Diario Azua / 17 de marzo 2026
Tokio, Japón – El mundo despide hoy a una de las voces más potentes contra el horror nuclear. Shigeaki Mori, el hombre cuyo abrazo con el expresidente Barack Obama en 2016 se convirtió en una imagen icónica de reconciliación, falleció el pasado sábado a los 88 años en un hospital de Hiroshima.
Mori no solo fue un "Hibakusha" (sobreviviente de la bomba atómica), sino un historiador incansable que luchó por rescatar del olvido la memoria de todos los caídos, incluidos los prisioneros de guerra estadounidenses que perecieron bajo el mismo hongo nuclear.
El recuerdo de un horror indescriptible
Aquel fatídico 6 de agosto de 1945, con apenas 8 años, la onda expansiva de la bomba "Little Boy" lanzó a Mori a un río. Sus testimonios a lo largo de las décadas fueron crudos y desgarradores, recordando cómo tuvo que huir entre escombros y cuerpos para sobrevivir.
"Escapé pisando caras y cabezas... escuché gritos desde una casa derrumbada, pero corrí porque todavía era un niño sin poder para ayudar", relató Mori en una de sus últimas entrevistas, recordando el peso de la culpa que cargó durante años.
Un abrazo para la historia
En 2016, Shigeaki Mori pasó de ser un sobreviviente anónimo a una figura global. Durante la histórica visita de Barack Obama al Memorial de la Paz la primera de un presidente estadounidense en ejercicio, ambos se fundieron en un abrazo espontáneo que simbolizó el cierre de una de las heridas más profundas del siglo XX.
Mori dedicó gran parte de su vida adulta a una misión singular: identificar a los 12 aviadores estadounidenses que estaban prisioneros en Hiroshima cuando cayó la bomba, asegurándose de que sus nombres también fueran honrados.
El legado de los Hibakusha
Con la partida de Mori, el número de sobrevivientes directos de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki sigue disminuyendo, lo que supone un reto para la preservación de la memoria histórica. Se estima que el ataque a Hiroshima cobró la vida de 140,000 personas, mientras que Nagasaki sumó otras 74,000 víctimas.
Hoy, el legado de Mori queda como un recordatorio de que, incluso entre las cenizas de la mayor destrucción creada por el hombre, hay espacio para la empatía y el perdón.

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