Por Araceli Aguilar Salgado
Diario Azua / 19 junio 2026.-
“Donde reina el odio, la paz se convierte en un espejismo.” Mahatma Gandhi
El odio, en sus múltiples manifestaciones de racismo, xenofobia, misoginia, homofobia, intolerancia religiosa y política se ha convertido en una fuerza corrosiva que vulnera los cimientos de la convivencia democrática. No se trata únicamente de insultos o agresiones visibles; es un veneno que se infiltra en las narrativas públicas, en los discursos institucionales y en las plataformas digitales, debilitando el tejido social que sostiene la paz.
En un mundo interconectado, donde la palabra circula con rapidez y adquiere un poder multiplicador, el discurso de odio no solo hiere a las víctimas directas: erosiona la confianza colectiva, normaliza la violencia simbólica y debilita las instituciones encargadas de proteger los derechos humanos. Cada expresión de odio es una fractura en la democracia, un recordatorio de que la libertad de opinión y de expresión puede ser utilizada como arma para excluir, silenciar y marginar.
La amenaza es silenciosa porque se disfraza de libertad mal entendida, porque se oculta en la aparente neutralidad de quienes callan, y porque se legitima en la indiferencia social. Sin embargo, sus consecuencias son devastadoras: comunidades divididas, minorías perseguidas, mujeres y disidencias vulneradas, periodistas silenciados y sociedades incapaces de construir paz duradera.
El odio no es un fenómeno aislado, sino un síntoma de crisis más profundas: desigualdad, corrupción, impunidad y falta de educación en valores democráticos. Por ello, enfrentarlo exige más que leyes: requiere voluntad política, compromiso ciudadano y un periodismo ético que denuncie y visibilice las injusticias. Solo así podremos transformar la palabra en herramienta de paz y la libertad de expresión en un escudo contra la intolerancia. Ya que el odio divide, la palabra libre une; defender la democracia es defender la dignidad humana.
El odio como arma contra la paz
El odio no es un fenómeno aislado: se alimenta de desigualdades estructurales, crisis económicas, conflictos armados y narrativas políticas que buscan dividir. En sociedades polarizadas, el odio se convierte en un instrumento de poder, utilizado para justificar exclusiones y legitimar violencias.
La paz, entendida no sólo como ausencia de guerra sino como construcción activa de justicia y dignidad, se ve amenazada cuando las libertades básicas como la libertad de opinión y de expresión son restringidas por el miedo, la censura o la persecución.
Libertad de opinión y expresión: antídotos contra el odio
La libertad de expresión es el terreno donde se libra la batalla más decisiva contra el odio. Allí donde se permite el debate abierto, la crítica responsable y la diversidad de voces, el odio pierde fuerza. Sin embargo, en muchos países, periodistas, defensores de derechos humanos y ciudadanos enfrentan amenazas, hostigamientos y violencia por ejercer este derecho fundamental.
Promover la libertad de opinión y expresión no significa tolerar el discurso de odio, sino garantizar que las voces críticas y constructivas tengan espacio para contrarrestar la intolerancia. La educación, el periodismo ético y las plataformas digitales responsables son pilares para construir sociedades más resilientes frente al odio.
Un llamado internacional
La comunidad internacional tiene la responsabilidad de actuar frente a la expansión del odio. Naciones Unidas, organismos regionales y organizaciones civiles deben fortalecer mecanismos de protección, impulsar campañas de sensibilización y exigir a los Estados políticas públicas que garanticen la libertad de expresión y la seguridad de quienes la ejercen.
El odio no conoce fronteras; por ello, la respuesta debe ser global, articulada y con perspectiva de género, reconociendo que mujeres, niñas y minorías son las más afectadas por la violencia discursiva y simbólica.
El odio la grieta invisible que amenaza nuestras democracias
El odio es una amenaza silenciosa, pero devastadora. No se presenta siempre con violencia explícita; se infiltra en las grietas de nuestras democracias, se normaliza en discursos cotidianos y se legitima en narrativas políticas que buscan dividir. Su poder radica en la capacidad de corroer la confianza social, debilitar las instituciones y sembrar miedo en quienes se atreven a ejercer sus libertades.
Combatirlo exige mucho más que leyes escritas en papel. Las normas son necesarias, pero insuficientes si no están acompañadas de voluntad política real, de un compromiso ciudadano activo y de un periodismo valiente que se niegue a callar. La indiferencia es el terreno fértil donde el odio florece; por ello, cada silencio cómplice, cada mirada evasiva, cada censura disfrazada de neutralidad, fortalece su expansión.
El compromiso político debe traducirse en políticas públicas que protejan la diversidad, garanticen la libertad de expresión y promuevan la educación en derechos humanos. El compromiso ciudadano implica reconocer que el odio no es un problema ajeno, sino una amenaza común que nos afecta a todos. Y el periodismo, como voz crítica y conciencia social, tiene la responsabilidad de denunciar, visibilizar y enfrentar las injusticias, incluso cuando hacerlo implique riesgos extraordinarios.
El odio no se combate con discursos vacíos ni con gestos simbólicos. Se enfrenta con acciones concretas, con valentía ética y con la convicción de que la paz no puede construirse sobre la exclusión ni la represión. La democracia se fortalece cuando las voces libres se levantan contra la intolerancia, cuando la sociedad se organiza para defender la dignidad humana y cuando los medios se convierten en guardianes de la verdad frente a la manipulación.
“La paz no se construye con silencio, sino con voces libres que se levantan contra el odio.”
Araceli Aguilar Salgado: Periodista, abogada, ingeniera, escritora, analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com
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