doris Pantaleón, Mery Rijo, Fausto Rosario, Pedro Castro, Rafael Menoscal Reynoso, Teófilo Abreu (EPD), Ramón Reyes…, asesorados por el representante a la sazón de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en el país, para ese entonces, el doctor Merlín Fernández. Para el año 1996, se creó el Primer Comité Ejecutivo. Tiene como rector al Colegio Dominicano de Periodistas.

Mediante el Decreto 331 del 27 de julio de 1997, le adquirió personería jurídica, para sustentar y fortalece su objetivo general, como ASFL, que es: promover la profesionalización de sus integrantes y apoyarles en la búsqueda de un buen tratamiento de las informaciones de salud, con apego a la ética profesional. Es decir, su propósito es garantizar la formación de las y los periodistas que cubren la fuente de salud.

Por añadidura como se ha expresado con anterioridad, CIPESA agrupa a profesionales de la comunicación social, que cubren la fuente salud, medioambiente…, en los medios de comunicación, y que laboran en instituciones y empresas del área de la salud. Honrar honra. Congratulaciones CIPESA, te abrazo y deseo muchas, pero muchas décadas más de ejercicio de periodismo responsable que favorece contenido de alto valor.

Hasta pronto.

La autora reside en Santo Domingo
Es educadora, periodista, abogada y locutora.

 

Por Lisandro Prieto Femenía
Diario Azua / 11 mayo 2026.-

«Lo que cura y lo que mata, aquello que salva a la comunidad y a la vez es sacrificado por ella, no son opuestos sino la misma cosa tomada desde dos caras de la misma operación» (Derrida, 1995, p. 82).

La historia del pensamiento occidental puede leerse como un intento persistente de trazar fronteras nítidas donde la realidad sólo ofrece matices. En el centro de esta pugna, se halla la figura del “phármakon”, un término que en la Grecia clásica designaba un objeto que porta en su raíz la incertidumbre: es el remedio que restaura la salud y, simultáneamente, el veneno, la droga o el hechizo que la socava. Esta polisemia no es un error semántico, sino la condición de posibilidad de un sentido trágico que encarna una ambivalencia constitutiva. Algo similar ocurre con el rito del “azazel” o “chivo expiatorio”, donde se desplaza sobre un animal la totalidad de las culpas colectivas para expulsarlas y así gestionar la crisis comunitaria por medio de la transferencia. Ambas figuras comparten una funcionalidad estructural, puesto que curar y envenenar son operaciones que se articulan mutuamente en la vida simbólica de las sociedades.

En el “Fedro”, Platón presenta el mito de la invención de la escritura como un phármakon que se ofrece como remedio para la memoria, pero que actúa como causa de su debilitamiento al volverla dependiente de una exterioridad que disuelve la dinámica del logos vivo. Como señala Platón en la precitada obra, “es un olvido lo que producirán en las almas de quienes aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose a lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, mediante caracteres ajenos” (Platón, 1999, p. 402). En este sentido, la escritura funciona también como un chivo expiatorio: es señalada como la responsable del deterioro intelectual y moral del saber auténtico. Esta tensión sitúa a Platón en diálogo con las críticas contemporáneas a la técnica y a la automatización de la experiencia- desde Heidegger hasta Bernard Stiegler- donde se reconoce que toda mediación técnica introduce una reconfiguración de la experiencia y de las relaciones de responsabilidad.

Para Bernard Stiegler, la técnica es intrínsecamente farmacológica. Al delegar nuestras capacidades en dispositivos, sufrimos una “proletarización” del espíritu donde el remedio que expande nuestro alcance envenena nuestra autonomía. Él mismo advierte en su obra que “si todo objeto técnico es un phármakon, el diseño y la puesta en marcha de una nueva organización social deben ser pensados como una práctica farmacológica, es decir, como una terapéutica” (Stiegler, 2015, p. 82). Pues bien, el capitalismo de la atención, en la actualidad, explota esta naturaleza, utilizando plataformas que prometen conectar pero que, simultáneamente, fragmentan los lazos públicos y destruyen la consistencia del deseo. La técnica posmoderna, desde los psicofármacos hasta las inteligencias artificiales, opera hoy como un phármakon cultural que, al intentar resolver carencias, introduce nuevas dependencias y modos de alienación.

Esta lógica farmacológica tiene implicaciones profundas en la salud mental contemporánea. El remedio psicofarmacológico puede restituir funcionalidad, pero simultáneamente domestica la pluralidad emocional. Al medicar la angustia sin interrogar sus causas sociales, se utiliza el fármaco como un chivo expiatorio que suprime el síntoma para restaurar la productividad, silenciando la pregunta por el sentido de una cultura que enferma a sus miembros. La medicalización funciona como una estrategia de control que desplaza el conflicto al terreno de la patología privada, reduciendo al sujeto a una “nuda vida” bajo estados de excepción, tal como describe Giorgio Agamben.

Para comprender lo precedentemente señalado, es necesario desentrañar cómo la psiquiatrización de la existencia no es sólo un acto clínico, sino un dispositivo biopolítico que despoja al individuo de su dimensión ciudadana. En la arquitectura del pensamiento de Agamben, la “nuda vida” representa aquella vida biológica elemental que ha sido separada de su forma política y jurídica, quedando expuesta a una violencia soberana sin mediaciones. Como él mismo explica, “el protagonista de este libro es la nuda vida, es decir, la vida matable e insacrificable del ‘homo sacer’, cuya función esencial en la política moderna hemos intentado reivindicar”.

Bajo esta luz, la precitada medicalización posmoderna opera al transformar el malestar- a menudo derivado de fracturas sociales o existenciales- en un mero desajuste neuroquímico individual. Al etiquetar la ansiedad como una patología privada, el sistema declara un “estado de excepción” sobre el cuerpo del sujeto: se suspende su capacidad de acción y se lo reduce a una existencia puramente biológica que debe ser administrada. El resultado de esto es la producción de una subjetividad dócil, donde la salud se define por la funcionalidad orgánica y no por la libertad, confirmando la tesis de Agamben de que “la producción de un cuerpo biopolítico es la aportación original del poder soberano”. De este modo, el fármaco actúa como el instrumento que garantiza la reclusión del conflicto en el silencio del organismo

El resultado es la producción de una subjetividad dócil, donde la salud se define por la funcionalidad orgánica y no por la libertad, confirmando la tesis de Agamben de que «la producción de un cuerpo biopolítico es la aportación original del poder soberano». De este modo, el fármaco actúa como el instrumento que garantiza la reclusión del conflicto en el silencio del organismo, impidiendo que el síntoma se convierta en una pregunta política abierta. Complementariamente, no debemos olvidar el señalamiento de Freud cuando describía el malestar de la cultura al expresar que “la sustitución del poder del individuo por el de la comunidad es el paso decisivo de la cultura” (Freud, 1930/1992, p. 94), es decir, una transición que impone límites y represiones cuyas tensiones demandan permanentemente una salida sacrificial.

Por su parte, Jacques Derrida sostenía que el “phármakon” constituye una unidad de sentido que se sitúa antes de la oposición entre el bien y el mal, la salud y la enfermedad. Al calificarlo como “indecidible”, el autor se refiere a aquellos términos o procesos que, aunque habitan el sistema de oposiciones (como remedio/veneno), no pueden ser comprendidos bajo ninguno de sus polos. En su obra fundamental sobre este tema, Derrida afirma que “el phármakon es el movimiento, el lugar y la reserva de la diferencia. Es la diferencia la que, antes de ser la distinción entre el bien y el mal, la libertad y el imperativo, la presencia y la ausencia, permite que se articulen entre sí” (Derrida, 1995, p. 82).

Bajo el precitado marco, “habitar la ambivalencia” significa renunciar a la pulsión racionalista de decidir si algo es ‘exclusivamente’ curativo o ‘exclusivamente’ dañino. Resolver esta tensión mediante la ‘violencia simbólica’ implicaría forzar una definición unívoca, lo cual suele derivar en la lógica del chivo expiatorio: expulsar una parte del concepto (el “veneno”) para purificar la otra (el “remedio”). Pues bien, Derrida agudiza la reflexión al demostrar que el phármakon es precisamente aquello que “no se deja dominar por ninguna de las oposiciones de la metafísica, pues las comprende a todas, las desborda y las trabaja desde dentro” (Derrida, 1995, p. 91). Por tanto, la ética de lo indecidible nos obliga a sostener la mirada en la contradicción, reconociendo que la suplementariedad- el hecho de que todo remedio añade algo que altera lo original- es una condición ineludible de la cultura y la técnica.

Complementariamente, René Girard aporta la trama antropológica a este fenómeno: la violencia mimética genera crisis que precipitan la selección de una víctima para cristalizar las tensiones y restaurar el orden mediante su eliminación ritual. La eficacia del sacrificio reside en su función simbólica de permitir la catarsis colectiva, convirtiendo al chivo expiatorio en la versión social del phármakon: cura a la comunidad en la medida en que envenena a uno. Como afirma Girard en “El chivo expiatorio”, “la víctima es el pharmakós, que es, a la vez, despreciable y preciosa, porque se la debe expulsar con horror pero se la debe conservar con el mayor cuidado, ya que es la portadora de la salvación comunitaria” (Girard, 1986, p. 54).

En la modernidad, estas funciones sacrificiales toman formas tecnológicas y políticas muy puntuales. Migrantes, pobres y disidentes cumplen hoy la función de chivos expiatorios en discursos políticos que buscan ordenar la incertidumbre. Los discursos de odio posmodernos no son exabruptos irracionales, sino operaciones de ingeniería sacrificial. El odio funciona como un phármakon identitario que ofrece la cura inmediata a la angustia mediante la designación de un culpable. Según Freud, “el odio no es un afecto primario, sino el resultado de una desilusión del narcisismo que busca en el otro el receptáculo de todo lo que el yo no puede tolerar de sí mismo” (Freud, 1915/1991, p. 124). Esta proyección busca exteriorizar en un “otro” los aspectos repudiados del grupo, lo que Jung denomina la “sombra colectiva”, la cual interpretamos como el estrato de la psique social que agrupa los impulsos, tendencias y verdades que una cultura rechaza por considerarlos inferiores o inmorales.

Según Carl G. Jung, el peligro de esta estructura radica en que lo no reconocido no desaparece, sino que se proyecta hacia el exterior con una fuerza compensatoria. En su obra fundamental, Jung afirma que “el individuo no se da cuenta de que proyecta en el otro su propia sombra; la consecuencia de ello es que este “otro” se convierte en un objeto de odio y desprecio, y el individuo se siente a sí mismo como alguien superior y limpio de toda falta” (Jung, 1959, p. 145). Esta proyección busca exteriorizar en un “otro” los aspectos repudiados del grupo, permitiendo que la comunidad recupere una coherencia ilusoria a través del sacrificio simbólico de su víctima.

Frente a esta dinámica, una “clínica de la cultura” debe proponer una ética de la integración en lugar de una de la expulsión. En lugar de tratar el malestar como algo que debe ser extraído mediante la farmacología o el chivo expiatorio, debe ser abordado como un síntoma que revela las fallas de la estructura simbólica de la sociedad. Integrar la sombra implica reconocer, como sostiene Jung, que “la sombra es una parte viva de la personalidad y, por lo tanto, no puede ser eliminada mediante ningún tipo de exclusión, sino que debe ser aceptada y asimilada para que la personalidad pueda alcanzar la totalidad” (Jung, 1959, p. 152). Así, la tarea clínica no consiste en “curar” al grupo mediante la eliminación del síntoma, sino en obligar a la comunidad a hacerse cargo de su propia oscuridad constitutiva, evitando que esta se convierta en la hoguera de un tercero.

La redención de este ciclo se encuentra en la posibilidad del perdón y el papel que juega el arte en nuestra cultura. Para Hannah Arendt, el perdón es la única reacción que actúa de nuevo y de forma inesperada, liberando a la comunidad de las consecuencias irreversibles del acto y desactivando la necesidad sacrificial de la venganza. En sus palabras, “el perdón es la única reacción que no simplemente "reacciona", sino que actúa de nuevo y de forma inesperada, no condicionada por el acto que la provocó y, por lo tanto, librando de las consecuencias del acto tanto a quien perdona como a quien es perdonado” (Arendt, 2009, p. 258). Por su parte el arte opera como un phármakon capaz de sublimar la violencia social en una nueva forma de verdad. A diferencia del sacrificio, el arte no destruye la vida, sino que utiliza la herida de la experiencia para revelar la profundidad humana, permitiendo una catarsis simbólica que no requiere de víctimas reales. Pero éste último, es un tema para abordar extensivamente en otra ocasión.

Para ir cerrando, es necesario indicar que la posibilidad de una clínica de la cultura nos sitúa ante la responsabilidad ética de renunciar al alivio moral que proporciona el señalar a un culpable. Si el chivo expiatorio ha sido el cimiento invisible de todo orden colectivo, ¿estamos preparados para construir una comunidad que reconozca sus heridas sin buscar siempre una víctima que las absorbe? Aceptar el síntoma en lugar de medicarlo implica abrazar un malestar que nos mantiene alertas frente a las injusticias, pero ¿qué ocurriría si dirigiéramos esa energía hacia la co-responsabilidad por los daños en lugar de hacia la expulsión del diferente?

Sin dudas, debemos cuestionar si la estructura de nuestras detonadas democracias técnicas no está diseñada para producir chivos expiatorios industriales que sostengan su inercia. Si el orden social actual necesita generar enemigos internos para evitar mirar su propio vacío, la única salida es una transformación radical de nuestra relación con el phármakon del poder. ¿Es posible una política que admita la ambigüedad de las soluciones y que no delegue la responsabilidad última en los dispositivos tecnológicos?

Finalmente, cabe preguntarse si estamos dispuestos a soportar la incertidumbre de una cura que no promete una seguridad total. La madurez ética consiste en negarse a delegar la compra propia en otro sacrificial y en inventar maneras de procesar la culpa que no requieran la violencia. ¿Podremos transformar la necesidad de expulsión en prácticas de reparación que no oculten la economía del alivio moral, sino que la desarticulen definitivamente a través de la responsabilidad compartida?

Referencias Bibliográficas

Agamben, G. (1998). Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida. Barcelona: Paidós.

Arendt, H. (2009). La condición humana. Buenos Aires: Paidós.

Biblia de Jerusalén (2009). Levítico 16. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Derrida, J. (1995). La farmacia de Platón. Buenos Aires: Editorial Tormenta.

Freud, S. (1915/1991). Pulsiones y destinos de pulsión. En Obras Completas (Vol. XIV). Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1930/1992). El malestar en la cultura. En Obras Completas (Vol. XXI). Buenos Aires: Amorrortu.

Girard, R. (1986). El chivo expiatorio. Barcelona: Anagrama.

Jung, C. G. (1959). El hombre y sus símbolos. Barcelona: Paidós.

Platón. (1999). Fedro. En Diálogos III. Madrid: Gredos.

Stiegler, B. (2015). Lo que hace que la vida valga la pena: de una farmacología positiva. Madrid: Alianza Editorial.

viernes, 8 de mayo de 2026



Diario Azua / 8 de mayo 2026

Por: Patria Heredia

La República Dominicana atraviesa una crisis silenciosa y dolorosa: la pérdida de valores, de orientación y de protección hacia nuestra niñez y adolescencia. 

Cada día vemos cómo menores crecen rodeados de violencia, abandono emocional, falta de supervisión, pobreza espiritual y una peligrosa normalización de la agresividad.

El reciente caso del niño Raudiel Martínez Corporán, encontrado sin vida en una cañada en Hato Damas, San Cristóbal, ha estremecido el corazón de todo un país. 

Según las informaciones preliminares, el menor habría sido asesinado por otros adolescentes tras una discusión relacionada con unos peces “beta”, un hecho que evidencia hasta dónde está llegando la descomposición social y emocional entre nuestros jóvenes. 

Duele profundamente pensar que niños estén perdiendo la vida a manos de otros menores. 

Esto obliga a la sociedad a hacerse preguntas serias: ¿Qué estamos enseñando en nuestros hogares? ¿Qué consumen nuestros hijos en redes sociales? ¿Dónde está el acompañamiento emocional, espiritual y psicológico? ¿Qué papel están jugando las autoridades, las escuelas y la comunidad?

No podemos seguir viendo estos hechos como casos aislados. 

La violencia juvenil está creciendo, y detrás de ella existe una generación marcada por la falta de atención, la ausencia de oportunidades, la pérdida del respeto por la vida y la influencia negativa de contenidos violentos.

La niñez Dominicana necesita ser rescatada. Necesita padres presentes, escuelas más humanas, iglesias activas, comunidades vigilantes y un Estado que priorice la salud mental y la protección infantil.

Un niño no nace siendo violento; muchas veces la sociedad lo empuja al abandono, al resentimiento y a la oscuridad.

Hoy lloramos por Raudiel, pero también por una República Dominicana que parece perder poco a poco la sensibilidad ante el dolor ajeno. 

Si no actuamos ahora, mañana podrían ser más las familias destruidas, más los sueños enterrados y más las lágrimas derramadas sobre una tierra que clama paz, orientación y valores.

La niñez no puede seguir creciendo entre violencia, indiferencia y desesperanza. 

Proteger a nuestros niños debe convertirse en una misión Nacional.



jueves, 7 de mayo de 2026

Por Néstor Estévez
Diario Azua / 07 mayo 2026.-

La decisión del presidente Abinader de suspender las actividades mineras vinculadas al proyecto Romero no debería leerse como reacción ante una protesta. Habrá quien quiera reducir el tema a una disputa con ganadores y perdedores, pero eso sería un desperdicio.

Este caso tiene una riqueza que muy bien vale aprovechar a modo de gran lección pública: cuando una comunidad sostiene con claridad su causa, se organiza y defiende bienes comunes, puede hacerse escuchar.

San Juan comenzó a tiempo su reclamo. No salió a la calle por impulso. Desde las marchas de 2022, la Caravana Ecológica por el Agua y la Vida y las movilizaciones hacia la presa de Sabaneta, el Movimiento Suroeste Unido por el Agua y la Vida llevó el debate a su terreno. La pregunta no era cuánto podía rendir una concesión. La pregunta era quién tiene derecho a decidir sobre las fuentes de agua de un territorio que vive de sembrar.

Los discursos

GoldQuest ha sostenido que el proyecto cuenta con evaluación ambiental y criterios técnicos. La comunidad plantea algo que ningún expediente resuelve por sí mismo: cuando se toca la cabecera de un río, la decisión no cabe entera en un permiso. La técnica ayuda. Pero también hay que mirar quién firma la autorización y quién se queda con el daño que pueda llegar.

En este caso, las redes hicieron su parte. Ayudaron a mostrar caminatas y a subir videos que rompieron el cerco de silencio que muchas veces pesa sobre la gente sencilla. También pudieron servir para lo contrario: inflar versiones y volver confuso lo que ya era delicado. Pero en San Juan cuidaron que la defensa del agua fuera más que simple indignación. Procuraron acciones revisables y una palabra capaz de sostenerse cuando bajara la emoción.

Otra lección clave, además de muy útil para la democracia, la aporta el movimiento sanjuanero: la transparencia. El Movimiento Suroeste Unido por el Agua y la Vida celebra y agradece al presidente, pero también quiere pasar de la consigna bonita a la prueba. Por eso pide un decreto y reclama la salida de los equipos instalados en Hondo Valle. La confianza no nace de un discurso. Nace cuando se pasa del dicho al hecho.

El caso también advierte contra dos salidas fáciles. Una es convertir todo desacuerdo en guerra y pintar al otro como enemigo absoluto. La otra es esconder los conflictos públicos detrás de informes y permisos, como si la gente molestara. San Juan enseña un camino más serio: diálogo desde el territorio y garantías concretas.

Aquí resuena Popper. Una sociedad abierta no se cuida con gente callada, sino con personas capaces de defender sus razones. También cabe recordar a Sartre: cada elección nos compromete. San Juan eligió defender el agua. El Gobierno eligió atender una presión que ya no podía tratar como ruido. Ahora falta que el anuncio se convierta en garantía y que la cohesión social se mantenga.

Comunicación para el cambio

Desde la comunicación para el cambio social, esta experiencia deja otra lección. Las comunidades no son simples receptoras de mensajes. También producen saber público. Jesús Martín-Barbero insistía en mirar las mediaciones, esos lugares donde la comunicación se mezcla con la vida real. En San Juan, el mensaje no salió de una oficina de imagen. Salió del campo y de entender el valor del agua.

Todavía más: el anuncio presidencial agrega valor si se aprovecha para actualizar nuestra democracia. No basta suspender; hay que explicar, documentar y dejar constancia jurídica. Lo ocurrido en San Juan muy bien puede aprovecharse para crear canales permanentes para que los territorios participen antes de que el conflicto estalle. La gobernanza ambiental exige anticipación, acceso a información y respeto por el arraigo local.

La lección de fondo es ética. La tecnología ayuda a visibilizar causas, pero no sustituye la organización. La información combate rumores cuando termina en documentos. La democracia corrige rumbo cuando la ciudadanía insiste y el gobierno acepta rectificar.

San Juan tiene alto valor agrícola. Dicen que también guarda riqueza bajo la tierra. Pero acaba de mostrar su principal riqueza: un valiosísimo capital social decidido a defender su camino. Y también recuerda algo elemental: la democracia vive mientras los mandantes hablan y los mandatarios escuchan.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Diario Azua / 6 de mayo 2026

Por Román Jáquez Liranzo

Salió apresurada de su casa. La estudiante nunca imaginó que encontraría la muerte ese mismo día, que se convertiría en víctima por resistir a su agresor. “Debió dejarse atracar”, gritaba su madre en las honras fúnebres pagadas por un “político”. Un disparo anuló su vida. Las cámaras de un “colmadón” grabaron los hechos. El vídeo, de unos 15 segundos, se hizo viral en las redes sociales, pero la “viralidad” duró poco porque unos memes faranduleros la opacaron. El poder de los medios de comunicación estaba agobiado por unos asuntos empresariales y estatales,  y la víctima pasó a ser una estadística criminal.

Pero la madre, una de esas madres solteras, insistió. El  presunto victimario fue identificado y apresado, era un joven de unos 19 años que había cumplido, en su adolescencia, una condena de 2 años por un conflicto con la ley penal. Parece que el tiempo de la condena por aquel hecho fue poco para poder reinsertarlo, positivamente, a la sociedad. La prisión preventiva como medida de coerción para el presunto agresor es el mandato de la política criminal, pero todo se desvaneció, repentinamente,  porque no tenía un abogado que lo defendiera.

Entonces, el sistema, imbuido en el respeto de los derechos fundamentales (como debe ser), le brindó un defensor público como garantía de la tutela judicial efectiva y del debido proceso. Por cierto, unos defensores públicos con altísimos niveles de preparación y compromiso institucional, modelos a seguir en su entrega. Un año de prisión preventiva fue la decisión. La noticia no fue noticia, sólo algunos twitters solidarios de compañeros de la de la universidad de la occisa.

En el otro extremo, la madre rogaba a uno de los abogados del barrio que asumiera su representación en el caso porque el fiscal le había dicho, con orgullo,  que en realidad él no era su abogado sino el representante de toda la sociedad, que era un  funcionario del Ministerio Público y que debía dirigir la investigación con objetividad. La madre, quien recibía el apoyo económico de su única hija (quien era cajera en una empresa de promoción al vicio de la apuesta),  recurrió al empeño de sus enseres para pagar los honorarios profesionales, los “gastos del proceso” y unos “benditos sellos” que el abogado le dijo que tenía que cubrir porque si no “soltaban al muchacho”.

Durante dos años la madre asistió a todos los vaivenes del proceso penal. Para esa época,  ya vivía con una hermana que la auxilió moral y económicamente luego de aquella tragedia que le había agravado su enfermedad. Hasta que, por fin, una mañana lluviosa de octubre y con una sala de audiencias inundada de agua por unas filtraciones de la vetusta edificación judicial, se dictó sentencia: 20 años de cárcel y una indemnización en daños y perjuicios de 5 millones de pesos a la madre de la víctima. “Dios es justo” se escuchó en el tribunal.

El condenado pasó a cumplir los 20 años en uno de los recintos carcelarios del nuevo modelo penitenciario (referencia internacional de cómo se deben hacer las cosas bien), además,  con el recelo defensor de un juez de ejecución de la pena que vela, como guardián,  por sus derechos constitucionales. Ese sistema penitenciario, como debe ser, le permitió al  condenado aprender varios oficios técnicos, obtener varios reconocimientos deportivos y graduarse de una profesión. Habían pasado 12 años.

Para la madre el tiempo se detuvo con el último respiro de su procreación, nunca transcurrió un segundo desde su muerte. Nada paliaba su dolor, ni siquiera la sentencia.  No obstante, algún familiar se había frotado las manos con la cuantiosa suma de dinero como reparación a los daños materiales y morales que otorgaba la decisión del juez. “Hay que pelear eso, prima. Ese dinero no se puede perder”, le exigían familiares en una reunión con representantes legales. Ella siempre argumentaba que su hija no tenía precio, que lo mercurial no le devolverá su sonrisa.

Olvidaban los ambiciosos e ilusos la insolvencia del condenado. “La indemnización civil simplemente no puede ser materializada porque no tendría como pagarla”, les dijo un abogado que le habían recomendado en la Parroquia. “Pues que pague con cárcel, que se pudra en esas cuatro paredes”, expresó uno de los consanguíneos. El togado, de vocación católica, les aclaró que, lamentablemente, la Constitución establece que no hay apremio corporal, o sea, prisión, por deuda civil como es la condena de los 5 millones de pesos. Y que en ocho años, aunque no pague, saldría libre.

“Pues que pague el Estado”, se escuchó decir. El jurista advirtió que en este país no existe la indemnización estatal, lo que algunos países llaman los fondos de compensación estatales, como parte de la seguridad social,  para paliar las necesidades económicas de las víctimas de delitos violentos cuando no aparece el victimario o cuando el mismo es insolvente. “Así es el sistema”, sentenció.

5 años después murió la madre. En sus últimos 17 años le quedó el desaliento de una tortuosa e incompleta justicia penal que le impuso un castigo moral y social aún mayor que el establecido al que mató a su hija.  Cuentan que 15 años después, un defensor de los derechos de las víctimas, publicó una obra titulada “¿Y la víctima? Muy bien, gracias”,  que se convertía en una referencia obligada para los estudiosos de la victimología, y que el autor, irónicamente, en un país caribeño, había cumplido dos sentencias penales de 2 y 20 años, respectivamente.

El autor publicó, hace 10 años, este artículo en acento.com, el 15 de junio del 2016.